La fe, sin rebejas

Esta universidad es un signo de esperanza para el mundo académico católico. Allí donde el relativismo, historicismo y nihilismo asedian la búsqueda del conocimiento como nunca antes, la Universidad de Navarra se yergue como una prueba del dinamismo y de la perdurabilidad de la incansable búsqueda de la verdad que caracteriza la tradición de los intelectuales católicos.

A lo largo de estos 50 años, desde que las puertas de esta Universidad se abrieron, la Iglesia ha exhortado a los laicos -cada vez con más urgencia- a tomar la iniciativa de lo que el Santo Padre llama la Nueva evangelización.

Esta tarea implica nada menos que la transformación de la cultura. Por mucho que intimide, esta tarea no es imposible, puesto que tal y como dice el Santo Padre, “si sois lo que debéis ser, si vivís vuestro cristianismo plenamente, incendiaréis el mundo”.

Y aquí está el problema que debemos afrontar los profesores y los que viven en el mundo universitario. ¿Cómo puede uno vivir la fe sin rebajas si no conoce la propia fe? Creo que no es exagerado decir que nosotros, los católicos, nos encontramos en medio de una crisis de formación que afecta a nuestros teólogos y, por tanto, a la educación de los padres.

Es una crisis que deja a los padre pobremente pertrechados para educar las almas de las generaciones venideras, que difícilmente pueden competir con la agresividad de las escuelas estatales, fuertemente secularizadas, y con la gran industria del entretenimiento que se complace en derribar todo lo que sea católico. Representa especialmente un peligro en las sociedades modernas porque, si la educación religiosa no se sitúa en el nivel general de la educación laica, nos llegará a resultar difícil defender nuestras creencias incluso para nosotros mismos.

Habiéndonos dado a la Iglesia católica una larga y distinguida tradición intelectual, es trágico que hoy muchos católicos sean incapaces de responder incluso a los más simples ataques relativistas, historicistas y nihilistas. Es un escándalo que muchos católicos callen cuando se confrontan con anti-católicos. Más aún si se supone que una de las glorias de nuestra fe es que podemos dar razones de las posiciones morales que mantenemos, razones que son accesibles a todos los hombres y mujeres de buena voluntad, a otras confesiones o a los que no tienen fe.

Como ha escrito Juan Pablo II, “para que el testimonio cristiano sea eficaz, sobre todo en temas delicados y controvertidos, es importante realizar un esfuerzo especial en explicar con rigor las razones de la posición de la Iglesia, subrayando que no se trata de imponer a los no creyentes una visión que nace de la fe, sino de interpretar y defender los valores enraizados en la misma naturaleza del hombre”.

Los educadores e intelectuales católicos tienen que volver a familiarizarse con la gran tradición intelectual que es nuestra herencia fundamental. Lo necesitamos no sólo por el bien de la Iglesia: ¡también por el bien de nuestra sociedad!.

* * *Nota del editor: a estos reproches que dirige a los católicos una profesora de Harvard, sirvan de eco las siguientes palabras de un profesor de Bruselas.

Léo Moulin, profesor de Historia y Sociología en la Universidad de Bruselas durante medio siglo, autor de decenas de libros rigurosos y fascinantes, es uno de los intelectuales más prestigiosos de Europa. A pesar de haberse distanciado de las logias masónicas en las que militó (“A menudo -dice- afiliarse a ellas es condición indispensable para hacer carrera en universidades, periódicos o editoriales: la ayuda mutua entre los “hermanos masones” no es un mito, es una realidad aún vigente”), sigue siendo un laico, un racionalista cuyo agnosticismo bordea el ateísmo.

Moulin recomienda que se repita a los creyentes uno de sus principios, madurado a lo largo de una vida de estudio y experiencia: “Haced caso a este viejo incrédulo que sabe lo que se dice: la obra maestra de la propaganda anticristiana es haber logrado crear en los cristianos, sobre todo en los católicos, una mala conciencia, infundiéndoles la inquietud, cuando no la verguenza, por su propia historia. A fuerza de insistir, desde la Reforma hasta nuestros días, han conseguido convenceros de que sois los responsables de todos o casi todos los males del mundo. Os han paralizado en la autocrítica masoquista para neutralizar la crítica de lo que ha ocupado vuestro lugar.”

Así han actuado feministas, homosexuales tercermundialistas y tercermundistas, pacifistas, répresentantes de todas las minorías, contestatarios y descontentos de cualquier ralea, científicos, humanistas, filósofos, ecologistas, defensores de los animales, moralistas laicos.

“Habéis permitido que todos os pasaran cuentas, a menudo falseadas, casi sin discutir. No ha habido problema, error o sufrimiento histórico que no se os haya imputado. Y vosotros, casi siempre ignorantes de vuestro pasado, habéis acabado por creerlo hasta el punto de respaldarlos. En cambio, yo (agnóstico pero también un historiador que trata de ser objetivo os digo que debéis reaccionar en nombre de la verdad. De hecho, a menudo no es cierto. Pero si en algún caso lo es, también es cierto que, tras un balance de veinte siglos de cristianismo, las luces prevalecen ampliamente sobre las tinieblas. Luego, ¿por qué no pedís cuentas a quienes os las piden a vosotros? ¿Acaso han sido mejores los resultados de lo que ha venido después? ¿Desde qué púlpitos escucháis, contritos, ciertos sermones?” Aquella Edad Media que hemos estudiado desde siempre: “¡Aquella vergonzosa mentira de los “siglos oscuros” por estar inspirados en la fe del Evangelio! ¿Por qué, entonces, todo lo que nos queda de aquellos tiempos es de una belleza y sabiduría tan fascinantes? También en la historia sirve la ley de causa y efecto…”

(Cfr. Leyendas negras de la Iglesia, Vittorio Messori, Barcelona, Planeta 1996, p. 17)

1. El que no está conmigo está contra mí, y el que no recoge conmigo desparrama (Mt, 12, 30)