Fundamentos de una ética universal

Las palabras del Cardenal Levada, Prefecto de la Congregación para la  Doctrina de la Fe, que nos acaba de leer el Presidente del Comité organizador, resumen muy bien el origen de este Congreso. Como se nos ha recordado, todo nace con la petición que, en noviembre de 2004, el entonces Cardenal Ratzinger, dirigió a la Universidad de Navarra, que se honra por cierto de tener al Santo Padre entre sus doctores honoris causa. Como no podía ser de otro modo, la Universidad respondió con todo el interés que la propuesta merece. A lo largo de estos tres años se han organizado simposios y seminarios en los que han tomado parte cientos de profesores de esta universidad, junto con muchos invitados de otros centros académicos de diferentes países. El Congreso internacional que hoy comenzamos es como la culminación de un largo proceso.

La petición del Cardenal Ratzinger responde a un problema que es fácil de percibir, aunque es muy difícil de resumir. No es un problema de la Iglesia católica, sino de la sociedad en su conjunto. Tiene muchas manifestaciones aparentemente inconexas, pero en el fondo íntima- mente relacionadas: conflictos permanentes entre países y culturas; injustas invocaciones al nombre de Dios para justificar la violencia; ataques a la dignidad de la persona y a los derechos que le son inherentes; abusos de poder contra la libertad religiosa. En síntesis, expresiones de la razón de carácter sectario (y por tanto contrarias a la propia razón); expresiones de la fe poco razonables. Cabe decir que todos estamos de acuerdo en la necesidad de buscar puntos de encuentro sobre los que edificar la convivencia en un mundo global y multicultural pero que, paradójicamente, todos coincidimos en que no existe un acuerdo sobre los “fundamentos de una ética universal” (Benedicto XVI, 5-10-2007), que nos permita convivir en armonía. En algunas zonas del planeta, el problema es acuciante, y la necesidad de buscar la solución es imperiosa. ¿Cómo redescubrir esos principios sobre los que fundar la ética universal? Pienso que el Papa, a través de múltiples intervenciones, viene señalando dos principios de acción:

  • El primero es una clara apuesta por la razón frente a la fuerza. La inteligencia tiene un papel insustituible en la recuperación de la unidad perdida. El estudio, la investigación, el conocimiento mutuo de culturas y religiones son requisitos imprescindibles para la eliminación de las barreras que por desgracia nos separan. Los peores muros son los que se construyen con prejuicios, no con ladrillos.
  • El segundo principio es una clara apuesta por el diálogo, más que por el conflicto. No basta la eliminación de los muros, es necesario tender puentes. Cabría decir que, en el campo de las relaciones sociales, el modelo dialéctico está agotado, es la hora del modelo dialógico. Como continuación del conocimiento mutuo, se precisa el diálogo entre fe y razón, entre culturas, entre religiones. Pero no basta con moverse en el terreno de los principios. Si queremos dar un paso adelante, podemos preguntarnos: ¿de quién es la responsabilidad de aplicar esos principios, de promover este cambio que nuestras sociedades necesitan? En mi opinión, son tres los responsables principales:
    • De un lado, los líderes religiosos, que tienen que ir por delante, y de hecho muchas veces llevan la delantera, como muestran los esfuerzos ecuménicos en marcha. Sin caer en una mentalidad sincretista, que equivaldría a cometer un error estratégico con el fin de lograr un éxito táctico, los líderes religiosos han de ponerse en la vanguardia de este esfuerzo por el mutuo conocimiento, por el diálogo respetuoso. Ellos pueden promover una acción “polifónica”, un proceso universal de purificaciones (Benedicto XVI, 19-I-2004), que ayude a comprender que la fe es razonable, que la experiencia religiosa tiene una gran fuerza humanizadora, y que puede contribuir así a “integrar el mundo” (idem).
    • Los políticos y gobernantes tienen también, sin duda, una responsabilidad muy marcada en el proceso que estamos describiendo. Hay que reconocer que el panorama del debate político internacional alcanza no pocas veces niveles deprimentes. La visión estrecha y partidista, el particularismo, la violencia verbal, hacen que no pocas veces los políticos sean parte del problema, no parte de la solución. Pero, a pesar de todo, no podemos dejar de exigir a los gobernantes que asuman sus responsabilidades. En particular, los políticos deberían hacer un ejercicio de respeto hacia las creencias de los ciudadanos, siempre desde su ámbito propio, sin erigirse en la última instancia moral de la sociedad, una especie de sacerdotes del relativismo, promotores de una religión civil sin Dios, en la que proliferan los dogmas y la intolerancia.
    • Por último, los intelectuales desempeñan -deben desempeñar- un papel insustituible en el redescubrimiento de los fundamentos de una ética universal. Creer en las posibilidades de la razón significa creer en la capacidad de la inteligencia de conocer la verdad. Fe en la razón no equivale a darle culto. El racionalismo exagerado supone una cierta cortedad de miras, que lleva a pensar que existe solamente aquello que conozco; o, peor, que el único método válido es el de las ciencias experimentales, que niega todo aquello que no es constatable empíricamente y que, en no pocas ocasiones, conduce a experimentar con el hombre, a usarlo como medio, no como fin. Líderes religiosos, gobernantes e intelectuales tienen una particular responsabilidad en este diálogo racional entre culturas y religiones.

Podríamos quizá añadir que este proceso de búsqueda de la verdad es un proyecto colectivo, en el que no avanzaremos si no avanzamos juntos. En todo caso, estoy convencido de que hay muchos motivos para el optimismo. Benedicto XVI citaba el pasado 7 de septiembre unas palabras de Habermas, en las que el filósofo centroeuropeo recordaba que algunos de los valores universalmente reconocidos, precisamente aquellos que caracterizan la cultura occidental, han nacido del cristianismo: la justicia y la solidaridad, la libertad, la igualdad. En efecto, esa base común es muy ampliamente compartida. Con ese punto de partida, nuestra asignatura pendiente consiste en completar esa base, colmar sus carencias. Es decir, lograr un consenso racional lo más amplio posible sobre otros aspectos de la naturaleza humana que el Papa ha llamado alguna vez “principios no negociables”: la vida, la familia, la educación, que no son todavía pacíficamente aceptados como valores universales. Pienso que esta es una de las grandes tareas de la universidad en nuestro tiempo, la de esclarecer esos tres principios: vida, familia, educación, de modo que sean aceptados como lo son la libertad, la justicia, la solidaridad, la paz.

Se trata de demostrar, de modo racional, que la ley natural no es un límite sino una garantía para la libertad. No es una cadena, sino un escudo que protege a los débiles (niños, enfermos, ancianos, marginados) de los atropellos del poder, de los excesos en que pueden incurrir mayorías ocasionales, de los abusos de los intelectuales que todo lo quieren convertir en un experimento, y que no tienen tiempo siquiera para contar las víctimas.

Mostrar la grandeza de la dignidad de la persona y las consecuencias que ello lleva consigo, he ahí nuestra tarea como universitarios. Es una responsabilidad que no nos asusta, porque estamos embarcados en un proyecto colectivo, para el que tenemos el aliento del Santo Padre, y la solidaridad de muchos colegas en todo el mundo que cultivan las mismas aspiraciones. Por eso, este Congreso es en cierto modo una culminación, pero queremos que sea sobre todo un punto de partida. Ojalá que del mismo salgan nuevas líneas interdisciplinares de investigación que permitan dar continuidad a un trabajo riguroso sobre temas tan trascendentales para nuestra sociedad. Termino, pero no sin antes agradecer sinceramente al Comité Organizador todos los esfuerzos realizados para dar cumplimiento a la petición que un día nos hizo el entonces Cardenal Ratzinger.

Mi agradecimiento, muy en particular, al Vicerrector de Investigación que ha impulsado con tanta ilusión y empeño este Congreso y los simposios anteriores a pesar de tratarse de materias que quedan un tanto lejanas de la Mecánica y la ingeniería en general. Deseo asimismo agradecer a los ponentes su presencia entre nosotros, y espero que los que participantes puedan sacar el máximo partido a estas jornadas. En nombre de la Universidad de Navarra doy a todos la bienvenida y os deseo unos días especialmente fructíferos.

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