El cristianismo no es una ideología, sino el encuentro con Cristo

“Como vosotros, yo también tuve veinte años –recordó arrancando aplausos entre los muchachos que llevaban camisetas de colores vivos–. Me gustaba el deporte, esquiar, hacer teatro. Estudiaba y trabajaba. Tenía deseos y preocupaciones”. “En aquellos años que ya son lejanos, en tiempos en los que mi tierra natal estaba herida por la guerra y después por el régimen totalitario, buscaba el sentido que debía dar a mi vida –añadió conmocionado por el recibimiento recibido–. Lo encontré en el seguimiento del Señor Jesús”.

En este ambiente, el pontífice que ha creado las jornadas mundiales de la juventud dejó un mensaje central a los muchachos: “El cristianismo no es un simple libro de cultura o una ideología, tampoco es un mero sistema de valores o de principios, por más elevados que sean”. “El cristianismo es una persona, una presencia, un rostro –subrayó ante los jóvenes, algunos de ellos protestantes–: Jesús, que da sentido y plenitud a la vida del hombre”.

Como medios para encontrarse con Cristo, entre otros, el Santo Padre propuso la lectura de “la Sagrada Escritura”, “la oración personal y comunitaria; “la participación activa en la Eucaristía”; “el sacramento de la Reconciliación”; “el rostro del hermano que sufre”.

A la luz de este encuentro con Jesús, les invitó a los jóvenes una vida “llena de sentido”, ya sea formando una familia, “fundada sobre el matrimonio como pacto de amor entre un hombre y una mujer que se comprometen en una comunión de vida estable y fiel”, ya sea en la vida consagrada a Dios. “Sé bien que ante a una propuesta así experimentas dudas –reconoció el Papa volviendo a dejar espacio a las confidencias–. Pero te digo: ¡No tengas miedo! ¡Dios no se deja vencer en generosidad! Después de casi sesenta años de sacerdocio, estoy contento de ofrecer aquí, ante todos vosotros, mi testimonio: ¡es bello poder entregarse hasta el final por la causa del Reino de Dios!”.

Tras invitar a los presentes a participar en las Jornadas Mundiales de la Juventud, que se celebrarán en la ciudad alemana de Colonia en agosto de 2005, el pontífice concluyó lanzando un llamamiento a los jóvenes, pues “la Iglesia tiene necesidad de vuestras energías”. “En estos momentos más que nunca, en un mundo al que con frecuencia le falta luz y la valentía de nobles ideales, no es hora de avergonzarse del Evangelio”, reconoció.

El encuentro de los jóvenes fue una fiesta de fe, música y testimonios. Tras despedirse del Papa, los presentes continuaron participando en un espectáculo musical, y en encuentros de oración y reflexión. Entre otras cosas, pudieron conversar con sus obispos de manera informal en un “bistrot” (taberna, restaurant popular).

El organizador de los viajes declaró que no se trata de simples viajes al extranjero, sino que el Santo Padre considera sus viajes auténticas peregrinaciones: “Cuando viaja tiene la actitud de un peregrino. En coche o en helicóptero, lleva siempre el rosario en la mano. Es como si sembrara oraciones en el país que visita”. Cuando se encuentra en el avión papal, Juan Pablo II mira con frecuencia por la ventanilla y bendice la tierra que sobrevuela. Antes de iniciar la actividad cotidiana, el Papa ora durante dos horas. “Durante los viajes, incluso actualmente, el Papa está en oración desde antes de las 6 de la mañana hasta las 8”, confirma el prelado.

“Estamos acostumbrados a la imagen oficial del Papa –reconoce–, pero detrás de ella hay una espiritualidad y una humanidad profundas”.

“Recuerdo cuando estuvimos en Azerbaiyán, durante una Misa exterior en un estadio cubierto –relata–. En cierto momento, un hombre se levantó y empezó a correr hacia el Papa. Obviamente fue bloqueado por los agentes de seguridad y llevado fuera”. “Sin embargo el Papa me susurró: “Quiero ver a ese hombre”. Se lo dije al jefe de seguridad, quien me respondió: “No es posible. No sabemos de quién se trata. Existe el riesgo de que pueda intentar algo extraño y ya le hemos aislado””, continúa. “Así que –recuerda– dije al Papa que el jefe de seguridad pensaba que no era prudente para él ver a ese hombre”. “”No, quiero verle de verdad, es importante que le vea”, me dijo el Papa”. “Insistí con la seguridad, y al final de la Misa llevaron a aquel hombre al Papa, quien le saludó y le abrazó. Era un hombre que carecía de casa, tenía mujer e hijos; quería contar al Papa su desesperación y el Papa le acogió”. De hecho, “el Papa sabe ser muy insistente; hasta el jefe de seguridad tuvo que rendirse a su petición”.

La gran capacidad de comunicación del Papa reside también en el hecho de sentirse a sus anchas ante multitudes enormes y en su habilidad para desviarse de loescrito que haya preparado y bromear con el gentío.

“En Cuba, por ejemplo -relata el obispo Boccardo–, en cierto momento, durante la homilía, la gente empezó a aplaudir y el Papa dijo: “Os agradezco vuestros aplausos, que permiten al Papa recobrar aliento””.

Unos días después, el 9 de junio, el Santo Padre comentó en Roma el mensaje que había llevado a los jóvenes. “Este mensaje que llevo en lo más hondo del corazón se resume en tres verbos: “¡levántate!”, “¡escucha!”, “¡ponte en camino!”. El mismo Cristo, resucitado y vivo, repite a todo chico y chica de nuestro tiempo estas palabras. Es Él quien invita a la juventud del tercer milenio a “levantarse”, es decir, a dar pleno sentido a su existencia. He querido hacerme eco de este llamamiento convencido de que sólo Cristo, redentor del hombre, puede ayudar a los jóvenes a “levantarse” de experiencias y mentalidades negativas para alcanzar su plena estatura humana, espiritual y moral”.

“Antes de dejar Berna, quise encontrarme con la asociación de los antiguos guardias suizos. Fue una ocasión providencial para agradecer el precioso servicio que, desde hace casi cinco siglos, ofrece a la Sede Apostólica el Cuerpo de la Guardia Suiza. ¡Cuántos miles de jóvenes, provenientes de las familias y de las parroquias suizas, han ofrecido su contribución singular al sucesor de Pedro a través de estos siglos! Muchachos como todos, llenos de vida e ideales, han podido manifestar de esta manera su sincero amor a Cristo y a la Iglesia. ¡Que los jóvenes de Suiza y del mundo entero puedan descubrir la maravillosa unidad entre la fe y la vida, y prepararse para desempeñar con entusiasmo la misión a la que Dios les llama!”

Terminó diciendo el Pontífice: “Que María Santísima, a la que doy gracias de corazón por este viaje apostólico internacional número 103, alcance para todos este grande y precioso don, el secreto de la auténtica alegría”.


 

1. “Sabe que ha hallado en el encuentro con Jesucristo la verdad sobre su vida y nada ni nadie podrá arrebatarle jamás esta certeza”. Juan Pablo II, Enc. Fides et Ratio.