Carmen Landívar Ugaz, Magíster en Educación con mención en Psicopedagogía y profesora de la Facultad de Ciencias de la Educación

Publicado el en Nº 93.

Una política educativa desde la primera infancia, definitivamente, posibilita o incrementa las oportunidades de
desarrollo a lo largo de la vida.

Los maestros y padres, responsables del cuidado y la calidad de educación de los niños, debemos reconocer sus múltiples posibilidades de desarrollo afectivo, social, físico y cognitivo; saber cómo entrelazan sus emociones, sus afectos y sus valores y cómo avanzan en su forma de pensar e interactuar.

Los niños se vinculan con el mundo mediante tres aspectos que están en sintonía permanente: el desarrollo, las competencias y las experiencias reorganizadoras. Su desarrollo es un proceso de reorganización y transformación permanente de las competencias que van adquiriendo; por tanto, necesitan experiencias que les permitan conocer, progresivamente, el mundo real, a los otros y a sí mismos. Este proceso implica considerar la variabilidad del desempeño de cada niño, a través del tiempo y de los cambios en las producciones de sus compañeros de la misma edad, y darse cuenta de sus avances y retrocesos.

Por otro lado, las competencias se refieren a capacidades generales que posibilitan el “hacer”, el “saber” y el “poder hacer”, que los niños manifiestan a lo largo de su desarrollo. Surgen de la reorganización de sus afectos y conocimientos al interactuar con los otros, con sus entornos y con ellos mismos. La evolución de un “hacer”, propio del desarrollo inicial de los bebés, sirve para ejemplificar la transformación de las competencias. La experiencia reorganizadora se refiere a un funcionamiento cognitivo que marca momentos cruciales en el desarrollo, pues los niños sintetizan el conocimiento previo que, simultáneamente, sirve de base para desarrollos posteriores, más elaborados. Una experiencia de estas, más que acumulación, es el resultado de la integración de capacidades previas, que les permiten acceder a nuevos “saberes” y “haceres” y movilizarse hacia formas más complejas de pensamiento y de interacción con el mundo. Por ejemplo, hacia los tres o cuatro años, los niños pueden comprender las intenciones, emociones y creencias de otros, diferenciándolas de las propias. Esta capacidad de “comprender la mente de los otros” es una experiencia reorganizadora, porque integra “saberes” y “haceres” sociales y emocionales, con su desempeño.

Frente a todo ello, los docentes, la familia y el entorno social tenemos la labor fundamental de propiciar mejores condiciones y espacios educativos significativos, sin exigencias imperativas, pero sí con un buen seguimiento, pensando –sobre todo– en que es la etapa más importante del ser humano, sobre la que crecerán los futuros profesionales.