¡Han hecho una caricatura!

Se vestirá de negro, pero él afirma que su alma dista mucho de ese color. Juan Luis Cipriani Thorne, el arzobispo de Lima, es quizá uno de los personajes públicos más controvertidos de la historia reciente del Perú. Su pretendida amistad con Alberto Fujimori, el prófugo; su pertenencia al Opus Dei y el conservadurismo que este profesa; sus palabras y frases, las supuestas y las verdaderas; su carácter… Es un hombre polémico nuestro cardenal, nuestro aunque la idea le provoque a muchos un respingo.

La tarde del martes estuvo en las alturas de Lima, en una zona arenosa y caliente de los asentamientos humanos de Manchay, para bendecir una posta médica que brindará atención a gente de la paupérrima zona. Fue cariñosamente recibido, con cantos de niños y flores. Los pobladores dicen que varias veces lo han visto por allí, casi siempre sin prensa, aunque en esta ocasión lo acompañamos algunos periodistas. Estaba de buen humor y lo abordamos en uno de los consultorios del policlínico, entre escritorios, sillas de ruedas y médicos vestidos de blanco. Allí, hablando, se curó un poco las heridas.

¿Cuando usted asumió el Arzobispado de Lima en 1999 confesó que su corazón se quedaba en Ayacucho. ¿Ya logró traerlo a Lima?
Poco a poco, porque en Ayacucho aprendí mucho. Aprendí de una pobreza muy grande, aprendí a acercarme a la gente y a comprender a los demás, y aprendí que la violencia nunca es aceptable. Es que la vida en Ayacucho es muy diferente a la de Lima. Allá la gente es más cercana, hay más posibilidades de hacer amistad, las personas son muy agradecidas. Lima es, a veces, muy impersonal. No es fácil tener cercanía con alguien. El corazón ayacuchano me lleva al recuerdo de las rondas campesinas, las mamitas, la Semana Santa, esa cantidad enorme de muertos que hubo…

¿Siendo Ayacucho el rincón de los muertos, recuerda cuántos cadáveres llegó a ver?
No, porque no me gusta hacer de los muertos un examen sociológico ni un abuso estadístico, como veo que a veces se hace con gente que sufrió. Hay que ser delicados con el dolor y la verdad. No sé cuánta gente murió, pero que fue una época muy dura la que se vivió, lo fue.

Las noches en Ayacucho eran oscuras, con ruido de disparos, con miedo. ¿Alguna vez lo amenazaron?
Muchos años estuve amenazado, pero nunca hice caso porque el pueblo me defendía. La población ayacuchana es pacífica y no tiene la culpa de que Sendero Luminoso escogiera ese lugar para sus masacres. Siempre se ha visto Ayacucho como si fuera el problema, cuando más bien el pueblo de Ayacucho fue el que más sufrió con el terrorismo y por eso merece mayor reconocimiento social, económico y político. El de Ayacucho es un pueblo heroico.

Usted tenía la representación del Opus Dei en 1988 cuando le anunciaron que, por designación del papa Juan Pablo II, debía viajar a Ayacucho. ¿Fue muy difícil dejar Lima?
Más que difícil fue algo sorpresivo. De un momento a otro me llamó el nuncio para decirme que querían que fuera a Ayacucho como obispo auxiliar. Evidentemente, no era una noticia habitual que me fuera de un sitio al otro, empezando porque era sacerdote. No conocía el quechua, aunque había estado antes en Ayacucho, un par de veces, predicando en 1980 y 1985, diez días en ambos casos. Pero a partir de allí mi vida cambió por completo, porque la violencia que el resto del Perú no quería reconocer pasó a ser mi vida. Hablé con mucha gente, hablé con unos y con otros de que a Ayacucho había que ayudarlo y no castigarlo, que las Fuerzas Armadas y la Policía tenían el deber de proteger y no reprimir, y que las rondas campesinas eran un camino acertado para defenderse.

A usted lo asocian con la frase: “Los derechos humanos son una cojudez”.
Yo le digo ahora que en su momento debí exigir una rectificación, porque todo surgió de una entrevista con el periodista Abilio Arroyo de “Caretas”, muy bonita y respetuosa, pero una vez que acabó el diálogo empezamos a conversar sobre algunos problemas políticos de Ayacucho. Esa frase está totalmente sacada de contexto. Puedo decir ahora que es falsa, porque si uno saca unas palabras de una parte y las pone en otro contexto está mintiendo. El daño que se me ha hecho con esa frase es muy grande. Y mucha gente aprovecha y manipula con esa frase, cuando la Iglesia es promotora de los derechos humanos. Es fácil maltratar la imagen de una persona.

¿Siente que tiene enemigos?
Tengo amigos de derecha y de izquierda. Prefiero no calificar a nadie como enemigo porque para decir eso de alguien tendría que sentirlo yo como enemigo.

En todo caso, siente que hay personas que le tienen animadversión.
Por alguno que otro comentario dan toda la impresión de que no son tan amigos, ¿no? Ja, ja.

¿Es antipatía?
¡Sabe Dios! Ojalá cada uno pensara como quiera, pero con la verdad. La mentira es infame.

Bueno, aprovechemos para preguntárselo directamente. ¿Qué piensa Juan Luis Cipriani sobre los derechos humanos?

Los derechos humanos nacen con la creación del hombre a imagen y semejanza de Dios. Por lo tanto, el primer derecho humano es el derecho a la vida. Si hablamos de derechos humanos también incorporemos a todo concebido. Podríamos hablar, en segundo lugar, de varios derechos, como el de la libertad religiosa, a crear una familia, a expresar una opinión política, a tener trabajo, a recibir una educación, a percibir un sueldo digno. Son cientos los derechos políticos, sociales, económicos y religiosos, pero todos constituyen un solo cuerpo: la persona es sujeto de todos esos derechos. Cuando se hacen selecciones de estos derechos es cuando se cometen atropellos. Yo me siento promotor y defensor de los derechos humanos. De todos.

¿La animadversión que algunos sentirían hacia usted se debe a que es amigo del ex presidente Alberto Fujimori?
Pienso que se ha generado en el país -y con razón- un rechazo a todo lo que conocimos de mentira, abuso y corrupción. Pienso además que muy poca gente sabía de esto. Entonces, este rechazo (y a veces la venganza) arrastra a toda persona a la que de alguna manera se la relaciona con una época anterior. Con el presidente Fujimori yo tuve ocasión de tener una amistad porque él visitaba con frecuencia Ayacucho, pero haber respetado a un jefe de Estado que después acaba de cierta manera no tiene por qué generar cosas que no tienen que ver ni conmigo ni con mi trayectoria.

¿No es usted fujimorista?
En lo absoluto. ¡Nunca fui fujimorista! Fui un hombre de Iglesia que defendí a los pobres y que actué contra la violencia. Por eso mismo apoyé muchas actividades de Foncodes y de las rondas campesinas, pero siempre en el campo de la doctrina social, que es el campo en el que se desenvuelve la Iglesia. Nadie podrá decir que defendí leyes ni cuestiones partidarias. ¡Esa es una caricatura! Es una caricatura bastante bien hecha y que cuesta esfuerzo que la cambien.

“Monseñor, los niños lo están esperando”, interrumpen el diálogo sus allegados mientras la indignación del cardenal se traduce en su voz. ¿Habrán evitado que el arzobispo condene con nombres y apellidos propios a quienes considera autores de esa caricatura? No lo sabemos, pero insistimos en que Cipriani diga lo suyo.

¿Y esta caricatura le hace daño a la Iglesia?
No lo sé, pero yo soy un cardenal de la Iglesia Católica y me imagino que es fácil manipular las cosas. Sin embargo, también pienso que la Iglesia tiene una gran acogida en todo el país y que lo que la gente quiere es que no nos metamos en política.

La cámara de un canal de televisión irrumpe en la habitación. El reportero ha notado que hay un diálogo y que el entrevistado está haciendo una catarsis. Los niños primero, la competencia después, pero hay oportunidad de preguntar un poco más.

Los hombres también lloran y usted lo hizo cuando se produjo la liberación de la residencia del embajador de Japón a raíz del secuestro del MRTA. ¿Por qué lloró?
Bueno, en primer lugar, por las muertes que se produjeron. ¡Todas las muertes! Yo me había identificado mucho con ese grupo humano. Y en segundo lugar, porque también soy un ser de carne y hueso. Cuando vemos una desgracia cercana y con la que hemos estado unidos durante cuatro meses, uno llora. Eran personas que murieron y de un modo dramático. Buscar cualquier otra explicación es ser inhumano. Quien no llora no es humano.

Y usted también lloró cuando asumió el arzobispado y evocó a sus padres.
Mis padres fueron gente muy sencilla. Mi papá era médico. El y mi mamá nos educaron en la fe católica, en el respeto de unos por otros. Somos 11 hermanos y nos enseñaron a estar uno con el otro. A mí me inculcaron mucho el deporte. Muchas veces esa presencia de los padres de alguna manera constituye una obligación para nosotros. La bondad y la sonrisa de mi padre, poco a poco, estoy tratando de lograrlas, porque son algunas de las grandes herencias que me dejó. Sí, le debo un enorme agradecimiento. Y también agradezco poder decir todas estas cosas, para que se pueda conocer al verdadero cardenal Juan Luis Cipriani.

¿Se siente usted capaz de contribuir a la unidad?
Sí, totalmente. La verdad es lo que convoca la unidad. La verdad no es solo un ejercicio de tolerancia, sino que se debe defender con firmeza y, al mismo tiempo, comprensión. Sin ella no hay unidad, solo unidades negociadas.

PERFIL: De la ingeniería al sacerdocio

Juan Luis Cipriani Thorne nació el 28 de diciembre de 1943. Enrique, su padre, e Isabel, su madre, lo matricularon para estudiar primaria en el colegio Inmaculado Corazón (1949-1953) y secundaria en el Santa María (1954-1960).

Fue un buen jugador de básquet, tanto así que integró la selección nacional.

Estudió en la Universidad Nacional de Ingeniería entre 1961 y 1966. Sin embargo, el 10 de junio de 1962, Cipriani ya había encontrado su vocación al solicitar su admisión en el Opus Dei.

Tras laborar en Lima y Cañete como ingeniero, viajó en 1974 a Roma para estudiar en el Seminario Internacional de la Prelatura del Opus Dei y en la Universidad de Navarra (España). Obtuvo un Doctorado en Teología.

Se ordenó como sacerdote en la basílica de San Miguel de Madrid el 21 de agosto de 1977.

Actuó como profesor de Teología Moral en la Facultad Pontificia y Civil de Teología de Lima, fue director espiritual en el Seminario de Lima (1981-1983), capellán y profesor de la Escuela de Dirección y capellán y profesor de la Escuela Superior Montemar.

En 1986 lo nombraron vicario regional del Opus Dei en el Perú y vicecanciller en la Universidad de Piura.

El 3 de julio de 1988 fue nombrado obispo auxiliar de Ayacucho. Ese mismo año se desempeñó como presidente de la Comisión Episcopal de Evangelización y Catequesis de la Conferencia Episcopal Peruana (CEP). Entre 1990 y 1999 también actuó como consultor de la Congregación Romana del Clero.

A la renuncia del arzobispo de Ayacucho, monseñor Federico Richter, el 31 de mayo de 1991, Cipriani se convirtió en administrador apostólico de Ayacucho. Su nombramiento como arzobispo llegó en 1995.

Entre diciembre de 1996 y abril de 1997 actuó como coordinador de la comisión de garantes frente a la crisis de los rehenes en la residencia del embajador de Japón en Lima.

El 9 de enero de 1999 el sumo pontífice hizo público su nombramiento como arzobispo de Lima y primado del Perú. El 24 de marzo recibió la medalla como Gran Canciller de la Universidad Católica. Desde ese mismo año es miembro del Dicasterio de la Congregación Romana de Culto Divino y Disciplina de los Sacramentos, así como del Consejo de la Pontificia Comisión para América Latina.

En enero del 2000 fue elegido segundo vicepresidente de la CEP y presidente de la Comisión Episcopal de Educación.

El 21 de febrero del 2001 recibió el birrete y el título de cardenal. Tres días después tomó posesión en la basílica de San Camilo de Lellis.

>>Adolfo Bazán Coquis