Apertura del Año Académico 2016

Dr. Sergio Balarezo Saldaña
Rector de la Universidad de Piura (2012-)
Piura, 23/04/2016
Lima, 20/04/2016

“Generando confianza en la cotidianidad”

Le debemos mucho a Don Vicente [Pazos González]. Fue nuestro primer Vice Gran Canciller y estamos seguros de que ahora, con el interés que siempre manifestó, nos ayuda con mayor eficacia desde el cielo.

Excelentísimo Vice Gran Canciller de la Universidad, P. Emilio Arizmendi;

Dignas autoridades académicas, claustro de profesores;

Graduados, alumnos, padres de familia, señores y señoras, muy buenas noches:

Es realmente grato dirigir estas palabras en el acto más importante que realiza, cada año, la Universidad de Piura: la ceremonia de Apertura del Año Académico. Ocasión propicia en la que el Claustro se reúne para sumarse a la alegría de nuestros titulados y graduados, de sus familiares y amigos que nos acompañan esta noche. Sin duda, ustedes, queridos graduados, han arribado a un momento trascendental, que da inicio a nuevas aspiraciones, a compromisos y logros que no estarán exentos de dificultades, pero que -estamos seguros- sabrán afrontar con iniciativa y solidaridad, características que distinguen a los egresados de nuestra Universidad.

Un saludo especial a la primera promoción de la Maestría en Didáctica de las Matemáticas, auspiciada por el Pronabec, cuyos miembros, de toda la geografía peruana, se gradúan hoy.

A todos, mis más sinceras felicitaciones.

Ahora, deseo, en primer lugar, referirme brevemente a un acontecimiento sucedido el 26 de mayo. Como muchos recordarán, ese día nos dejó el P. Vicente Pazos González, quien recibiera de San Josemaría el encargo de estudiar la conveniencia de poner en marcha una Universidad en Piura. Después de investigar el tema con profundidad, la decisión fue positiva y hoy vemos hecha realidad esta empresa que supuso un hito en la educación del Perú y en su descentralización. Le debemos mucho a Don Vicente. Fue nuestro primer Vice Gran Canciller y estamos seguros de que ahora, con el interés que siempre manifestó, nos ayuda con mayor eficacia desde el cielo.

Asimismo, el 27 de octubre partió al cielo nuestro buen amigo Nikolai Ezerkii, si bien él no fue pionero en la UDEP, sí vino con su familia desde su lejana Ucrania hace muchos años, se enamoró de nuestra Universidad y se quedó para siempre con nosotros. Deseo aprovechar este momento para recordar a otro pionero –el Ing. Ramón Múgica-, quien nos dejó hace 25 años. Su recuerdo, quizá más lejano para algunos, me anima aún más a mencionarlo, pues fue uno de los grandes pilares sobre los que creció la Universidad en sus primeros años. A todos ellos, gracias por su vida entregada y por la ayuda valiosísima que nos prestaron; desde aquí nuestro homenaje y cariñoso recuerdo.

Estamos nuevamente reunidos en este campus, que en el último año se ha renovado sustancialmente. Gracias al extraordinario esfuerzo y planificación de un equipo de la UDEP, en colaboración con profesionales del rubro, hemos visto nacer un nuevo edificio de Aulas, vías de comunicación y accesos, los cuales responden a la necesidad de dar un mejor servicio a los estudiantes y trabajadores de la Universidad.

El año pasado, en el discurso de Apertura mencionaba el proyecto del nuevo edificio de aulas junto con otros dos –la nueva Capilla universitaria y una nueva biblioteca- como parte de las obras emblemáticas de las bodas de oro. Hoy, el primer objetivo se ha cumplido y siguen en pie los otros dos proyectos. Es nuestro deseo que, con la ayuda de todos, estos se hagan pronto realidad.

Recuerden que un buen profesional tiene primero que ser una buena persona, y no sólo buscar una solución técnica a los problemas sino adentrarse también en su dimensión ética: en el cuidado y servicio a la persona y en la búsqueda permanente del bien común.

En una ocasión como esta, en el 2005, un escritor norteamericano, David Foster Wallace, fue invitado a dirigir un discurso a un grupo de graduados de un College en Ohio. Les planteó una metáfora: En el fondo del mar, dos peces jóvenes se cruzan con otro de más edad, y este les pregunta ¿qué tal el agua?; cuando el mayor se aleja, uno de los peces jóvenes le pregunta al otro: “¿Qué demonios es el agua?”.  Con esa metáfora, Wallace quería destacar la extrañeza que a veces nos produce lo más obvio, lo que damos por supuesto y que nos impide comprender en profundidad la realidad que nos rodea.

Decía Wallace (cito): “El hecho es que ustedes graduados, no tienen ni idea de lo que verdaderamente significa el día a día. Resulta que hay una importante parte de la vida adulta, sobre la que nadie habla, pero que implica aburrimiento, rutina y pequeñas frustraciones…”  Y se preguntaba: “¿dónde está la felicidad en esta experiencia?” (fin de la cita). En efecto, por más apasionante que sean nuestras metas y retos profesionales, muy probablemente a lo largo de nuestra vida tendremos que hacer frente también a momentos menos extraordinarios y aparentemente intrascendentes… ¿Qué actitud debemos tomar ante ellos? De nada sirve intentar vivir el hoy y ahora con una promesa de felicidad futura, si no se aprende a vivir el camino cotidiano, a veces monótono y con poco brillo, que lleva a ella [1].

Queridos titulados y graduados, los animo a procurar vivir felizmente siempre y especialmente en las circunstancias cotidianas e intrascendentes. Para ello, deberán poner en práctica todo lo aprendido durante esta convivencia culta y enriquecedora, que ha debido ser su paso por esta universidad. Han aprendido en las aulas y también fuera de ellas; no sólo con las clases y evaluaciones, sino también con el trato, el ejemplo y con las diferentes actividades puestas a su disposición para que se formen integralmente. Recuerden que un buen profesional tiene primero que ser una buena persona, y no sólo buscar una solución técnica a los problemas sino adentrarse también en su dimensión ética: en el cuidado y servicio a la persona y en la búsqueda permanente del bien común.

Quiero aprovechar este momento para dirigirme también, especialmente, al claustro docente, a nuestros queridos profesores, para que se planteen entre sus retos y objetivos más importantes la generación y el cultivo de un elemento esencial de la vida cotidiana que ayuda directamente al desarrollo personal y profesional: la confianza.

Todos, absolutamente todos en el país, hemos sido testigos, durante más de cuatro meses, del clima de desconfianza y falta de unidad que ha encubierto, y aún lo hace, lo que debería ser una fiesta democrática. ¿Por qué sucede esto?, ¿cuál es el origen?, ¿cómo cambiarlo?

Estoy convencido de que todos somos parte de la solución. Debemos sentir el compromiso de convertirnos en protagonistas del cambio. Esta tarea compete especialmente a quienes –como ustedes– han sido privilegiados con una educación de calidad y, más aún, a los docentes universitarios que pueden (y deben) ser catalizadores no sólo de la ciencia sino también del desarrollo de las personas y de la sociedad.

Nuestro futuro depende de cómo enfrentemos los problemas cotidianos que pueden dar lugar a una disminución de la confianza. Muchos, irónicamente defienden la tesis de que hay razones de sobra para desconfiar de casi de todo y de casi todos. Inclusive, el lenguaje popular lo recoge en el dicho tristemente difundido: “piensa mal y acertarás”. Y es que, efectivamente, en todos los ámbitos y en muchos momentos de nuestra existencia ordinaria, es posible que se presenten motivos para desconfiar: como cuando los padres no somos coherentes en el ejemplo y enseñanzas a nuestros hijos; o cuando el maestro o un directivo no cumplen bien su función de educar o dirigir… Se siembra desconfianza en el trabajo, cuando el trabajador no realiza sus labores responsablemente; o cuando se toman decisiones apresuradas o se antepone el bien personal al bien común; en definitiva, cuando desaparece la preocupación por el otro.

Nuestro futuro depende de cómo enfrentemos los problemas cotidianos que pueden dar lugar a una disminución de la confianza. (…) Inclusive, el lenguaje popular lo recoge en el dicho tristemente difundido: “piensa mal y acertarás”.

¿Hasta qué punto, y ya que estamos aún en un clima electoral, quienes gobiernan generan confianza? ¿Creen ustedes que ésta se genera cuando se pone como fin el aumento de la riqueza de un país? ¿No habría que recordar que la riqueza es solo un medio para que la población logre su verdadero desarrollo individual y social?; ¿es correcto enarbolar la bandera del desarrollo económico del país, sin preguntarnos si la gente va a ser, de verdad, más feliz que antes?

Martin Seligman [2], líder de la llamada Psicología positiva, define la idea de felicidad de la persona como el bien-ser o el florecimiento de la misma. Para hacerla realidad, señala que deben coexistir cinco variables: la capacidad de conseguir metas difíciles; la entrega, la pasión y la lealtad por lo que se lleva a cabo; el sentido de lo que se hace; su dimensión social; y, por último, las emociones positivas pasajeras que surgen. Las primeras cuatro son estructurales y estables y son fruto del esfuerzo personal; sin embargo, las emociones positivas y pasajeras, son fáciles de alcanzar y no implican mayor esfuerzo: un sueño reparador, un placer culinario, el último modelo de Smartphone.

Lograr el desarrollo de las personas requiere esfuerzo, día a día, en los momentos de trabajo cotidiano y rutinario, para no quedarse en las emociones que nos encierran en el individualismo. Aunque la sociedad del consumo actual nos presenta este modelo de vida como el mejor, caer en este error induce a un comportamiento egoísta que tarde o temprano afecta el clima de confianza y facilita ese “piensa mal y acertarás”.

Eso mismo que sucede en nuestra sociedad, puede ocurrir en nuestras organizaciones. Es preciso darnos cuenta de lo obvio: todos respondemos mejor en un clima de libertad y de responsabilidad. Cuando se resiente la confianza en una organización, las personas piensan que nadie se preocupa por ellas y que sus esfuerzos no son bien retribuidos. Se resiente la identificación con la institución y el amor por la tarea encomendada. Se pierde la visión del bosque y cada uno se concentra en el árbol más próximo que además impide la visibilidad. Es responsabilidad de la dirección recuperar esta especie de mística. ¿Cómo? asegurando que las decisiones directivas de cada día se centren en el bien de la persona y sean el fruto del aporte de los distintos actores. Esto, que parece obvio, es lo que debemos descubrir hoy.

Para que un directivo tome decisiones coherentes en bien de la persona es necesario aprender a obedecer antes que a mandar. Gobernar bien no es ejercer el poder por el poder, sino ejercer la autoridad con prudencia. Sabemos bien que la autoridad no se alcanza por méritos propios: en el caso de las organizaciones, la otorgan los dirigidos. En el caso de los gobernantes, el pueblo; y en el caso de los profesores, los alumnos. La autoridad se nos revela entonces como el reconocimiento, por parte de otros, de unas altas capacidades profesionales y humanas. Qué peligroso es que quienes gobiernan o dirigen no sean dignos de autoridad, sea porque no tienen las capacidades profesionales o, peor aún, las capacidades morales para dirigir.

Pero está lejos de mí querer incitar al pesimismo y pensar que estamos inmersos en un camino irreversible. Felizmente, la desconfianza no se ha generalizado tanto, a pesar de que la mayoría de medios de comunicación nos hagan creer lo contrario y se encarguen de presentar, mayormente, casos negativos.

Ustedes mismos, graduados y titulados (…) han ido forjando una serie de virtudes propias de la vida cotidiana, que quizá han pasado desapercibidas pero que ahora en el día a día del trabajo que realicen, van a representar su mejor y más sólido sustento (…). Ojalá puedan invertir el dicho popular, como alguien sugería: “piensa bien y acertarás”.

Un elemento fundamental en la creación de confianza es precisamente la comunicación. El utilizar adecuadamente los canales idóneos para decir las cosas de la manera correcta y en el momento oportuno; el saber escuchar, el tomarse el tiempo para explicar, corregir, informar y hasta pedir disculpas… Todo esto son medios imprescindibles para que la confianza se genere. Si esta dedicación cotidiana a la comunicación se descuida, entonces la desconfianza se esparce como virus, a través de los rumores, las suposiciones y la llamada lógica de la sospecha.

¿Qué hay que hacer entonces para confiar y sembrar confianza? Purificar la memoria. No siempre la (supuesta) experiencia es suficiente, pues, explica el doctor Enrique Banús, “quien continuamente recurre al pasado simplemente se ha avejentado: el viejo es quien vive de la memoria. El niño empieza siempre de cero. No se trata de infantilizarse, pero sí de no envejecer prematuramente. Quien desconfía, envejece”.

Esta actitud no aparece de la noche a la mañana. Por lo general, ha sido cultivada, en personas que han recibido una buena formación académica y humana; y demostrada (previamente) en el ámbito familiar y social. ¡Cuántos heroínas y héroes encontramos entre tanta gente ordinaria! Ustedes mismos, graduados y titulados… La rutina de las clases a las 7 de la mañana, de las prácticas semanales, de los trabajos hechos a contrarreloj, han ido forjando una serie de virtudes propias de la vida cotidiana, que quizá han pasado desapercibidas pero que ahora en el día a día del trabajo que realicen, van a representar su mejor y más sólido sustento; van a contribuir al clima de confianza de la empresa donde trabajen. Ojalá puedan invertir el dicho popular, como en alguna ocasión escuché que alguien sugería: “piensa bien y acertarás”.

Retomando el discurso de Wallace en Ohio, él se pregunta: ¿cómo fijar un propósito de vida que nos lleve a nuestro pleno desarrollo? Si lo fijamos en el dinero o en el poder, nunca alcanzaremos nuestro desarrollo pleno. Estos propósitos son “enfermos”, “débiles”, porque son bienes externos que nunca satisfacen. Sólo lo que él denomina un propósito sano y la construcción de virtudes personales llevan al desarrollo de una vida plena, que inspira a otros. Un propósito sano desestima el placer del momento, para situarse en algo más duradero e interno como la virtud o la verdad. Es de naturaleza más espiritual que material [3].

En este sentido, para los universitarios, profesores y estudiantes, la búsqueda de la verdad como valor absoluto puede y debe ser un propósito sano. Es la razón de ser de una universidad. Esto, en el ámbito del saber científico, es importante matizarlo porque la búsqueda de la verdad tiene caminos y cortocaminos distintos, admite posiciones diversas, que dan lugar a las escuelas… Y es bueno sea así. Esa sana libertad de cátedra y de investigación no es absoluta porque descansa en la tradición propia de cada ciencia; pero además, se fortifica cuando –dejando a discusión tantos logros científicos de las ciencias particulares- se apoya en algunas –pocas- verdades absolutas de tipo filosófico, moral y también religioso, que precisamente le dan su más profundo sentido.

Siendo conscientes de ello, no podemos caer en el relativismo moral y pensar que cada uno encuentra su propia verdad. Esto no sólo procede del individualismo sino que lo ahonda, e impide la felicidad: la centra en el recibir más que en el dar, y la identifica con el bien individual más que con el bien común. Esto genera un clima de desconfianza.

De acuerdo con [don José Agustín de la Puente], el Perú lo hemos hecho y lo seguimos haciendo cada uno de nosotros en el día a día. Es una tarea de largo plazo que deberá cumplirse con actitud positiva, valores, conocimiento y una adecuada comunicación que fomente la confianza.

Retomando el clima electoral y de preocupación por los destinos de nuestra patria, asumamos el reto de recuperar la confianza, e invitemos a otros a que hagan lo mismo. No esperemos a que las autoridades solucionen los problemas cotidianos, porque muchas veces éstos los creamos nosotros y nosotros tenemos la responsabilidad de resolverlos. No reconocerlo es negar lo obvio.

Este protagonismo de la mujer y del hombre que dan importancia a la vida cotidiana, a la búsqueda de la felicidad en lo ordinario y a la creación de la confianza en circunstancias comunes, incluso rutinarias, pero decisivas, es un tema que nuestra historia reconoce muy bien. Y no soy yo quien lo afirma, sino la voz autorizada de nuestro gran historiador, don José Agustín de la Puente, tan cercano a esta casa de estudios, que desarrolla la relación entre Los ciudadanos y el Estado. En ella, el Dr. De la Puente señala (cito): “el Perú, tal como hoy lo entendemos, no nació por la decisión de ningún hombre superior, ni como consecuencia de una guerra, o de algún suceso extraordinario. El Perú nació como fruto de la vida cotidiana…”. Es decir, “día a día fue naciendo una forma de vivir, que es la raíz y la explicación de lo peruano. El Perú surgió en la transformación, silenciosa pero cierta, de la vida cotidiana” (fin de la cita).

De acuerdo con el ilustre historiador, el Perú lo hemos hecho y lo seguimos haciendo cada uno de nosotros en el día a día. Es una tarea de largo plazo que deberá cumplirse con actitud positiva, valores, conocimiento y una adecuada comunicación que fomente la confianza.

Por último, todo lo dicho coincide también con las enseñanzas de nuestro primer Gran Canciller, San Josemaría Escrivá, quien de muchos modos distintos plasmó la vida cotidiana como el lugar donde el cristiano debe encontrar a Dios. Ante una asamblea de universitarios, afirmó en una ocasión: “allí donde están vuestros hermanos los hombres, allí donde están vuestras aspiraciones, vuestro trabajo, vuestros amores, allí está el sitio de vuestro encuentro cotidiano con Cristo. Es, en medio de las cosas más materiales de la tierra, donde debemos santificarnos, sirviendo a Dios y a todos los hombres” (CONV, 113) y el Papa San Juan Pablo II no dudó en llamarlo: “el santo de lo ordinario”.

No solo nuestros profesores, sino también ustedes, titulados y graduados de las distintas maestrías, poseen todos los conocimientos y la formación suficiente para ser protagonistas del gran cambio que necesita nuestra patria, mediante un compromiso cotidiano por recuperar la confianza, reforzar lazos, promover la solidaridad y el apoyo mutuo, para lograr objetivos comunes de bienestar, crecimiento económico y desarrollo humano sostenible.

Reitero mi felicitación a los graduados y mi ferviente deseo de que miren también al futuro con la certeza de que su trabajo bien hecho, contribuirá, sin duda alguna, a construir el Perú que todos anhelamos, en donde prime la confianza, con responsabilidad y libertad.

¡Muchas gracias!


[1] Liderazgo para el bien común. Luis Huete, Javier García. Pág. 105-107.

[2] Liderazgo para el bien común, Luis Huete, Javier García, Pág. 99-101

[3] Liderazgo para el bien común. Luis Huete, Javier García. Pág. 107-109