El éxito o no de las sectas depende de cada cristiano

Se tiende a pensar que el mal viene de fuera, y que los malos son los otros, las sectas. Pero la raíz principal de la difusión de las sectas radica en cada cristiano; a saber, en su falta de formación doctrinal, dogmática, moral y litúrgica; en su falta de vibración interior (es decir, personas de oración y que dedican tiempo a hacer oración); y en la ausencia de dinamismo apostólico, de evangelizar y ser apóstoles. De ahí la oportunidad, y hasta la necesidad, de promover la formación que facilite la acogida y convivencia de los jóvenes, su formación y diversión cristianas, realidad que suele florecer más en los movimientos que en las parroquias. Así, respirarán un microclima moral y religioso que ya no siempre existe en las familias.De todas maneras nos dice el Card. Ratzinger en su reciente publicación Il Dio vicino, que “En la crisis de la fe que estamos viviendo, el punto neurálgico resulta ser cada vez más la recta celebración y la recta comprensión de la Eucaristía”.

Nuestra fe en la Eucaristía no es de orden secundario. Implica lo más esencial en la revelación cristiana, porque presupone la fe en la Encarnación redentora del Verbo de Dios y la fe en la Iglesia. El mismo Jesús había puesto ya el acento sobre la necesidad de esta fe, con ocasión del primer anuncio de la Eucaristía. Después de la multiplicación de los panes, comenta el milagro para hacer descubrir su verdadero alcance. Afirma que no viene para dar a la humanidad la abundancia del pan material; sino que viene para estar entre los hombres como el “pan bajado del cielo” (Jn 6, 53); Él les trae ese pan. Y, ante la incredulidad de los que lo escuchan, no duda en exigirles la adhesión de fe que no había obtenido de la gran mayoría: “¿También vosotros queréis marcharos?” (Jn 6, 67). Estaba dispuesto a renunciar a ellos si no creían en la Eucaristía. Ante esta actitud del Señor, parece evidente que no es posible seguir a Cristo sin creer en la Eucaristía. Para Jesús, pues, la fe cristiana no puede ser más que una fe eucarística. La aceptación de la Eucaristía se convierte en condición esencial de la aceptación de Cristo. Si se prescinde de la Eucaristía (S. Misa, Comunión, Sagrario), se está abandonando la Iglesia. Y este es el diagnóstico de los que se fueron.


Publicamos, unas respuestas del padre Manuel Guerra, experto en sectas y en historia de las religiones. El autor de Las sectas y su invasión del mundo hispano: una guía, esboza el panorama de la penetración de las sectas en Iberoamérica y las causas de tan rápida difusión

¿Se puede hablar de una verdadera invasión de las sectas en Iberoamérica? ¿Es un fenómeno tan alarmante?

Hablar de invasión puede sonar a simple metáfora, pero es real. Existe una avalancha de sectas religiosas de origen hindú, budista, taoísta, sintoísta, afroamericano, de tipo mágico e ideológico, que van difundiéndose por todas las regiones, también entre los indígenas. Por eso, considero acertada la valoración de un conocedor de la realidad, monseñor Cipriano Calderón, hasta hace poco Vice – Presidente de la Comisión Pontificia para América Latina: “En Iberoamérica está la mitad de los católicos del mundo, y es motivo de gran esperanza. Ahora bien, no hay que caer en la retórica: hay un problema terrible que es el de las sectas, que están atrayendo a muchos católicos; con lo cual el número de católicos está disminuyendo en muchas naciones. De manera que, quizá, caigamos en el peligro de hablar mucho de la mitad de los católicos del mundo y luego nos los dejamos perder”.

Las sectas, ¿ofrecen realmente atractivos que las religiones tradicionales son incapaces de proponer?

Uno de los rasgos definitorios de los iberoamericanos es su profundo sentido religioso, su talante venerador de lo sagrado. Durante siglos, su sed religiosa ha sido satisfecha por la Iglesia católica. Aparte de los protestantes, ahora han irrumpido las sectas. Éstas confirman que el sentido religioso es connatural al ser humano. No son antirreligiosas, sino, con frecuencia, anticristianas -a veces rabiosamente-, o al menos no cristianas. Por tanto, están capacitadas para saciar la sed religiosa de los iberoamericanos a los que no les llene la religión y espiritualidad tradicional de sus países: la religión católica.

Las personas que han estado en una secta explican que uno de los aspectos positivos era sentirse aceptado, ser conocido con nombre y apellidos.

El activismo de la vida moderna, el trabajo de la madre fuera de casa, las deficiencias -a veces, la ausencia- en el diálogo entre padres e hijos, por falta de tiempo e interés y por la fascinación de la televisión, el desarraigo de los emigrantes lejos del lugar de su nacimiento, el naufragio de los individuos en los grandes centros urbanos justifican que el individuo -sobre todo el joven-, caído en el anonimato, busque círculos reducidos donde sea aceptado y querido por sí mismo. Esto suelen ser las sectas para los iniciados en las mismas, al menos en los comienzos. Muchas veces he preguntado a miembros o ex miembros de sectas: “Tú, ¿por qué has abandonado a Jesucristo por el fundador de la secta?” Siempre ha coincido la respuesta, con ligeras matizaciones: “No me he sentido querido ni acogido por la Iglesia”.

Usted afirma que tal vez los católicos que se incorporan a una secta estaban ya fuera de la Iglesia.

Sí, a veces me lo pregunto, porque el núcleo de creyentes y practicantes está rodeado por un amplio sector cuya pertenencia a la Iglesia católica, en los países tradicionalmente católicos, es débil o muy débil, y hasta nula. El abanico de la pertenencia puede abrirse, desde creer sin pertenecer, hasta pertenecer sin creer. Como el vacío religioso no existe, en la medida en que uno no se esmere en pertenecer verdadera y vitalmente a su religión tradicional, en esta misma medida pertenecerá a otra forma religiosa alternativa (sectas, Nueva Era, neopaganismo), a veces de signo profano e idólatra, de tipo político o narcisista.

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La expansión de sectas fundamentalistas y de la desesperanza que caracteriza a la sociedad contemporánea implican para la Iglesia un llamamiento a la “nueva evangelización”, afirmó Juan Pablo II la semana pasada.

Según el Santo Padre, este fenómeno típico de “sociedades modernas”, se debe al hecho de que “buena parte de la población se encuentra en situaciones desesperadas que les lleva a buscar soluciones rápidas y fáciles a problemas complicados”.

“Este sentido de falta de esperanza explicaría, en parte, el motivo por el cual muchas personas -tanto jóvenes como ancianos- sienten el atractivo de sectas fundamentalistas, que les ofrecen un fervor emocional pasajero y la seguridad de riqueza y de éxitos mundanos”, constató al encontrarse con el último grupo de obispos católicos de la India en visita “ad limina apostolorum” a Roma.

Según explicó el obispo de Roma en el discurso que les entregó en inglés, la respuesta de la Iglesia a estas demandas debe ser la “nueva evangelización”. “El éxito depende de la capacidad para mostrar a la gente el vacío de estas promesas, demostrándoles que Cristo y su Cuerpo comparten sus sufrimientos”, añadió.

“La Iglesia ha recibido la misión única de servir al Reino y de extender por el mundo los “valores del Evangelio” que son expresión del Reino y que ayudan a la gente a aceptar el plan de Dios”, subrayó.