Conciencia recta

Desde que, a partir del siglo XVII, se revelaron contra la que consideraban la oscurantista, represiva, dogmática moral cristiana (y, sobre todo, católica), los nuevos maestros de Occidente declararon que lo que importaba era seguir la propia conciencia. Para Rousseau -el verdadero inspirador de la Revolución Francesa y de los desarrollos que aquellos inmortales principios han tenido hasta hoy-, la conciencia moral era “un instinto, una voz divina y, por tanto, infalible, que resuena en lo más intimo de cada hombre”. Para la moral laica, en general, habría en cada uno de nosotros “un sentimiento inmediato del mal y del bien”.

Decía Kant que dos cosas le convencían de la existencia de un Dios: “El cielo estrellado por encima de nosotros y la voz de la conciencia moral dentro de nosotros”. Bastaría, pues, apelar a la conciencia del individuo para construir una ética que prescinda de cualquier revelación y, en general, de cualquier prescripción religiosa. Después de tres siglos de semejante predicación, parece que también muchos creyentes han acabado por quedar convencidos de ello. Así ocurre que se suele oir a muchos católicos eso de que “lo que importa es seguir la propia conciencia”. Incluso cuando esta contrasta con la enseñanza eclesial.

No estará de más, por consiguiente, reflexionar bien sobre el ejemplo de un hombre que, como pocos, siguió con inflexible coherencia la voz de su conciencia, hasta las más trágicas consecuencias, no dando marcha atrás ni siquiera ante la muerte, sino mas bien afrontándola con la conciencia clara de haber seguido la voz divina que sonaba dentro de él. Aquel hombre es Adolf Hitler. No se trata de una humorada o de una paradoja. Alrededor de las 15 horas del 30 de abril de 1945, cuando se encaminaba al suicidio en su bunker subterráneo, el Führer saludó a sus fidelísimos diciéndoles: “Al final, casi dan ganas de arrepentirse de haber sido demasiado buenos. La vida no perdona ninguna debilidad sentimental. Y sin embargo, a pesar de todo, no me arrepiento de haber seguido siempre la voz de mi conciencia”.

Hitler no bromeaba ni tampoco deliraba. La historiografía bienpensante ha tratado de liberarse de él, clasificándolo entre los psicópatas, los paranoicos. En realidad, pocos fueron lúcidos y realistas como él hasta el final. Lo confirma también el hecho de que sus colaboradores mas íntimos, aquellos que mejor lo conocían (y entre ellos había hombres de indudable valor, empezando por muchos generales, diplomáticos, artistas) le dieron una confianza ilimitada, basándose justamente en la experiencia que tenían de él. Algún error que le resultó fatal en la conducción de la guerra no debe hacer olvidar que aquel ex cabo fue el hombre que, en todo el siglo, coleccionó en menos tiempo el mayor número de clamorosos éxitos tanto políticos como militares. Pues bien, Hitler fue un hombre extremadamente concienzudo. Pocas horas antes de suicidarse, dictó dos testamentos: uno público y otro privado, documentos en los que, en vano, se podrían buscar huellas de arrepentimiento, o, al menos, de pesar. Incluso en el umbral de la muerte, no encontraba nada de lo que arrepentirse en el plano moral; más aún, auguraba que otros, después de él, recogerían su antorcha y llevarían a buen fin una misión que le había asignado la Providencia. De la providencia y de la voluntad de Dios habló también en su radiomensaje a los alemanes, inmediatamente después del atentado que sufrió el 20 de julio de 1944. Al comunicar que había salido incólume milagrosamente (éste es el adverbio que utilizó) de la explosión de la bomba, dijo, entre otras cosas: “Veo en esto una confirmación de la tarea providencial que me ha sido confiada, una confirmación de mi deber de proseguir en el objetivo de toda una vida, con buena voluntad y buena conciencia, exactamente como he venido haciendo hasta hoy”.

Esta tranquilidad de espíritu no era sólo suya: las Actas del proceso de Nuremberg muestran a unos acusados que se duelen de haber perdido la guerra, no de haberla hecho y de aquella manera, además de por aquellos fines. Salvo un par de excepciones, fueron con dignidad y firmeza al patíbulo, seguros de haber obedecido a cuanto les había sugerido la voz interior a la que Rousseau confiaba la vida moral. Éste del nacionalsocialismo no es más que un ejemplo extremo: toda la historia de la modernidad es un pulular de personas que, con plena buena conciencia, realizaron las peores infamias. ¿Acaso actuaban con mala fe todos los comunistas que, durante 70 años, exterminaron, oprimieron, redujeron a la miseria a pueblos enteros? Y, más allá de la política, ¿la vida de cada día no está llena de personajes que se asombrarían si alguien les pidiese cambiar, o quizás arrepentirse?

Dejémonos de una vez, pues, de slogans tranquilizadores, y no olvidemos, ciertamente, la primacía que la fe da a la conciencia, pero tampoco la advertencia de que ésta puede engañarnos y de que, en consecuencia, nadie puede ser arbitro único de sí mismo, creador solitario de norma moral.

Vittorio Messori