Cincuenta Años de la Universidad de Piura

Dr. Antonio Abruña Puyol
Rector de la Universidad de Piura (2003-2012 y 2018-).
Piura, 26/04/2019
Lima, 24/04/2019

Excmo. Vice Gran Canciller, Sr. Rector, dignas autoridades, ilustre Claustro académico; señoras y señores.

El miércoles (24), recordábamos en la ceremonia de apertura de Lima, que un 24 de abril del año 1966, se hizo el primer viaje a Piura para tomar contacto con el obispo de la ciudad y hacerse una idea de lo que suponía el proyecto de fundar una Universidad en el desierto piurano.

Estuvieron en esa ocasión el entonces Ing. Eugenio Giménez, vicepresidente de la Asociación para el Desarrollo de la Enseñanza Universitaria (ADEU); el padre Vicente Pazos, Consiliario del Opus Dei en el Perú; el entonces Dr. José Navarro Pascual, quien fue rector de la Universidad en los años 80, y el padre Antonio Ducay.

Mons. Hinojosa los invitó a almorzar en un restaurante en las afueras de la ciudad, con vista al desierto piurano, parte de cuyos terrenos serían donados después para constituir el actual Campus de la Universidad.

Mucho antes de que se empezara a pensar en el proyecto de la Universidad de Piura, en el corazón de San Josemaría Escrivá ya se anidaba el deseo de una nueva universidad. La Universidad de Navarra fundada en 1952 era tan sólo el principio de este tipo de iniciativas educativas. ¿En dónde se empezaría un nuevo proyecto de esta naturaleza? La historia ya la conocemos. Hacia finales del Concilio Vaticano II, Mons. Erasmo Hinojosa –obispo de Piura y padre conciliar– escribe una carta a San Josemaría Escrivá manifestando su deseo de que el Opus Dei desarrolle una labor de carácter universitario en la ciudad de Piura.

La respuesta de San Josemaría, fechada el 9 de noviembre de 1965, fue pronta y llena de esperanza, manifestando “su convencimiento de que en esta ciudad y con el centro universitario se realizaría un gran servicio a la Iglesia, al Perú y a tantas almas”. Y, como correspondía, trasladó la petición a los directores del Opus Dei en el Perú.

El P. Vicente Pazos con su proverbial concisión escribió: “El Padre nos traspasó, pues, la decisión a los directores de la Región. Éramos muy pocos, no teníamos recursos ni para lo poco que se hacía. Pero no podíamos decir que no, no habiéndolo dicho nuestro Padre”.

La Asociación para el Desarrollo de la Enseñanza Universitaria (ADEU) asume el reto, constituyéndose en el ente promotor de la Universidad de Piura como lo recoge en su acta de asamblea general del 9 de enero de 1967. Desde el inicio, los asociados de ADEU entendieron que el proyecto tenía que ser alentado por la iniciativa privada, de naturaleza civil y acorde con las normas legales de carácter universitario vigentes en el país. ADEU, bajo la presidencia del Dr. José Agustín de la Puente encarga al vicepresidente, ingeniero Eugenio Giménez, la dirección y ejecución del proyecto.

Quiero aprovechar esta ocasión para reiterar nuestro agradecimiento al Dr. De la Puente por su compañía durante todos estos años. Su presencia discreta, la calidez de su trato, su grandeza de corazón, su finura de espíritu son un legado que dan solera a nuestra universidad.

La primera presentación del proyecto de la Universidad se expone el 14 de septiembre de 1967. Las actividades, reuniones, conversaciones se siguen una tras otra.

La respuesta generosa de tantas familias piuranas y amigos se suman al trabajo del grupo promotor.

Las gestiones ante el Congreso de la República llegaron a buen fin autorizándose la Universidad de Piura por Ley 17040 del 12 de junio de 1968. La primera inauguración del año Académico fue el 7 de abril de 1969, cuya Lección Inaugural estuvo a cargo del Dr. José Agustín de la Puente. Las clases empezaron unos días después, el 29 de abril.

Han pasado, desde entonces, varias décadas de trabajo intenso. Llevamos entre manos, cincuenta abriles, pocos para una institución universitaria portadora de una herencia de siglos; los suficientes, en cambio, para consolidar nuestro ideario fundacional.

A los pocos años de nuestra andadura institucional, en agosto de 1974, San Josemaría Escrivá, en las distintas reuniones que sostuvo con diversos grupos en Cañete y Lima, se refirió en muchas oportunidades a la Universidad. En una de aquellas reuniones familiares, el 14 de julio, por la mañana, en el jardín del hoy Centro Cultural de la Universidad de Piura en Campus Lima, La Casona, dijo: “Hemos de pensar que, con la bendición de Dios, se aumentará la labor de la Universidad de Piura. Iremos poniendo todas las facultades. Una buena Facultad de Medicina también iría bien”.

A todos nos quedó muy claro que teníamos que poner en funcionamiento una Facultad de Medicina, la Asamblea Nacional de Rectores la registra, oficialmente, el 10 de septiembre de 2014. Habían transcurrido cuarenta años desde la sugerencia de San Josemaría. No imaginábamos que la sede de la Facultad fuera a quedar a escasos metros del jardín de La Casona. De este modo y, con el particular aliento de San Josemaría, da sus primeros y firmes pasos la carrera profesional de Medicina Humana en nuestra universidad.

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“Todo está hecho y todo está por hacer”, nos decía San Josemaría.

Todo está hecho: aunque jóvenes somos una universidad con un ideario consolidado, con dos campus, tres sedes, la universidad está licenciada, los programas de pregrado acreditados o a punto de acreditarse, en fin, tenemos ya la anhelada la Facultad de Medicina.

Y todo está por hacer: ¿cómo afrontaremos los siguientes años?

Vienen a mi cabeza las palabras de   Mons. Javier Echevarría, también Gran Canciller de la Universidad de Piura, quien nos recordaba que la universidad “debe reorientarse constantemente hacia la búsqueda de la verdad, camino que va acompañado por el amor al bien y por el gozo de la belleza”. Esta afirmación nos señala los puntos fundamentales que deben presidir nuestro trabajo, una ruta que lleva a la excelencia académica: exigente labor de investigación, buena docencia y generoso acompañamiento a nuestros alumnos en la asesoría.

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Queremos ayudar a desvelar la verdad que anida en la realidad. Un profesor es un buscador incansable de la verdad. Ser profesor universitario es una vocación y una ocasión de asombro continuo. Lo dice bellamente Benedicto XVI[1]: “En toda verdad hay siempre algo más de lo que cabía esperar, en el amor que recibimos hay siempre algo que nos sorprende. Jamás deberíamos dejar de sorprendernos ante estos prodigios.

Lo que nos mueve es el amor a la verdad y en esto seguiremos esforzándonos, procurando la mejor formación académica de nuestros profesores, alentando la investigación interdisciplinaria, buscando la internacionalización, siendo valientes en la innovación y, como el milenio en el que nos movemos, a decir de Charles Handy, está signado por el aprendizaje y cambio continuos como estilo de vida, la Universidad está llamada a ser un centro de innovación continua. Por eso, hemos de tener verdadera ilusión de hacer camino al andar, reinventando nuestro saber y fomentando novedosas investigaciones que enriquezcan las ciencias que cultivamos.

No es, por tanto, el afán de éxito la razón última de la Universidad, es el afán de servicio lo que nos mueve. Mejoramos las competencias profesionales, ponemos la infraestructura y tecnología que exige el medio, principalmente, para servir mejor.

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Búsqueda de la verdad y, también, orientación al bien. La Universidad de Piura desde sus inicios se constituyó en una comunidad de prácticas, en donde profesores, alumnos, personal administrativo y de apoyo, todos, compartían buenas prácticas para el cultivo de la inteligencia y del carácter. No queremos que el trabajo heroico de los pioneros sea un simple recuerdo de tiempos pasados. De hecho, en más de una ocasión hemos oído o recordado con nostalgia el ambiente que había en la Universidad en los tiempos de Ramón Mugica, Luz González, Rafael Estartús, Thèrese Truel, José Ramón de Dolarea… Tiempos de exigencia académica y cercanía amical. Es un rasgo que pertenece a la cultura organizacional de la universidad, son las raíces que dan razón de nuestra identidad corporativa.

Somos conscientes, asimismo, de que en nuestra propuesta educativa –en palabras de San Josemaría– “No hay universidad propiamente en las escuelas donde, a la transmisión de los saberes, no se una la formación enteriza de las personalidades jóvenes[2].” Esta convicción está recogida en el Ideario de la Universidad de Piura cuando nos referimos a la formación integral de nuestros alumnos. Formar integralmente es ayudar a crecer cognitiva, volitiva y afectivamente. Enseñamos y formamos a la vez, de ahí que la asesoría personal a nuestros alumnos no sea un aspecto circunstancial de la tarea docente, es de la sustancia misma de nuestra labor. Los años de experiencia nos confirman aquel aserto de los viejos profesores: “sólo se aprende de quien se ama”.

Sabemos que es un esfuerzo titánico no sólo llegar a todos los alumnos, sino llegar a cada uno de ellos. La meta nos supera, pero no nos desanima y seguiremos en este empeño de ayudarlos a crecer.

Tenemos, también, la responsabilidad de procurar las condiciones que favorezcan la consecución de la vida buena en sociedad.

En Piura, han sido muchos los proyectos ejecutados por la Universidad para elevar el nivel humano y social de la población rural. Seguiremos en ese empeño para, asimismo, crear más oportunidades para que todos aquellos buenos y calificados estudiantes puedan cursar sus estudios en nuestras aulas venciendo las dificultades de las barreras económicas.

El Ideario de la Universidad señala, igualmente, otro rasgo que nos ha caracterizado desde el inicio: la inspiración humanista y cristiana –católica– del proyecto educativo. Jerusalén, Atenas y Roma son las columnas de la civilización occidental, cuya virtualidad bulle en el Perú de todas las sangres, en renovada síntesis viviente, a decir del maestro Víctor Andrés Belaunde.

La búsqueda de la integración de todos los saberes es un empeño continuo que se renueva de generación en generación. La formación humanística está acompañada de la identidad cristiana abierta a la trascendencia, cuyos rasgos ha desarrollado con detenimiento el profesor Alfonso Sánchez Tabernero en su Lección inaugural. Las Humanidades le dan consistencia a la docencia e investigación que desarrollamos en la universidad. La identidad cristina eleva la mirada y ensancha el corazón. Si San Agustín decía: “Pondus meum, amor meus”, mi peso es mi amor, nosotros podemos decir que el cultivo de las Humanidades y la identidad cristiana le dan peso específico a nuestra propuesta universitaria. El amor al Perú, su historia, sus costumbres ancestrales, sus expresiones artísticas, son un aliciente para llegar al Bicentenario con una renovada disposición de servicio a la grandeza de nuestra Patria.

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La profesora Luz González se ha referido en varias oportunidades a la educación del buen gusto. La sencillez de la belleza, el cariño por la naturaleza, la disposición atenta al cuidado de las instalaciones, la pulcritud de los ambientes, no son mera casualidad. La carrera de Arquitectura, cuya primera promoción ha egresado en diciembre pasado, tiene en sus manos una particular responsabilidad en este ámbito, para hacer amable y bella la vida en la ciudad.

El nuevo Edificio E es una muestra de este diálogo entre cultura y naturaleza, merecedor de varios premios, nacional e internacional, por su propuesta.

Y aquí, quiero agradecer a todos y a cada uno de los que a lo largo de estos cincuenta años han contribuido al mantenimiento y ornato de nuestros Campus Lima y Campus Piura: cada uno con su propio estilo, ambos con el mismo espíritu de cuidado de las cosas pequeñas y buen gusto. Gracias al trabajo escondido, silencioso, sacrificado del personal que antes y ahora limpia, mantiene y vigila nuestras instalaciones podemos tener un campus acogedor que muestra en sus instalaciones bien cuidadas lo que enseñamos en las aulas.

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Al cumplir los cuarenta años de vida institucional, hicimos una especial mención del primer grupo promotor y de los profesores que iniciaron esta aventura universitaria. En esta ocasión me gustaría honrar la memoria de los pioneros que nos dejaron en el transcurso de estos últimos diez años.

El Padre Javier Cheesman falleció el 25 de agosto de 2010. Elegante, discreto, conocedor exiguo de la lengua española. Aún hoy día es un referente obligado en el conocimiento de Abraham Valdelomar.

El Ing. Ricardo Rey Polis, nuestro primer rector, falleció el 26 de diciembre de 2010. Hombre sincero, decidido, transparente; se jugó por entero, sin alharaca, ni dramatismo. Tras de sí queda una estela de vida fecunda. Sembró a manos llenas y su esfuerzo no ha sido vano.

Rafael Estartús falleció el 24 de marzo de 2013. Hombre de sobriedad espartana. Tuvo la magnimidad de las almas generosas: no se guardaba cosas para sí. Con la misma ilusión con que preparaba y daba sus clases de Geometría, se interesó, asimismo, en indagar en las relaciones entre la fe y la ciencia. Un maestro cabal, un pionero cuyo testimonio de vida es un pilar de nuestra identidad institucional.

El P. Vicente Pazos nos dejó un 25 de mayo de 2015. Ha sido el motor inmóvil que dió vida y sostuvo los primeros balbuceos de la Universidad.

La profesora Thèrese Truel falleció el 26 de marzo de 2017. Gran docente y magnífica asesora de sus alumnas. Su jovialidad y buen humor alegran la historia de la Universidad.

El ing. Miguel Samper falleció el 20 de julio de 2017. Fue el alma de la Facultad de Ingeniería, excepcional en sus dotes intelectuales y capacidad organizativa, maestro cabal.

José Ramón de Dolarea fallecido recientemente el 10 de noviembre del pasado año. Joserra le llamábamos. Su pluma engalanó de trajes líricos las arenas blancas y los algarrobos verdes del campus universitario.

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Queridos egresados que hoy reciben su título profesional o su grado de magíster, queridas familias y amigos que nos acompañan esta noche en la ceremonia de Inauguración del Año Académico, signada por la celebración de los cincuenta años de la Universidad, deseo expresarles nuestro más profundo agradecimiento, nuestras felicitaciones y queremos compartir con ustedes la alegría propia de este acontecimiento.

Muchas gracias, nuevamente, a todos los piuranos y peruanos que donaron tierras y dinero para el primer edificio, y a las naciones que entendieron este compromiso con la educación, uno de cuyos embajadores se encuentran ahora presente en este acto. Generosidad que fue correspondida, desde el primer instante, por el compromiso que nació en el pequeño grupo promotor y los primeros profesores dispuestos a contribuir al desarrollo de esta región que les daba la bienvenida.

Generosidad, oración y aliento, igualmente, de un santo, San Josemaría Escrivá, Fundador y primer gran Canciller de la Universidad de Piura.

Termino ayudado de unos versos escritos por José Ramón de Dolarea, hace cincuenta años:

La amistad esta noche
ha venido a buscarnos

(…)

En la noche propicia
queda un aire de abrazos.

(…)

Nunca los hombres, nunca
como amigos y hermanos
han sido tan felices
han comprendido tanto.

Declaro inaugurado el año académico 2019, año de nuestro quincuagésimo aniversario del inicio de clases

Buenas noches y muchas gracias.


[1] Caritas in veritate, n. 77.

[2] ESCRIVÁ, Josemaría. Discurso de Doctorado Honoris Causa, 24- XI- 64

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