María Luisa Sánchez Ramírez llegó hace exactamente 30 años a la Universidad. Corría el año 1988. La doctora Carmela Aspíllaga la había convencido para trabajar en el programa de Educación y que viera si le gustaba. Vaya que sí… se quedó hasta hoy.

Publicado el en Nº 87.

Comenzó en la UDEP sin desvincularse de la educación con niños y jóvenes: “Siempre he sido profesora. Había hecho el posgrado en el Centro Peruano de Audición y Lenguaje (Lima) y trabajaba con niños sordos, en un instituto donde era coordinadora académica”. Enseñar a universitarios no estaba entre sus planes. “Quería estar en contacto con personas con problemas”, lo que no dejó de hacer nunca. Su nuevo reto era: descubrir la importancia de formar profesores.

Fue descubriéndolo en cada curso que dictó y “en la alegría de dar, que es la esencia del educador”. Era fundamental ser amiga de los alumnos porque “educar no es construir un edificio, sino personas; es ayudarlas a crecer, caminar a su lado, formarlas, aprender de cada una. Entraña una gran responsabilidad y si fracasas no solo será tu problema sino el de muchas personas. Por eso, debemos ser maestros aquí, en la escuela, en la calle, en la casa, en todo lugar”.

“Educar no es construir un edificio, sino personas; es ayudarlas a crecer, caminar a su lado, formarlas, aprender de cada una.”

— María Luisa Sánchez Ramírez

La Facultad es mi familia

Generosidad, trabajo, garra, compromiso, familiaridad, respeto y cariño. Con estas palabras describe María Luisa a su Facultad. “Me siento muy bien en ella. Es mi familia, siempre lo he sentido así. He tenido diferentes jefes (decanos) desde la época de Carmela: al doctor Pérez, Marycarmen, Flor, Susana, Camilo… Con todos la he pasado muy bien. Creo que en la Facultad todos la pasamos muy bien porque tenemos los mismos objetivos, anhelos y preocupaciones”.

Hoy está satisfecha por contarse entre las educadoras de vocación. “Me da mucho gusto haber participado, y continuar haciéndolo, en la formación de varias promociones. Me alegra ver cómo nuestros egresados van creciendo y surgiendo como verdaderos líderes. Son buenos docentes que no solo exhiben grados y títulos, sino sus cualidades”.

Por las tardes, en su consultorio, María Luisa atiende con igual esmero a niños y jóvenes con problemas de aprendizaje y de conducta u otros, a adultos que han perdido el habla, o a papás que necesitan orientación o ayuda. “Es un trabajo que me apasiona porque puedo ayudar directamente y conocer más de cerca al ser humano”.

¿Su mayor frustración? Los hogares rotos, familias destruidas que causan depresión
profunda. “La familia nuclear es básica, es el centro, el eje de la persona por lo que su ruptura ocasiona problemas de diversos tipos en todos los miembros de la familia, especialmente en los niños y en los jóvenes”.

Como profesora no solo ha enseñado a futuros educadores. Ha estado en casi todos los planes y programas de capacitación docente en los que ha participado la Facultad de Ciencias de la Educación, monitoreando o coordinando el aprendizaje de los docentes de diversos lugares.

¿Cuáles son sus metas ahora? Ya jubilada, es colaboradora docente de la Facultad, sigue atendiendo en su consultorio y espera publicar pronto rimas y juegos verbales para niños; continuar pintando miniaturas con acuarelas en sus tiempos libres y cantar, entre amigos, cada vez que pueda.

En diálogo con la naturaleza

La casa en la que vive, con su asistenta de toda la vida y su hija María Angélica, la construyó para sus padres, a quienes cuidó y acompañó siempre. Ahora que ya no están, madre e hija son la familia con la que vive. Sus otros amores son su hermana y su familia.

También ama mucho a los animalitos. Algo que ha llamado la atención a muchos es que al llegar al campus, María Luisa hacía un alto para alimentar a las aves (de vez en cuando algunas la buscan en el aula), contemplar a las ardillas o venados. “Sí, soy ‘animalera’. Me gustan mucho todos los animales, a excepción de los zancudos, las ratas y las cucarachas”.

Una muestra de ello son sus cinco pastoras alemanes que la acompañan en su casa; los dos gatos que cuida en su consultorio y las decenas de pajaritos que llegan, casi viven, a los muros de su casa. A todos alimenta y cuida con cariño.