El evolucionismo: ¿Ciencia o mito?

Bicentenario de Darwin

El día 12 de febrero se cumplen 200 años del nacimiento de Darwin. El evolucionismo, considerado algo más que una mera hipótesis, sigue siendo un tema de discusión a 150 años de la primera publicación  de “El origen de las especies”.

Charles Robert Darwin nació el 12 de febrero de 1809 en la ciudad inglesa de Shrewsbury. Fue el quinto de seis hermanos. Su padre, Robert Waring Darwin, y su abuelo paterno, Erasmus Darwin, eran médicos de prestigio que gozaban de una posición económica desahogada.

A finales de agosto de 1831, John Stevens Henslow, pastor anglicano y profesor de botánica, le comunicó que la Marina Real Británica había decidido enviar un buque, el H.M.S. Beagle, a las aguas de Sudamérica y a la Tierra del Fuego, para cartografiar las costas y hacer mediciones con vistas a elaborar mejores cartas marinas.

A su paso por las islas Galápagos, recogió algunas tortugas y pinzones y, considerando que eran de la misma especie, no tomó nota de qué isla procedían. Sin embargo, los especialistas de Londres como el ornitólogo John Gold, le aseguraron que eran de distintas especies. Ese mismo año, 1837, comenzó a escribir sobre la transformación de las especies.

La hipótesis de Darwin se basó en la adaptación al medio de la que habló Lamarck pero, al mismo tiempo, tomó la idea de “selección natural” del economista Malthus acerca de la supervivencia de los mejor dotados en un mundo superpoblado. Darwin pensó que los caracteres favorables del más fuerte pasarían a su descendencia y así la especie tendría una mejor adaptación al medio. También aseveró que todos los seres vivos descienden de unos pocos antepasados comunes y que la selección natural es la causa de los portentosos cambios que van desde las más simples bacterias a seres como los humanos, capaces de construir cohetes aeroespaciales, de descubrir el ADN o de disfrutar de la belleza de la poesía y de la música que ellos mismos compusieron.

Lamentablemente nadie ha sido testigo de una transformación de una especie en otra y, si se trata de una ciencia experimental, no basta con afirmar una hipótesis, hace falta confirmarla con una demostración empírica. Por otro lado, la llamada “selección natural” selecciona entre lo que ya existe, por lo que no da razón de lo nuevo y más perfecto.

El 18 de junio de 1858  el joven naturalista Alfred Rusell Wallace le hizo llegar a Darwin  un manuscrito  en el que trataba sobre la transformación de las especies por selección natural. Al percatarse de que se le habían adelantado, Darwin se abocó a escribir un libro titulado “El origen de las especies”, que publicó en 1859.

Posteriormente, en 1871, Darwin publicó “El origen del hombre”. En este libro sostiene que también la selección natural es la causa de que el ser humano aparezca sobre la faz de la tierra y que también lo espiritual proviene de la evolución de la materia. Algunos de sus amigos evolucionistas, como Wallace, consideraban que la inteligencia del hombre tenía su origen en una acción creadora de Dios y pensaban que la teoría de la evolución no se contraponía con la existencia de un Dios creador.  El mismo Darwin lo reconoció explícitamente en la sexta edición de “El origen de las especies”.

Después de los descubrimientos de Mendel, padre de la Genética, hubo que admitir que sólo los cambios en los genes podrían ser heredables y surgió la llamada teoría sintética o neodarwinismo, que refería la selección natural a las mutaciones genéticas, conservando aquellas –muy pocas- que fueran favorables. Esto hace que la evolución suponga un proceso lento y gradual.

Cuando estudiamos el registro fósil, constatamos las semejanzas morfológicas de las diferentes especies próximas en el tiempo. La hipótesis evolucionista infiere de estas semejanzas una relación filogenética que hace surgir unas especies de otras, cuando en realidad lo único comprobable es la progresiva complejidad y perfección de las especies a lo largo del tiempo.

Si Darwin hubiera tenido razón, como él mismo decía “el número de eslabones intermedios entre las especies actuales y las extinguidas tuvo que haber sido inconcebiblemente grande.” Por lo tanto estaríamos continuamente descubriendo fósiles con características intermedias, sin embargo sucede exactamente lo contrario. Lo que se encuentra son especies bien definidas que han aparecido y desaparecido pero que no son el final de una cadena de eslabones.

Tampoco podemos recurrir al sólo azar o la casualidad para explicar lo que sucede en la naturaleza. La misma Biología Molecular y la Estadística Matemática nos llevan de la mano a la conclusión de que es imposible explicar la aparición del más pequeño ser vivo por esta vía. Entonces hay que investigar más para descubrir no sólo el cómo sino también el porqué de nuestra existencia y de la de los demás seres vivos.

 

Jaime Millás Mur
Director del Colegio Turicará

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