“El Código Da Vinci”

La novela plantea la falsedad del cristianismo, que sería una invención de la Iglesia Católica mantenida a lo largo de los siglos a cualquier precio. Este es el argumento: Un restaurador del museo del Louvre es asesinado, pero antes de morir consigue dejar unas pistas. Su nieta Sophie y un investigador americano descubren que el abuelo trataba de dejar un mensaje no sobre su asesino, sino acerca de un gran secreto. El abuelo formaba parte de una antigua sociedad secreta llamada El Priorato de Sión, que durante muchos años se encargó de custodiar ese gran secreto, cuya revelación supondría una amenaza para la concepción presente de la humanidad. Lógicamente, la Iglesia católica se habría esforzado durante estos últimos dos mil años en proteger este secreto.

¿En qué consiste el gran secreto? En que Jesús estuvo casado con María Magdalena, quien estaba embarazada cuando fue crucificado. Los descendientes de aquel niño aún sobreviven y se mantienen de forma anónima protegidos por El Priorato de Sión, que es también el guardián de la verdadera fe en Jesús y María Magdalena, basada en la teoría del sagrado femenino (una teoría gnóstica de equilibrio entre lo sagrado masculino y femenino). La novela por tanto consiste en una carrera por encontrar el Santo Grial. ¿Qué tiene que ver el Santo Grial con lo anterior? El Santo Grial, no es el cáliz de la Última Cena, sino los restos de María Magdalena. ¿Qué tienen que ver? Brown hace la siguiente deducción: sangre de rey = sangre real = santo grial. Por lo tanto en vez de buscar el cáliz de la Última Cena lo que se busca principalmente son los restos de María Magdalena.

Sophie y el americano comenzarán una competición en la que la Iglesia es su rival, representada en la figura de un hombre llamado Silas, miembro del Opus Dei, que recibe indicaciones de un obispo español, cabeza del Opus Dei y de un misterioso “Profesor”. Correrán detrás de las pistas codificadas que el abuelo de Sophie fue dejando. Es un gran rompecabezas que les llevará desde los Bancos de Zurich a la iglesia del Santo Sepulcro, y de la Abadía de Westminster a las pinturas de Leonardo Da Vinci.

La cabeza del Opus Dei -el Presidente General, en la novela- es un obispo español, Manuel Aringarosa, que vive en Nueva York. Cinco meses antes de que comience la acción del libro, el Vaticano, donde hay un nuevo Papa que no ve con buenos ojos al Opus Dei, le ha comunicado que el Opus Dei debe dejar la Iglesia Católica. Poco después, el misterioso “Profesor” lo contacta y le ofrece, por 20 millones de Euros, la posesión de los documentos secretos protegidos por el Priorato de Sion.

Viéndose forzado por la necesidad de revertir una decisión del Vaticano que expulsaría al Opus Dei de la Iglesia, Aringarosa acepta, y promete pagar 20 millones de Euros por esos documentos. También asigna a Silas, para que lleve a cabo esa tarea bajo las órdenes del “Profesor”. Aunque Aringarosa está de acuerdo con el plan en general, no sabe de los asesinatos hasta que suceden. El libro comienza en el momento en el que Silas, en la búsqueda de estos documentos, se encuentra en París cometiendo el último de una serie de asesinatos.

El último hombre asesinado es, se descubre, la cabeza del Priorato de Sion que, antes de morir, logra dejar en clave una serie de pistas acerca de la ubicación de los documentos. La novela es la historia de la carrera por encontrar los documentos, una concatenación de eventos extremadamente improbables. Por un lado tenemos a Robert Langdon, profesor de simbología religiosa de la universidad de Harvard, y a Sophie Neveu, criptógrafa de la policía francesa, que resulta ser la nieta del hombre asesinado y una descendiente de María Magdalena. En el otro lado tenemos a Silas, bajo las ordenes del “Profesor”. Persigue a los otros con la intención de prevenir que encuentren los documentos. Algunas de las pistas tienen que ver con las pinturas de Leonardo da Vinci, que supuestamente fue cabeza del Priorato de Sion, y con las enseñanzas contenidas en sus pinturas.

Al final las pistas no llevan a los documentos (una de las tantas fallas gordas de la trama) y éstos no llegan a encontrarse. Silas muere después de haber sido abatido por un policía en las puertas de una residencia del Opus Dei en Londres. Alguien dispara, pero accidentalmente, al lider del Opus Dei, pero éste sobrevive y entrega los 20 millones a las familias de las personas asesinadas por Silas. Se descubre que el Obispo Aringarosa había sido manipulado por el “Profesor”.

El retrato resulta completamente inexacto: Silas viste de monje, ha hecho voto de celibato y pasa la mayor parte de su tiempo rezando en su habitación, es decir, vive como un monje. Este estilo de vida es presentado como el normal en el Opus Dei. El aspecto más resaltado de su vida es una mortificación corporal grotescamente exagerada. Su lealtad y obediencia son fanáticas e irracionales y lo llevan, convencido de que está sirviendo a Dios, a cometer varios asesinatos.

Murray Hill Place, el lugar donde reside el ficticio obispo, es presentado erróneamente como la sede central del Opus Dei. El libro da una breve descripción del edificio, copia casi textual, pero con algunos errores, de la página web de los arquitectos May y Pinska.

La novela menciona en varios lugares controversias sobre la Obra, aunque de pasada y con poco detalle. Se hace referencia al “lavado de cerebro”, la “coerción”, la “mortificación corporal”. La novela (de modo ficticio) refiere relatos de algunos miembros de la Obra, desorientados, drogando a estudiantes universitarios; a un miembro sufriendo una infección casi letal por su práctica de la mortificación corporal y de un banquero de inversión que se suicidó después de haber dejado en herencia los ahorros de toda su vida al Opus Dei. Se menciona a ODAN (siglas en inglés de Opus Dei Awareness Network, una página web dedicada a infamar al Opus Dei). El infundio de que el Opus Dei salvó de la bancarrota al banco Vaticano en 1982 y que a cambio recibió el status de prelatura personal se menciona como cierto (e incluso se da una cifra: mil millones de dólares). Hay una referencia al vuelo a una visión medieval de la mujer y al trabajo doméstico como degradante.

En general, el Opus Dei es presentado como tradicionalista, incluso reaccionario, tanto en la doctrina como en la práctica; se le describe como hostil al Concilio Vaticano II y resistiendo a las tendencias modernizadoras del nuevo Papa, cuando en realidad San Josemaría Escrivá ha sido uno de los precursores del mensaje del Vaticano II, referido a la llamada universal a la santidad, y la adhesión de los fieles del Opus Dei al Santo Padre es patente, como ocurre con la mayoría de cristianos. En algunos pocos puntos se hace mención al hecho de que el Opus Dei ha ayudado a la gente a vivir una vida correcta.

Es característica de la novela mezclar hechos con ficción. Las personas que no estén bien informadas sobre el Opus Dei no serán capaces de distinguir qué es cierto y qué no. El autor es ciertamente hábil dando la impresión de que todas sus descripciones son ciertas. Al comienzo de la novela hay una “Página de datos” (Fact Page), en la que se declara lo siguiente: “La Prelatura Vaticana conocida como Opus Dei es una secta Católica profundamente devota que ha sido el centro de recientes controversias debido a informes sobre lavado de cerebro, coerción y prácticas peligrosas conocidas como “mortificación corporal”. El Opus Dei acaba de terminar la construcción de una sede nacional de US$42 millones, situada en 243 Lexington Avenue, Nueva York City”. Esta afirmación y el tono conocedor en el que algunos de los personajes hablan del Opus Dei están pensados para dar la impresión de lo cierto. No está de más advertir que el concepto de secta católica es contradictorio, pues la palabra secta hace referencia a separación de una institución. Así, son llamados sectas los grupos que se apartan de la Iglesia, no los que permanecen en ella. Por otro lado, la más acreditada asociación mundial de psicólogos y psiquiatras universitarios, la American Psychology Association, ha declarado que las teorías del lavado de cerebros y de la manipulación mental, aplicadas a contextos donde no se da violencia física, no son científicas. La manipulación mental no es de ningún modo aplicable a las actividades del Opus Dei, donde el respeto a la libertad de las personas es una característica fundamental. Finalmente, la práctica de la mortificación corporal (grotescamente deformada por Brown), tiene una antigua raigambre cristiana, y está basada en la idea de unirse al sacrificio redentor de Cristo. No es la mortificación en sí lo que Brown parece no entender, sino que ésta sea ofrecida por amor a Dios.

“Muy pocas cosas de este entramado son propiamente originales -concluye Andy Welborn, redactor de Our Sunday Visitor-. La mayoría de ellas proceden del fantasioso trabajo Holy Blood, Holy Grail y el resto son remiendos de ridículas y gastadas teorías esotéricas y gnósticas. (…). Y me apuesto lo que quiera a que usted desconocía que la divinidad de Jesucristo fue un invento del emperador Constantino para apuntalar su poder; pues “hasta aquel momento de la historia -escribe el propio Dan Brown-, Jesús era visto por sus discípulos como un profeta mortal, un poderoso y un gran hombre, pero un hombre nada más. Un mortal”.

La solución del misterio de la novela es totalmente insatisfactoria y los tipos presuntamente malvados, el Opus Dei y el Vaticano, salen al final airosos (quizá por miedo a los pleitos).

El mensaje que transmite la novela es básicamente el siguiente:

1. Jesús no es Dios: ningún cristiano pensaba que Jesús era Dios hasta que el emperador Constantino lo deificó en el concilio de Nicea del 325. La verdad es otra. Los cristianos siempre han creído que Jesús es Dios y así figura en los evangelios y en escritos cristianos muy anteriores a Nicea, como San Ignacio de Antioquia (107 d.C.), San Justino Mártir (165 d.C.), San Clemente de Alejandría (190 d.C.), San Ireneo de Lyon (200 d.C.), etc. Un repaso a los evangelios canónicos, escritos casi 250 años antes de Nicea, muestra diversas referencias a la divinidad de Jesús.

Los cristianos tenían clara la divinidad de Cristo mucho antes de Nicea. De hecho, en Nicea el debate era sobre las enseñanzas de Arrio, un sacerdote herético de Alejandría que desde el 319 enseñaba que Jesús no era Dios, sino un dios menor. De unos 250 obispos, sólo dos votaron a favor de la postura de Arrio, mientras que el resto afirmaron lo que hoy se recita en el Credo, que el Hijo de Dios fue engendrado, no creado y que es de la misma naturaleza (substancia, “homoousios”) que el Padre, es decir, que Dios Hijo es Dios, igual que Dios Padre también es Dios, un mismo Dios pero distintas Personas. Pese a esta unanimidad de los padres conciliares, el historiador Teabing en la novela dice que Cristo fue “designado Dios” ¡por un estrecho margen de votos!

2. Jesús tuvo como compañera sexual a María Magdalena; sus hijos, portadores de su sangre, son el Santo Grial (sangre de rey = sang real = Santo Grial), fundadores de la dinastía Merovingia en Francia (y antepasados de la protagonista de la novela).

3. Jesús y María Magdalena representaban la dualidad masculina-femenina (como Marte y Atenea, Isis y Osiris); los primeros seguidores de Jesús adoraban “el sagrado femenino”; esta adoración a lo femenino está oculta en las catedrales construidas por los Templarios, en la secreta Orden del Priorato de Sión -a la que pertenecía Leonardo Da Vinci- y en mil códigos culturales secretos más. Por supuesto es falso: las catedrales las encargaron los obispos y sus canónigos, no los templarios. El modelo de las catedrales era la iglesia del Santo Sepulcro o bien las antiguas basílicas romanas, edificios rectangulares de uso civil.

4. La malvada Iglesia Católica inventada por Constantino en el 325 persiguió a los tolerantes y pacíficos adoradores de lo femenino, matando millones de brujas en la Edad Media y el Renacimiento, destruyendo todos los evangelios gnósticos que no les gustaban y dejando sólo los cuatro evangelios que les convenían bien retocados. En la novela el maquiavélico Opus Dei trata de impedir que los héroes saquen a la luz el secreto: que el Grial son los hijos de Jesús y la Magdalena y que el primer dios de los “cristianos” gnósticos era femenino. Mientras que los evangelios canónicos son del s.I, ningún texto gnóstico es anterior al s. II. Muchos son del s. III, IV o V. A mediados del s. II la Iglesia ya tenía claro que los evangelios de Mateo, Marcos, Lucas y Juan eran los inspirados por el Espíritu Santo, y sólo dudaba en el canon de un par o tres de textos. Es falsa la idea de la novela de que en el 325, con Constantino, de entre “más de 80 evangelios considerados para el Nuevo Testamento”, sólo se eligieron cuatro: estos cuatro ya hacía 200 años que estaban seleccionados, como leemos en los textos de Justino Mártir (150 d.C) y de San Ireneo.

La novela, afirma una serie de cosas sobre cómo el cristianismo inventado por Constantino no era más que paganismo. “Nada en el Cristianismo es original”, dice el personaje. Escribimos subrayadas las afirmaciones de “El Código Da Vinci” y a continuación comentamos cada una.

– Los discos solares egipcios se convirtieron en halos de santos católicos.

El arte cristiano tiene que expresar conceptos bíblicos, como las caras luminosas de Moisés (en el Sinaí) y Jesús (en la Transfiguración). Para ello usan un recurso común, los halos o nimbos que ya usaba el arte griego y el romano.

– Los pictogramas de Isis amamantando a su milagroso bebé Horus fueron el modelo para las imágenes de la Virgen María con el Niño Jesús.

La imagen de una madre amamantando es común a egipcios, romanos, aztecas o cualquier otra cultura que represente la maternidad.

– “La mitra, el altar, la doxología y la comunión, el acto de comer a Dios, fueron tomados directamente de religiones mistéricas paganas anteriores.

La mitra de los obispos difícilmente puede estar inspirada en religiones mistéricas antiguas: no aparece en Occidente hasta mediados del s. X y en Oriente no se usa hasta la caída de Constantinopla en 1453.

El altar es -como el cristianismo mismo- de origen judío, no pagano. Hay 300 referencias a altares en el Antiguo Testamento. El altar de los sacrificios del Templo de Jerusalén es el punto de referencia del judaísmo antiguo y del simbolismo cristiano. Nada que ver con cultos paganos. La Doxología (doxa=gloria; logos=palabra) no es más que la oración del Gloria: “Gloria a Dios en las alturas y en la tierra paz a los hombres; te alabamos, te bendecimos, te adoramos�” usa lenguaje puramente cristiano, con conceptos trinitarios y utilizando continuamente pasajes del Nuevo Testamento. Nada que ver con cultos mistéricos paganos.

– La comunión y “comer a Dios”

Parece ser que en los niveles superiores del culto a Mithras existía una comida sagrada de pan y agua o pan y vino. No hay datos que indiquen que los mitraístas consideraran que en esa comida “comían un dios” ni nada similar. De nuevo, el origen de bendecir y compartir el pan es judío, como explica con detalle Jean Danielou en su estudio La Biblia y la liturgia. No hay relación con cultos mistéricos paganos.

– También al dios hindú Krishna, recién nacido, se le ofreció oro, incienso y mirra

Extraído, al parecer, del libro de pseudohistoria The World’s Sixteen Crucified Saviours, [Los 16 salvadores del mundo crucificados] escrito por Kersey Graves en 1875 y denostado incluso por ateos y agnósticos, aunque muy popular y copiado en Internet. Graves no da nunca documentación de sus afirmaciones. Ésta del oro, incienso y mirra parece simplemente un invento. En la literatura hindú no sale por ningún sitio. El Bhagavad-Gita (s.I d.C.) no menciona la infancia de Krishna. En las historias sobre el Krishna niño del Harivamsa Purana (c.300 d.C) y el Bhagavata Purana (c.800-900.dC.) tampoco aparecen regalos.

– El dios Mithras, nacido en 25 de diciembre como Osiris, Adonis y Dionisos, con los títulos “Hijo de Dios” y “Luz del Mundo”, enterrado en roca y resucitado 3 días después, inspiraron muchos elementos del culto cristiano.

En realidad, la fiesta pagana del 25 de diciembre en Roma la inventó el emperador Aurelio en 274, muchos años después de que los cristianos latinos celebrasen el 25 de diciembre como fecha del nacimiento de Cristo.

Aunque en la novela hablen de Mithras como un dios “muerto, enterrado en roca y resucitado tres días después”, esta afirmación no sale recogida en ningún texto ni tradición antigua sobre Mithras. Al parecer es otro de los préstamos tomados del panfleto decimonónico de Kersey Graves, en concreto del capítulo 19 de The World’s Sixteen Crucified Saviours. Por supuesto, Graves no da documentación.

Todo esto se intenta vender como erudición, investigación histórica y trabajo serio de documentación.

“¿Cómo es posible que un libro mal escrito, lleno de falsedades tenga un éxito editorial tan grande? “El Código Da Vinci”, una novela de ficción en la que se pone en duda la verdad del catolicismo, se ha encaramado a la lista de libros más vendidos. Aunque se trate de una obra de ficción, resulta ofensiva para el honor de la Iglesia porque juega con sus fundamentos -afirma el diario El Mundo de Madrid. Los libros que nacen con vocación de best-seller -continúa- apenas logran ocultar su condición de productos manufacturados. “El Código Da Vinci” no es una obra de creación, sino un artefacto concebido para transformarse en un fenómeno comercial. Reúne todos los elementos que garantizan el éxito fácil: una trama policíaca, con conexiones políticas y religiosas, unos personajes estereotipados, ciertas dosis de trascendencia filosófica, un erotismo libre de estridencias y una escritura plana”.

“En nuestra “correcta” sociedad, -ha afirmado el mismo diario- una declaración racista, antijudía, contraria a los homosexuales o las mujeres puede descalificar a un escritor durante mucho tiempo. Pero no ocurre así con los insultos a Jesucristo y a sus discípulos. Paradójicamente escribir un libro extenso sobre una conspiración católica llena de chismes supone obtener abundantes beneficios y notoriedad”. El marketing no excluye a ningún tipo de comprador. Tampoco a los tontos de los que dice la Escritura (Eccle. 1, 15) que su número es infinito.

La presunta implicación del Vaticano sólo evidencia una obscena complacencia con el escándalo. Ron Howard ya ha manifestado su intención de realizar una adaptación cinematográfica con los derechos para la película en manos de Columbia Pictures y el director Ron Howard (con Russell Crowe de protagonista). Si es cierto que los malos libros inspiran excelentes películas, habrá que esperar una obra maestra.

El resultado es que las ventas de libros pseudohistóricos sobre la Iglesia, los evangelios gnósticos, la mujer en el cristianismo, las diosas paganas, etc., se han disparado: la web de libros Amazon.com es la primera beneficiada, enlazando “El Código Da Vinci” con libros de pseudohistoria neopagana, feminista radical y new age. La ficción es la mejor forma de educar a las masas, y disfrazada de ciencia (historia del arte y de las religiones en este caso) engaña mejor a los lectores.

En “El Código Da Vinci” hay material de muchos tipos: new age, ocultismo, teorías conspiratorias, neopaganos, wiccas, astrología, préstamos orientales y amerindios. Pero el cóctel gnóstico-feminista es la base de la ensalada. Hay poca investigación verdadera sobre el Santo Grial, pero mucha sangría.

Y se podría seguir diseccionando los errores y los simples engaños de este best-seller mentiroso. Por no hablar de su calidad literaria. Pero ¿vale la pena tanto esfuerzo por una novela? La respuesta es sí: para miles de jóvenes y adultos, esta novela será su primer, quizá único contacto con la historia antigua de la Iglesia, una historia regada por la sangre de los mártires y la tinta de evangelistas, apologetas, filósofos y Padres. No sería digno de los cristianos del s. XXI ceder sin lucha ni respuesta ante el neopaganismo el espacio que los cristianos de los primeros siglos ganaron con su fidelidad comprometida con Jesucristo.

En el diario El País de Madrid, dice F. Casavella el 16 enero 2004: “El problema de “El Código Da Vinci” no es que tienda al grado cero de escritura. “El Código Da Vinci” [es] el bodrio más grande que este lector ha tenido entre manos desde las novelas de quiosco de los años setenta”.

“El odio al catolicismo impregna todo el libro -indica Thomas Roeser-, pero las peores invectivas las recibe el Opus Dei, prelatura personal aprobada por Juan Pablo II. Un ‘monje’ del Opus Dei (asombrosamente, Brown no comprende que esa organización no tiene monjes) es un asesino, que mata para impedir que el ‘secreto’ de la Magdalena salga a la luz pública. Yo no soy del Opus Dei, pero lo conozco y lo admiro, entre otras cosas, por sus escuelas dirigidas a los jóvenes sin oportunidades de Chicago, en donde fui profesor”. ‘Chicago Sun Times’ (27-IX-2003).

Como afirma el dicho: “calumnia, que algo queda, y si calumnias con datos que suenen a científico -aunque sean inventados- pues queda más”.

Toda la base “histórica” de Brown descansa sobre una fecha: el concilio de Nicea del año 325. Según sus tesis, antes de esta fecha, el cristianismo era un movimiento muy abierto, que aceptaba “lo divino femenino”, que no veía a Jesús como Dios, que escribía muchos evangelios. En este año, de repente, el emperador Constantino, un adorador del culto -masculino- al Sol Invicto se apoderó del cristianismo, desterró a “la diosa”, convirtió al profeta Jesús en un héroe-dios solar y montó una redada a la manera stalinista para hacer desaparecer los evangelios que no le gustaban.

En el diario New York Times “¿Desenmascara “El Código Da Vinci” a Leonardo?” escrito por Bruce Boucher 3 de agosto de 2003, se lee. “Más que una película, lo que parece que Brown ha compuesto ha sido una ópera de espías. Aquí viene a propósito la frase de Voltaire: ‘Si algo es demasiado tonto para ser dicho, al menos siempre podrá ser cantado'”.

En “Confidential Digital” del 17 de noviembre de 2003 se lee: “a la vista de lo descabellado de sus tesis de fondo, la verosimilitud de la novela queda en entredicho, y sus desatinadas afirmaciones caen por su propio peso. Demasiada invención, demasiada maldad, demasiada perversión como para ser ni siquiera verosímil, pero los lectores más inocentes pueden quedarse con la idea de que la Iglesia Católica, y en particular el Vaticano y el Opus Dei, es una institución poco fiable”.

“El Código Da Vinci” es inexacto hasta cuando baja al detalle (…) los fieles del Opus Dei no son monjes ni visten hábito”. Afirma el Pittsburgh Post-Gazette, “La exactitud del superventas Da Vinci Code, bajo sospecha” Por Frank Wilson (Philadelphia Inquirer) 31 Agosto 2003. “Se ha dicho que el libro en sí mismo es un ataque al Cristianismo”.

“Este libro es, sin duda, el más tonto, inexacto, poco informado, estereotipado, desarreglado y populachero ejemplo de pulp fiction que he leído”, afirma The Times, London, 21 de junio de 2003.

“Los editores de Brown han obtenido un puñado de elogios brillantes de escritores de película de suspense americanas, de esos de tercera fila. Sólo se me ocurre que la razón de su alabanza exagerada se debe a que sus obras quedan elevadas a la categoría de obra maestra cuando se las compara con este libro”, afirma el Times de Londres

“No puedo dejar de felicitar a las editoriales de todo el mundo que en su día rechazaron la publicación de esta infamia y ahora no se arrepienten. Es la demostración de un resto de dignidad, no sólo en el mundo editorial, sino en el sistema mercantil”, escribe el crítico literario de El País, Madrid.

Puede resultar extraño que alguien se moleste en desmentir acontecimientos y teorías expuestos en una obra de ficción. Sin embargo, explica Laurie Goodstein, “El Código Da Vinci” pretende ser, según el mismo autor, más que una ficción. La novela, dice la periodista, “podría parecer poco más que un bodrio descarado”. Pero, señala, se abre con una página titulada “Fact” (dato), que concluye así: “Todas las descripciones de obras de arte, arquitectura, documentos y rituales secretos narrados en esta novela son exactas”. Además, añade Goodstein, Dan Brown dice en su página web que “en mi opinión personal, las teorías expuestas por los personajes tienen fundamento”.

Por eso “han aparecido o van a aparecer más de diez libros, la mayoría en abril o mayo, con títulos que prometen romper, desmentir, hacer saltar o descodificar “El Código Da Vinci”. “Es importante que hablemos alto y claro, porque este libro es un ataque directo contra la fe cristiana”, dice Erwin Lutzer, autor del libro The Da Vinci Deception e influyente pastor evangélico de Chicago.

Otra réplica es Cracking Da Vinci’s Code, firmada por Peter Jones y James Garlow, pastor protestante de San Diego. Dice Garlow al New York Times: “No creo que sea solo una novela inocente con una trama que cautiva. Creo que su objetivo es convencer a la gente de una concepción [del cristianismo] incorrecta e históricamente inexacta”.

Aunque la novela imagina una conspiración vaticana para ocultar la verdadera historia de Jesús, Goodstein señala que “entre los críticos hay protestantes evangélicos y católicos”. En uno y otro campo, “se ofrecen en las iglesias folletos y guías para lectores a los que la novela haya llevado a cuestionarse su fe. Las conferencias y sermones sobre “El Código Da Vinci” atraen a numeroso público”.

Una crítica más a la obra de Dan Brown es Decoding Da Vinci, de Amy Welborn, católica, periodista del semanario Our Sunday Visitor. En la entrevista para Zenit, Welborn explica: “Dentro del marco de su novela, Dan Brown presenta muchas afirmaciones sobre la historia, la religión y el arte. Las presenta como verdad, no como parte de su mundo de ficción”.

Desde las páginas del Weekly Standard (22-IX-2003), la escritora Cynthia Grenier afirma sobre “El Código Da Vinci” que “se puede hablar de una extremista visión feminista” de la fe cristiana y católica. “Llámenme escéptica -escribe-, pero no estoy dispuesta a comprar esta novela. Los rituales que él relata son fruto de una mezcolanza de varios cuentos imaginarios. Si usted alguna vez ha considerado la posibilidad de que el Santo Grial buscado por los caballeros del Rey Arturo es realmente el vientre de la Magdalena, entonces “El Código Da Vinci” es su novela. Si su imaginación nunca le ha inquietado en este sentido, lo mejor es olvidar la novela. Seguramente a usted se le habrá caído de las manos este libro de 454 páginas cuando su autor le relate su último descubrimiento: bajo la enorme pirámide de cristal del patio del Louvre se hallan los huesos de la mujer de Jesús”. Y sobre los múltiples errores geográficos e históricos contenidos en el libro, la escritora concluye: “Por favor, alguien debería dar a este hombre y a sus editores unas clases básicas sobre la historia del cristianismo y un mapa”.

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