La Eucaristía contiene todo el bien espiritual de la Iglesia

“En la Santa Misa y la Eucaristía -nos ha enseñado recientemente el Papa- está el tesoro de la Iglesia, el corazón del mundo, la prenda del fin al que todo hombre, aunque sea inconscientemente, aspira. Misterio grande, que ciertamente nos supera y pone a dura prueba la capacidad de nuestra mente de ir más allá de las apariencias. Aquí fallan nuestros sentidos -“la vista, el tacto, el gusto aquí fallan”, se dice en el himno Adoro te devote-, pero nos basta sólo la fe, enraizada en las palabras de Cristo y que los Apóstoles nos han transmitido. Dejadme que, como Pedro al final del discurso eucarístico en el Evangelio de Juan, yo le repita a Cristo, en nombre de toda la Iglesia y en nombre de todos vosotros: “Señor, ¿donde quién vamos a ir? Tú tienes palabras de vida eterna””

“La sagrada Eucaristía, en efecto, contiene todo el bien espiritual de la Iglesia, es decir, Cristo mismo, nuestra Pascua y Pan de Vida, que da la vida a los hombres por medio del Espíritu Santo. Por tanto la mirada de la Iglesia se dirige continuamente a su Señor, presente en el Sacramento del altar, en el cual descubre la plena manifestación de su inmenso amor.”

La normas litúrgicas son necesarias porque “el Cuerpo Místico de Jesucristo, es decir, la Cabeza y sus miembros, ejerce el culto público íntegro. En consecuencia, toda celebración litúrgica, por ser obra de Cristo sacerdote y de su Cuerpo, que es la Iglesia, es acción sagrada por excelencia” (Sacrosanctum Concilium, 7). Y la cumbre de la liturgia es la celebración Eucarística; nadie puede sorprenderse si, con el paso del tiempo, la Santa Madre Iglesia ha desarrollado palabras y acciones y, por lo tanto, directivas para este supremo acto de culto. Como lo expone el Papa Juan Pablo II: “Estas normas son una expresión concreta de la naturaleza auténticamente eclesial de la Eucaristía; éste es su más profundo significado. La liturgia no será jamás propiedad privada de nadie, ni del celebrante ni de la comunidad donde los sagrados misterios son celebrados” (Ecclesia de Eucharistia, 52).

La Instrucción Redemptionis Sacramentum (“Sobre algunas cosas que se deben evitar u observar acerca de la Santísima Eucaristía”) recientemente publicada, ha sido elaborada por la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos en colaboración con la Congregación para la Doctrina de la Fe y otros dicasterios de la Santa Sede. Es un texto de casi setenta páginas, distribuidas en ocho capítulos y 186 parágrafos. No ofrece ninguna norma nueva, sino que recopila criterios y reglamentaciones diseminadas en otros documentos. Responde al deseo del Papa de provocar en los fieles el “asombro” eucarístico, como él mismo ha dicho repetidamente.

El Cardenal Ratzinger en su reciente publicación Il Dio vicino, afirma que “En la crisis de la fe que estamos viviendo, el punto neurálgico resulta ser cada vez más la recta celebración y la recta comprensión de la Eucaristía”. Los que abandonan la Iglesia lo hacen porque se han alejado de la Santa Misa y la Eucaristía. Al explicar o justificar su caso puede que no reparen en esto, contando algunas historias más o menos acertadas. Pero lo que les pasó fue eso. Cristo merece para nosotros y nos entrega esa fuerza suya, sus méritos, por el cauce de la Santa Misa y la Eucaristía.

“Nuestra fe en la Eucaristía -continúa el Cardenal guardián de nuestra fe- no es de orden secundario. Implica lo más esencial en la revelación cristiana, porque presupone la fe en la Encarnación redentora del Verbo de Dios y la fe en la Iglesia. El mismo Jesús había puesto ya el acento sobre la necesidad de esta fe, con ocasión del primer anuncio de la Eucaristía. Después de la multiplicación de los panes, comenta el milagro para hacer descubrir su verdadero alcance. Afirma que no viene para dar a la humanidad la abundancia del pan material; sino que viene para estar entre los hombres como el “pan bajado del cielo” (Jn 6, 53); Él les trae ese pan. Y, ante la incredulidad de los que lo escuchan, no duda en exigirles la adhesión de fe que no había obtenido de la gran mayoría: “¿También vosotros queréis marcharos?” (Jn 6, 67). Estaba dispuesto a renunciar a ellos si no creían en la Eucaristía. Ante esta actitud del Señor, parece evidente que no es posible seguir a Cristo sin creer en la Eucaristía. Para Jesús, pues, la fe cristiana no puede ser más que una fe eucarística. La aceptación de la Eucaristía se convierte en condición esencial de la aceptación de Cristo”.

Además, explica, “Estamos entrando en un milenio que se presenta caracterizado por un profundo entramado de culturas y religiones incluso en Países de antigua cristianización. En muchas regiones los cristianos son, o lo están siendo, un “pequeño rebaño”. Esto les pone ante el reto de testimoniar con mayor fuerza, a menudo en condiciones de soledad y dificultad, los aspectos específicos de su propia identidad. La Eucaristía dominical, congregando semanalmente a los cristianos como familia de Dios entorno a la mesa de la Palabra y del Pan de vida, es también el antídoto más natural contra la dispersión”.

El documento que comentamos sale al paso de algunas confusiones teóricas y abusos prácticos que, con mayor o menor intensidad, se han difundido en los últimos decenios en torno al culto de la Eucaristía.

Entre las ideas de fondo se recalca la íntima conexión que existe entre la liturgia y los principios de la doctrina cristiana. Una consecuencia es que la liturgia no es nunca “propiedad privada” ni del celebrante ni de la comunidad que asiste.

El primer capítulo, que trata sobre el ordenamiento de la sagrada Liturgia, habla de los respectivos papeles de la Sede Apostólica, del Obispo Diocesano, de la Conferencia Episcopal, de los Sacerdotes y de los Diáconos. “Aquí me limito a tocar solamente el papel del Obispo Diocesano. Él es el sumo sacerdote de su grey. Él dirige, anima, promueve y organiza. Juzga sobre la música sacra y el arte. Instituye las necesarias comisiones para la liturgia, la música y el arte sagrado” (Instrucción, 22, 25).

De la lectura se deduce que los abusos no son una expresión de libertad o “creatividad”, sino más bien de superficialidad o ignorancia de la tradición bíblica y eclesiástica que da sentido a las normas litúrgicas. Todos los abusos crean cuanto menos confusión entre los fieles, pero algunos pueden llegar incluso a invalidar el mismo sacramento.

Quizá un matiz novedoso es el énfasis con que se subraya que “cualquier católico, sea sacerdote, diácono o laico, tiene derecho a exponer una queja por un abuso litúrgico” ante el obispo diocesano, “siempre con veracidad y caridad”. Es el obispo a quien compete, en primera instancia, el cuidado de la liturgia en el ámbito de su competencia, y no puede descargar esa responsabilidad en la Santa Sede. Por lo que se refiere a la participación de los laicos en la celebración eucarística, la instrucción insiste en que su papel no debe confundirse con el de los sacerdotes. Participar en la liturgia no significa que los laicos deban siempre “hacer cosas” en sentido material, aparte de los gestos y posturas corporales.

Por esto, se sigue que “los sacerdotes que celebran la Misa piadosamente, según las normas litúrgicas, y las comunidades que se conforman a esas normas, demuestran, sin exaltación pero elocuentemente, su amor por la Iglesia”.

Obviamente, la conformación externa no es suficiente. La fe, la esperanza y la caridad, que también se manifiestan en actos de solidaridad con los necesitados, son exigidas para participar en la Sagrada Eucaristía. La presente Instrucción subraya esta dimensión en el artículo 5: “La mera observancia externa de las normas, como resulta evidente, es contraria a la esencia de la sagrada Liturgia, con la que Cristo quiere congregar a su Iglesia, y con ella formar ‘un sólo cuerpo y un sólo espíritu’. Por esto la acción externa debe estar iluminada por la fe y la caridad, que nos unen a Cristo y los unos a los otros, y suscitan en nosotros la caridad hacia los pobres y necesitados”.

No es extraño que los abusos tengan su origen en un falso concepto de libertad. Pero Dios nos ha concedido, en Cristo, no una falsa libertad para hacer lo que queramos, sino la libertad para que podamos realizar lo que es digno y justo. Esto es válido no sólo para los preceptos que provienen directamente de Dios, sino también, según la valoración conveniente de cada norma, para las leyes promulgadas por la Iglesia. Por ello, todos deben ajustarse a las disposiciones establecidas por la legítima autoridad eclesiástica.

Por otra parte, todos los fieles cristianos gozan del derecho de celebrar una liturgia verdadera, y especialmente la celebración de la santa Misa, que sea tal como la Iglesia ha querido y establecido, como está prescrito en los libros litúrgicos y en las otras leyes y normas. Además, el pueblo católico tiene derecho a que se celebre por él, de forma íntegra, el santo sacrificio de la Misa, conforme a toda la enseñanza del Magisterio de la Iglesia. Finalmente, la comunidad católica tiene derecho a que de tal modo se realice para ella la celebración de la santísima Eucaristía, que aparezca verdaderamente como sacramento de unidad, excluyendo absolutamente todos los defectos y gestos que puedan manifestar divisiones y facciones en la Iglesia.

El documento dedica especial atención a la celebración de la Misa: características del pan y del vino, rúbricas y textos litúrgicos, predicación, ornamentos, distribución de la comunión y circunstancias en las que es lícito el concurso de un ministro extraordinario. Trata también de la devoción eucarística fuera de la Misa. Entre otras disposiciones figuran las siguientes:

-La asamblea que se reúne para celebrar la Eucaristía necesita absolutamente un sacerdote ordenado que la presida.

-Igualmente, todos los fieles tienen derecho a que la celebración de la Eucaristía sea preparada diligentemente en todas sus partes, para que en ella sea proclamada y explicada con dignidad y eficacia la palabra de Dios; la facultad de seleccionar los textos litúrgicos y los ritos debe ser ejercida con cuidado, según las normas, y las letras de los cantos de la celebración Litúrgica custodien y alimenten debidamente la fe de los fieles.

-La Misa se celebra o bien en lengua latina o bien en otra lengua, con tal de que se empleen textos litúrgicos que hayan sido aprobados, según las normas del derecho. Exceptuadas las celebraciones de la Misa que, según las horas y los momentos, la autoridad eclesiástica establece que se hagan en la lengua del pueblo, siempre y en cualquier lugar es lícito a los sacerdotes celebrar el santo sacrificio en latín, pues a excepción de las Misas que la autoridad eclesiástica establece que se hagan en la lengua del pueblo, “siempre y en cualquier lugar es lícito a los sacerdotes celebrar el santo sacrificio en latín”.

-“El alba” que reviste al sacerdote, está “ceñida a la cintura con el cíngulo, a no ser que esté confeccionada de tal modo que se adhiera al cuerpo sin cíngulo. Antes de ponerse el alba, si no cubre totalmente el vestido común alrededor del cuello, empléese el amito”.

-Los vasos sagrados, que están destinados a recibir el Cuerpo y la Sangre del Señor, se deben fabricar, estrictamente, conforme a las normas de la tradición y de los libros litúrgicos. Las Conferencias de Obispos tienen la facultad de decidir, con la aprobación de la Sede Apostólica, si es oportuno que los vasos sagrados también sean elaborados con otros materiales sólidos. Sin embargo, se requiere estrictamente que este material, según la común estimación de cada región, sea verdaderamente noble, de manera que con su uso se tribute honor al Señor y se evite absolutamente el peligro de debilitar, a los ojos de los fieles, la doctrina de la presencia real de Cristo en las especies eucarísticas. Por lo tanto, se reprueba cualquier uso por el que son utilizados para la celebración de la Misa vasos comunes o de escaso valor, en lo que se refiere a la calidad, o carentes de todo valor artístico, o simples cestos, u otros vasos de cristal, arcilla, creta y otros materiales, que se rompen fácilmente. Esto vale también de los metales y otros materiales, que se corrompen fácilmente.

-En la santa Misa y en otras celebraciones de la sagrada Liturgia no se admita un “Credo” o Profesión de fe que no se encuentre en los libros litúrgicos debidamente aprobados.

-Conviene “que cada uno dé la paz, sobriamente, sólo a los más cercanos a él”. “El sacerdote puede dar la paz a los ministros, permaneciendo siempre dentro del presbiterio, para no alterar la celebración. Hágase del mismo modo si, por una causa razonable, desea dar la paz a algunos fieles”. “En cuanto al signo para darse la paz, establezca el modo la Conferencia de Obispos”, con el reconocimiento de la Sede Apostólica, “según la idiosincrasia y las costumbres de los pueblos”.

-Pide que se conserve la costumbre de que niños o jóvenes ayuden en el altar como monaguillos, lo que tradicionalmente ha sido un vivero de vocaciones al sacerdocio. A este servicio pueden ser admitidas niñas o mujeres, según el juicio del obispo diocesano.

-Sobre la materia de la Eucarística, se recuerda que el pan debe ser ázimo, de trigo solo y hecho recientemente; el vino debe ser natural, del fruto de la vid, sin mezcla de sustancias extrañas.

-Conviene, en razón del signo, que algunas partes del pan eucarístico que resultan de la fracción del pan, se distribuyan al menos a algunos fieles, en la Comunión. “No obstante, de ningún modo se excluyen las hostias pequeñas, cuando lo requiere el número de los que van a recibir la sagrada Comunión, u otras razones pastorales lo exijan”; más bien, según la costumbre, sean usadas sobre todo formas pequeñas, que no necesitan una fracción ulterior.

-Ciertamente, lo mejor es que todos aquellos que participan en la celebración de la santa Misa y tiene las debidas condiciones, reciban en ella la sagrada Comunión. Sin embargo, alguna vez sucede que los fieles se acercan en grupo e indiscriminadamente, sin estar preparados, quizá, a la mesa sagrada. Es tarea de los pastores corregir con prudencia y firmeza tal abuso.

-Aunque todo fiel tiene siempre derecho a elegir si desea recibir la sagrada Comunión en la boca, si el que va a comulgar quiere recibir en la mano el Sacramento, en los lugares donde la Conferencia de Obispos lo haya permitido, con la confirmación de la Sede Apostólica, se le debe administrar la sagrada hostia. Sin embargo, póngase especial cuidado en que el comulgante consuma inmediatamente la hostia, delante del ministro, y ninguno se aleje teniendo en la mano las especies eucarísticas. Si existe peligro de profanación, no se distribuya a los fieles la Comunión en la mano.

-La bandeja para la Comunión de los fieles se debe mantener, para evitar el peligro de que caiga la hostia sagrada o algún fragmento.

-No está permitido que los fieles tomen la hostia consagrada ni el cáliz sagrado “por sí mismos, ni mucho menos que se lo pasen entre sí de mano en mano”. En esta materia, además, debe suprimirse el abuso de que los esposos, en la Misa nupcial, se administren de modo recíproco la sagrada Comunión.

-Solamente por verdadera necesidad se recurra al auxilio de ministros extraordinarios, en la celebración de la Liturgia. Pero esto, no está previsto para asegurar una plena participación a los laicos, sino que, por su naturaleza, es suplementario y provisional. Además, donde por necesidad se recurra al servicio de los ministros extraordinarios, multiplíquense especiales y fervientes peticiones para que el Señor envíe pronto un sacerdote para el servicio de la comunidad y suscite abundantes vocaciones a las sagradas órdenes.

-Si habitualmente hay número suficiente de ministros sagrados, también para la distribución de la sagrada Comunión, no se pueden designar ministros extraordinarios de la sagrada Comunión. En tales circunstancias, los que han sido designados para este ministerio, no lo ejerzan. Repruébese la costumbre de aquellos sacerdotes que, a pesar de estar presentes en la celebración, se abstienen de distribuir la comunión, encomendando esta tarea a laicos.

-El ministro extraordinario de la sagrada Comunión podrá administrar la Comunión solamente en ausencia del sacerdote o diácono, cuando el sacerdote está impedido por enfermedad, edad avanzada, o por otra verdadera causa, o cuando es tan grande el número de los fieles que se acercan a la Comunión, que la celebración de la Misa se prolongaría demasiado. Pero esto debe entenderse de forma que una breve prolongación sería una causa absolutamente insuficiente, según la cultura y las costumbres propias del lugar.

-Por lo tanto, estos ministerios de mera suplencia no deben ser ocasión de una deformación del mismo ministerio de los sacerdotes, de modo que estos descuiden la celebración de la santa Misa por el pueblo que les ha sido confiado, la personal solicitud hacia los enfermos, el cuidado del bautismo de los niños, la asistencia a los matrimonios, o la celebración de las exequias cristianas, que ante todo conciernen a los sacerdotes, ayudados por los diáconos. Así pues, no suceda que los sacerdotes, en las parroquias, cambien indiferentemente con diáconos o laicos las tareas pastorales, confundiendo de esta manera lo específico de cada uno.

-La primera Comunión de los niños debe estar siempre precedida de la confesión y absolución sacramental. Además, la primera Comunión siempre debe ser administrada por un sacerdote y, ciertamente, nunca fuera de la celebración de la Misa. Salvo casos excepcionales, es poco adecuado que se administre el Jueves Santo, “in Cena Domini”. Es mejor escoger otro día, como los domingos II-VI de Pascua, la solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo o los domingos del Tiempo Ordinario, puesto que el domingo es justamente considerado como el día de la Eucaristía. No se acerquen a recibir la sagrada Eucaristía “los niños que aún no han llegado al uso de razón o los que” el párroco “no juzgue suficientemente dispuestos”. Sin embargo, cuando suceda que un niño, de modo excepcional con respecto a los de su edad, sea considerado maduro para recibir el sacramento, no se le debe negar la primera Comunión, siempre que esté suficientemente instruido.

-Sólo se pueden utilizar las plegarias eucarísticas que se encuentran en el Misal Romano o han sido legítimamente aprobadas por la Sede Apostólica, sin que se pueda tolerar que algunos sacerdotes se arroguen el derecho de componer plegarias eucarísticas. La plegaria eucarística debe ser pronunciada en su totalidad, y solamente, por el sacerdote.

-Pide que cese “la práctica reprobable de que sacerdotes, diáconos o laicos cambien y varíen a su propio arbitrio, aquí o allí, los textos de la sagrada Liturgia que ellos pronuncian. Cuando hacen esto, convierten en inestable la celebración de la sagrada Liturgia y no raramente adulteran el sentido auténtico de la Liturgia”.

-Quien sea consciente de estar en pecado grave no debe celebrar la Misa ni comulgar sin acudir antes a la confesión sacramental, a no ser que concurra un motivo grave y no haya oportunidad de confesar. En este caso, está obligado a hacer un acto de contrición perfecta, que incluye el propósito de confesar cuanto antes.

-Nunca es lícito a un sacerdote celebrar la Eucaristía en un templo o lugar sagrado de cualquier religión no cristiana.

-Un laico puede ser nombrado ministro extraordinario para distribuir la Comunión solamente en ausencia del sacerdote o diácono, cuando el sacerdote está impedido por enfermedad, edad avanzada, o por otra verdadera causa, o cuando es tan grande el número de los fieles que se acercan a la Comunión, que la celebración de la Misa se prolongaría demasiado.

-Cuando no es posible celebrar la Misa por falta de ministro sagrado, el obispo debe procurar que haya alguna celebración dominical para la comunidad, evitando cualquier tipo de confusión entre este tipo de reuniones y la celebración eucarística.

-“El culto que se da a la Eucaristía fuera de la Misa es de un valor inestimable en la vida de la Iglesia. Dicho culto está estrechamente unido a la celebración del sacrificio Eucarístico”. Por lo tanto, promuévase insistentemente la piedad hacia la santísima Eucaristía, tanto privada como pública, también fuera de la Misa, para que sea tributada por los fieles la adoración a Cristo, verdadera y realmente presente, que es “pontífice de los bienes futuros” y Redentor del universo. “Corresponde a los sagrados Pastores animar, también con el testimonio personal, el culto eucarístico, particularmente la exposición del santísimo Sacramento y la adoración de Cristo presente bajo las especies eucarísticas”.

-“La visita al santísimo Sacramento”, los fieles, “no dejen de hacerla durante el día, puesto que el Señor Jesucristo, está presente en el mismo, como una muestra de gratitud, prueba de amor y un homenaje de la debida adoración”. La contemplación de Jesús, presente en el santísimo Sacramento, en cuanto es comunión espiritual, une fuertemente a los fieles con Cristo, como resplandece en el ejemplo de tantos Santos. “La Iglesia en la que está reservada la santísima Eucaristía debe quedar abierta a los fieles, por lo menos algunas horas al día, a no ser que obste una razón grave, para que puedan hacer oración ante el santísimo Sacramento”.

-El Ordinario promueva intensamente la adoración eucarística con asistencia del pueblo, ya sea breve, prolongada o perpetua. En los últimos años, de hecho, en tantos “lugares la adoración del Santísimo Sacramento tiene cotidianamente una importancia destacada y se convierte en fuente inagotable de santidad”, aunque también hay “sitios donde se constata un abandono casi total del culto de adoración eucarística”.

El quinto capítulo está dedicado al “decoro de la celebración eucarística”. La celebración de la “Misa” comprende aspectos exteriores cuyo cometido es subrayar la alegría que embarga a todos los que se reúnen en torno al don inconmensurable de la Eucaristía. La arquitectura, la escultura, la pintura, la música, la literatura y, en general, el arte en todas sus manifestaciones, dan testimonio de cómo la Iglesia a lo largo de los siglos no ha tenido reparos en “derrochar” para mostrar así el amor que la une con su divino Esposo. También en las celebraciones de hoy se ha de recuperar el gusto por la belleza.

-Entre los “delitos más graves” contra la santidad del sacramento, cuya absolución está reservada a la Congregación para la Doctrina de la Fe, está “a) sustraer o retener las sagradas especies con un fin sacrílego o arrojarlas; b) atentar la realización de la liturgia del Sacrificio eucarístico o su simulación; c) concelebración prohibida del Sacrificio eucarístico juntamente con ministros de Comunidades eclesiales que no tienen la sucesión apostólica, ni reconocen la dignidad sacramental de la ordenación sacerdotal; d) consagración con fin sacrílego de una materia sin la otra, en la celebración eucarística, o también de ambas, fuera de la celebración eucarística”.

Finalmente se desea que “mediante la diligente aplicación de cuanto se recuerda en esta Instrucción, la humana fragilidad obstaculice menos la acción del santísimo Sacramento de la Eucaristía y, eliminada cualquier irregularidad, desterrado cualquier uso reprobable, por intercesión de la Santísima Virgen María, “mujer eucarística”, resplandezca en todos los hombres la presencia salvífica de Cristo en el Sacramento de su Cuerpo y de su Sangre”.