Doctora en Neurociencias y Cognición por la Universidad de Navarra. Especialista en Psiquiatría y Psicología médica. Vicedecana de Desarrollo y Calidad, de la Facultad de Medicina.

Publicado el en Nº 88.

La transformación de un alumno en un profesional de la salud es un proceso de cocción lenta que requiere altas dosis de cuidado personal, ejemplo y dedicación, para que logre adquirir el conocimiento necesario, las habilidades y actitudes, así como los valores y atributos del “ser médico”, que le lleven a transformar su forma de pensar, actuar y relacionarse.

Este proceso llamado “Profesional Identity Formation” (PIF) es el viaje transformador a través del cual se integran el conocimiento, habilidades, valores y comportamientos de un médico competente, humano y ético con la identidad y los valores fundamentales propios.

Para que este proceso activo y continuo fomente el crecimiento personal y profesional es necesario que se estimulen en el alumno los hábitos prácticos de reflexión, así como los de mente y corazón. De este modo, logrará forjarse un adecuado criterio personal, “la sabiduría práctica” que le permita desempeñarse con soltura en la alta complejidad de la labor médica diaria y en las múltiples circunstancias difíciles o moralmente ambiguas por las que tenga que pasar.

Otro aspecto fundamental a desarrollar son las relaciones interpersonales con sus asesores, pacientes, colegas y, en general, con todo el ambiente educativo. La conexión entre el alumno y su asesor (mentor feedback) es fundamental en el aprendizaje del futuro médico y se compara en importancia con la conexión entre el clínico y su paciente.

La enseñanza de la resiliencia en los estudios universitarios, como capacidad de adaptación y aprendizaje ante eventos emocionales estresantes o adversos, morales o sociales, también es otro componente fundamental del PIF. Una adecuada formación en resiliencia permitirá reducir el riesgo de despersonalización, el burnout y la pérdida de empatía.

Dando unidad a la base de esta compleja formación en criterio, relaciones y resiliencia, está la reciprocidad. Todas forman el tronco del PIF, que alberga en sus ramas las competencias profesionales convencionales (profesionalismo) y las no convencionales.

En la formación en profesionalismo se incluyen las competencias clínicas, habilidades comunicaciones, formación ética y legal, la excelencia, el humanismo, la responsabilidad y el altruismo. Entre las competencias no convencionales están el tono humano, la atención, la curiosidad crítica, la espiritualidad, la tolerancia a la incertidumbre y la flexibilidad adaptativa.

Dada su complejidad, todos estamos implicados en la formación integral del estudiante, para que desarrolle una historia vital coherente con la profesión médica que ha elegido.