La migración de los desesperados

La historia de la humanidad es historia de migraciones, pero, en los últimos años, en un mundo globalizado, éstas se han convertido en un fenómeno de magnitud que interpela a las sociedades locales, a la comunidad internacional y de manera especial a quienes nos llamamos cristianos. En este contexto, Ecuador y España comparten un hecho sin precedentes: en menos de cuatro años, cerca de medio millón de ecuatorianos han emigrado a España.

Abandonaron su país, su familia, su entorno cultural, víctimas de una crisis económica que hunde sus raíces en egoísmos y corrupciones, a la sombra de un orden económico mundial injusto.

Dramáticamente, el Papa Juan Pablo II, en su Mensaje para la Jornada Mundial de las Migraciones del año 2000, dice que ahí donde se viven situaciones de inestabilidad no es de extrañar que “a los pobres se les ocurra la idea de huir en busca de una nueva tierra que les pueda ofrecer pan, dignidad y paz. Es la emigración de los desesperados. Cada día miles de personas afrontan peligros en el intento de huir de una vida sin futuro. Por desgracia frecuentemente, la realidad que encuentran en las naciones donde llegan es fuente de ulteriores desilusiones.”

IGLESIA SIGNO DE UNIDAD

Los Obispos del Ecuador hemos analizado en estos días, con preocupación y esperanza, este fenómeno migratorio. Como expresión de unidad de la Iglesia de Jesucristo y del común compromiso y paternal afecto con los migrantes, nos han acompañado en esta tarea los delegados de la Conferencia Episcopal Española. Tanto a ellos como los representantes de Cáritas Española y de los otros organismos ejecutores del “Plan Migraciones, Comunicación y Desarrollo”, nuestro agradecimiento por el valioso aporte dado a nuestro Encuentro.

Queremos llamar la atención de la opinión pública y de nuestros gobiernos sobre la urgencia ineludible de atender, prioritariamente, la situación migratoria.

Inspirados en la Palabra de Dios y en la Doctrina Social de la Iglesia, queremos contribuir con nuestra visión ética y religiosa y con nuestra experiencia de humanidad al estudio de las causas del fenómeno migratorio y a la solución de sus consecuencias negativas.

MÁS ALLÁ DE LAS ESTADÍSTICAS

Detrás de las estadísticas se ocultan rostros concretos de hombres y mujeres que, lejos del lugar donde encontraba significado su existencia, comparten historias de ilusiones alcanzadas o de esperanzas frustradas. Nos alegramos por los que se han liberado del temor y de la pobreza opresora, por los que regularizaron su nueva situación y comparten los beneficios y valores de la sociedad española, por los que han recibido fraterna acogida y aún responsabilidades pastorales en las comunidades eclesiales.

Tanto en España como en Ecuador existen algunas señales esperanzadoras: la creciente conciencia de que los migrantes son portadores de fe y cultura; la hospitalidad y acogida; la organización y coordinación de esfuerzos para avanzar hacia una mayor comunión y enriquecimiento intercultural; la promoción del desarrollo y los servicios sociales; la creciente red de defensores de los derechos de los migrantes, el reconocimiento del valioso aporte que dan a la Sociedad e Iglesia española los migrantes que llegan como los que los acogen.

Nos preocupan, sin embargo, los hogares desgarrados, los esposos separados, los niños que quedaron en Ecuador privados de la indispensable cercanía de los padres; nos preocupan los migrantes que no lograr superar el choque cultural para el que no estaban preparados; los que, deslumbrados por los falsos valores de la sociedad de consumo, abandonan su fe; los que no encuentran trabajo y no regularizan su situación en España.

Paradójicamente las remesas enviadas a Ecuador por los migrantes han mitigado la crisis económica, pero , con frecuencia, ese dinero trabajosamente conseguido, se dispende en gastos suntuarios y en bienes no productivos.

RESPONSABILIDAD DE LOS ECUATORIANOS

El éxodo de estos años no es fortuito, es el resultado de una profunda crisis moral, cultural, política y económica, aún no superada. Los ecuatorianos debemos reconocer nuestra propia responsabilidad y no atribuir todos los males a factores externos. Denunciamos como causa principal del éxodo de la desesperanza, el egoísmo y la ceguera de quienes propusieron el bien común a los intereses de pequeños pero poderosos grupos de poder político y económico en un festín de ambiciones y corrupciones. El desangre de la fuerza de trabajo de los que se van y la desconfianza de los que se quedan sólo se detendrán cuando recuperemos la cordura, afirmemos nuestra identidad, respetemos la democracia y la Institucionalidad del país y nos empeñemos en edificar una sociedad más justa y fraterna.

Convocamos a realizar cambios culturales y morales profundos; el primero de ellos, la convicción de que es preciso consolidar el estado de derecho, la democracia y la institucionalidad. El país exige que el Gobierno lidere procesos coherentes, eficaces y transparentes de desarrollo; que el Congreso le otorgue el adecuado marco legal y la seguridad jurídica y lo libere de la maraña de leyes en donde se oculta y prospera la corrupción; que la Función Jurisdiccional, libre de insanas influencias del poder político y económico, administre ágil y correctamente la justicia y destierre la plaga de la impunidad; que las Fuerzas Armadas encarnen el honor y la dignidad nacional y velen por la permanencia de la democracia y sus instituciones y por la seguridad de los ciudadanos.

El desorden social no se agota en lo económico; su raíz más honda está en el abandono o desprecio de los valores morales permanentes como son la honestidad, la justicia social, la solidaridad y la responsabilidad. Los valores marcan la diferencia entre los partidos políticos que se empeñan en ser formas democráticas de expresión y participación ciudadana, de los que son solo populismos inconsistentes o empresas electorales transitorias; entre las empresas, que compitiendo en buena lid, son fuente de empleo y motor de progreso, de las que pretenden sólo el lucro de sus dueños, con independencia de la ética; entre las organizaciones laborales que tienen como meta mejorar sus servicios a la sociedad y a la condición de los trabajadores, de las que constituidas en feudos cerrados, buscan solo privilegios indebidos para unos pocos.

En la Patria a la que los emigrantes quisieran retornar, deben destacar dos instituciones claves a las que es preciso dar la máxima prioridad, la familia y la educación, estrechamente unidas por la Ley natural y la divina. Del discurso de Juan Pablo II en el Guasmo, el 31 de enero de 1985, recordamos su clamor: “que nadie quede tranquilo en Ecuador mientras haya una sola familia sin hogar y un niño sin escuela.”

Denunciamos como gravísimo peligro y como obstáculo para el cambio cultural que proponemos, las poderosas fuerzas, de fuera y de dentro del país, que pretenden desnaturalizar la esencia misma de la familia y secuestrar la educación en estrechos círculos ideológicos. La reforma educativa pasa, ciertamente por el incremento del gasto social para este sector, por la capacitación de los maestros, por el pago de salarios justos a los profesores, pero va más allá, lo central es el reconocimiento práctico del derecho de los padres de familia a dar a sus hijos la educación que a bien tengan y la entrega a la comunidad de su papel protagónico en la educación.

El subdesarrollo, antes que económico es cultural y tecnológico, superarlo es condición indispensable para detener la estampida de los ecuatorianos que abandonan su país y entregan su valioso aporte a otras naciones.

La Iglesia Católica a la que pastores y fieles nos pertenecemos, fiel a la persona y a la doctrina de Jesucristo, quiere ser signo de unidad, testigo de la esperanza y servidora de todos. Formada por hombres y mujeres concretos, con sus virtudes y defectos, es proclive a equivocaciones; entonces con la fuerza del Espíritu de Dios, a ejemplo de Juan Pablo II, piden perdón, busca incansablemente el esplendor de la verdad y, pese a las humanas flaquezas, continúa cumpliendo su misión.

EN UNA SOCIEDAD GLOBAL

Los grandes flujos migratorios modernos no están al margen de la globalización y de sus dimensiones culturales y económicas. No es sólo un problema de los “países perdedores del Sur”, como los llama Juan Pablo II, entre los que está Ecuador; “países perdedores” que frente a los “países emergentes” del Norte, subsisten penosamente, sin los recursos necesarios, agobiados por la deuda externa y luchas intestinas. Las inmigraciones irregulares del sur al norte continuarán mientras subsistan relaciones internacionales injustas, mientras en los países de origen esté muerta la esperanza de una vida digna, mientras no se dé paso a audaces políticas internacionales de cooperación para el desarrollo, mientras en el concierto internacional el Tercer Mundo no tenga participación activa en las decisiones que le afectan. Mientras todo siga igual habrá multitudes forzando las fronteras del Norte.

EL PUEBLO DE DIOS, PUEBLO DE MIGRANTES

La Biblia, palabra de Dios e historia de su pueblo no es ajena a la situación de los que viven en tierra extranjera. Los orígenes de Israel están vinculados a la memoria de patriarcas errantes. Abraham, Isaac y Jacob; a los éxodos causados por devastadoras carestías o insoportables opresiones; a deportaciones y retornos a la tierra de los mayores. En esta historia, entretejida de dolor y júbilo, el pueblo aprende que el extranjero debe ser acogido y tratado con dignidad (Ex.22,20).

DERECHO A EMIGRAR

Fundamento de toda política migratoria es el reconocimiento práctico del “derecho a emigrar” a la nación donde cada persona espera una mejor situación para sí y para los suyos. La defensa de este derecho no desconoce la necesidad de los países de acogida de reglar razonablemente el flujo migratorio para que no ocasione daños a su propia comunidad, sin embargo, el criterio regulador no es la simple “sustentabilidad económica” sino la “persona humana del migrante” que solicita hospitalidad. Armonizar los derechos de los migrantes con los de los ciudadanos del país de acogida requiere sabiduría, prudencia y sensibilidad social y la decisión de crear las condiciones para que unos y otros gocen de igualdad de oportunidades y contribuyan eficazmente al desarrollo de la humanidad.

Para tomar decisiones libres, los migrantes, requieren cabal conocimiento de sus derechos y deberes y de las condiciones de vida y de trabajo que encontrarán en el país de destino.

POR UNA CONVIVENCIA PACIFICA Y SOLIDARIA

El Papa Juan Pablo II nos anima a trabajar incansablemente para promover una convivencia pacífica y solidaria en la sociedad española y ecuatoriana, a derribar las barreras de prejuicios y discriminaciones, a buscar espacios de encuentro y soluciones creativas. Precisamente “cuando surgen tensiones, la credibilidad de la Iglesia reside en la valentía moral de los pastores y fieles de apostar por la caridad” (Mensaje para la Jornada Mundial de las Migraciones 2000.)

Hace 500 años llegaron a nuestras tierras hombres y mujeres españolas que junto a los pueblos nativos forjaron una nueva nacionalidad y cultura, americana y ecuatoriana. Desde entonces nunca cerramos puertas. Hoy Ecuador y España enfrentan un reto común: que a ningún ecuatoriano en España y a ninguno de los familiares que dejaron en Ecuador se les cierre las puertas para un futuro mejor, para una vida digna; que el éxodo de la desesperanza se transforme en fructífero encuentro de culturas y en instrumento del progreso.

La solución debe comenzar en Ecuador. Demos un giro al curso de la historia, hagamos de nuestro país un lugar para vivir. Esto implica cambiar: de actitudes negativas a positivas, de corrupción a honestidad, de canibalismo político a oposición en democracia, de egoísmo de grupos a diálogo social, de irresponsabilidad a trabajo eficaz. Ecuador es un país rico en recursos y éstos deben distribuirse equitativamente. Ecuador es un país de pobres y el Estado debe dar prioridad a la inversión en educación, salud y seguridad social.

Mientras tanto, exhortamos a los gobiernos de Ecuador y España para acordar un marco legal que permita a los migrantes ecuatorianos ser reconocidos como sujetos en pleno goce de derechos y a las familias su indispensable reunificación.

PEDAGOGÍA DEL ENCUENTRO

Nos comprometemos como Pastores, y comprometemos el decidido aporte de nuestras comunidades eclesiales e instituciones de servicio social, para suscitar dentro y fuera de la Iglesia, en Ecuador y España, una serena reflexión sobre las causas, consecuencias y retos de la migración, la promoción de una auténtica integración y de políticas de codesarollo. Nos empeñaremos en promover, con la pedagogía del encuentro, el paso de la tolerancia al respeto, del egoísmo a la generosidad, del temor a la apertura, del rechazo a la solidaridad.

COMPARTIR EL DON DEL DIOS AMOR

La comunidad eclesial es casa y escuela de comunión; de un nuevo estilo de vida: el de las bienaventuranzas. En la comunidad eclesial los migrantes reciben el anuncio de la Buena Nueva y el cuidado pastoral les descubre horizontes de salvación y esperanza.

Los sacerdotes, religiosos y seglares de las comunidades de acogida saben que los inmigrantes han experimentado el impacto que lleva consigo el encuentro con una nueva cultura. Esto hace más urgente que su fe no se quede en mero recuerdo. Esos hermanos nuestros requieren respuestas, desde el Evangelio a las cuestiones antropológicas, teológicas, económicas y políticas que les presenta su nueva historia y una especial solicitud pastoral para sus familias.

Se impone revisar y adecuar a la nueva situación las diversas dimensiones de la pastoral familiar y juvenil, la catequesis y la liturgia para que los inmigrantes no sean meros espectadores sino actores en las comunidades parroquiales, en los movimientos apostólicos, en donde mucho pueden dar y mucho recibir. (Cf. Para una convivencia humana, fraterna y cristiana. Cardenal Roucco-Varela. Abril 2003.)

En el servicio pastoral y humanitario es necesaria más que nunca la colaboración de las dos Iglesias, la de Ecuador, país de origen y la de España, país de acogida. El Encuentro de Quito, con la grata presencia de delegados de la Conferencia Episcopal Española, es punto de partida para un fructífero intercambio y cooperación a fin de trabajar juntos en este nuevo desafío de la caridad pastoral: dar a los migrantes un espacio de solidaridad y un mejor futuro.

Con el Encuentro de Quito, se fortalece la cooperación entre las Conferencias Episcopales de Ecuador y de España para establecer mecanismos permanente de diálogos para definir los criterios y las líneas comunes de la pastoral migratoria. Los Obispos de España y Ecuador, pastores de una misma Iglesia de Jesucristo, vemos en los grandes desafíos de la reciente corriente migratoria de ecuatorianos a España la presencia del Espíritu de Dios que nos interpela para renovar y fortalecer la maravillosa historia de cooperación misionera de nuestras Iglesias.

EN LA IGLESIA NADIE ES EXTRANJERO

Hermanos inmigrantes en España, nos solidarizamos con ustedes, les invitamos a cuidar sus valores culturales y el don de la fe. Esa es la riqueza que ustedes entregan a la sociedad que los recibe. Hagan todo lo posible para no disgregar a sus familias; ninguna ventaja material puede compararse con la unidad del hogar y cualquier sacrificio para mantenerlo será absolutamente compensado con las bendiciones de Dios. Les pedimos que donde quiera que vayan resplandezca su dignidad de seres humanos e hijos de Dios, así, sin palabras, anunciarán la buena nueva de Jesucristo. Les tenemos presentes en nuestros corazones y en la oración.

Con el Santo Padre, Juan Pablo II, los Obispos de Ecuador y España queremos, que en la Iglesia nadie sea extranjero, que la Iglesia jamás sea extranjera para ningún ser humano (Cf. Juan Pablo II Jornada Mundial de los Migrantes 1995.)

Que María, que se puso en camino para servir a su pariente Isabel y a la Sagrada Familia que emigró a Egipto, les bendigan.

Quito, octubre 31 del 2003