¿Eclipse de lo masculino?

–¿Por qué el tema de la identidad sexual es hoy tan relevante en los debates sociales?

–Prof. Guerra: La sexualidad es una perfección que atraviesa todas las dimensiones de la persona humana. Por eso desde siempre ha tenido un interés y una importancia antropológica y cultural enorme. En la actualidad el “ethos” postmoderno ha puesto en crisis el tema de la identidad: social, psíquica y hasta somático-sexual.

En este contexto el ser humano busca nuevos referentes para explicar su sexualidad, para interpretarla, para realizarla. Estas búsquedas, si no se re-articulan de modo adecuado en una antropología integral, pueden lastimar la propia dignidad alienando una estructura humana sumamente delicada.

–Son frecuentes los debates en torno a la “vocación”, “identidad”, “derechos” y “condición” de la mujer. Pero, ¿por qué motivo no se habla de la “condición masculina”?

–Prof. Guerra: Precisamente cuando el debate teórico y político sobre la mujer se despliega al margen de una antropología integral, el vínculo esencial mujer-varón y varón-mujer queda como oscurecido. El varón y la mujer son dos rostros, dos realizaciones empíricas de lo humano.

Existe un verdadero eclipse de lo masculino provocado hoy por una doble vía: por una parte están algunos feminismos sumamente unilaterales y por otra está el machismo, aún en sociedades aparentemente “desarrolladas”. Ambos fenómenos disuelven el ethos propiamente masculino.

–Usted afirma -en algunas de sus investigaciones sobre antropología de la sexualidad- que la vocación femenina consiste en “custodiar lo humano”. ¿Esta vocación no es compartida por los varones?

–Prof. Guerra: “Custodiar lo humano” es una de las modalidades de expresión de la vocación femenina. Sin embargo, muchas perfecciones femeninas son realizadas también por el varón.

Esto no nos debe de sorprender debido a que varón y mujer poseemos las mismas facultades y la misma dignidad.

La especificidad femenina se define principalmente por el papel que juegan algunas perfecciones en el momento de la integración y la trascendencia de la persona en acción.

Una misma naturaleza humana está como articulada de dos modos diversos, complementarios y recíprocos. Así pues, la diferencia entre varón y mujer no es de naturaleza, sino de acentos y matices en la realización de lo humano.

–¿Se podría decir que otra característica propia de la mujer es su “intuición”?

–Prof. Guerra: Varones y mujeres somos capaces de intuir y de razonar. Sin embargo, no es difícil reconocer que el varón suele privilegiar el discurso y el análisis, mientras que la mujer en su desempeño habitual privilegia la comprensión de contenidos mucho más holísticos y esenciales.

Usando el lenguaje de San Agustín, podríamos decir que la mujer despliega con gran fuerza el “intelectus”, mientras que el varón hace lo propio con la “ratio”.

Ahora bien, la “ratio” debe estar al servicio del “intelectus”, la argumentación al servicio de la comprensión.

Desde este punto de vista, mirar el mundo desde una perspectiva primordialmente masculina es sumamente incompleto. Es necesario incorporar la mirada femenina para una recuperación más global de todos los factores de lo real.

–En sus escritos usted recuerda que se ha marginado sistemáticamente a la mujer a lo largo de la historia. ¿Qué es necesario cambiar? ¿Bastan las reformas legislativas?

–Prof. Guerra: Las reformas legislativas tendentes a reconocer en plenitud los derechos que goza la mujer son muy importantes.

De nada sirve proclamar retóricamente que la mujer posee dignidad si esto no se traduce en instituciones como el Derecho.

Ahora bien, el Derecho para poder ser efectivo requiere de una cultura, de una educación, que lo aprecie, que lo facilite en su ejecución, y que eventualmente lo desarrolle en su expresión.

Una nueva sociedad emerge cuando la cultura que la vitaliza se renueva desde sus fuentes más originarias.

Desde el comienzo del ser humano en la tierra, la mujer ha resultado ser un sujeto privilegiado para la creación de cultura, es decir, para la creación de auténtica “humanidad”.

–A la luz de estas consideraciones, ¿en qué nos podemos inspirar para entender el papel que le corresponde a la mujer en la Iglesia?

–Prof. Guerra: El Papa Juan Pablo II ha colaborado como nadie en el esclarecimiento del fundamento teológico de la participación y misión de la mujer en la Iglesia.

La mujer, al igual que María, esta llamada de una manera misteriosa pero real a colaborar en la obra de la Redención. Ahora bien, es necesario reconocer que existen resistencias para activar pastoralmente la doctrina del documento “Mulieris dignitatem”. La praxis pastoral de la Iglesia sería distinta si tomáramos en serio sus contenidos. Muchos siguen tratando a las mujeres como seres humanos de segunda, como sujetos destinados exclusivamente a labores de servicio asistencial o de educación básica.

No existe fundamento filosófico o teológico riguroso que argumente que la mujer no puede enseñar teología, no puede coordinar una estrategia pastoral, no puede activar una iniciativa política cuando es fiel laica.

¡Cuantas veces las mujeres son las primeras que llegan al pie de la Cruz mostrando de manera ejemplar el seguimiento real de Jesucristo! ¡Cuánto deberíamos aprender de este tipo de gestos! ¡Cuánto deberíamos agradecerlos todos con humildad!


El 31 de mayo de 2004, Juan Pablo II aprobó la Carta preparada por la S. C. para la Fe (que puede encontrarse en la página WEB del Vaticano) que llevapor título CARTA A LOS OBISPOS DE LA IGLESIA CATÓLICA SOBRE LA COLABORACIÓN DEL HOMBRE Y LA MUJER EN LA IGLESIA Y EL MUNDO, de la cual presentamos algunas precisiones.

Constata que en los últimos años se han delineado nuevas tendencias para afrontar la cuestión femenina. Una primera tendencia subraya fuertemente la condición de subordinación de la mujer a fin de suscitar una actitud de contestación.

Una segunda tendencia emerge como consecuencia de la primera. Para evitar cualquier supremacía de uno u otro sexo, se tiende a cancelar las diferencias, consideradas como simple efecto de un condicionamiento histórico-cultural.

Aunque la raíz inmediata de dicha tendencia se coloca en el contexto de la cuestión femenina, su más profunda motivación debe buscarse en el tentativo de la persona humana de liberarse de sus condicionamientos biológicos.

Para comprender mejor el fundamento, sentido y consecuencias de esta respuesta, el documento se adentra en el estudio del tema en base a las enseñanzas de las Sagradas Escrituras, -ricas también en sabiduría humana- en las que la misma se ha manifestado progresivamente, gracias a la intervención de Dios en favor de la humanidad.3

Se comprende en qué sentido la antigua narración del Génesis deja entender cómo la mujer, en su ser más profundo y originario, existe «por razón del hombre» (cf 1Co 11,9): es una afirmación que, lejos de evocar alienación, expresa un aspecto fundamental de la semejanza con la Santísima Trinidad, cuyas Personas, con la venida de Cristo, revelan la comunión de amor que existe entre ellas. «En la “unidad de los dos” el hombre y la mujer son llamados desde su origen no sólo a existir “uno al lado del otro”, o simplemente “juntos”, sino que son llamados también a existir recíprocamente, -el uno para el otro… El texto del Génesis 2,18-25 indica que el matrimonio es la dimensión primera y, en cierto sentido, fundamental de esta llamada. Pero no es la única. Toda la historia del hombre sobre la tierra se realiza en el ámbito de esta llamada. Basándose en el principio del ser recíproco- para” el otro en la “comunión” interpersonal, se desarrolla en esta historia la integración en la humanidad misma, querida por Dios, de lo “masculino” y de lo “femenino”».

«De la reflexión bíblica emerge la verdad sobre el carácter personal del ser humano. El hombre -ya sea hombre o mujer- es persona igualmente; en efecto, ambos, han sido creados a imagen y semejanza del Dios personal». La igual dignidad de las personas se realiza como complementariedad física, psicológica y ontológica, dando lugar a una armónica «unidualidad» relacional, que sólo el pecado y las “estructuras de pecado” inscritas en la cultura han hecho potencialmente conflictivas. La antropología bíblica sugiere afrontar desde un punto de vista relacional, no competitivo ni de revancha, los problemas que a nivel público o privado suponen la diferencia de sexos.

Además, hay que hacer notar la importancia y el sentido de la diferencia de los sexos como realidad inscrita profundamente en el hombre y la mujer. «La sexualidad caracteriza al hombre y a la mujer no sólo en el plano físico, sino también en el psicológico y espiritual con su impronta consiguiente en todas sus manifestaciones». Ésta no puede ser reducida a un puro e insignificante dato biológico, sino que «es un elemento básico de la personalidad; un modo propio de ser, de manifestarse, de comunicarse con los otros, de sentir, expresar y vivir el amor humano». Esta capacidad de amar, reflejo e imagen de Dios Amor, halla una de sus expresiones en el carácter esponsal del cuerpo, en el que se inscribe la masculinidad y femineidad de la persona.

El Cantar de los cantares representa sin duda un momento privilegiado en el empleo de esta modalidad de revelación. Con palabras de un amor profundamente humano, que celebra la belleza de los cuerpos y la felicidad de la búsqueda recíproca, se expresa igualmente el amor divino por su pueblo. La Iglesia no se ha engañado pues al reconocer el misterio de su relación con Cristo, en su audacia de unir, mediante las mismas expresiones, aquello que hay de más humano con aquello que hay de más divino.

Todas estas prefiguraciones se cumplen en el Nuevo Testamento. Por una parte María, como la hija elegida de Sión, recapitula y transfigura en su femineidad la condición de Israel/Esposa, a la espera del día de su salvación. Por otra parte, la masculinidad del Hijo permite reconocer cómo Jesús asume en su persona todo lo que el simbolismo del Antiguo Testamento había aplicado al amor de Dios por su pueblo, descrito como el amor de un esposo por su esposa. Las figuras de Jesús y María, su Madre, no sólo aseguran la continuidad entre el Antiguo y el Nuevo Testamento, sino que superan aquel.

Entre los valores fundamentales que están vinculados a la vida concreta de la mujer se halla lo que se ha dado en llamar la «capacidad de acogida del otro». No obstante el hecho de que cierto discurso feminista reivindique las exigencias «para sí misma», la mujer conserva la profunda intuición de que lo mejor de su vida está hecho de actividades orientadas al despertar del otro, a su crecimiento y a su protección.

Esta intuición está unida a su capacidad física de dar la vida. Sea o no puesta en acto, esta capacidad es una realidad que estructura profundamente la personalidad femenina. Le permite adquirir muy pronto madurez, sentido de la gravedad de la vida y de las responsabilidades que ésta implica. Desarrolla en ella el sentido y el respeto por lo concreto, que se opone a abstracciones a menudo letales para la existencia de los individuos y la sociedad. En fin, es ella la que, aún en las situaciones más desesperadas -y la historia pasada y presente es testigo de ello- posee una capacidad única de resistir en las adversidades, de hacer la vida todavía posible incluso en situaciones extremas, de conservar un tenaz sentido del futuro y, por último, de recordar con las lágrimas el precio de cada vida humana.

En tal perspectiva se entiende el papel insustituible de la mujer en los diversos aspectos de la vida familiar y social que implican las relaciones humanas y el cuidado del otro. Aquí se manifiesta con claridad lo que el Santo Padre ha llamado el genio de la mujer. Ello implica, ante todo, que las mujeres estén activamente presentes, incluso con firmeza, en la familia, «sociedad primordial y, en cierto sentido, “soberana”», pues es particularmente en ella donde se plasma el rostro de un pueblo y sus miembros adquieren las enseñanzas fundamentales. Ellos aprenden a amar en cuanto son amados gratuitamente, aprenden el respeto a las otras personas en cuanto son respetados, aprenden a conocer el rostro de Dios en cuanto reciben su primera revelación de un padre y una madre llenos de atenciones. Cuando faltan estas experiencias fundamentales, es el conjunto de la sociedad el que sufre violencia y se vuelve, a su vez, generador de múltiples violencias. Esto implica, además, que las mujeres estén presentes en el mundo del trabajo y de la organización social, y que tengan acceso a puestos de responsabilidad que les ofrezcan la posibilidad de inspirar las políticas de las naciones y de promover soluciones innovadoras para los problemas económicos y sociales.

En todo caso es oportuno recordar que los valores femeninos apenas mencionados son ante todo valores humanos: la condición humana, del hombre y la mujer creados a imagen de Dios, es una e indivisible. Sólo porque las mujeres están más inmediatamente en sintonía con estos valores pueden llamar la atención sobre ellos y ser su signo privilegiado. Pero en última instancia cada ser humano, hombre o mujer, está destinado a ser «para el otro». Así se ve que lo que se llama «femineidad» es más que un simple atributo del sexo femenino. La palabra designa efectivamente la capacidad fundamentalmente humana de vivir para el otro y gracias al otro.

Por lo tanto la promoción de las mujeres dentro de la sociedad tiene que ser comprendida y buscada como una humanización, realizada gracias a los valores redescubiertos por las mujeres. Toda perspectiva que pretenda proponerse como lucha de sexos sólo puede ser una ilusión y un peligro, destinados a acabar en situaciones de segregación y competición entre hombres y mujeres, y a promover un solipsismo, que se nutre de una concepción falsa de la libertad.

Termina afirmando que sin prejuzgar los esfuerzos por promover los derechos a los que las mujeres pueden aspirar en la sociedad y en la familia, estas observaciones quieren corregir la perspectiva que considera a los hombres como enemigos que hay que vencer. La relación hombre-mujer no puede pretender encontrar su justa condición en una especie de contraposición desconfiada y a la defensiva. Es necesario que tal relación sea vivida en la paz y felicidad del amor compartido.