¡Indisoluble!

La unidad y la indisolubilidad son dos propiedades esenciales del matrimonio, aunque diferentes. Una cosa es que la entrega recíproca sea exclusiva, y otra, que dure para toda la vida. La indisolubilidad es la propiedad del matrimonio por la que una vez contraído no se puede disolver.

Aunque la la indisolubilidad se fundamenta principalmente en razones de fe, por la Revelación en la Escritura y en los datos de la Tradición, junto con la doctrina perenne del Magisterio de la Iglesia, sin embargo, es muy importante ver su valor y su bien también desde los puntos de vista antropológico y social.

– Bien de los esposos

Si no fuera “para siempre” el matrimonio, la donación mutua propia del verdadero consentimiento no sería total. Y como la totalidad es característica esencial de la entrega conyugal, habría que concluir que ésta no es verdadera, Y por tanto no hay verdadero consentimiento. La entrega de la persona exige, por su naturaleza que sea duradera e irrevocable. La indisolubilidad del matrimonio deriva primariamente de la esencia de esa entrega: entrega total de la persona a la persona. “La donación física total sería un engaño si no fuese signo y fruto de una donación en la que está presente toda la persona, incluso en su dimensión temporal; si la persona se reservase algo, al menos la posibilidad de decidir de otra manera para el futuro, ya no se entregaría totalmente”. (Familiaris consortio, 11)

También bajo el punto de vista de la complementariedad sexual es necesaria la indisolubilidad. Ya que el hombre y la mujer que se casan pasan a formar una unidad: el esposo es todo de la mujer y viceversa. Y como las dimensiones sexuales diferentes no son separables de la humanidad del hombre y de la mujer y permanecen durante toda la vida, se desprende que la indisolubilidad es parte necesaria de la exclusividad de la donación sexual de los esposos.

La decisión de ser fieles no es consecuencia del amor. La fidelidad, por el contrario precede al amor y le ofrece su objetivo. No hay amor auténtico sin fidelidad. Y no hay fidelidad en el matrimonio sin indisolubilidad: la indisolubilidad es la forma objetiva y sincera de la fidelidad. Es decir, en el matrimonio: amor, fidelidad e indisolubilidad son aspectos integrantes y complementarios de la misma realidad: el amor matrimonial.

No hay verdadero amor matrimonial si ante las dificultades de la vida, de la convivencia por los caracteres, o por la posibilidad de que pueda surgir otro amor, la decisión matrimonial no es total, perenne e irrevocable.

– El bien de los hijos

Citando al Concilio Vaticano II, la Exhortación Familiaris consortio argumenta que la indisolubilidad, enraizada en la donación personal y total de los cónyuges, está exigida por el bien de los hijos. (FC 20). Si el matrimonio no fuera indisoluble difícilmente se podría proveer a la adecuada formación humana y educación de los hijos. La condición personal de los hijos reclama la indisolubilidad del matrimonio como contexto idóneo para el desarrollo de su personalidad.

Sólo el matrimonio indisoluble atiende perfectamente la protección y educación de los hijos, porque esta grave y difícil carga sólo puede llevarse eficazmente cuando los padres unen sus fuerzas. (Cfr. Pío XI Casti connubii, 37). Por tanto, la indisolubilidad es una propiedad requerida por el “fin primario” del matrimonio: la procreación y educación de los hijos.

La investigación llevada a cabo (Cfr. The Economist, Londres, 20-III-93) en Gran Bretaña y en América pone de manifiesto que los niños que han pasado por la experiencia de la fractura del matrimonio de sus padres son los que, en gran proporción, abandonan antes la escuela y tienen antes su primer hijo. Son ellos los que, mucho más que los hijos de familias intactas, formarán la próxima generación de padres solteros, con bajo nivel de educación y bajo nivel de ingresos. Por el contrario, y significativamente, los hijos de hogares afectados por la muerte del padre o de la madre difieren poco, en estos indicadores, de los hijos con ambos padres viviendo juntos.

– Para el bien de la Iglesia

Para los católicos todo matrimonio debe ser sacramento: o es sacramento o no es matrimonio. “En virtud de la sacramentalidad de su matrimonio los esposos quedan vinculados uno a otro de la manera más profundamente indisoluble”. (FC 13). Su unión representa la misma relación de Cristo con la Iglesia. (Ef 5,23)

Como “iglesia doméstica”, la familia está llamada a realizar una función insustituible en la misión de la Iglesia, por lo que tiene que tener una estabilidad fundamentada en la indisolubilidad del matrimonio. Para cumplir este fin en la Iglesia debe ser como la misma Iglesia, comunidad estable de fe, de caridad, de oración y comunidad apostólica. Se ha llamado a la familia la “primera Iglesia” y célula principal de la vida cristiana. Si se rompiera se rompería el orden cristiano. Es verdad, que siendo indisoluble el vínculo los que por distintas razones, muchas veces egoístas, quieren separarse, quedan fueran de la comunión sacramental, si atentan con otro matrimonio civil o convivencia. Lo que origina dificultades pastorales e impedimentos en la vida sacramental de estos divorciados. Es muchísimo más eficaz para la vida de la Iglesia que las familias estén perennemente unidas. Esto es especialmente necesario para que surjan las vocaciones; ya que para el sacerdocio, la vida consagrada o una entrega total a Dios se requiere una madurez de la persona que difícil adquieren los que provienen de hogares de padres separados.

En la pastoral de preparación al matrimonio hay que hacer saber a los novios que cuentan siempre con la gracia divina para poder ser fieles en la unión matrimonial, y que ante las dificultades, además de la oración deben buscar el diálogo y la generosa entrega.

– Para bien de la sociedad

La estadísticas sociológicas sobre el crecimiento económico, la paz social y la calidad de vida hacen ver que se generan en las familias unidas. Siendo la familia la célula principal de la sociedad, todo atentado contra su unidad es una dificultad para la paz social y sobre todo para la educación de los hijos. Un gran porcentaje de hijos drogadictos o alcohólicos, así como con taras sicológicas proceden de familias desunidas o rotas.

– La indisolubilidad propiedad esencial del matrimonio

La indisolubilidad pertenece a la esencia del matrimonio. Cuando se afirma que por el matrimonio el hombre y la mujer que se casan, forman una “unidad de dos” (Ge 2,24; Mt 19,5), se habla de una unidad tan profunda que abarca la totalidad de la persona de los esposos, en cuanto sexualmente distintos y complementarios; y por ello connota necesariamente la perpetuidad de la entrega y unión. Tan sólo de esta manera será posible vivir existencialmente el matrimonio como comunidad de vida y amor.

El consentimiento matrimonial como donación recíproca interpersonal, el amor conyugal pleno, la dignidad personal de los esposos y el bien de los hijos, reclaman que el matrimonio sea indisoluble, para siempre.

En el matrimonio cristiano esta indisolubilidad es confirmada y perfeccionada por el sacramento del matrimonio. Como ya se señaló en virtud de la sacramentalidad de su matrimonio los esposos quedan vinculados uno a otro de la manera más profundamente indisoluble. Entre sacramentalidad e indisolubilidad se da una relación tan profunda que la indisolubilidad permite conocer la sacramentalidad, y ésta a su vez, es el fundamento último de la indisolubilidad.

Consecuencia de la esencialidad de la indisolubilidad es que sea una propiedad intrínseca y, por tanto, universal y permanente del matrimonio. No está en la voluntad de los cónyuges el romper el vínculo que han contraído. La indisolubilidad es una dimensión del mismo ser objetivo del consentimiento y, por tanto del matrimonio, y no un mero hecho subjetivo

– Responsabilidad de los cristianos en defender la indisolubilidad del matrimonio.

La verdad de la indisolubilidad del matrimonio como parte del mensaje cristiano está destinada a ser vivida, defendida y propagada por todos los cristianos. “No hay que rendirse ante la mentalidad divorcista” ha afirmado el Papa Juan Pablo II. Es un deber de los esposos cristianos, no sólo hacer todo lo posible, poniendo todos los medios, para ser fieles en su unión matrimonial, sino que es parte de su deber apostólico dar testimonio y defender la indisolubilidad matrimonial.

Es necesario -ha afirmado varias veces el Papa Juan Pablo II- que el divorcio tan arraigado en la mayoría de los ambientes sociales en la actualidad, debe seguir siendo combatido mediante una amplia difusión de la auténtica doctrina católica, como condición necesaria para el bien de la familia y de los hijos, y para que esta plaga divorcista -como la ha calificado el Concilio Vaticano Il- no influya negativamente en la nuevas generaciones de matrimonios, y se conozca la auténtica belleza del matrimonio perennemente unido.

Igualmente, en la actividad pastoral de todas las diócesis se debe buscar los medios para potenciar una eficaz pastoral familiar, para sostener y promover la indisolubilidad de los matrimonios. Y no se debe motivar hacia el posible juicio de nulidad por las dificultades que se puedan presentar en un matrimonio, sino que hay que optar por buscar las soluciones para mantener su fidelidad. Hay que desterrar la mentalidad que ante las dificultades o separaciones matrimoniales se piensa con demasiada frecuencia casi exclusivamente en los procesos eclesiásticos, que pueden sancionar la nulidad matrimonial o la disolución del vínculo. Esta mentalidad se extiende muchas veces también al derecho canónico, que aparece como el camino para encontrar soluciones de conciencia a los problemas matrimoniales. Si alguna vez se sigue este camino, y se ve que el matrimonio ha sido válidamente contraído, se tiene que buscar salvar siempre su indisolubilidad. Más aún, como ha declarado el Papa Juan Pablo II “la actitud de la Iglesia es favorable a convalidar, si es posible, los matrimonios nulos.

Es preciso impulsar iniciativas pastorales -encuentros, retiros, diálogos, asesoramiento familiar, etc.- así como las celebraciones festivas por los aniversarios matrimoniales, que eviten el peligro del permisivismo en cuestiones de fondo sobre la unidad e indisolubilidad matrimonial y , en cambio, exalten el valor de la familia unida y numerosa.

En cuanto a los esposos que pretenden la declaración de nulidad, en muchos casos porque ya se han separado y contraído otro matrimonio civil, deben comprender ante todo que son los primeros que deben ser sinceros en la búsqueda y presentación leal y auténtica de los hechos ante el proceso judicial eclesiástico, ya que en el justo proceso se encuentra su verdadero bien, sin excluir a priori la posibilidad de la convalidación o reconciliación si así lo declarara el tribunal, para mantener la indisolubilidad de su matrimonio en bien de los hijos y de sí mismos. Y si desean presentar ante el tribunal eclesiástico la causa de nulidad deben valorar atentamente en conciencia todas las circunstancias ante de tomar esa determinación.

En efecto, la existencia de los tribunales eclesiásticos para los procesos sobre la validez del matrimonio contraído, es principalmente para que no se relegue únicamente a la conciencia de los esposos, con gran peligro de subjetivismo, la realidad de la posible nulidad del matrimonio. Y ante las ideas creadas por el ambiente divorcista y por la asombrosa facilidad con que se concede la nulidad de los matrimonios civiles, es necesario que sea competencia del tribunal eclesiástico la declaración sobre la posible nulidad del matrimonio. La necesidad de un recto y jurídico proceso manifiesta que el valor de la indisolubilidad no puede considerarse nunca como una mera opción privada o personal. (Carta a las familias,17)

Por otra parte, los agentes de derecho en el campo civil deben evitar todo lo que pueda ser una cooperación al divorcio. Para los jueces esto resulta difícil ya que los ordenamientos jurídicos no reconocen una objeción de conciencia para eximirIos de sentenciar. Pero deben actuar siempre según los principios de cooperación material al mal. Y siempre deben buscar una conciliación antes de dictar sentencia de divorcio.

Los abogados, deben dirigir siempre su profesión hacia la conciliación, y no usar su profesión para algo que es contra la justicia como lo es el divorcio, y no pueden actuar directamente buscando la ruptura del matrimonio, sí en cambio la separación de vivienda o de bienes.

– Posibilidad de legislar sobre un matrimonio civil indisoluble

Ante la extensa crisis de la indisolubilidad del matrimonio y de la unión familiar, fruto muchas veces de los efectos negativos y disolventes de la secularización, se ha buscado cómo la legislación civil podría contribuir a la indisolubilidad matrimonial.

Esta cooperación civil consistiría -aún en una legislación divorcista- en que se estableciera la norma tutelar de indisolubilidad del matrimonio como una opción de los contrayentes. Se trata de un sistema denominado por algunos divorcio opcional -también llamado matrimonio facultativamente indisoluble, matrimonio blindado en USA, casarse a lo bestia en España, etc.- que se caracteriza por reconocer a los cónyuges la facultar de optar, al tiempo de contraer su unión, por un matrimonio civilmente indisoluble. Es una solución nueva, ante una situación social y cultural nueva también. Se trata de que en la legislaciones que admiten el divorcio, haya una fórmula que dé la posibilidad de contraer un matrimonio civilmente indisoluble.

El estado, con frecuencia el más inmoral de todos los inmorales, de forma inexplicable, en un país sudamericano prepara un ley sobre el matrimonio suponiendo en todos ellos un divorcio latente, de forma que el proyecto establece que “La acción de divorcio es irrenunciable”. No se quiere que se pueda manifestar el amor de verdad.

En algunos Concordatos o Acuerdos con la Santa Sede en lo que se refiere al reconocimiento legal de los matrimonios canónicos ya se ha puesto en claro que “la Santa Sede, al reafirmar la doctrina de la Iglesia Católica sobre la indisolubilidad del vínculo matrimonial, recuerda a los cónyuges que contraigan matrimonio canónico el grave deber que les incumbe de no ejercitar la facultad civil de solicitar el divorcio”.

Aunque defendida por juristas de inspiración católica, esta solución no se apoya en razones confesionales. La propuesta responde a un planteamiento realista, por la congruencia que exige la obligada observancia del principio de igualdad, que pide amparar civilmente a los contrayentes, que en uso de su libertad, quieren en su unión no ejercitar el derecho de la facultad de divorcio que la ley reconoce como régimen general.

“Reconocer como un valor la indisolubilidad del matrimonio, mediante la tutela de la ley civil, de quienes quieren contraer un matrimonio cuyo vínculo no pueda romperse por el divorcio civil, no puede perjudicar el pluralismo -ha afirmado el prof. Amadeo de Fuenmayor- ni significa una actitud de intolerancia o de menosprecio para quienes tienen otra noción del matrimonio y de la libertad”.

En cambio, sería intolerancia cuando el Estado en su ordenación civil desaloja de su derecho la debida tutela a la indisolubilidad libremente asumida, y reduce esta propiedad esencial del matrimonio a la esfera estrictamente privada de un deber moral.

En definitiva, para esta tutela del derecho de los cónyuges a contraer un matrimonio indisoluble hay dos caminos: el camino de los Concordatos que exijan amparar civilmente la indisolubilidad del matrimonio canónico y la debida regulación en las normas civiles de la tutela con expreso reconocimiento de los que han optado por un matrimonio también civilmente indisoluble.