Juan Pablo II Un pontificado en la modernidad

Ha habido un amplio interés hacia este Pontificado. En Octubre de 1978, el Papa recién elegido era el primer Pontífice no italiano en más de cuatrocientos años. Era un hombre joven proveniente de lo que en aquella época se llamaba el “imperio marxista”. Se sabía que había escrito teatro y poesías. Luego comenzaron a aparecer las primeras fotografías que lo mostraban mientras esquiaba o navegaba en canoa. Esos elementos atrajeron el interés general hacia una institución antigua como era el Pontificado, pero no bastan para explicar el inmutado interés después de 25 años de Pontificado.

Lo que el Papa comunica es un mensaje religioso: en concreto, el sistema de verdades y valores de la religión católica. Por tanto, en el intento de encontrar una explicación del interés permanente en Juan Pablo II, es necesario preguntarse por el modo como el Papa transmite ese mensaje. Me concentraré, brevemente, en tres aspectos que llamaré: 1) el restablecimiento de un nuevo sistema común de referencias; 2) la patentitazación social de la fe; y 3) la renovación de la imagen del Papado.

Para confirmar lo que digo, leo lo que un periódico nacional escribió en la llegada del Papa a España el año pasado: “Ha vuelto a España el Papa más visible de la historia del catolicismo con 99 desplazamientos por todo el mundo y unos medios de información rendidos a su capacidad comunicadora” (El País, 5-V-O3).

Rehacer un sistema común de referencias

Una de las mayores dificultades hoy en la transmisión y en la comunicación de valores y concretamente de valores religiosos y trascendentes, es la desaparición de un sistema común de referencias. Los sistemas de referencias son cuadros generales de supuestos propios de cada época dentro de los que las palabras que empleamos habitualmente, tienen su lugar, su posición y su significado. Si es posible entendernos eso depende de que las palabras que empleamos habitualmente sean inteligibles porque ocupan un lugar unívoco en un cuadro de referencias que es compartido por una comunidad en un determinado momento histórico y cultural. Conceptos como naturaleza humana, alma, conciencia moral, oración, Dios, vida eterna, así como otros a ellos conexos como familia, amor humano, sexualidad etc. tuvieron en otras épocas -al menos en países de tradición cristiana -un significado inteligible para la mayoría de personas porque formaban parte del sistema de referencias compartido por la comunidad.

Durante siglos en lo que se llamó el occidente cristiano, existió una claridad sobre lo que aquellas palabras significaban. El arte, la historia, la literatura de aquellos siglos así nos lo confirman. La vida de las personas de entonces no estaba exenta de errores. Pero se sabía que eran errores porque los puntos de referencia, los valores vigentes en aquellas sociedades, estaban claros. Cuando se hablaba de Dios se sabía de quién se estaba hablando. Igual ocurría cuando se hablaba de conciencia, de dignidad humana o de vida eterna.

Hoy el cuadro general ha cambiado. Las sociedades humanas han perdido su homogeneidad cultural y diversos sistemas de referencia conviven juntos empañando el significado último de las palabras. Se podría decir que se ha perdido la unidad del vocabulario. Cuando las palabras no tienen un contenido real o cuando tal contenido se desconoce, los conceptos llegan a no significar nada. La palabra” alma” por ejemplo, que perteneció al patrimonio de conceptos de la teología y de la catequesis cristianas, hoy puede significar cosas muy distintas según quien la pronuncie lo haga desde posiciones empiristas, agnósticas, historicistas etc. Podría significar por ejemplo, el principio unificador de la persona; pero también podría significar una partícula cósmica de incierto origen y problemático futuro; una metáfora de la autoconciencia humana o simplemente un espejo de nuestras emociones internas. y todas esas distintas acepciones -que en realidad son excluyentes las unas de las otras -conviven juntas en el lenguaje común y en las categorías culturales de nuestras sociedades.

Este cuadro me fue particularmente claro hace pocas fechas cuando discutía de estas cuestiones con un académico escandinavo. Me decía: “Cuando yo pronuncio aquí la palabra “familia” nadie sabe a qué me refiero porque más del 50 % de mis compatriotas simplemente cohabitan o son solteros con hijos; muy pocos se casan y los usos políticos y los experimentalismos legislativos de la palabra “familia” se han empleado de tal modo que familia hoy significa cualquier agrupación de personas que viven en el mismo lugar”. Creo que también en latitudes distintas de las escandinavas el cuadro tiende a aproximarse a aquél.

Esto permite afirmar que la sociedad secularizada no garantiza hoy la legitimidad histórica y social del cristianismo. Sus presupuestos, inciertos y a menudo contradictorios, son extraños, por ejemplo, a cualquier forma de proposición normativa con pretensiones de valor absoluto. El concepto de naturaleza humana, de algo que protege e ilumina al hombre frente al nuevo teorema de que todo en él es pura construcción histórico-socio-cultural, no es popular hoy.

El tema, en definitiva, se podría formular así: cuando hay un sistema cristiano de referencias, Dios es la referencia para el hombre. Cuando se considera a Dios irrelevante, el hombre se hace referencia para sí mismo. Y el resultado es que el ser humano se convierte en una pregunta sin respuesta y un enigma para sí mismo. Esta es una situación relativamente difundida hoy en el mundo. Y en este contexto resulta problemática la transmisión de la verdad cristiana. Falta el vocabulario necesario para que el proceso de la comunicación llegue a su resultado.

El problema es que no podemos pensar fuera del lenguaje. Hoy el lenguaje se elabora en gran parte en el campo de la economía, de las ciencias positivas, de la técnica y de la industria del entretenimiento, sobre todo televisiva y cinematográfica. Faltando un lenguaje adecuado, no podemos pensar sobre nosotros mismos y sobre nuestra sociedad si no es con los conceptos insuficientes que nos suministra una cultura construida como si Dios no existiera. Se podría decir que al final no es sólo la falta de fe el peso mayor de nuestra cultura, sino la extraordinaria dificultad que encuentra quien la posee para manifestarla ya que le falta el lenguaje que le haría posible enseñarla, comunicarla y transmitirla. Se puede entender el desafío con el que se encuentra hoy la Iglesia en su misión apostólica. Pues bien, este Pontificado ha emprendido la tarea de rehacer aquel vocabulario común que no existe ya en nuestra época.

Pienso que el Papa ha tratado desde el inicio de su Pontificado de rehacer un sistema común de referencias como una tarea imprescindible para que se pueda entender hoy el universo de valores cristianos. En definitiva, para que el Evangelio pueda ser primero entendido, y luego aceptado. La aparente dificultad formal de algunos de sus documentos y escritos tienen esta explicación: no dar por válido el lenguaje común como medio de comunicación y, por lo tanto, la necesidad de razonar desde la raíz, definiendo cada término. Algo así como quien afina cuidadosamente un instrumento musical antes de lanzarse a ejecutar un concierto.

Este modo de presentar la verdad cristiana era ya una señal distintiva en los escritos y en la actividad pastoral de Karol Wojtyla y lo sigue siendo en la inmensa obra magisterial de Juan Pablo II. Cuando en 1960 escribe “Amor y responsabilidad” se da cuenta de que algunos conceptos morales allí contenidos, eran difíciles de entender por la mentalidad moderna faltando los conceptos que expliquen qué cosa se entiende por persona humana. y con esta intención, escribe inmediatamente después “Persona y acto” en donde sienta las bases antropológicas y filosóficas que luego permitirán entender todo lo que la ética cristiana pedirá a la persona humana.

En los documentos magisteriales de Juan Pablo II esta voluntad de reconstrucción conceptual me parece muy evidente, Por ejemplo, en sus Cartas Encíclicas “Veritatis Splendor” y “Fides et ratio”, El Papa no comienza por explicar el pensamiento cristiano sobre la verdad objetiva o sobre la complementariedad del saber de fe y el saber de razón, sino que penetra hasta el fondo de las ambivalencias de la modernidad para reconstruir desde su raíz la perspectiva cristiana en ambos campos. Siendo consciente de los límites del lenguaje actual, emprende la tarea enorme de rehacer el sistema común de referencias cuya falta hace imposible que lo que quiere decir sea entendido. No queda ámbito de la vida y del pensamiento que no cuente hoy con un abundante cuerpo de doctrina cristiana desarrollado por Juan Pablo II desde sus fundamentos.

Como todos ustedes saben, uno de los conceptos críticos de nuestra época es el de amor humano y todo lo que con él se relaciona como el tema de la familia, del matrimonio, de la sexualidad humana. La comprensión de la moral cristiana sobre todos esos temas se hace muy difícil como consecuencia de la confusión antropológica que acompaña a aquellos conceptos. Consciente de esta situación, Juan Pablo II dedicó una larga serie de audiencias de los miércoles a explicitar detalladamente los fundamentos antropológicos, filosóficos, escriturísticos y evangélicos de este tema. El resultado fue un libro con el título de “Hombre y mujer los creó” en el que se repropone una concepción audaz y vigorosa sobre uno de los temas capitales de nuestra época: la relación amorosa hombre-mujer. Su mensaje -por ejemplo, su mensaje moral -no carga al hombre de responsabilidades morales que no entiende, sino que ayuda a entender que la aceptación de responsabilidades morales es el único modo para llegar a ser lo que se es; es decir, persona humana.

Por esto la enseñanza de Juan Pablo II no es la recitación de una serie de postulados dogmáticos, ni se identifica con la formulación condensada de un catecismo de afirmaciones. Su mensaje -transmitido en una variedad expresiva que comprende la palabra escrita, la palabra pronunciada y el gesto- conduce siempre hacia una única dirección: poner en conexión al ser humano concreto -hombre o mujer -con el Dios trascendente de la revelación cristiana delante al cual -y sólo delante de Él -se está en disposición de valorar nuestros actos.

Naturalmente, esta gigantesca tarea de rehacer los parámetros conceptuales de una época exigía medios extraordinarios puesto que de lo que se trataba era de invertir una de las más populares pretensiones culturales de nuestra época que, como ustedes saben es la subjetivización del hecho religioso.

En una parte importante del mundo es hoy un postulado que el mundo racional es el mundo de la razón cuantitativa. Sobre todo la razón del cálculo y del experimento se presenta como la verdadera -ya veces la única racionalidad. Lo religioso, por otra parte, pertenecería a la órbita de lo privado y de la subjetividad. Recluyendo la verdad religiosa en el ámbito de la subjetividad, la construcción de la sociedad no dependería ya de las convicciones éticamente fundadas de los hombres que componen esta sociedad, sino que dependería de las estructuras racionales cuantificables, sobre todo de las estructuras políticas y económicas.

La actividad de Juan Pablo II se ha dirigido a situar a la humanidad frente a la dimensión religiosa, de tal modo que el hombre vuelva a sentirse interpelado por Dios en lo que es y en todo lo que hace. Y es desde este punto de vista como se podría entender el obstinado viajar del Papa. Con una consecuencia inmediata: evidenciar socialmente la fe, si se puede hablar así.

La patentización de la fe

Los viajes están al servicio de una oferta literalmente global de la verdad religiosa y cristiana. Con los viajes, el Papa hace patente lo religioso. La religión sale de la órbita de la subjetividad y se hace evidente, visible, en un esfuerzo catequético que se confronta con todos los temas humanos: del mundo de la cultura al de las desigualdades económicas, o la construcción de sistemas sociales que tengan más en cuenta la familia, los enfermos, la educación, el respeto de las libertades y de los derechos que le corresponden el ser humano precisamente en cuanto ser humano.

Pero al mismo tiempo los viajes son la ocasión para que en cada lugar visitado, se haga visible la Iglesia. Lo hemos visto, por ejemplo, en el último viaje del Papa a España. Un cierto tipo de pensamiento trata de acreditar hoy la imagen de una Iglesia católica en extinción. Naturalmente ese pensamiento debe encontrarse en dificultad cuando trata de entender el significado del encuentro del Papa con los jóvenes en Cuatro Vientos o de la participación en la Misa celebrada el día siguiente por el Papa en la Plaza de Colón. El pensamiento al que me refiero -en España como en otros lugares piensa que los valores cristianos no podría legítimamente aspirar a tener una vigencia social. Esas manifestaciones enormes que se producen sólo con ocasión de los viajes del Papa, hacen ver que el monoteísmo cristiano no puede ser confinado en lo privado porque sería como renunciar a su pretensión de verdad.

La verdad, sobre todo la verdad religiosa, que es fundamento de otras muchas verdades y quizás de todas las verdades, no ha sido hecha para los intimismos. La verdad tiene exigencias sociales, es decir, debe poder ser ofrecida, transmitida. La verdad es para cada persona pero en la medida en que es verdad, trata de ser compartida con los demás. Es este un antiguo pensamiento de Karol Wojtyla que se manifiesta así en una de sus poesías:

“Pero si la verdad está en mi, debe explotar
No puedo negarla; negaría a mí mismo”

Es decir, me negaría a mí mismo si no ofrezco esta verdad que está en mí a quienes me rodean.

Este Pontificado, con las enormes concentraciones humanas que ha provocado, pone en evidencia, con una vitalidad quizás sin precedentes en toda la historia de la humanidad, en qué modo la verdad cristiana pueda situarse en el centro mismo de la vida contemporánea. y no sólo como concepto sino también como imagen. La originalidad de este Pontificado ha sido la de realizar esta operación no sólo a través de una riquísima producción de doctrina trasmitida verbalmente, sino a través de la fascinación de la imagen a la que la cultura moderna tanto se ha habituado.

En nuestra época el deteriorarse de las costumbres ocurre en gran parte por la influencia visiva de la sociedad de la imagen. La oferta visual de estilos de vida diversos es tan intensa que hoy se aprende a vivir a fuerza de ver vivir. Reconstruir aquellos modelos vitales, devolverles su sentido original, es una operación de hacerlos visibles de nuevo: redefinir esos conceptos mostrándolos. La predicación itinerante del Papa seguida ávidamente por fotógrafos y troupes televisivas, ha permitido esta operación.

El cristianismo es quizás sobre todo un modo particular de vivir. Es verdad que la Fe define las creencias del cristiano, pero las convicciones de la fe tienen también un contenido práctico. La fe no es una teoría. La fe no es una hipótesis de la existencia. La fe no es un ideal para contemplar y quizás admirar. El cristiano es una persona que vive de un determinado modo y que, a través de su vida, demuestra la verdad de aquello en lo que cree. En la antigüedad era precisamente a través de su modo de vivir como los cristianos se distinguían de sus contemporáneos.

Con Juan Pablo II se han dado a los años finales del siglo XX algunas de las más sugestivas imágenes-símbolo de la época. Él, que cree en el valor de los signos, ha creado una iconografía sugestiva y llena de contenido semántico allí donde las palabras parecían insuficientes. Él ha convertido los gestos en grandes signos de discontinuidad con el torpor general del momento y en actos de innovación moral. Le ha bastado vivir prácticamente su obstinada defensa de la persona humana para hacer nacer gestos auténticos que superan en fuerza, sinceridad y eficacia la palabra misma. El valor formal de lo que se ha llamado “la capacidad gestual de Juan Pablo II” ha radicado en la autenticidad y en su convicción de fe manifestada y configurada con el gesto.

Juan Pablo II es el único Papa que por dos veces se ha presentado a la comunidad internacional ante la Asamblea General de las Naciones Unidas. El primero en ser recibido en la Casa Blanca, en el Parlamento Europeo, en la Catedral de Canterbury -sede de la Comunión Anglicana- o en la UNESCO. Ha sido invitado a instituciones académicas. Visitó la Sinagoga de Roma y la Mezquita de Damasco. Ha estado en cárceles, en leproserias. Por dos veces ha sido acogido en el Estadio Maracaná de Rio, y, en España, en el Santiago Bernabeu y en el Nou Camp.

Analizar lo que ha dicho en foros tan distintos sería intentar una evaluación de este Pontificado. Como síntesis extrema se podría resumir su mensaje en la afirmación que no se puede vivir una vida humana como si Dios no existiera.

Hablando a la comunidad internacional en las Naciones Unidas, en el Parlamento Europeo o en los centenares de audiencias con líderes políticos ha conseguido instalar en la nueva teoría política que los derechos humanos no son concesiones de los Estados y menos aún simples deseos de la humanidad sino la expresión de algo que está en la naturaleza humana y la primera obligación moral de los gobernantes es reconocerlos y tutelarlos. Su análisis sobre los derechos humanos ha convencido a muchos estados a aceptar que el primero de esos derechos es la libertad religiosa. y cuando se trataba de emprender la más grande revolución de los últimos siglos porque era librar a millones de europeos de un régimen ateo y opresivo, lo ha hecho de tal modo que al poner a la conciencia y a la cultura por encima de la política, la más amplia revolución liberadora de todos los siglos, fue posible sin guerra, sin odio y sin sangre.

Cuando la Universidad de Roma le confirió el doctorado Honoris Causa más importante que el gesto en sí, me parece su motivación: el reconocimiento “de la obra desarrollada por el Pontífice en el curso de su Magisterio, para la tutela de los derechos humanos en todas sus formas históricas tanto en lo que concierne a la persona ya sus derechos individuales, como a las relaciones entre los pueblos y al derecho internacional”. La opinión pública ha seguido fascinada durante años esta actividad itinerante del Papa y la razón es evidente: no hay hoy -aparte de Juan Pablo II un líder público global, una gran personalidad investida de autoridad en el mundo occidental que parezca preocuparse de la condición interior del hombre contemporáneo. Que fije su atención en los problemas del sentido de la vida, del significado de la virtud, del origen último de los grandes interrogativos humanos. No es extraño, por tanto, que ante sus Pontificado el mundo de la comunicación concentre todo su interés.

Actualización del Pontificado

El tercer aspecto al que querría referirme y que explicaría la atención de los medios a este Papa es la renovación que ha operado en estos 25 años de la imagen del Papado en cuanto institución histórica.

Si al inicio del Pontificado la imagen que la prensa transmitía era la de una gran novedad personal dentro del marco de una antigua institución, con los años se ha ido poniendo más el acento en los cambios que Juan Pablo II ha determinado en la Institución misma. De la imagen de un hombre joven en una Institución milenaria, se ha pasado a la imagen de una Institución que sufre una gran aceleración en su actualización histórica.

La costumbre, que es una gran configuradora de la historia, había atribuido a los Pontífices un determinado papel en la dialéctica social. Un “papel”, como ustedes saben, es el conjunto de las expectativas que son planteadas por la sociedad al portador de una función social. Un papel es lo que se espera que una persona haga o diga en el desarrollo de la función que ocupa en la sociedad. Naturalmente, los papeles sociales se han ido creando durante muchos años y, en ocasiones, durante muchos siglos. Es como el destilado en el tiempo del ejercicio continuado de una función.

Pero por otra parte, un papel está creado por lo que la sociedad supone que debería hacer o decir el portador de una función social. Y en estas expectativas cuentan mucho los presupuestos culturales de una época. Juan Pablo II ha salido de los cánones que se le habían atribuido a los Papas. Juan Pablo II no depende de lo que la época pediría que un Papa dijera sino que dice lo que él cree que un Papa hoy debe decir. Quizás se podría explicar esto diciendo que Juan Pablo II representa y encarna una institución pero nunca da la sensación de recitar un papel.

En veinte años que, por mi trabajo, estoy cerca del Papa, he ido constatando cómo una extraordinaria libertad interior lo llevaba a modificar, actualizándola, la costumbre histórica que gravaba sobre la institución Pontificia. Y no quiero ahora detenerme en una serie ininterrumpida de detalles que todos ustedes conocen perfectamente. Mencionaré solamente un aspecto particular: la percepción hoy del Papa, no tanto como una grande administrador de la Iglesia, sino como el primero de sus apóstoles.

“En otras ocasiones -ha dicho el Papa -, la gente iba al párroco. Hoy, es el sacerdote quien tiene que ir a buscar a las personas”. En esta expresión más que una constatación de hecho hay como un matiz autobiográfico que termina por configurar la institución misma del Pontificado. Juan Pablo II ha impartido los siete sacramentos en sus años de Pontificado. Cada año, en fecha fija, escucha confesiones e imparte bautismos. Con sus viajes ha expandido al máximo una actividad evangelizadora que ha remodelado el modo como el Papa ejercita su ministerio. Puesto en el vértice de la administración central de la Iglesia, el Papa no aparece como un administrador o un gerente sino como un pastor. y esta orientación de base se refleja también en la forma y en el contenido de sus documentos magisteriales. Como Obispo de Roma, ha querido visitar cada una de las parroquias de su diócesis. Hasta ahora, son varios centenares las visitas hechas. Quedan ya pocas parroquias para que las haya visitado todas. El Papa espera poderlo hacer.

Esta gran obra de renovación en la institución Pontificia no ha sido hecha a través de decretos y leyes formales sino con un ejercicio personal decidido, audaz que, naturalmente, se refleja también en la forma literaria y en el contenido de sus documentos magisteriales. El Pontificado no aparece como gestor de una Iglesia dedicada a su supervivencia en un momento histórico de crisis, sino como el centro desde donde se expande a todo el mundo la misión apostólica cristiana.

Esta actualización institucional aparece particularmente clara en la relación del Papa con los medios de información. Desde el principio se ha tratado de una relación personal y sistemática que ninguno de sus predecesores había nunca intentado. Ya en su primer viaje a México en 1979 pocos meses después de su elección, sorprendió a los periodistas que volaban con él cuando se presentó ante ellos en una verdadera rueda de prensa. Nadie en el avión -ni los acompañantes del Papa ni los periodistas -estaba preparado para tan singular experiencia. Pablo VI, el primer Papa que viajó fuera de Italia, se limitaba a saludar a los periodistas pero no aceptaba preguntas. Juan Pablo II provocaba a los periodistas aceptando sus preguntas y respondiendo en los idiomas en los que aquellas preguntas eran formuladas. Cuando estas ruedas de prensa se hicieron sistemáticas, alguno de sus colaboradores trataron de disuadirlo por el riesgo que aquella informalidad podía tener. El Papa siguió en todos sus viajes con esta innovación radical. Y aquellos encuentros directos con los periodistas se han demostrado un medio eficacísimo para comunicar con la opinión pública en todo el mundo. No se trata ya de un Pontificado que ocasionalmente transmite un mensaje pregrabado en algunos excepcionales momentos del año como hacían sus predecesores, sino un Papa que sistemáticamente participa en la dialéctica del periodismo moderno aceptando sus reglas para transmitir los valores cristianos.

Un sentido análogo han tenido las ocasiones en las que Juan Pablo II ha escrito libros sometiéndose a las exigencias estilísticas y temáticas de un interlocutor. Me refiero concretamente a sus conversaciones con Andre Frossard luego publicadas como libro y, sobre todos, al extraordinario “Cruzando el umbral de la esperanza” en respuesta a preguntas de Vittorio Messori. Un Papa hasta ahora no escribía libros. Un Papa manifestaba su pensamiento en documentos magisteriales normalmente en forma de Encíclicas. Juan Pablo II ha ido mucho más allá. Aceptando el riesgo de publicar libros, ha acercado creyentes y no creyentes al pensamiento cristiano de modo ordinario, es decir, haciendo propio el modo expresivo de la literatura que se puede encontrar en una librería comercial. Esta actitud de fondo, fuertemente propositiva, no sólo ha tenido un papel decisivo en determinar como el mundo ve hoy al Pontificado romano sino también como la Iglesia percibe hoy su misión.

Creo que en un modo u otro son muchos los que también fuera del Cristianismo reconocen estos aspectos del Pontificado de Juan Pablo II a los que en modo muy general he mencionado. Mientras la discusión cultural versa hoy sobre temas funcionales, Juan Pablo II es visto como la única figura global que hace al mundo las preguntas esenciales: ¿Quién es el ser humano? o ¿qué significa la dignidad humana?

Hoy, incluso los espíritus críticos, sienten con mayor claridad que la crisis de nuestro tiempo consiste en la crisis de Dios, en la desaparición de Dios del horizonte de la historia humana. Pero esta desaparición ha problematizado tremendamente todo los temas humanos y al mismo hombre. Este pontificado de Juan Pablo II va más allá de los límites del momento cultural precisamente ofreciendo certezas sobre Dios y sobre el ser humano allí en donde la modernidad se había desarrollado sobre las ruinas de un humanismo muy carente.

 

Joaquín Navarro-Valls.