La Universidad de Piura: El mayor acto de fe en el Perú

Dr. Dionisio Romero Seminario
Lima, 22/04/2009
Piura, 25/04/2009

El Norte del país, por los años 60, ofrecía pocas posibilidades para hacer estudios superiores. Las universidades nacionales de Chiclayo y Trujillo empezaban a acusar los efectos de la politización creciente seguidas de largos períodos de huelgas. No teníamos en nuestra ciudad un Centro Superior que cubriese las expectativas de todos los piuranos.

Mi primer contacto con la Universidad de Piura data de 1967. Se trató de una reunión a la que asistimos un buen grupo de piuranos para enterarnos del proyecto de la Universidad de Piura. El pequeño grupo expositor estaba conformado por el Dr. Julio Rodríguez, Decano de la Facultad de Ciencias de la Universidad de Navarra, el Ingeniero Ricardo Rey Polis, todavía Decano de la Facultad de Ingeniería de la Pontificia Universidad Católica del Perú, el Dr. Carlos Rizo Patrón, abogado y periodista y el entonces Ing. Eugenio Giménez, infatigable animador de esta idea de educación superior y, también, de la entidad promotora, la Asociación para el Desarrollo de la Enseñanza Universitaria (ADEU).

Facilitó, bastante esta primera exposición pública de la Universidad, la presencia en el grupo de don Avelino Armenteras, Cónsul Honorario de la Embajada de España y, por aquélla época, representante en Lima del Grupo Romero. El diario El Tiempo, en su edición del domingo 17, hacía eco a esta reunión diciendo, en recatado tono potencial que “Piura tendría segunda universidad” y anunciaba que “las posibilidades de que Piura cuente en el futuro con un centro de estudios superiores similar a la Universidad de Navarra (España) se acrecentaron a partir de ayer”. No cabía duda, continuaba el diario que de “cristalizarse el proyecto, el departamento se beneficiaría enormemente y se ubicaría en lugar de privilegio dentro del ámbito cultural y científico del país”. La previsión del Tiempo ha quedado cumplida con creces porque ese buen pensar y buen hacer que desde el inicio identificó a la Universidad de Piura se ha difundido auspiciosamente en la Región y en todo el país.

La situación de Piura en 1967 no era muy alentadora. La campaña agrícola no había sido lo que se esperaba y se sentía un cierto agobio económico. Este ambiente un tanto tenso se trasladó, en cierta medida, a la reunión de la presentación pública del proyecto de la Universidad, pues al término de la magnífica exposición del profesor Julio Rodríguez, siguió un silencio desconcertante que se rompió con la entusiasta participación de doña Clara Hilbeck de Balarezo quien, en efusiva intervención animó a los presentes a apoyar el nacimiento de la Universidad.

Hay que decir que esta primera exposición mostraba a una Universidad en gestación con recursos reales que eran más que buenos deseos. Se anunció, por ejemplo, el ofrecimiento de terrenos que mi tío don Ramón Romero Navarro había hecho para el futuro campus universitario. Y, al término de esta misma reunión, don Juan Helguero -en su nombre y en el de don José Fassbender-, hizo ofrecimiento de otras donaciones de terrenos que en conjunto forman al actual Campus de la Universidad de Piura. Julio Rodríguez consideró siempre que la efusiva intervención de doña Clarita fue un elemento decisivo para este primer empuje en la gestación de la Universidad, y por eso la llamaba cariñosamente la “Agustina de Aragón” piurana.

Desde el primer momento se pudo entrever la magnitud de esta iniciativa y quedé entusiasmado con el proyecto que Eugenio Giménez sabía presentar con tanta solidez y convicción. Mi familia –y el grupo Romero- se aprestó a colaborar en esta gesta cultural tan necesaria para el futuro de Piura y del Perú. El Norte del país, por los años 60, ofrecía pocas posibilidades para hacer estudios superiores. Las universidades nacionales de Chiclayo y Trujillo empezaban a acusar los efectos de la politización creciente seguidas de largos períodos de huelgas. No teníamos en nuestra ciudad un Centro Superior que cubriese las expectativas de todos los piuranos. Y deseo acentuar el todos, pues este enfoque de apertura social era el que esperábamos: una Universidad abierta a todo aquel que por vocación y condiciones intelectuales deseara seguir estudios superiores, en donde la condición económica no fuera un factor de exclusión. Un proyecto así explica, en gran parte, el desprendimiento de muchas familias piuranas -y del todo el Perú-, que desde el inicio apoyaron con una variedad de recursos los primeros pasos -y bastantes de los siguientes- de este magnánimo proyecto al servicio de la sociedad.

Ni bien llegar a la sala en la que lo esperábamos [San Josemaría Escrivá] nos agradeció por lo que se estaba haciendo a favor de la Universidad. Me llamó la atención el cariño con el que se dirigió a cada uno de nosotros y se notaba la fuerza y atracción de su carisma personal.

Y la idea seguía tomando cuerpo a pasos agigantados. Mi esposa Yole hacía lo propio y organizaba en casa reuniones con amigas para dar a conocer la Universidad. En simultáneo mi amistad con Eugenio Giménez me permitió conocer más a fondo el sentido de esta idea universitaria: a él debo mi participación especialmente intensa en este primer período de la Universidad. Así que ni bien terminada la exposición del proyecto, con la opinión de don Avelino Armenteras, se pone los rudimentos de una primera oficina para darle operatividad a ADEU en Piura. Colaboran en esta oficina las muy eficaces Marcia Moser e Isabel Balarezo quienes llevaron la inicial correspondencia entre Lima y Piura, en todos los meses previos a 1969. La actividad de Eugenio en este período fue abundante y continuaría así durante años: en vuelos entre Lima y Piura, Eugenio –lo decía él sin mayores alardes- recorría en cada año lo equivalente a dos vueltas y media a la tierra. En sus cortas, pero frecuentes estadías en Piura, trabajaba en una de las oficinas del grupo Romero. Se instalaba en el despacho que ocupaba ocasionalmente el abogado de la empresa, el Dr. La Madrid, o en el escritorio, igualmente disponible, junto al de Carlos Ginocchio Feijoó. Allí dibujó el primer croquis de los límites del Campus de la Universidad de Piura.

Eugenio reunía, diríamos hoy día, un haz de competencias que difícilmente pueden repetirse en nuestro tiempo tan dado a la especialización. Hombre culto y gran lector seguía con atención el curso de la actualidad en sus grandes trazos. Su formación de ingeniero imprimía orden y rigor a su trabajo, lo que ya es bastante; pero, además desarrolló, una notable mentalidad jurídica, que le hacía adelantarse a riesgos y amenazas futuros, de esos que nacen en los entresijos de las leyes y la burocracia y acaban, muchas veces, por empantanar el desarrollo de las buenas iniciativas. Tuvo, de igual modo, una vocación tardía a la escritura y un profundo sentido de la historia. Ejerció el periodismo de opinión lanzándose a escribir una serie de artículos en defensa de las universidades en los diarios Expreso y el Comercio. Artículos de los que he sido lector frecuente y solía comentarle a Eugenio que yo miraba el diario buscando algún artículo suyo para leer, si no lo encontraba pasaba sin más la página editorial. Eugenio, por su parte, haciendo gala de su aguda ironía, solía decir que hasta donde él conocía había tenido sólo dos lectores habituales o mejor en exclusiva: su mamá y yo; pensando en ella seguía escribiendo dedicándole sus artículos en señal de correspondencia, lo que evidencia ese hondo sentido del agradecimiento que tanto ha caracterizado a Eugenio.

Pero sigamos adelante. Estamos aún en los albores y nos ubicamos en el año de1968. El 11 de abril de ese año, San Josemaría Escrivá recibe al grupo promotor de la Universidad de Piura en Roma. Nos encontrábamos presentes, Ricardo y Elsa Rey de Rey, Isidoro y Maruja Bernal de Reverte, Carlos Rizo Patrón, su esposa Gladys Llosa de Rizo Patrón y su hija Mariella; Alberto Moncada, Eugenio Giménez y yo. Poco sabía, en aquel entonces, del Opus Dei y de su Fundador. Ni bien llegar a la sala en la que lo esperábamos nos agradeció por lo que se estaba haciendo a favor de la Universidad. Me llamó la atención el cariño con el que se dirigió a cada uno de nosotros y se notaba la fuerza y atracción de su carisma personal. Regaló para cada una de las señoras presentes una medalla grande conmemorativa y me entregó una para que se la de a Yole, mi esposa, ausente en esa oportunidad. Elsa, esposa de quien sería el futuro primer rector de la Universidad de Piura, le entregó el cáliz que le llevábamos como regalo. Nos comentó, inmediatamente, que celebraría con ese cáliz el próximo domingo de Resurrección, ofreciendo la Misa por todos nosotros y por Piura. Con sencillez y, seguramente, con la confianza de estar haciendo una obra bendecida por Dios, nos dijo que todo saldría bien y que no nos extrañara que surgieran dificultades. Me quedó grabado de modo especial un comentario que hizo a propósito de una ayuda que el Estado español iba a realizar en 1968 a la Universidad de Navarra y que no se hizo efectivo. Él se había alegrado de que fuera así, aunque eso suponía ciertos apuros económicos. Y comentó este suceso diciendo que mejor era que la ayuda viniera voluntaria y libremente del pueblo y de las personas.

El estudiante de mayo del 68 protestaba contra la guerra del Vietnam, contra las estructuras capitalistas. Fue el entronizamiento de Marx, Mao y Marcuse. Es la década de los ceños fruncidos, puños en alto: mucha ira y escasísima alegría. La Universidad de Piura nace en este medio altamente politizado, encrespado en muchos aspectos.

Las palabras de San Josemaría no fueron genéricas, sino que llegaban a precisar cometidos que hoy, vueltos, a recordar, tienen la fuerza de esos encargos cuyo cumplimiento no termina o que por lo menos dejan con esa sensación de cuánto más debemos hacer. Nos dijo que la Universidad de Piura haría crecer a la ciudad y que tarea suya sería disminuir el hambre, evitar que haya enfermos solos, dar más trabajo. Repaso mentalmente estas ultimas palabras y no se me ocurre sino pensar en ese materialismo cristiano del que habló San Josemaría unos pocos meses antes en aquella emblemática homilía en el campus universitario de la Universidad de Navarra en octubre de 1967, titulada con acierto Amar al mundo apasionadamente. La Universidad de Piura, pues, nacía con este encargo y resello especial: búsqueda de la verdad -y en esto entronca con la más rica tradición medieval universitaria- y labor de promoción social. ¿Cabe, me pregunto, mejor síntesis para aunar lo viejo y lo nuevo en una Universidad que sienta sus raíces en la tradición y a la vez se instala en los avatares propios de su tiempo?

Termino este episodio y anoto la intervención de Carlos Rizo Patrón. Él le preguntó a San Josemaría si vendría al Perú cuando la Universidad estuviera madura. Su respuesta fue inmediata, -con esa rapidez suya que luego he visto en películas que recogen tertulias con diferentes gentes en el mundo- “ya está madura en vuestros corazones y en vuestros deseos”.

El viaje a Roma incluyó, también, visitas a Pamplona, San Sebastián, Logroño, según plan muy bien elaborado por Eugenio Giménez. Volvimos a ver a Julio Rodríguez y su esposa y conocí, también, al Dr. Eduardo Ortiz de Landázuri, por aquel entonces Vicerrector de la Universidad de Navarra y prominente médico en la Clínica Universitaria. Todo esto no hizo sino aumentar mi fervor por el proyecto de la Universidad de Piura. Por todas partes se veía seriedad, verdadera vocación de servicio, capacidad intelectual. Quizá en aquellos momentos no éramos del todo conscientes de lo que habíamos visto y vivido: el Fundador del Opus Dei de quien nace la idea de la Universidad de Piura y de la cual será su primer Gran Canciller y estos forjadores de la Universidad de Navarra, Julio Rodríguez, Eduardo Ortiz de Landázuri. Gentes de calidad humana e intelectual exquisitas que no tienen necesidad de decir que son de primera. Personas que irradian, mueven y animan sin alardes, ni alharacas con el estilo que, muy probablemente, aprendieron de San Josemaría. Me he enterado de que se ha abierto el proceso de canonización de Eduardo Ortiz de Landázuri. Se dice rápido y fácil, pero no deja de ser inquietante haber caminado entre santos y vislumbro que, igualmente, una gran cuota de santidad ha roturado el terreno de los inicios de la Universidad de Piura.

Al poco tiempo de retornar de este viaje a Roma, se produce la aprobación de la ley que crea la Universidad de Piura en junio de 1968. La llamada revolución universitaria de Mayo del 68 en París estaba a la vuelta de la esquina, no mucho más atrás en el tiempo estaba el movimiento estudiantil contestatario de Berkeley, California. El malestar de los años 60 se corona en mayo del 68. Una protesta estudiantil que quiere echar por tierra la maquinaria de la sociedad liberal industrializada. Una mezcla de desencanto crítico, teñida de ideología marxista con un cierto activismo anarquista en la acción. Hubo mucho ruido y mucha prensa. Las paredes de París y de muchas universidades estaban llenas de pintas que reclamaban la entronización de la imaginación al poder.

El estudiante de mayo del 68 protestaba contra la guerra del Vietnam, contra las estructuras capitalistas. Fue el entronizamiento de Marx, Mao y Marcuse. Es la década de los ceños fruncidos, puños en alto: mucha ira y escasísima alegría. La Universidad de Piura nace en este medio altamente politizado, encrespado en muchos aspectos, con una juventud a la que se le estaba acostumbrando a pensar que las estructuras sociales, políticas, económicas estaban muy mal y que no tenían derecho a estar alegres. En el Perú de los 70 tuvimos la desdicha de quedarnos sólo con Marx y Mao. Marcuse no estuvo en el imaginario de las aulas y quizá le hubiese dado un tono lúdico al adoctrinamiento político de esa época en las universidades y, quién sabe, pudiera haber detenido al fusil.

El golpe de Estado del General Velasco Alvarado en octubre de 1968 imprimirá a nuestra historia patria unos derroteros que cambiarían el rostro del Perú y Piura era, precisamente, uno de esos epicentros del acalorado clima político que se vivía en esos años. ¿Era prudente empezar clases en un escenario así?

Llega el año de 1969 y no es, precisamente, un año mejor que el anterior. El golpe de Estado del General Velasco Alvarado en octubre de 1968 imprimirá a nuestra historia patria unos derroteros que cambiarían el rostro del Perú y Piura era, precisamente, uno de esos epicentros del acalorado clima político que se vivía en esos años. ¿Era prudente empezar clases en un escenario así? A más de uno pasó por la cabeza la posibilidad de no empezar las clases en 1969: ya existía el problema de la nacionalización de la IPC en Talara y el momento político era tenso en el Norte. Pienso que esta encrucijada en el camino de la Universidad puso a prueba el temple de sus forjadores. Como buenos emprendedores, ante una situación de inestabilidad no se plantearon el ¿qué va a pasar?, sino que dieron un salto adelante, planteándose ¿qué vamos a hacer? Y estaba claro: comenzar las clases a pesar del adverso contexto político e, incluso, del mandato de reorganización que le afectó a la Universidad cuando ésta aún no había empezado a operar. Se evidencia en este inicio la fuerza creadora de la libertad, que no abandona su ejercicio y se resiste a poner el presente y el futuro de la sociedad en manos del Estado. Sí, mirado con la perspectiva que dan los años transcurridos, quizá la explicación de por qué se me han quedado grabadas las palabras que San Josemaría nos dirigió en Roma a propósito de la negación de ayuda estatal para la Universidad de Navarra, se debe a esta arraigada inclinación por la iniciativa personal que he aprendido de mis padres y que reforcé en mi formación universitaria.

El proyecto fundacional de la Universidad remarcó la formación humanística de sus alumnos a la que me adherí, pues en esa cultura de las artes liberales me formé en mi época universitaria en Pomona College en California, una institución universitaria cuya fundación data de finales del siglo XIX, dedicada al cultivo de las artes liberales, siguiendo la más acrisolada tradición de Cambridge y Oxford. Luego vino el MBA en Stanford, pero fue en Pomona College en donde pasé los años más decisivos de mi preparación universitaria. La Universidad de Piura no se quedaba atrás de Pomona en la calidad y perfil de sus primeros profesores: José Ramón de Dolarea era abogado de profesión y poeta por vocación; Javier Cheesman, políglota y lingüista de lujo; César Pacheco Vélez, historiador prestigioso y un gran conversador; Ramón Mugica, físico y uno de los más reconocidos oceanógrafos del Perú; Miguel Samper, exigente y riguroso, estrenaba sus mejores años de ingeniero; Thérese Truel, recién llegada de París traía vivo el recuerdo de las barricadas estudiantiles de mayo del 68 en el barrio latino; Luz González, de una exquisita formación filosófica acrisolada en su estancia en Roma. A este magnífico claustro de profesores me incorporé al poco tiempo de iniciar sus labores la Universidad.

Enseñé Economía utilizando el manual de Samuelson, en unos momentos en los que la economía de mercado era muy mal vista por el uniformizado sistema de la Universidad Peruana. Mi paso por las aulas fue rápido. Un primer semestre lleno de entusiasmo, seguido de algunos más con entusiasmo decreciente. Pasé muchas horas preparando las clases, como en mis trasnoches de estudio en Pomona College. Sentía que no acaba de encontrar el camino para volcar lo que llevaba en la mente a mis alumnos, lo que no quiere decir que no me haya encontrado con magníficos estudiantes en mi corta trayectoria docente. La actualidad en el pensamiento alimentó nuestras clases y aún recuerdo con satisfacción los sesudos trabajos de mis alumnos cuando analizaron aquel famoso libro de Jean Jacques Servan-Schreiber El desafío americano escrito a finales de los 60.

Vuelvo a recordar aquellos años iniciales y veo chicos y chicas alegres asistiendo a sus clases y prácticas. Tenían la angustia propia de la exigencia académica del sistema de funcionamiento que tan exigentemente supo gestionar Miguel Samper. Pero ahora puedo decirlo, tenían la alegría y las angustias de su edad: de esas sanas alegrías que sólo se pueden almacenar en los años de juventud y formación; de esas angustias que son crisol de la disciplina mental para el trabajo serio de mañana.

He visto en todos estos años muchas iniciativas de fomento cultural y social. Pero de todas en las que de una manera u otra el grupo Romero ha participado, no me cabe duda que la Universidad de Piura ha sido y es el mayor acto de fe en el Perú.

Para el Perú de mañana, para el Perú de nuestros hijos y de nuestros nietos, necesitamos de líderes con mentes claras y corazones limpios, líderes que esta Universidad ha formado y seguirá formando para el beneficio de todos los peruanos.