Grandes líneas de la encíclica “Caritas in Veritate”

Para gobernar los desequilibrios de la globalización económica es preciso partir de la “globalización” sobre la verdad del hombre, es decir, del redescubrimiento del orden inscrito en el mundo por el Creador, que nos permite distinguir lo que está bien de lo que está mal. Sin ofrecer soluciones técnicas, la nueva encíclica de Benedicto XVI, “Caritas in veritate”, examina las diversas facetas del problema del desarrollo y recuerda los principios indispensables para construir –en los próximos años- un verdadero desarrollo humano.

La encíclica, particularmente extensa y objeto de un detenido estudio, plantea una nueva reflexión sobre las cuestiones sociales de interés general, al hilo del magisterio precedente de la Iglesia, especialmente de la encíclica Populorum progressio de Pablo VI (1967), de la que celebra el 40 aniversario de su publicación.

La caridad y la justicia
Benedicto XVI introduce el nuevo documento recordando que la caridad es “la vía maestra de la doctrina social de la Iglesia”. Pero la caridad necesita de la verdad, pues “un cristianismo de caridad sin verdad se puede confundir fácilmente con una reserva de buenos sentimientos, provechosos para la convivencia social, pero marginales”. La caridad en la verdad es la principal fuerza impulsora del auténtico desarrollo de la persona y de la humanidad. Solo con la caridad, iluminada por la razón y por la fe, es posible alcanzar objetivos de desarrollo dotados de valor humano.

El Papa pone el acento en dos criterios fundamentales para el desarrollo de la sociedad: la justicia y el bien común. La caridad va más allá de la justicia, pero al mismo tiempo yo no puedo dar al otro de lo mío sin haberle dado en primer lugar lo que en justicia le corresponde. Amar a alguien es querer su bien y actuar en esa dirección. Pero junto al bien individual existe también un bien ligado al vivir juntos, el bien común. Gracias a él, la caridad adquiere una dimensión social.

Es dentro de esas coordenadas en las que hay que leer todo el documento: las reflexiones sobre la crisis financiera, la parte dedicada al ambiente (con referencias a la necesidad de redistribuir los recursos energéticos), las cuestiones bioéticas, el llamamiento al riesgo que supone un planteamiento meramente tecnicista de cuestiones como la cooperación internacional o la salvaguardia de la paz.

El Papa recordará también que entre los grandes principios indispensables para construir el desarrollo humano figuran el respeto a la vida, núcleo de todo progreso auténtico; el derecho a la libertad religiosa; el rechazo de una visión prometeica del ser humano, que lo considere artífice absoluto del propio destino.

Distorsiones del desarrollo
El primer capítulo está dedicado al mensaje de la Populorum progressio, que traza algunas líneas decisivas y siempre actuales para el desarrollo integral del hombre y del mundo. El Pontífice evidencia que las causas del subdesarrollo están no solo en las desigualdades materiales, sino en la voluntad, el pensamiento y en la falta de fraternidad entre los hombres y los pueblos.
En el segundo capítulo, el Papa señala que “el objetivo exclusivo del beneficio, cuando es obtenido mal y sin el bien común como fin último, corre el riesgo de destruir riqueza y crear pobreza”. Y enumera algunas distorsiones del desarrollo, cuestión de gran actualidad en los últimos meses: una actividad financiera en buena medida especulativa, los flujos migratorios no gestionados adecuadamente o la explotación sin reglas de los recursos de la tierra. Frente a esos problemas ligados entre sí, el Papa invoca “una nueva síntesis humanista”, constatando también que crece la riqueza mundial en términos absolutos, pero aumentan también las desigualdades y nacen nuevas pobrezas.

En el plano cultural, las posibilidades de interacción han generado nuevas perspectivas de diálogo, pero hay un doble riesgo: “un eclecticismo cultural”, donde las culturas se consideran sustancialmente equivalentes, lo que induce a un relativismo que no favorece el diálogo intercultural; y el peligro opuesto, “homologar los estilos de vida.”

Benedicto XVI recuerda “el escándalo del hambre”. Para eliminarlo, se necesita “un sistema de instituciones económicas capaces, tanto de asegurar que se tenga acceso al agua y a la comida de manera regular “ como de afrontar “las emergencias de crisis alimentarias reales”.
Asimismo, el Pontífice evidencia que el respeto por la vida “en modo alguno puede separarse de las cuestiones relacionadas con el desarrollo de los pueblos” y afirma que “cuando una sociedad se encamina hacia la negación y la supresión de la vida acaba por no encontrar la motivación y la energía necesarias para esforzarse en el servicio del verdadero bien del hombre”. “Si se pierde la sensibilidad personal y social para acoger una nueva vida, también se marchitan otras formas de acogida provechosas para la vida social”.

La experiencia de la donación
El tercer capítulo se abre con un elogio de la experiencia de la donación, no siempre reconocida a causa de “una visión de la existencia que antepone a todo la productividad y la utilidad”. Por el contrario, si quiere ser auténticamente humano, el desarrollo necesita dar espacio al principio de gratuidad. Por su parte, la lógica mercantil debe estar “ordenada a la consecución del bien común, que es responsabilidad sobre todo de la comunidad política”.

Benedicto XVI recuerda cómo la encíclica Centesimus annus indica la necesidad de un sistema basado en tres instancias: el mercado, el Estado y la sociedad civil. Por lo que se refiere a la economía, subraya que hacen falta “formas de economía solidaria”. “Tanto el mercado como la política tienen necesidad de personas abiertas al don recíproco”. El Papa hace una nueva valoración del fenómeno de la globalización, que no se debe entender solo como un proceso socio-económico: la globalización necesita “una orientación cultural personalista y comunitaria abierta a la trascendencia” y “capaz de corregir sus disfunciones”.

Los deberes delimitan los derechos
En el cuarto capítulo, habla de la relación entre derechos y deberes en la vida social. Advierte que “los derechos individuales, desvinculados de un conjunto de deberes que les den un sentido profundo, se desquician y dan lugar a una espiral de exigencias prácticamente ilimitada y carente de criterios. La exacerbación de los derechos conduce al olvido de los deberes. Los deberes delimitan los derechos porque remiten a un marco antropológico y ético en cuya verdad se insertan también los derechos y así dejan de ser arbitrarios.”

En cambio, si los derechos del hombre dependen solo del acuerdo de una asamblea de ciudadanos, pueden ser cambiados en cualquier momento, y ”se relaja en la conciencia común el deber de respetarlos y de tratar de conseguirlos”. A este respecto, se detiene en las problemáticas relacionadas con el crecimiento demográfico y reafirma que los Estados ”están llamados a realizar políticas que promuevan la centralidad de la familia”.

“La economía tiene necesidad de la ética para su correcto funcionamiento; no de cualquier ética sino de una ética amiga de la persona”. La misma centralidad de la persona debe ser el principio guía de las intervenciones para el desarrollo de la cooperación internacional. “Los organismos internacionales deberían interrogarse sobre la real eficacia de sus aparatos burocráticos”, que son “con frecuencia muy costosos”.

En referencia a las cuestiones energéticas, el Papa constata que el acaparamiento de los recursos por parte de Estados y grupos de poder constituyen “un grave impedimento para el desarrollo de los países pobres”. “Las sociedades tecnológicamente avanzadas pueden y deben disminuir la propia necesidad energética”, mientras debe “avanzar la investigación sobre energías alternativas”.

Una sola familia humana
En el quinto capítulo, Benedicto XVI pone de relieve que “el desarrollo de los pueblos depende sobre todo del reconocimiento de ser una sola familia”, como propone la revelación cristiana.
El Papa hace referencia al principio de subsidiariedad, que ofrece una ayuda a la persona a través de la autonomía de los cuerpos intermedios. La subsidiariedad “es el antídoto más eficaz contra toda forma de asistencialismo paternalista” y es más adecuada para humanizar la globalización.

Benedicto XVI exhorta a los Estados ricos a destinar mayores cuotas del Producto Interno Bruto para el desarrollo, respetando los compromisos adquiridos. Esta solidaridad “se manifiesta ante todo en seguir promoviendo, también en condiciones de crisis económica, un mayor acceso a la educación”.

El Papa afronta a continuación al fenómeno de las migraciones, que requiere “una fuerte y clarividente política de cooperación internacional para afrontarlo debidamente”. Es un fenómeno complejo de gestionar, pero en cualquier caso el emigrante no puede ser visto como una mera fuerza laboral. Todo emigrante es una persona humana que posee derechos inalienables que deben ser respetados.
La última parte del capítulo está dedicada “a la urgencia de la reforma” de la ONU y “de la arquitectura económica y financiera internacional”. Urge “la presencia de una verdadera Autoridad política mundial” que goce de poder efectivo.

La técnica no basta
El sexto y último capítulo está centrado en el tema del “Desarrollo de los pueblos y la técnica”. El Papa pone en guardia ante la “pretensión prometeica” según la cual “la humanidad cree poderse recrear valiéndose de los ‘prodigios’ de la tecnología”. “El absolutismo de la técnica tiende a producir una incapacidad para percibir todo aquello que no se explica con la pura materia. Sin embargo, todos los hombres tienen experiencia de tantos aspectos inmateriales y espirituales de su vida”·.

El campo primario de la lucha cultural entre el absolutismo de la tecnicidad y la responsabilidad moral del hombre es hoy el de la bioética. “La razón sin la fe está destinada a perderse en la ilusión de la propia omnipotencia”. La cuestión social se convierte aquí en “cuestión antropológica”.

En la conclusión, el Papa subraya que no hay desarrollo pleno del hombre cuando se excluye a Dios: “La conciencia del amor indestructible de Dios es la que nos sostiene en el duro y apasionante compromiso por la justicia, por el desarrollo de los pueblos, entre éxitos y fracasos, y en la tarea constante de dar un recto ordenamiento a las realidades humanas.

 


 

 

Seleccionamos sus palabras sobre algunos temas.

Resistir la tendencia a rebajar los sistemas de protección social: “Estos procesos han llevado a la reducción de la red de seguridad social a cambio de la búsqueda de mayores ventajas competitivas en el mercado global, con grave peligro para los derechos de los trabajadores, para los derechos fundamentales del hombre y para la solidaridad en las tradicionales formas del Estado social” (n. 25).

Evitar el aumento de las desigualdades: “La dignidad de la persona y las exigencias de la justicia requieren, sobre todo hoy, que las opciones económicas no hagan aumentar de manera excesiva y moralmente inaceptable las desigualdades y que se siga buscando como prioridad el objetivo del acceso al trabajo por parte de todos, o que lo mantengan” (n. 32).
El mercado es necesario, pero no es ajeno a la ética: “Sin formas internas de solidaridad y de confianza recíproca, el mercado no puede cumplir plenamente su propia función económica. Hoy, precisamente esta confianza ha fallado, y esta pérdida de confianza es algo realmente grave” (n. 35).

“El sector económico no es ni éticamente neutro ni inhumano o antisocial por naturaleza. Es una actividad del hombre y, precisamente porque es humana, debe ser articulada e institucionalizada éticamente” (n. 36).

Empresas con fines diversos en el mercado: “Se requiere, por tanto, un mercado en el cual puedan operar libremente, con igualdad de oportunidades, empresas que persiguen fines institucionales diversos. Junto a la empresa privada, orientada al beneficio, y los diferentes tipos de empresa pública, deben poderse establecer y desenvolver aquellas organizaciones productivas que persiguen fines mutualistas y sociales” (n.38).

Empresas del tercer sector: “Esa zona intermedia está compuesta por empresas tradicionales que, sin embargo, suscriben pactos de ayuda a países atrasados; por fundaciones promovidas por empresas concretas; por grupos de empresas que tienen objetivos de utilidad social; por el amplio mundo de agentes de la llamada economía civil y de comunión. No se trata sólo de un «tercer sector», sino de una nueva y amplia realidad compuesta, que implica al sector privado y público y que no excluye el beneficio, pero lo considera instrumento para objetivos humanos y sociales… Es de desear que estas nuevas formas de empresa encuentren en todos los países también un marco jurídico y fiscal adecuado”. (n.46).

“El binomio exclusivo mercado-Estado corroe la sociabilidad, mientras que las formas de economía solidaria, que encuentran su mejor terreno en la sociedad civil aunque no se reducen a ella, crean sociabilidad” (n.39).

Responsabilidad social de la empresa: “Se va difundiendo cada vez más la convicción según la cual la gestión de la empresa no puede tener en cuenta únicamente el interés de sus propietarios, sino también el de todos los otros sujetos que contribuyen a la vida de la empresa: trabajadores, clientes, proveedores de los diversos elementos de producción, la comunidad de referencia” (n. 40).

Inversiones y especulación: “Se ha de evitar que el empleo de recursos financieros esté motivado por la especulación y ceda a la tentación de buscar únicamente un beneficio inmediato, en vez de la sostenibilidad de la empresa a largo plazo, su propio servicio a la economía real y la promoción, en modo adecuado y oportuno, de iniciativas económicas también en los países necesitados de desarrollo” (n. 40).

El papel del Estado en un mundo globalizado: “El mercado único de nuestros días no elimina el papel de los estados, más bien obliga a los gobiernos a una colaboración recíproca más estrecha. La sabiduría y la prudencia aconsejan no proclamar apresuradamente la desaparición del Estado. Con relación a la solución de la crisis actual, su papel parece destinado a crecer, recuperando muchas competencias” (n. 41).

La globalización no es solo económica: “A veces se perciben actitudes fatalistas ante la globalización, como si las dinámicas que la producen procedieran de fuerzas anónimas e impersonales o de estructuras independientes de la voluntad humana”… “Cuando se entiende la globalización de manera determinista, se pierden los criterios para valorarla y orientarla. Es una realidad humana y puede ser fruto de diversas corrientes culturales que han de ser sometidas a un discernimiento” (n.42).

“El proceso de globalización, adecuadamente entendido y gestionado, ofrece la posibilidad de una gran redistribución de la riqueza a escala planetaria como nunca se ha visto antes; pero, si se gestiona mal, puede incrementar la pobreza y la desigualdad, contagiando además con una crisis a todo el mundo” (n.42).

Los problemas demográficos: “Se ha de seguir prestando la debida atención a una procreación responsable que, por lo demás, es una contribución efectiva al desarrollo humano integral”… “La responsabilidad evita tanto que se considere la sexualidad como una simple fuente de placer, como que se regule con políticas de planificación forzada de la natalidad”.

“No es correcto, incluso desde el punto de vista económico, considerar el aumento de población como la primera causa del subdesarrollo”… “Grandes naciones han podido salir de la miseria gracias también al gran número y a la capacidad de sus habitantes. Al contrario, naciones en un tiempo florecientes pasan ahora por una fase de incertidumbre, y en algún caso de decadencia, precisamente a causa del bajo índice de natalidad, un problema crucial para las sociedades de mayor bienestar. La disminución de los nacimientos, a veces por debajo del llamado ‘índice de reemplazo generacional’, pone en crisis incluso a los sistemas de asistencia social” (n. 44).

La principal ayuda al desarrollo; “Conviene recordar también que, en el campo económico, la ayuda principal que necesitan los países en vías de desarrollo es permitir y favorecer cada vez más el ingreso de sus productos en los mercados internacionales, posibilitando así su plena participación en la vida económica internacional” (n. 58).

Propiedad intelectual. “Hay formas excesivas de protección de los conocimientos por parte de los países ricos, a través de un empleo demasiado rígido del derecho a la propiedad intelectual, especialmente en el campo sanitario” (n. 22).

Políticas migratorias: “Esta política hay que desarrollarla partiendo de una estrecha colaboración entre los países de procedencia y de destino de los emigrantes; ha de ir acompañada de adecuadas normativas internacionales capaces de armonizar los diversos ordenamientos legislativos, con vistas a salvaguardar las exigencias y los derechos de las personas y de las familias emigrantes, así como las de las sociedades de destino”… “Está comprobado que los trabajadores extranjeros, no obstante las dificultades inherentes a su integración, contribuyen de manera significativa con su trabajo al desarrollo económico del país que los acoge, así como a su país de origen a través de las remesas de dinero”… “Todo emigrante es una persona humana que, en cuanto tal, posee derechos fundamentales inalienables que han de ser respetados por todos y en cualquier situación” (n.63).

Cfr. Aceprensa, 8 de marzo 2009.

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