La encíclica «Humanae vitae» tenía razón

Al mundo industrializado le resulta difícil aceptar esta Encíclica, no por algún defecto de razonamiento de Pablo VI, sino más bien por las adicciones y contradicciones en que ha caído, precisamente como había advertido el Santo Padre.

Al presentar su encíclica, Pablo VI puso en guardia contra cuatro problemas principales1 que surgirían si no se aceptaba la doctrina de la Iglesia sobre la regulación de la natalidad. Ante todo, advirtió que el uso generalizado de la anticoncepción llevaría «a la infidelidad conyugal y a la degradación general de la moralidad». Y es exactamente lo que ha sucedido. Pocos se atreverían a negar que el índice de abortos, divorcios, hogares rotos, violencia sobre mujeres e hijos, enfermedades venéreas y nacimientos fuera del matrimonio, ha aumentado muchísimo desde la mitad de la década de 1960. Desde luego, la píldora anticonceptiva no ha sido el único factor de esta degeneración, pero ha desempeñado un papel importante. De hecho, la revolución cultural que comenzó en 1968, guiada, al menos en parte, por una nueva actitud ante el sexo, no hubiera sido posible o no se hubiera podido mantener sin un fácil acceso a una anticoncepción segura. En esto Pablo VI tuvo razón.

En segundo lugar, advirtió que el hombre perdería el respeto a la mujer «sin preocuparse mas de su equilibrio físico y psicológico hasta el punto de considerarla «como simple instrumento de goce egoísta y no como a compañera, respetada y amada». En otras palabras, según el Papa la anticoncepción podía presentarse como medio de liberación para las mujeres, pero en realidad los «beneficiarios» de las píldoras y de los medios anticonceptivos serían los hombres. Tres décadas después, exactamente como había predicho Pablo VI, la anticoncepción ha liberado a los hombres -en un nivel sin precedentes en la historia- de la responsabilidad por sus agresiones sexuales. En ese proceso, uno de los aspectos mas irónicos del debate de la pasada generación sobre la anticoncepción fue el siguiente: muchas feministas atacaron a la iglesia católica por su presunta falta de aprecio por las mujeres, pero en la «Humanae vitae» la Iglesia identificó y rechazó la explotación sexual de la mujer años antes de que ese mensaje entrara a formar parte de la corriente cultural principal. Una vez más, Pablo VI tuvo razón.

En tercer lugar, el Santo Padre advirtió que el uso generalizado de la anticoncepción pondría «un arma peligrosa (… ) en las manos de autoridades públicas despreocupadas de las exigencias morales». Como hemos podido descubrir desde entonces, la eugenética no desapareció en 1945 con las teorías raciales nazis. Las políticas de control demográfico son ahora parte integrante de casi todos los debates sobre las ayudas a los países extranjeros. La masiva exportación de anticonceptivos, de la práctica del aborto y de la esterilización desde el mundo industrializado hacia los países en vías de desarrollo -a menudo como requisito esencial para enviar ayudas en dólares, y en directa contradicción con las tradiciones morales locales- no es más que una forma más o menos encubierta de guerra contra la población y de cambio cultural. También en esto Pablo VI tenía razón.

En cuarto lugar, el Papa Pablo VI advirtió que la anticoncepción llevaría a los seres humanos a creer erróneamente que tienen un señorío ilimitado sobre su cuerpo, transformando inevitablemente a la persona humana en objeto de su propia fuerza intrusa. Aquí radica otro aspecto irónico: un feminismo exagerado, que se refugia en la falsa libertad que ofrecen la anticoncepción y el aborto, ha contribuido activamente a la deshumanización de la mujer. El hombre y la mujer participan de modo singular de la gloria de Dios a través de su capacidad de crear, junto con él, una nueva vida. Sin embargo, en la base de la anticoncepción esta la suposición de que la fertilidad es una infección que se ha de combatir y controlar de la misma manera que se ataca a las bacterias con los antibióticos. En esta actitud se pone de manifiesto también el nexo orgánico entre anticoncepción y aborto. Si la fertilidad puede ser presentada, de forma incorrecta, como una infección que es preciso combatir, entonces es posible hacer lo mismo con una nueva vida. En ambos casos uno de los aspectos característicos de la identidad de la mujer, o sea, su capacidad de gestar una nueva vida, es presentada como una debilidad, que exige una vigilante desconfianza y un tratamiento. La mujer se convierte en objeto de los instrumentos con los que pretende asegurar su propia liberación y defensa, mientras el hombre no comparte esa carga. Una vez más Pablo VI tenía razón,

Desde este último argumento del Santo Padre se pueden valorar muchas otras cosas: «la fecundación in vitro», la clonación, la manipulación genética y los experimentos sobre embriones, todos ellos derivados de la técnica anticonceptiva. En efecto, hemos subestimado, drásticamente y con ingenuidad, los efectos de la técnica no sólo sobre la sociedad, sino también sobre nuestra identidad humana interior. Como observó Neil Postman, los cambios tecnológicos no son aditivos, sino ecológicos. Una nueva tecnología importante no «añade» algo a la sociedad, sino que lo cambia todo, como una gota de tinta roja que no se queda aislada en un vaso de agua, sino que colorea y cambia todas las moléculas del líquido. Las técnicas anticonceptivas, precisamente por su impacto sobre la intimidad sexual, han trastocado nuestro modo de entender los fines de la sexualidad, de la fertilidad e incluso del matrimonio. Los ha separado de la identidad natural y orgánica de la persona humana y ha alterado la ecología de las relaciones humanas. Ha confundido nuestro vocabulario sobre el amor, precisamente como el orgullo confundió el vocabulario de Babel.

Ahora debemos sufrir cada día las consecuencias. Estoy escribiendo estas reflexiones en una semana de julio en que, día tras día, los medios de comunicación nos han informado de que casi el 14% de la población del Estado de Colorado es o ha sido adicto al alcohol o a drogas; de que una comisión del gobernador ha elogiado el matrimonio y, al mismo tiempo, ha recomendado medidas que lo destruirían en el Estado, atribuyendo los mismos derechos y responsabilidades a los que viven «uniones de hecho», incluidos los homosexuales; y de que una pareja joven de la costa oriental ha sido condenada por haber matado brutalmente a su hijo recién nacido. Según los informativos, uno de los padres jóvenes no casados, o ambos, golpearon el cráneo del recién nacido mientras aún estaba vivo y luego lo dejaron morir con el cuerpo golpeado en un basurero. Éstos son los titulares de primera página de una cultura gravemente enferma2. La sociedad estadounidense se esta arruinando con problemas de identidad sexual y comportamientos desviados, con la destrucción de la familia y una degeneración general de la actitud ante el carácter sagrado de la vida humana. Para todos, salvo para los adictos, es evidente que tenemos un problema. Nos esta matando como pueblo. Así pues, ¿qué vamos a hacer al respecto? Yo quiero subrayar que, si Pablo VI tenía razón sobre tantas consecuencias derivadas de la anticoncepción, es porque tenía razón sobre la anticoncepción en sí misma. Tratando de volver a ser íntegros como personas y como pueblo de fe, debemos comenzar por volver a leer la «Humanae vitae» con corazón abierto. Jesús dijo que la verdad nos haría libres. La «Humanae vitae» tiene mucha verdad. Es, por tanto, una clave para nuestra libertad.

En calidad de arzobispo, me comprometo a mí mismo, y a mi personal, a ayudar a mis hermanos en el sacerdocio, a los diáconos y a sus colaboradores laicos, a presentar toda la enseñanza de la Iglesia sobre el amor conyugal y sobre la regulación de la natalidad. Debo al clero de nuestra Iglesia local y a sus colaboradores, especialmente a los numerosos catequistas comprometidos en las parroquias, mucha gratitud por el admirable trabajo que ya han realizado en este campo. Deseo asegurar que los cursos sobre el amor conyugal y sobre la regulación de la natalidad estén disponibles habitualmente para un número cada vez mayor de gente de la archidiócesis, y que nuestros sacerdotes y diaconos reciban una formación más amplia en los aspectos teológicos y pastorales de esas cuestiones. Invito, de modo especial, a nuestras oficinas de evangelización y catequesis; de matrimonio y vida familiar; de escuelas católicas; de jóvenes, adultos jóvenes y capellanes universitarios; y de rito de iniciación cristiana para adultos, a desarrollar modos concretos de presentar mejor la enseñanza de la Iglesia sobre el amor conyugal a nuestro pueblo y de exigir una instrucción adecuada sobre la regulación natural de la natalidad como parte de los programas de preparación al matrimonio en la archidiócesis.

Dos puntos, para terminar. En primer lugar, la cuestión de la anticoncepción no es periférica, sino central y seria para el camino del católico con Dios. Si se utiliza consciente y libremente, es un pecado grave porque altera la esencia del matrimonio: el amor generoso que, por su misma naturaleza, da vida. Separa lo que Dios ha creado como una totalidad: el significado unitivo del sexo (amor) y el significado dador de vida del sexo (procreación). Además del precio que pagan los mismos matrimonios, la anticoncepción ha provocado también un daño grave a la sociedad en general: inicialmente provocando una separación entre amor y procreación de hijos; y luego, entre sexo (o sea, sexo por placer, sin un compromiso permanente) y amor. A pesar de ello, y éste es el segundo punto, sería preciso enseñar la verdad siempre con paciencia y compasión, y también con firmeza. La sociedad estadounidense tiene la peculiaridad de oscilar entre el puritanismo y el libertinaje. Las dos generaciones -la mía y la de mis profesores- que antes encabezaban el disenso con respecto la encíclica de Pablo VI en este país, son generaciones que aún reaccionan contra el rigorismo católico estadounidense de la década de 1950. Ese rigorismo, en gran parte fruto de una cultura, y no de una doctrina, esta ya superado. Sin embargo, la actitud de escepticismo permanece. Al tratar con esas personas, nuestra tarea debe consistir en hacer que su desconfianza se vuelva hacia aquello a lo que pertenece: hacia las mentiras que el mundo cuenta sobre el significado de la sexualidad humana y las patologías que esas mentiras esconden.

Por último, tenemos una oportunidad que sólo se presenta una vez en muchas décadas. Hace treinta años, Pablo VI afirmó la verdad sobre el amor conyugal. Al hacerlo, desencadenó una lucha en el interior de la Iglesia, que sigue aún hoy marcando la vida católica estadounidense. El disenso selectivo con respecto a la «Humanae vitae» ha alimentado rápidamente otro, más amplio, con respecto a la autoridad de la Iglesia y ha provocado ataques a su misma credibilidad. La ironía es que las personas que rechazaron la enseñanza eclesial de la década de 1960 descubrieron pronto que habían alterado su capacidad de transmitir algo a sus hijos. En consecuencia, la iglesia ahora debe evangelizar un mundo compuesto por los hijos de sus hijos: adolescentes y adultos jóvenes que han crecido en la confusión moral, a menudo inconscientes de su propio patrimonio moral, anhelantes de sentido, de comunidad y de un amor que tenga una sustancia real. A causa de sus desafíos, este momento es nuevo e importantísimo para la Iglesia. Lo bueno es que la Iglesia hoy, como en cualquier otra época, posee las respuestas para colmar los espacios vacíos creados por la ausencia de Dios en sus corazones. Por eso, mi oración es sencilla: que el Señor nos conceda la sabiduría para reconocer el gran tesoro que se encierra en nuestra doctrina sobre el amor conyugal y sobre la sexualidad humana, la fe, la alegría y la perseverancia para vivirla en nuestras familias y el valor, que Pablo VI tuvo, para predicarla de nuevo.

Denver, 22 de julio de 1998

Mons. Charles J. CHAPUT,
Arzobispo de Denver

Tomado de L’OSSERVATORE ROMANO, 21-VIII-98


 

1. Nota del editor. Dice la Encíclica Humanae vitae en el n. 17: “Los hombres rectos podrán convencerse todavía de la consistencia de la doctrina de la Iglesia en este campo si reflexionan sobre las consecuencias de los métodos de la regulación artificial de la natalidad. Consideren, antes que nada, el camino fácil y amplio que se abriría a la infidelidad conyugal y a la degradación general de la moralidad. No se necesita mucha experiencia para conocer la debilidad humana y para comprender que los hombres, especialmente los jóvenes, tan vulnerables en este punto tienen necesidad de aliento para ser fieles a la ley moral y no se les debe ofrecer cualquier medio fácil para burlar su observancia. Podría también temerse que el hombre, habituándose al uso de las prácticas anticonceptivas, acabase por perder el respeto a la mujer y, sin preocuparse más de su equilibrio físico y psicológico, llegase a considerarla como simple instrumento de goce egoístico y no como a compañera, respetada y amada.

Reflexiónese también sobre el arma peligrosa que de este modo se llegaría a poner en las manos de Autoridades Públicas despreocupadas de las exigencias morales. ¿Quién podría reprochar a un Gobierno el aplicar a la solución de los problemas de la colectividad lo que hubiera sido reconocido lícito a los cónyuges para la solución de un problema familiar? ¿Quién impediría a los Gobernantes favorecer y hasta imponer a sus pueblos, si lo consideraran necesario, el método anticonceptivo que ellos juzgaren más eficaz? En tal modo los hombres, queriendo evitar las dificultades individuales, familiares o sociales que se encuentran en el cumplimiento de la ley divina, llegarían a dejar a merced de la intervención de las Autoridades Públicas el sector más personal y más reservado de la intimidad conyugal.

Por tanto, sino se quiere exponer al arbitrio de los hombres la misión de engendrar la vida, se deben reconocer necesariamente unos límites infranqueables a la posibilidad de dominio del hombre sobre su propio cuerpo y sus funciones; límites que a ningún hombre, privado o revestido de autoridad, es lícito quebrantar. Y tales límites no pueden ser determinados sino por el respeto debido a la integridad del organismo humano y de sus funciones, según los principios antes recordados y según la recta inteligencia del principio de totalidad ilustrado por Nuestro predecesor Pío XII (21).

2. Nota del editor. Unos meses después de esta carta pastoral, el 26 de Abril de 1999, escribió Mons. Chaput en el semanario Denver Catholic Register, con ocasión del asesinato de 13 escolares en una escuela de su archidiócesis, Columbine, ubicada en Littleton, Colorado: “La violencia ha penetrado la sociedad estadounidense – nuestros hogares, nuestras escuelas, nuestras calles, nuestros autos, los medios informativos, los ritmos y letras de nuestra música, nuestras novelas, películas y videojuegos-. Es tan prevaleciente que nos hemos vuelto ampliamente inconscientes de ella. Pero, al descubrirla en lugares como los pasillos de Columbine, se vuelve amarga y urgentemente real.
El desprecio total por la vida humana demostrado por los jóvenes asesinos en Columbine no es un accidente o una anomalía, o un defecto de nuestro tejido social. Es lo que nosotros creamos cuando vivimos una contradicción. No podemos matar sistemáticamente a los no nacidos, los enfermos y los prisioneros condenados; no podemos glorificar la brutalidad en nuestro entretenimiento; no podemos mercadear la avaricia y la codicia… y esperar que nuestros niños ayuden a construir una cultura de la vida”.