La universidad de inspiración cristiana

Dr. Alfonso Sánchez-Tabernero
Rector de la Universidad de Navarra
Piura, 26/04/2019
Lima, 24/04/2019

Excelentísimo Vice Gran Canciller de la Universidad de Piura,

Excelentísimo Rector,

Autoridades académicas, civiles y eclesiásticas,

Profesores, alumnos, particularmente los alumnos y alumnas que hoy os graduáis, todos por cierto muy elegantes les sienta muy bien el traje académico, y amigos de la Universidad de Piura,

La idea cristiana de universidad está en el origen mismo de los centros de educación superior (Scott, 2006). Las primeras universitas magistrorum et scholarium, o comunidades de profesores y estudiantes, surgieron en los siglos XII y XIII como una evolución natural de la tarea educativa que desarrollaban las escuelas catedralicias. Las universidades aportaron tres novedades fundamentales: la idea del estudio –la investigación, diríamos ahora– como requisito necesario para el descubrimiento de la verdad; la libertad académica; y el otorgamiento de grados. Las enseñanzas eran impartidas por esas primeras facultades de artes, derecho, medicina y teología.

Las universidades nacieron en Europa. Luego, en el siglo XVI, llegaron a América, precisamente a Perú, y más tarde se expandieron por todo el mundo. A lo largo de 800 años han sido capaces de reinventarse sin perder la fidelidad a su idea original. Precisamente en este equilibrio entre adaptación y respeto a su misión radica la vitalidad y el prestigio de la universidad como institución.

Los centros de educación superior compartían al principio un mismo modelo, con leves variantes: Bolonia, Oxford, París, Coimbra o Salamanca impartían grados similares, coincidían en su inspiración cristiana y fueron el espejo en el que se miraron las universidades fundadas en las décadas siguientes. Siglos más tarde, la variedad de planteamientos y ofertas educativas creció de manera extraordinaria: surgieron universidades omnicomprensivas y otras, en cambio, eligieron un foco temático, como las politécnicas; unas pusieron más énfasis en los grados y otras en los posgrados; los centros educativos procedían en unos casos de iniciativas públicas y en otros, eran privados; unos tenían ánimo de lucro y otros no; se consolidaron además universidades de tamaño muy variado; y más recientemente, a la enseñanza presencial se han añadido las ofertas online o los modelos mixtos.

También existe ahora una gran variedad en los principios configuradores de las instituciones de educación superior. A las universidades pioneras de inspiración cristiana se han sumado después centros académicos que asumen una fe diferente –por ejemplo, el judaísmo o el islam– o que se basan en un ideario no religioso.

Este rapidísimo repaso a la evolución de las instituciones universitarias nos lleva –de manera casi inevitable– a plantear una pregunta que me parece de particular interés: ¿no será la identidad cristiana un rasgo propio de la universidad del pasado? O, al menos, esa identidad ¿no deberá moderarse o suavizarse para conseguir una mayor sintonía con la cultura contemporánea?

De hecho, en las últimas décadas no pocas universidades de todo el mundo han renunciado a sus raíces cristianas o estas se han convertido como mucho en un conjunto de tradiciones o de símbolos casi decorativos (Boeve, 2006).

Me parece que viene al caso, en este momento, un recuerdo personal. En 1994, llegué a un acuerdo con la Universidad de Navarra para reincorporarme a su claustro de profesores. En mi Universidad –fundada, como Piura, por San Josemaría Escrivá– había obtenido los grados de licenciado y doctor. Luego me fui a trabajar a otros lugares, primero a una universidad de España y después a otra de Gran Bretaña. Transcurridos siete años consideré que había acumulado un poquito de experiencia y que había llegado el momento de volver a mi alma mater.

La ilusión del retorno no escondía una preocupación de fondo. Yo venía de dos buenas universidades públicas, cuyo ideario no estaba en contra de los valores dominantes actuales. En cambio, iniciaba mi andadura en una institución que no contemplaba la idea de atemperar o esconder su identidad cristiana. Por eso, me planteé si no estaría volviendo a un lugar con poco futuro.

Conocía aspectos positivos de la Universidad de Navarra, como la sintonía de los profesores con el proyecto educativo, el espíritu de equipo, la calidad de sus alumnos o la fortaleza de sus centros de investigación; de hecho, eso era –en parte– lo que me atraía, lo que me impulsaba a volver. Sin embargo, no podía obviar los aspectos más problemáticos. Me preguntaba, por ejemplo, si estudiantes de otras culturas querrían formarse en una institución de inspiración cristiana. Tampoco sabía si universidades de otros países querrían firmar acuerdos de colaboración, o si los empleadores desearían contratar graduados que libremente deseasen asumir las grandes propuestas del pensamiento cristiano.

Finalmente, me incorporé a la Universidad de Navarra y comencé a trabajar en su Facultad de Comunicación. 25 años más tarde puedo aclarar públicamente que aquellos temores míos eran completamente infundados. La Universidad de Navarra, hoy, recibe varios miles de solicitudes de admisión cada año. Los alumnos internacionales superan ya al 30% del total. La satisfacción de los estudiantes –que medimos cada año– es muy alta y no ha dejado de crecer. Los rankings internacionales más prestigiosos nos ubican entre las 50 mejores universidades del mundo en empleabilidad y este verano, el Times Higher Education nos situaba como la octava mejor universidad europea en docencia.

Mi conclusión es que, para una universidad, la identidad cristiana constituye a una extraordinaria ventaja competitiva. Este hecho se explica porque los valores cristianos son tan atractivos como respetuosos con las opiniones ajenas. No es preciso recibir el don de la fe para tener en gran estima ideales como el espíritu de servicio, la honradez profesional, la protección de la vida –sobre todo la de los más débiles-, la solidaridad con los que sufren, la veracidad o la defensa de la naturaleza.

El mensaje cristiano favorece que la universidad esté centrada en los alumnos, ayuda a que los profesores se conviertan en maestros dedicados a motivar y guiar, con una exigencia alentadora (Woodrow, 2006). Así, cada estudiante aprovecha al máximo sus capacidades, aprende a saltar obstáculos y descubre que sólo será feliz si se empeña en que otras muchas personas también lo sean. Los verdaderos maestros no se conforman con poner medios razonables para conseguir los objetivos, sino que están comprometidos con el resultado: no dejan de idear nuevas fórmulas para lograr que sus alumnos descubran el impacto de su trabajo, cuando está planteado como una eficaz palanca al servicio de los demás.

Esa misma idea de servicio fortalece la apuesta por la investigación, en la que todos ponen sus conocimientos, métodos y perspectivas a disposición de sus colegas; el fin prioritario no consiste en construir el propio prestigio sino en lograr hallazgos intelectuales que sean de utilidad para otras personas. Así, fácilmente la búsqueda en solitario deja paso al trabajo en equipo, para que la universidad se ubique en la frontera de la ciencia y esté en el origen de los cambios culturales y sociales (Lorda, 2016). De hecho, avanzar con rigor en cualquier ámbito del saber constituye otro modo, aunque no sea tan inmediato, de ayudar a los más desfavorecidos.

La doble identidad –universidad y católica– establece una relación entre los dos términos, que puede ser de yuxtaposición, subordinación o integración (Sánchez-Tabernero y Torralba, 2018). La yuxtaposición implicaría reconocer la existencia de dos realidades independientes sin que una influya en la otra; así, por ejemplo, lo católico podría concretarse en una oferta de actividades pastorales, añadidas –y a la vez ajenas- a la propia vida de la universidad.

La relación de subordinación supondría que uno de los dos términos estaría al servicio del otro. Por ejemplo, lo universitario se somete a lo católico si la docencia y la investigación se entienden sólo como un medio para la evangelización de la fe; y sucede lo contrario, lo católico se somete a lo académico, cuando los objetivos académicos debilitan la vitalidad católica de la institución.

La relación de integración, en cambio, potencia a la vez la cultura institucional y los aspectos académicos, porque las dos identidades conducen al mismo fin: la búsqueda de la verdad. En la práctica, la dimensión católica promueve el interés por la verdad sobrenatural y su relación con las verdades naturales; genera una motivación trascendente, que favorece la búsqueda desinteresada del saber; y, en ese proceso intelectual, refuerza la primacía de lo ético sobre lo técnico y de las personas sobre las cosas.

El humanismo cristiano impulsa en cualquier institución la cohesión hacia adentro y la coherencia hacia afuera (Romera, 2015). Internamente hace posible que la fuerza del proyecto compartido sea mayor que las pequeñas controversias cotidianas, tan propias de la vida académica. La identidad evita también las conductas erráticas: los cambios de liderazgo no implican golpes bruscos de timón, sino que añaden nuevas ideas, proyectos y perspectivas a unos ideales permanentes. Y, en el ámbito externo, muchas personas pueden confiar y ayudar a las universidades en las que hay una garantía moral de la continuidad del proyecto.

Asumir libremente una identidad cristiana implica también algunas desventajas, como sucede con todas las decisiones relevantes en la vida de las personas y de las instituciones. Elegir siempre supone renunciar. Y cuando preferimos una opción a cualquier otra es imposible que contentemos a todo el mundo. Los valores cristianos, de hecho, pueden generar rechazo en potenciales alumnos, empleadores, colegas e incluso, en instituciones públicas; aunque la experiencia demuestra que muchos de esos prejuicios desaparecen cuando mejora la información, existe un diálogo sincero y se genera un clima de respeto (Mora, 2012).

Expresado de otro modo, las universidades de inspiración cristiana deben obtener la máxima ventaja de esa identidad; es decir, -deben extraer todo su jugo-, a la vez que intentan neutralizar los posibles inconvenientes o efectos no deseados (Torralba, 2015). En este terreno hay, al menos, tres maneras de equivocarse. La primera podríamos denominarla estrategia formalista. Esta opción consiste en establecer unos mecanismos o garantías formales que en teoría garantizarían la presencia de los valores cristianos en la universidad.

Un modo clásico de concretar ese modelo consiste en exigir a los empleados –y de modo particular a los profesores- la firma de un documento en el que hacen suyo el ideario de la universidad. La debilidad de este planteamiento proviene de que no siempre se vive lo que se firma, sobre todo cuando el compromiso asumido -esa firma- garantiza un buen puesto de trabajo. Existen versiones aún más exageradas: por ejemplo, algunas universidades establecen que un porcentaje de su profesorado debe estar bautizado. Sin embargo, si se me permite acudir a una situación extrema, un decano podría contratar a un católico que sea un criminal confeso para llegar a ese porcentaje. Y a nadie se le ocurre -al menos a mí no- que contratar, por ejemplo, a un ladrón que presente su partida de bautismo sea un buen modo de garantizar la identidad cristiana de una institución.

Un segundo error podría denominarse la estrategia de repliegue. En este caso, los directivos detectan que la distancia entre el propio ideario y los valores dominantes de la sociedad son grandes y deciden articular una propuesta atractiva sólo para las personas que comparten una misma fe. Por tanto, la docencia se dirigiría a quienes quieren formarse de acuerdo con los principios cristianos. Y el resto de actividades se convertirían en encuentros entre cristianos, que no necesitan justificar su modo de pensar porque no hay espacio para el desacuerdo, para la disidencia en los valores fundamentales.

Sin embargo, esta estrategia de repliegue es en sí misma contradictoria, porque parte esencial del mensaje cristiano se refiere a la necesidad del encuentro, a la apertura los demás, a la universalidad de la propuesta, realizada para todos los hombres y mujeres de todos los tiempos. En el fondo, ese repliegue supondría minusvalorar la fuerza y la belleza de la verdad, como advertía hace ya dos décadas Juan Pablo II en la encíclica Fides et ratio (9); implicaría ausentarse de un debate intelectual por miedo, pereza o irresponsabilidad.

Finalmente, el tercer peligro podría calificarse como la estrategia del camuflaje.  Esta opción implicaría establecer una política de mínimos que, por una parte, garantizarían una cierta presencia de la tradición cristiana en la universidad, pero que, a la vez, no molesten a nadie. Se trataría, por tanto, de arrinconar lo que compromete y de mantener algunos signos –por ejemplo, actos o ceremonias en momentos singulares- que se limiten a recordar los orígenes institucionales.

La estrategia del camuflaje acaba convirtiéndose en un elegante modo de claudicar: la universidad renuncia a intentar que el espíritu cristiano vivifique la actividad académica y busca una coartada para que parezca que no ha traicionado sus principios.

La identidad cristiana se debe manifestar, sobre todo, en el comportamiento, el estilo de trabajo, el espíritu de servicio, en la relación entre profesores y estudiantes. En este sentido, me parecen inspiradoras las palabras pronunciadas por san Josemaría Escrivá en el Aula Magna de la Universidad de Navarra hace casi medio siglo: “La universidad –afirmaba nuestro primer Gran Canciller- no puede vivir de espaldas a ninguna incertidumbre, a ninguna inquietud, a ninguna necesidad de los hombres. No es misión suya ofrecer soluciones inmediatas. Pero al estudiar con profundidad científica los problemas, remueve también los corazones, espolea la pasividad, despierta fuerzas que dormitan y forma ciudadanos dispuestos a construir una sociedad más justa” (Escrivá, 1972).

En efecto, la identidad cristiana confiere al trabajo universitario una dimensión de aventura épica. Tengo que reconocer que a mí me encanta la épica. Esta mañana, por ejemplo, en el extraordinario campo de fútbol de esta universidad hubo un desafío épico entre el legendario equipo de económicas y el equipo de la Facultad de Comunicación, que fraternalmente me acogió. Empezó dominando y ganando el de económicas; pero el equipo de comunicación tiró de coraje y de épica; remontó y ganó el partido. La épica siempre triunfa. Digo que la épica hace que profesores y alumnos busquen un ideal que nunca se alcanza del todo: se trata de que cada uno descubra la verdad de su propia vida y decida ponerla en marcha con rapidez, sin excusas ni retrasos. La tarea puede parecer ardua porque necesariamente implica que los gustos e intereses de cada uno se supediten al empeño por servir a los demás (Ocáriz et al., 2019). Sin embargo, no conozco un enfoque vital más apasionante.

En la universidad, el influjo del humanismo cristiano está vinculado a principios esenciales como caridad, servicio, respeto o libertad. Con todo, quizá el signo distintivo más evidente de que una institución de educación superior está vivificada por la identidad cristiana; supongo que los profesores y alumnos se preguntarán ¿cuál será?, ¿estará presente en la Universidad de Piura?, ¡qué intriga!, ¿no?, ¿cuál es?; lo va a decir ya o no lo va a decir. Creo que he conseguido captar esta atención del público y también, antes de decirlo, voy a decir que es un signo que cada día se ve en esta universidad. El signo quizá distintivo, más claro de que una institución de educación superior está vivificada por la identidad cristiana es el clima de esperanza y optimismo. La mirada positiva hacia el futuro es compatible con la experiencia de la injusticia y del sufrimiento en el mundo. La esperanza no procede de la desinformación ni de la ingenuidad, sino de la capacidad de vislumbrar el sentido de esos problemas. También surge y se fortalece al comprender que nuestra generosidad, y la de otras muchas personas, impulsa cambios culturales y sociales tan maravillosos como sorprendentes (Benedicto XVI, 2007). De este modo, como escribía Chesterton –el gran maestro de la paradoja- (2013, p. 310), “la alegría, que era la pequeña apariencia del pagano, se convierte en el gigantesco secreto del cristiano”.

La magnanimidad es otro indicador relevante de la presencia del humanismo cristiano en la universidad. Para ilustrar esta idea me permitirán que recurra a otro recuerdo personal, que se refiere a mi maestro, Alfonso Nieto. Con el profesor Nieto, además del nombre, he compartido el itinerario académico, pues él fue mucho antes que yo catedrático de Empresa Informativa, Decano de la Facultad de Comunicación y Rector de la Universidad de Navarra. Quienes trabajábamos con él, con Alfonso Nieto, sabíamos que nuestro maestro era un inconformista permanente: lo que le planteábamos siempre era insuficiente, siempre era considerado poco ambicioso. Él procuraba levantar nuestra mirada, nos impulsaba a llegar más lejos, a buscar nuevos horizontes.

En el año 2012, a punto de cumplir 80 años, el profesor Nieto se encontraba en la fase final de un cáncer. Cuando estaba ya muy enfermo, fui a visitarle a la clínica de la Universidad de Navarra con la idea –como así sucedió- de que ésa sería nuestra despedida. Mi ventaja era que, en esa ocasión, iba con un proyecto grande, que quizás estuviese a la altura de sus expectativas. Le conté que al día siguiente viajaba a Hong Kong y Shanghai para firmar convenios con algunas de las mejores universidades asiáticas. Él me miró con sus ojos claros y brillantes, y me contestó con su habitual aire de misterio: “Bien, tocayo, pero no te olvides de Manchuria”. Y no añadió nada más.

Tengo la certeza de que lo que Alfonso Nieto quería decir es que nunca hay que dejar de explorar nuevas opciones, que es preciso anticiparse, ir a donde otros todavía no han llegado. Desde entonces, en mi Facultad la frase “no te olvides de Manchuria” se ha convertido en un grito de guerra: significa que la mediocridad y el conformismo no tienen cabida en nuestro vocabulario. “No te olvides de Manchuria” es una llamada que nos recuerda que cada día podemos descubrir nuevos modos de mejorar la formación de los estudiantes, nuevas iniciativas para impulsar una investigación de vanguardia, nuevas ideas para servir de manera más eficaz a la sociedad.

La identidad cristiana no la hacen las normas o los procedimientos sino las personas. Por tanto, para que el ideario no sea una aspiración imposible o una formalidad retórica resulta esencial que el equipo directivo comparta esa misión y se plantee cómo conseguir que el mensaje cristiano vivifique de modo siempre nuevo la tarea universitaria. Después, es preciso que les suceda lo mismo a quienes se incorporen al claustro y a los demás empleados de la universidad. Ellos serán quienes encuentren respuestas adecuadas a los desafíos y dificultades, que nunca faltarán. Además, hay que disfrutar en este proceso de búsqueda, con poco miedo a fallar y mucha ilusión por acertar.

Conviene distinguir qué aspectos son permanentes, porque obedecen a principios innegociables y qué cuestiones en cambio deben evolucionar, porque corresponden a un contexto cultural. Por ejemplo, los cambios sociales no requieren modificar la fe que se profesa, pero sí el modo de transmitirla. Como advertía Burggraf (2015, p. 139), “la fe no sólo se comunica con la palabra, sino también con los gestos y con el ambiente de sincero interés por cada alumno. En esta tarea, la autenticidad es imprescindible: (…) sólo resulta convincente una fe que se transmite desde la propia experiencia de la relación con Cristo”. Más sucintamente lo expresa el Papa Francisco (2013, §201): “una persona que no está convencida, nos dice el Papa, que no está entusiasmada, segura, enamorada, no convence a nadie”.

Sé que me he alargado bastante más de lo que ustedes desearían, no me cabe duda, pero no quiero concluir sin un último recuerdo personal, muy breve, se los aseguro, que sucedió durante mi primer viaje a Piura; en el año 2000; me refiero a mi primera impresión, nada más llegar a la universidad: al ver el ambiente de trabajo y el campus tan verde, tan bien cuidado, en medio del desierto, pensé: aquí hacen milagros. En el fondo esa es la identidad cristiana de una universidad:  el trabajo de un grupo de amigos -excelentes profesionales- que disfrutan haciendo que algo imposible se convierta en realidad. Muchas gracias.


Referencias

(1) Benedicto XVI (2007). Encíclica Spe Salvi. Roma, 30.XI.

(2) Boeve, L. (2006). The identity of a Catholic university in post-Christian European societies: Four models. Louvain Studies, 31(3/4), 238.

(3) Burggraf, J. (2015). La trasmisión de la fe en la sociedad postmoderna. La trasmisión de la fe en la sociedad postmoderna y otros escritos. Pamplona, Eunsa, 125-146.

(4) Chaplin, M. (1977). Philosophies of higher education, historical and contemporary. International encyclopedia of higher education (Vol. 7, 3204-3220). San Francisco, Jossey-Bass.

(5) Chesterton, G. K. (2013). Ortodoxia. Barcelona, Acantilado.

(6) Escrivá, J. (1972). Discurso en la investidura de Doctores Honoris Causa en la Universidad de Navarra. Pamplona, 7.X.

(7) Francisco I (2013). Exhortación apostólica Evangelii Gaudium. Roma, 24.XI.

(8) Juan Pablo II (1990). Constitución apostólica Ex Corde Ecclesiae. Roma, 15.VIII.

(9) Juan Pablo II (1998). Encíclica Fides et Ratio. Roma, 14.IX.

(10) Lorda, J. L. (2016). La vida intelectual en la Universidad. Fundamentos, experiencias y libros. Pamplona, EUNSA.

(11) Mora, J.M. (2012). Universidades de inspiración cristiana: identidad, cultura, comunicación. Romana: Boletín de la Prelatura de la Santa Cruz y Opus Dei, 54, 194-220.

(12) Ocáriz, F. et al (2019). Homenaje a Monseñor Javier Echevarría. Pamplona, EUNSA.

(13) Romera, L. (2015). Christian Humanism in the Context of Contemporary Culture. Humanism in Economics and Business. Springer, Dordrecht, 33-47.

(14) Sánchez-Tabernero, A., y Torralba, J. M. (2018). The University of Navarra’s Catholic-inspired education. International Studies in Catholic Education, 10(1), 15-29.

(15) Scott, J. C. (2006). The mission of the university: Medieval to postmodern transformations. The journal of higher education, 77(1), 1-39.

(16) Torralba, J. M. (2015). La doble identidad de las universidades de inspiración cristiana según Ex Corde Ecclesiae. Rivista PATH (Pontificia Academia Theologica) 14, 131-150.

(17) Woodrow, J. (2006). Institutional mission: The soul of Christian higher education. Christian Higher Education, 5(4), 313-327.

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