Alguien quiere, empuja y exige a los periodistas

Tengo para mí que San Josemaría Escrivá en un santo que quiere, empuja y exige a los periodistas. No es una simple corazonada. Tampoco las ganas inmensas de que así sea. Es una experiencia personal avalada por las palabras y los gestos del santo.

Digo que San Josemaría quiere, empuja y exige a los periodistas así, en presente, porque no es una persona que fue pero se diluyó en una nube confortable y rosa. Vive, vivirá eternamente, y no se cansará nunca jamás –a diferencia de los hombres que aquí enseguida nos cansamos de tener las piernas cruzadas, de escuchar una conferencia o de pedir por la curación del abuelo–, San Josemaría no se cansará nunca jamás de comprender, animar y susurrar al oído de todos los periodistas que es preciso cambiar, estar a la altura de la profesión, y trabajar mejor.

No quisiera de ninguna forma plantear una cuestión de competencia celestial ni de indisponerme con Santa Catalina de Siena, Santa Teresa de Jesús o San Francisco de Sales que, como patronos e intercesores que son de los periodistas tienen la encomienda de cuidar de todos nosotros.

Entre los santos –por definición– no hay celos, ni corralitos acotados, ni exclusivas, que tantas penas y malentendidos nos traen aquí abajo. De modo que ni Santa Catalina de Siena, ni Santa Teresa de Jesús ni San Francisco de Sales se van a enfadar porque hoy nos detengamos un momento a la vera de San Josemaría. Además, tratándose de periodistas, todas las manos son pocas…

1. UN PATITO FEO

Dicen que el periodismo es pura bohemia en estado químicamente puro. O un oficio deshuesado. O casi una profesión. O lo más parecido al sacerdocio. O lo que linda con la actividad de titiriteros y trapecistas. O la escoria de los volcanes de comadres y murmuradores. O el perro guardián de la democracia. O el desaguadero de pasiones, rencores y afanes de revancha. O la única instancia capaz de resolver los pequeños y grandes problemas de los ciudadanos. O la superficialidad elevada a la categoría de prepotencia arrogante. O la conciencia crítica de la sociedad. O un puro negocio que se pretende ennoblecer con palabras altisonantes. O mil cosas más. Del periodismo, a estas alturas, se ha dicho de todo.

Lo interesante es retener esta idea: a este periodismo vapuleado, hecho trizas, desacreditado, cubierto de improperios, feo, a veces también adulado, subido a la altura del cielo o coronado como el «rey del mambo», a ese periodismo –que sobre todo es o parece ser un «patito feo»–, es precisamente al que San Josemaría quiere, exige y empuja.

Nunca o casi nunca la prensa –valga la paradoja– ha tenido buena prensa. Tampoco los periodistas. Tampoco los propietarios de los medios, de quienes Mark Twain solía decir –con una ironía ácida y nada respetuosa– que si se sacaba del manicomio a un hombre idiota y se le casaba con una mujer idiota, pasadas cuatro generaciones, el resultado sería un editor de prensa.

Kierkegaard, a lo que se lee, tenía también malas pulgas con la prensa. Se atrevió a decir, sin despeinarse, que «mientras exista la prensa diaria, el cristianismo será imposible» y remataba su estimulante visión de los periodistas con esta perla: «Entre los carniceros pueden encontrarse magníficas personas, aunque haya una cierta dosis de crueldad inherente al carnicero; lo da la profesión. Pero ser periodista es peor… Si yo fuera padre y sedujeran a mi hija, siempre tendría la esperanza de que pudiera salvarse. Pero si un hijo mío se hiciera periodista y durante cinco años siguiera siéndolo, no habría ya nada que hacer».

Hasta el mítico periodismo de investigación llega el acento crítico: ni a los que les gustan las salchichas ni a los que les gusta el periodismo de investigación –dirá Don Shelby– deben ver cómo se hacen las salchichas o el periodismo de investigación.

Incluso Helena, la chica del guardarropas en la novela de «Elena Soprano», sentía el mal tufillo de los periodistas. «Cada tanto –dice Helena– también vienen periodistas. Se reconocen enseguida. Cansados y sudados, nunca dejan propina».

2. QUERER AL PATITO FEO

Ese mundo del periodismo al que, según estos autores y muchos otros ciudadanos, hay que entrar tapándose las narices porque –según ellos– segrega fetidez, inconsistencia, inmadurez o perdición; ese mundo fue el que quiso, el que quiere y el que querrá San Josemaría para transformarlo en un río, en un torrente, en un mar de aguas limpias capaz de quitar la sed y limpiar la mugre de todos nosotros, los periodistas.

San Josemaría nunca quiso unirse a ningún coro negativo, a ninguna voz destemplada o amarga que tuviera una visión injusta y miope del periodismo. Nunca se dejó vencer por ese celo amargo que suele acompañar al fracaso, al rencor o a la pequeña desesperación. Un celo amargo que con la coartada de empujar a todos al Cielo empieza por condenar al infierno a un buen montón de los caminantes.

Piropeó al periodismo: «Es una gran cosa el periodismo». Es cierto que piropeó a todas las profesiones. Dios le hizo ver que precisamente la profesión o el oficio eran el campo donde el Cielo llamaba a hombres y mujeres a ser santos. Pero no era nada corriente que San Josemaría alabara de esta forma una profesión concreta.

Tal vez hasta hubiera tenido una cierta justificación humana que San Josemaría hubiera abierto la caja de los truenos contra el periodismo. Tenía una experiencia personal con los medios informativos y tenía también el dolor que esos medios informativos le proporcionaban cada vez que maltrataban a la Iglesia Católica.

San Josemaría probó en su carne las diferencias que hay entre el buen y el mal periodismo. Fue blanco de calumnias, de ataques increíbles, de murmuraciones sin cuento. No le importó, sin embargo, ser personalmente la escupidera de nadie. Todos esos ataques personales se los echaba a la espalda con paciencia, sentido sobrenatural y buen humor.

Pero sufrió hasta lo indecible cuantas veces vio que la Iglesia se convertía en la escupidera de unos medios de comunicación sectarios y fanáticos. Y sentía en su alma el dolor agudo de lo que él llamará «la política infame del silencio».

Pero nada –ni su experiencia personal, ni haber sido la escupidera de algunos periodistas, ni el sufrimiento de ver cómo algunos medios maltrataban a la Iglesia santa– nada disminuyó su cariño, su aprecio, su amor grande por los periodistas y los periodismos de todos los tiempos. Nada pudo con su sentido positivo, estimulante, cálido, de concordia y paz, que tuvo y transmitió a todos.

Veía en el signo MAS (+), que es también –decía– el signo de la Cruz, el símbolo de su actitud ante el periodismo y los periodistas: sumar, disculpar, comprender, perdonar, sonreír, rezar.

3. «OS BENDIGO LAS PLUMAS… Y LAS LENGUAS»

Era octubre de 1967. En la explanada que se abre enfrente de la Biblioteca antigua de la Universidad de Navarra, miles de personas se apiñaban en torno a San Josemaría. No había protocolo, ni discursos rimbombantes, ni lejanías ni ficciones. Era una tertulia. Las preguntas de unos y otros iban y venían, desordenadas. Y en ese ambiente de familia alguien formuló esta petición a San Josemaría:

–¡Padre! Soy periodista. ¿Puedo pedirle que bendiga nuestras plumas?–

Había en aquella petición el sabor de la fe, pero también un rastro de nostalgia como si aquel periodista sintiera la necesidad de que le ayudasen a hacer mejor las cosas, o como si hubiera percibido más de una vez que la sociedad no acababa de reconciliarse con él y con la gente de su profesión periodística.

Algo de todo esto debió de cruzar por la cabeza y el corazón del Fundador del Opus Dei. O quizás golpearon su memoria algunos recuerdos de su experiencia personal. El caso es que San Josemaría contestó:

–«Os bendigo las plumas… y las lenguas»–

Aquella bendición era la certeza de San Josemaría de que todos los periodistas –como todos los hombres– están llamados a ser santos en medio de aquel estanque –no del todo limpio– que surcan los patitos feos. Era su convicción humana y sobrenatural de que las plumas y las lenguas de los periodistas son capaces, si ellos quieren, de transformar el mundo. Aquella bendición era también la esperanza de San Josemaría de que todo esto que soñaba, ocurrirá, sin agobiar los tiempos.

4. LOS HIZO UNIVERSITARIOS

Arcadi Espada, en su libro Diarios Premio Espasa Ensayo 2002– repasa con una mirada crítica, trufada de ironía y buen humor, los periódicos de enero a diciembre de 2001, el año en que enloquecieron las vacas y dos aviones destruyeron las Torres Gemelas. Es una reflexión llena de claroscuros donde la crítica pura y dura se equilibra con propuestas que intentan echar el periodismo hacia arriba.

En un momento determinado, Arcadi Espada dice una cosa terrible: «El periodismo es un extraño oficio en el que a uno sólo le exigen dar lo mejor de sí mismo cuando aún no tiene nada que dar».

¿Qué significa esto?

Es cierto que no todos los periodistas tenemos algo que decir ni mucho menos algo que decir continuamente. Más bien somos pescadores de perlas, discontinuos y condicionados por el estado de la mar. De vez en cuando las ostras de este mundo nos dejan ver y hasta tocar sus pequeños tesoros.

Pero un pescador de perlas –el periodista– no se improvisa. Ser un buen periodista es difícil y costoso. Se necesita nacer un poco periodista y hacerse, hacerse, hacerse periodista por la formación continua y el entrenamiento.

El periodismo es la pasión de saber qué pasa, por qué pasa lo que pasa y qué viene después. Es la pasión de intentar transformar el mundo y no sólo de describirlo. Es la pasión de forjarse convicciones y de defenderlas con una fuerte suavidad. Es la pasión de transformar en oro –como el rey Midas– todas las palabras de la comunicación.

Un periodista –ha escrito recientemente Juan Luis Cebrián– «necesita ejercitar el previo deseo de conocer, y en eso se asemeja a los filósofos, pero igualmente ha de sentir la necesidad de contar cosas, y en eso se parece a los juglares».

Mitad filósofos, mitad juglares.

La inteligencia para iluminar las sombras de la vida, el sentido de la libertad para sembrar libertad, saber mirar más que ver, cultivar las convicciones donde anclar la propia existencia, llegar a tener todo esto – en dosis homeopáticas o por quintales– requiere una preparación honda, seria, científica, y hasta un poco mágica.

La formación universitaria de los periodistas no siempre está a la altura de las circunstancias. Pero lo que es seguro es que la ausencia de formación universitaria solamente por excepción alumbrará un buen periodista.

En 1882, Pulitzer ofreció dinero a la Universidad de Columbia en Estados Unidos para empezar una Escuela de periodismo, pero rechazaron su oferta. Insistió y se lo aceptaron en 1903, aunque la Escuela no se inauguró hasta 1912. Mientras tanto, abrieron sus puertas cinco escuelas más. La de la Universidad de Missouri, de 1908, es la más antigua.

San Josemaría está también inscrito en el libro de los pioneros que abrieron una senda en mitad del escepticismo o del puro aprendizaje empírico del periodismo. Un puñado muy pequeño de hombres que han puesto en marcha, con fuerza espiritual y trazos enérgicos, la investigación científica de la comunicación social y la preparación seria y solvente de las profesiones que la desarrollan y sirven.

Tan fuerte era el cariño de San Josemaría al periodismo, tan claro tenía que los periodistas necesitan una formación libre, con raíces, horizontes altos y sentido de responsabilidad, que quiso dar vida en 1958 –apenas habían transcurrido seis años desde la fundación de la Universidad de Navarra en 1952– a la Facultad de Comunicación.

Era la primera vez que los estudios de periodismo llegaban a la Universidad.

5.DELIRIO Y PASIÓN

Laura Restrepo, en su novela Delirio, describe un infierno donde las llamas y las chispas se han hecho sutilmente mucho más dolorosas que el fuego. «Te juro –dice uno de sus personajes– que el infierno debe ser un lugar donde te encierran con tus consecuencias y te obligan a lidiar con ellas».

«Te encierran con tus consecuencias y te obligan a lidiar con ellas»… Es un modo estupendo de explicar esa fortísima aleación que existe entre libertad y responsabilidad.

Hay que seguir mejorando la pasión de ser periodista.

No escapar. No encogerse de hombros. No preparar un iglú para seguir vegetando. No arriar la bandera de ser mejores personas. No renunciar a transformar el mundo.

Hay que seguir cultivando –en palabras de Umbral– ese «placer ancho y casi marinero de desplegar un periódico, que es como desplegar una vela marinera».

Hay que seguir preparando para todas las redacciones esos «hombres– hombro» de los que habla Arturo San Agustín. Un hombre y un hombro siempre dispuestos a que se reclinen las cabezas llorosas, malhumoradas o al borde de la desesperación periodística. Sólo el hombre–hombro es capaz de entender por qué casi todas las mujeres sensibles piensan a menudo en aquella escena de la película Memorias de Africa en la que Robert Redford lava los cabellos lentamente, con dulzura, poco a poco, a Meryl Streep…

Hay que formarse en el periodismo hasta el final de los días de cada uno. En el trabajo. Al reflexionar sobre la propia experiencia. Con los libros que merece la pena leer. Volviendo de vez en cuando al mundo de la Universidad. Mejorar al ver cómo hacen y cómo trabajan los compañeros que están a la vanguardia de la profesión. Formarse en la fuente de la intimidad personal. Alzar los ojos al Cielo…

6. EL SANTO EMPUJA Y SE HACE EXIGENTE

Con la misma mirada cálida y cariñosa de San Josemaría a los periodistas, con esa misma mirada aprieta, empuja y dice al oído de cada periodista que hay que levantar el horizonte de las exigencias.

Detrás y debajo de las funciones clásicas del periodismo de todos los tiempos –informar, formar y entretener–, San Josemaría entrelaza y funde cuatro finalidades llamadas a dar al periodismo toda su fuerza, toda su belleza, toda su trascendencia social, toda su soberana consistencia.

En su pensamiento, el periodismo ha de contribuir a estas cuatro finalidades (cfr.Conversaciones, 86):

  • Promover el amor a los ideales nobles;
  • Promover el afán de superación del egoísmo personal;
  • Promover la sensibilidad ante los quehaceres colectivos;
  • Promover la fraternidad.

Con estos trazos sencillos y vigorosos, San Josemaría está pensando en un periodismo que levante hacia arriba al público, le ayude a fomentar las alas del espíritu, cultive ese humus de nobleza que todo hombre tiene, le haga más rico en ideas, en sentimientos, en actitudes, un periodismo que catalice una vida con menos telarañas en los ojos.

Pero será imposible hacer todo esto –ennoblecer y no encanallar al público– si los periodistas no luchan por consolidar su rectitud personal. La información verdadera –dirá San Josemaría– «es aquella que no tiene miedo a la verdad y que no se deja llevar por motivos de medro, de falso prestigio, o de ventajas económicas» (Conversaciones, 86).

San Josemaría entiende el periodismo como una siembra de generosidad social que saque a los hombres de un autismo egoísta y ridículo, del iglú frío, helado y cerrado con más hielo, y abra sus vidas a la idea de servicio, a un servicio generoso a los demás.

San Josemaría considera que el periodismo puede y debe contribuir a curar ese individualismo que renuncia a pensar en términos sociales, sofoca en beneficio propio los intereses generales y no quiere dar su brazo o su hombro para la construcción de la sociedad. «Es difícil –dirá San Josemaría– que haya verdadera convivencia donde falta verdadera información» (Conversaciones, 86).

Al proponer la fraternidad como una de las finalidades últimas de la información, San Josemaría está diciendo no al odio, no a los enfrentamientos y a la lucha como métodos de avance social, no a la discriminación, no a ningún racismo. Es esa fraternidad la que exige que se trate informativamente con respeto y dignidad a todas y cada una de las personas, con independencia de cuales hayan sido sus actos, porque así lo merece la dignidad de su condición humana.

7. SANTIFICACIÓN DEL TRABAJO VERSUS ESTRÉS

No hay muchos datos empíricos sobre el estrés de los periodistas pero, como ocurre con las meigas gallegas que haberlas, haylas, haber estrés en el periodismo, también haylo [1].

Hay un estrés bueno y un estrés malo, como pasa con el colesterol. Sin unas cotas altas del estrés bueno es difícil un periodismo fuerte y competente.

Lo dice de una forma rotunda Indro Montanelli –un periodista de raza que ya nos dejó–: «Quien no padezca estrés diario no es apto para un oficio en el cual el estrés es el abono y el catalizador».

Periodistassoft, sin uñas ni garras, sin ambición ni autoestima, «sanchopancistas», que idolatran los horarios cómodos, dejan de pensar en periodismo apenas dicen adiós a la redacción, se sienten felices todo el día pegados a un ordenador porque odian salir a la calle, ralentizan las urgencias y las presiones por tener la información antes, más y mejor que los demás, que ni se enfadan ni gritan ni juran de vez en cuando en arameo… Estas gentes no tendrán estrés, pero ¿son realmente periodistas?

El mundo clásico cristiano tenía una fórmula maravillosa contra la tristeza, unas veces causa y otras veces consecuencia del estrés. La tristeza se combate – se proponía– con un reconfortante baño caliente, una comida rica, durmiendo y rezando.

San Josemaría no le tenía miedo a trabajar duro, de forma constante, horas y horas, con ganas y sin ellas. Trabajó sin descanso en su juventud o cuando era menos joven, con un sentido sencillamente heroico del aprovechamiento del tiempo. Fue un trabajador impenitente. Tuvo, retuvo y fortaleció la pasión de trabajar. El trabajo era una enfermedad incurable, progresiva y contagiosa. Trabajaba de tal modo que no necesitaba ni planning ni reloj: «Mi planning – dirá– está en las manos de Dios»; «no necesito reloj: detrás de una cosa viene otra»; «no tengo tiempo de pensar en mi».

El buen estrés periodístico hay que mantenerlo a raya para que no se desborde hacia la zona mala del estrés. Esto se consigue poniendo en práctica múltiples consejos humanos –todos ellos muy útiles: dormir regularmente siete horas y media, desayunar fuerte en casa si es posible con toda la familia o al menos con una notable representación; andar un poco a paso rápido, beber agua y no otras cosas, no estar siempre rodeado –hasta en las vacaciones y similares– de periodistas, practicar algunos hobbies que no sean leer periódicos, entender que la tristeza es uno de los enemigos del hombre, dominar los pensamientos negativos, practicar la soledad sólo en dosis no mortíferas, para no convertirse ni en un lobo estepario ni en un caballo triste, saber perdonar, no tener enemigos ni confeccionar listas negras de agraviadores…

San Josemaría estaría –estoy seguro– muy de acuerdo con estos y otros remedios contra el estrés. Pero Dios quiso que nos transmitiera el mensaje más luminoso y esperanzado que, entre otras cosas, pone siempre en su sitio a todo estrés: la santificación del trabajo ordinario. Todo trabajo noble –y el periodismo lo es en grado eminente– es el ámbito, la materia, el lugar, la permanente ocasión para que los hombres –con la gracia de Dios– se hagan santos.

«Sabedlo bien –dirá–:hay un algo santo, divino, escondido en las situaciones más comunes, que toca a cada uno de vosotros descubrir» (Conversaciones, 114).

Santificar el periodismo es trabajar mucho –tanto como el estrés bueno lo permita– trabajar muy bien –con la máxima perfección humana posible– y trabajar con ese espíritu que lleva a buscar y encontrar ese algo santo y divino que está escondido en la vida ordinaria del trabajo periodístico.

8. LA DIFÍCIL ASIGNATURA DE LA VERDAD

Suele decirse con humor que un camello es un caballo diseñado por… una comisión.

Algo similar podría decirse del periodismo con alguna frecuencia.

Uno de los rasgos más característicos del periodista tal vez sea su función de contar a los demás lo que está pasando. Lo que está pasando en el mundo físico y en el mundo intelectual y moral.

Y aquí nos salen al paso dos dragones que pueden hacer que el caballo se convierta en un camello. Es imposible contar lo que está pasando porque están pasando casi infinitas cosas.

Pero por muchos dragones que tenga el camino, nunca las noticias pueden consistir en la no verdad. A lo mejor sólo son una parte de la verdad, una verdad parcial, pero siempre han de ser verdad. «La verdad es lo que es y seguirá siendo verdad aunque se piense al revés», dejó dicho con evidente intuición poética Antonio Machado.

Un hombre poco sospechoso de ver enredos, conspiraciones o brujas en el periodismo, como es Arcadi Espada, parte de la base de que «cada día se publican noticias falsas en los periódicos. La mayoría por errores. Otras muchas de modo voluntario».

San Josemaría se acercó a la verdad que maneja el periodismo con comprensión por su dificultad pero también con acentos de fuerte exigencia.

Primero supo hacer en muy pocas palabras una disección de las tentaciones que suelen rondar las redacciones de todo el mundo: «Me repugna el sensacionalismo de algunos periodistas, que dicen la verdad a medias». «Informar no es quedarse a mitad de camino entre la verdad y la mentira» (Conversaciones, 86)

Mantiene un no rotundo a la difusión informativa de rumores infundados: «El buen periodismo –dirá– es el que no se contenta con los rumores infundados, con los se dice inventados por imaginaciones calenturientas» (Conversaciones, 86). Este punto de vista es coincidente con el de todos los Códigos éticos de la profesión y los diferentes Libros de Estilo. Los rumores no se publican.

Ese no rotundo también lo extiende San Josemaría a las verdades a medias, a esas verdades que entre dos aguas se quedan «a mitad de camino entre la verdad y la mentira».

La exigencia de la verdad periodística se mueve en el pensamiento de San Josemaría en tres direcciones: a) Hay que informar –dirá– «con hechos, con resultados». Es decir, con los materiales que tienen la consistencia de la realidad aunque esa consistencia sea confusa, ande entremezclada o esté oscurecida de forma interesada. Hechos o resultados son todo lo que está fuera de la mente del informador; b) la información con hechos, con resultados ha de hacerse –añade San Josemaría– «sin juzgar las intenciones». El mundo de las intenciones humanas está cerrado a la información porque es un conocimiento imposible, a no ser que el interesado lo manifieste al exterior; y c) al informar de hechos o resultados –concluirá San Josemaría– hay que mantener «la legítima diversidad de opiniones en un plano ecuánime, sin descender al ataque personal». Sobre hechos o resultados caben diferentes opiniones que serán siempre legítimas y ante las que el informador ha de mantenerse en un plano imparcial y respetuoso.

San Josemaría empuja a los periodistas a abrir al máximo sus ojos a la realidad. Sin cerrarlos por el peso de sus prejuicios. Les anima a buscar la verdad de las cosas trabajando bien, con la técnica, el arte y las reglas que exige el buen periodismo.

9. NO AL PERIODISMO DOMESTICADO

El día de mi cumpleaños y el de nuestra Nicolasa, la Constitución Española, el día 6 de diciembre –San Nicolás de Bari– de 1866, Flaubert escribe una carta a George Sand en la que le plantea una pregunta metafísica que sigue siendo válida para nuestro tiempo: ¿acaso ha dado Dios alguna vez su opinión?.

Tampoco en esta materia quisiera tener el mínimo encontronazo con metafísicos y menos aún con teólogos. Pero de momento me atrevería a contestar a Flaubert que Dios no ha dado nunca su opinión por el simple hecho de que Dios no tiene opiniones. La opinión es una mochila de hombres y de hombres caminantes que en la mayoría de las cuestiones que les asaltan por el camino han de tantear, con oscuridad y hasta provisionalmente, la verdadera respuesta a sus incógnitas.

Esta cuestión de las opiniones va, casi por definición, de la mano de la libertad humana, que es una libertad limitada.

No es posible entender al hombre si se prescinde de su libertad; ni tampoco se puede entender el periodismo si se prescinde o se agosta la libertad. Tendré que decirlo cuanto antes para que no haya la menor duda de lo que me ronda por la cabeza: sólo hay una manera de ejercitar el derecho a la información o de cumplir el deber de informar –asuntos los dos nucleares en el periodismo– y la única manera es hacerlo libremente.

Con una interpolación a una de sus citas, que –estoy seguro– Umbral me perdonará, se podría decir que «a los libros, como a los gatos (como a la información, añado yo), hay que renunciar a domesticarlos».

Y en este tema de la libertad –ese imprescindible oxígeno del periodismo–, San Josemaría nos provee de infinitos balones de oxígeno. Su sentido de la libertad será siempre joven porque está radicado en Dios, el más joven de todos nosotros, como repetía el pensamiento clásico.

San Josemaría veía la libertad con la transparencia luminosa que da entenderla como un don de Dios. Oía el canto de la libertad en todos los misterios de la fe católica.

Gritaba constantemente su amor a la libertad. Se definió alguna vez como «el último romántico» que buscaba, y buscaba, y buscaba, la libertad soñada y no la hallaba en ninguna parte del mundo.

Hasta se desconcertaba un poquito cuando se encontraba en su camino con personas que desconfiaban de la libertad, «como si sospechasen que la defensa de la libertad entrañara un peligro para la fe». (Amigos de Dios, 32)

Defendió siempre la libertad de todos los hombres, la libertad de todos los cristianos, la libertad de todos sus hijos, y lo hizo con su oración, con su pluma, con su lengua, a gritos, con susurros, ante los poderosos y ante los hombres sencillos.

Fundió –para hacer más fuerte la libertad– dos palabras hasta hacerlas en su vida y en su pensamiento una aleación inseparable: libertad y responsabilidad. Una libertad personal que va siempre unida a una responsabilidad también personal.

Con una expresión suya –«¡en la duda, por la libertad!»– hizo de la libertad un principio interpretativo del pensamiento y la acción.

San Josemaría rechaza el concepto autista de la libertad que adora la idea de ser libre por ser libre, sin ningún norte ni guía, en un entendimiento de la libertad como una brújula loca. Tampoco comparte un concepto puramente epidérmico, emocional, instintivo que lleva a gritar ¡libertad, libertad, libertad!, pero que es frágil y quebradizo porque carece de fundamentos. Tampoco defiende una libertad constitutivamente paralítica, que huye del compromiso y termina arrastrada en cualquier dirección por cualquier viento. Ni piensa que la libertad pueda definirse únicamente como ausencia de coacción. Ni da a la libertad humana, aquí, en la tierra, una dimensión de plenitud.

La verdad que da sentido a la libertad y abre todas sus puertas es resumida por San Josemaría con una sencillez conmovedora. La verdad liberadora es «saber que hemos salido de las manos de Dios, que somos objeto de la predilección de la Trinidad Beatísima, que somos hijos de tan gran Padre» (Amigos de Dios, 26).

La filiación divina confiere por tanto su sentido a la libertad humana y señala también su finalidad. En el pensamiento de San Josemaría, la libertad de los hombres es para ser, sentirse y vivir libremente como hijos de Dios.

San Josemaría amó el pluralismo en la vida civil y en la vida religiosa, la espontaneidad en la acción cristiana, la libertad de las conciencias, la libertad de los cristianos en todas las materias opinables. No le gustaban ni poco ni nada los grandes o los pequeños tiranos. Potenciaba la diversidad. Respetaba y hacía respetar la personalidad de cada persona. Le asfixiaba esa libertad que Luisa Castro ha llamado «libertad de corral». Encaraba a las almas ante su personal responsabilidad delante de Dios y de los hombres. No quería ni almas ni personalidades en serie. Nunca pensó en la violencia ni para vencer ni para convencer. Fue siempre partidario del agua clara, del aire limpio, de los espacios abiertos, para que las almas pudieran tratar antes, más y mejor, de tú a tú con Dios.

10. UNA PROMESA RECONFORTANTE

San Josemaría –ha escrito José Miguel Ibáñez– no escribió para ser leído como escritor, es decir, en cuanto artista del lenguaje. «Su lenguaje es diáfano, creador, directo, imaginativo, plástico, poético a ratos, a ratos ensayístico, dramático a veces y a veces discursivo (…). Tiene San Josemaría «una prosa directa y fuerte, sabrosa y amable, tan impecable como coloquial, tan hermosa como sincera. Sincera en el sentido más alto: porque si escribió como habló y habló como escribió, también y sobre todo escribió y habló como quien fue: como un santo».[2]

Le gustaban los pensamientos breves, las imágenes sensoriales que revelan verdades espirituales, las figuras que hacen cristalizar intuiciones poéticas, las pinceladas rápidas, plásticas, esenciales, las parábolas en su acepción retórica y evangélica.

Pero no le gustaba exagerar ni menos aún decir una cosa por otra. Por eso tiene una grandeza especial, y merece la pena tomárselo al pie de la letra, la promesa que San Josemaría le hizo, en una entrevista de 1967, al periodista Andrés Garrigó.

Están hablando del periodismo. Del periodismo de verdad y del periodismo de mentira. De los verdaderos periodistas y de los falsos periodistas. En ese momento, San Josemaría dice:

«Os he de confesar que, por lo que a mí toca, esos falsos periodistas salen ganando: porque no hay día en el que no rece cariñosamente por ellos, pidiendo al Señor que les aclare la conciencia» (Conversaciones, 86).

Permitidme que saque dos consecuencias de sus palabras.

La primera es ésta: si todos los días rezaba por los falsos periodistas, con tanta o más razón todos los días rezaba por los verdaderos periodistas, es decir, todos los días rezaba por nosotros, los periodistas.

La segunda consecuencia es ésta otra: si todos los días, San Josemaría rezaba aquí, en la tierra, por todos los periodistas, ¿no es razonable que ahora, en el Cielo, rodeado eternamente de sus grandes Amores, «donde Cristo mismo –son palabras de San Josemaría, que glosan el Apocalipsis– enjugará las lágrimas de nuestros ojos y donde no habrá muerte, ni llanto, ni gritos de fatiga, porque el mundo viejo ya habrá terminado» (Conversaciones, 113)– ¿no es razonable que siga rezando todos los días de su Cielo por todos los periodistas de todos los tiempos?


 

Carlos Soria. 01 de junio de 2008

[1] Hace referencia a un dicho galaico: preguntada una anciana si creía en las brujas, contestó: no creo, ¡pero haberlas, hailas! (Nota del editor).
[2] José Miguel Ibáñez Langlois, San Josemaría como escritor, Madrid, Rialp. 2002, p.14 y ss.

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