“Estudié en un edificio chiquito en medio del desierto. Todos nos conocíamos y estudiábamos en un ambiente de confianza y respeto mutuo”, comenta Ana María Vergara Blasco, de la tercera promoción de Ingeniería Industrial.

Publicado el en Nº 91.

Ingresó en 1971, solo a un poco más de dos años del inicio de clases de la Universidad de Piura. Siempre le gustó Química y de hecho es el curso en el que más destacó. El primer profesor de esta materia fue el padre Juan Antonio Ugarte, que ahora es Obispo Emérito de Cusco. Luego, el doctor Pablo Pérez.

“En mi promoción, éramos tres alumnas a las que nos gustaba mucho esta materia: Iris Wilson, Betty Jiménez y yo. De esta manera, durante los tres últimos años de la carrera fuimos jefes de práctica de Química y de laboratorios”, comenta.

Hay algo que Ana María tiene bien grabado en la memoria: “Recuerdo clarísimo cuando, al iniciar el sexto año, cierto día el profesor Miguel Samper, director del entonces programa académico de Ingeniería, con su característica pose del brazo sobre la cintura y la mano en el pomo de puerta nos preguntó: ¿no han
pensado en la posibilidad de quedarse?

Nos estaba proponiendo ser profesores. Antes, ya se había quedado Max Maeda, de la primera promoción, y bueno, pues ¡nos quedamos! El doctor Pérez se ‘deshizo’ de las químicas y se dedicó a la filosofía.”

Al terminar su carrera, Ana María se quedó y dictó Química en 1977. Pero luego, partió a Lima; poco después (1979), la UDEP la propuso para una beca para que pudiera realizar una pasantía en Italia. Al regresar, a comienzos del 81, retomó el dictado de clases. Habiendo realizado estudios de Filosofía y Teología en Roma (83-86), dictó Química algunos años más, hasta que el ingeniero Rafael Estartús le propuso dictar Filosofía. Actualmente, enseña Doctrina Social de la Iglesia, en la Facultad de Ingeniería.

De los profesores verdes a los empáticos

Química es un curso “pesado”, a decir de la mayoría de estudiantes. Obviamente, para quienes aman esta materia esta afirmación es falsa. Desde siempre, en las instituciones educativas, las particulares exigencias de algunos profesores hacen que algunos se ganen la fama de ‘macheteros’ o ‘verdes’.

Para Ana María: “Si algo te gusta y apasiona, también te motiva a querer que tus alumnos lo entiendan y se entusiasmen. Me esforzaba por explicar las cosas de distintas maneras. Si captaba que no lo habían entendido, ponía los medios para que participen. Por lo general, funcionaba. Es importante que un profesor de cualquier curso esté disponible para orientar o animar a sus estudiantes fuera de clases. Incluso felicitar a quienes superan ciertas dificultades de aprendizaje”, agrega.

Sin embargo, esa metodología no implica que la exigencia y calidad deban disminuir. Ana María se define como “una profesional exigente consigo misma y con los demás”. Al mismo tiempo, nos dice, “me es fácil querer a las personas y me interesan sus temas. Me he dado cuenta de que las alegrías de los demás te ayudan a ser feliz, aunque también se sufre con sus penas”.

Recuerdos y añoranzas

“Lo que más me impresionó de aquella primera época era el ambiente, la categoría humana de las personas que enseñaban y que te hacían creer en este proyecto, que hoy ya tiene 50 años”.

Valora la confianza que ofrecían los profesores: “Te la daban porque te trataban con mucho respeto. Podías acercarte a ellos y decirles que no estabas de acuerdo con algo y se abría el diálogo. Quizá te decían que estabas equivocado y tú lo entendías, y corregías”.

“Claro que eran otras circunstancias, menos alumnos, menos profesores, menos distancias. Podías hacer un reclamo en 10 minutos; y, el trato con los profesores era muy cercano”.

“Ver que personas de esa categoría practiquen unas actitudes que uno busca emular, hace que quieras ver más posibilidades de crecimiento y que procuremos transmitir esa misma confianza y transparencia a nuestros estudiantes”, acota la ingeniera Vergara.