“La píldora” – Algunas preguntas y respuestas

¿Por qué la Iglesia habla sobre la píldora anticonceptiva?

Es necesario distinguir dos objetos en el Magisterio eclesiástico: uno primario y otro secundario. El objeto primario es todo lo contenido en el depósito de la Revelación  como verdades salvíficas, es decir, lo que Cristo ha entregado a su Iglesia para que lo guarde celosamente y lo explique fielmente; o si se quiere, las verdades «de fe y costumbres», «de fe y vida», confiadas a la Iglesia. El objeto secundario del Magisterio eclesiástico es aquella serie de verdades que guardan una conexión intrínseca y necesaria con las verdades reveladas de contenido salvífico. A estas verdades las llaman los teólogos virtualmente reveladas. Pertenecen a las cosas de fe y costumbres, no por sí mismas sino en cuanto que son «necesarias para custodiar íntegramente, explicar convenientemente y definir eficazmente el depósito de la Revelación». Pueden ser de orden histórico, filosófico, científico, etc. Si el Magisterio eclesiástico de la Iglesia no tuviera competencia sobre estas verdades no podría custodiar ni explicar convenientemente las verdades salvíficas que constituyen su objeto primario: la ley moral natural, los llamados «hechos dogmáticos », como la legitimidad de un concilio, la validez de la elección papal, la canonización de los santos, etc.

¿Entonces, entra dentro del campo de este Magisterio eclesiástico la ley natural? ¿Podría definir infaliblemente un postulado de orden puramente natural? «Es incontrovertible, dice Paulo VI, como tantas veces han declarado nuestros predecesores, que Jesucristo al comunicar a Pedro y a los Apóstoles su autoridad divina y al enviarlos a enseñar a todas las gentes sus mandamientos, los constituía en custodios e intérpretes de toda la ley moral, es decir, no sólo de la ley evangélica, sino también de la ley natural» (Enc. Humanae vitae, 4). Entre los predecesores a los que alude el Papa se encuentra Pío XII, que en una alocución decía: «Ha de sostenerse clara y firmemente que el poder de la Iglesia no se restringe a las cosas estrictamente religiosas, como suele decirse, sino que todo lo referente a la ley natural, su enunciación, su interpretación y aplicación pertenecen bajo su aspecto moral a la jurisdicción de la Iglesia» (aloc. Magnificate Dominum, AAS 46, 1954, 671-672). Y Juan XXIII en su Enc. Mater et Magistra afirma igualmente: «Mas si en alguna ocasión la Jerarquía eclesiástica dispone o decreta algo en esta materia (de la vida económica y social) es evidente que los católicos tienen la obligación de obedecer inmediatamente estas órdenes» (AAS 53, 1961, 457).

El Magisterio eclesiástico  reclama para sí una competencia total en el ámbito de la ley natural; no se trata de extralimitación alguna. La ley natural, en efecto, en su conjunto cae dentro del campo de la Revelación, ya que ésta no supone al hombre dividido en dos campos independientes, natural el uno y sobrenatural el otro. La Revelación, p. ej., del Sinaí no es otra cosa sino la codificación escrita de diez principios básicos de la ley natural. El mismo Cristo no prescinde de ella, sino que la supone y la perfecciona (cfr. Mt 5,17-7,4). Los Apóstoles dedicaron una buena parte de su predicación a ilustrar las exigencias de la ley natural (cfr. Rom 1,18-32; 1 Cor 5,1; Gal 6,1-9; Eph 5,21-6,10; Col 3,5-12; 1 Tim 2,9-15; 5,1-2; 6,1-3; 1 Pet 2,13-3,17). Por otra parte, la ley natural, por voluntad expresa de Dios, está en relación íntima con el camino por el que el hombre ha de llegar a su fin sobrenatural. Dado esto, la ley natural cae de lleno dentro del campo del Magisterio eclesiástico, al cual el Señor le ha confiado toda la Revelación, todo el Evangelio, con la grave obligación por parte de los fieles de aceptarlo en orden a la salvación. Bien es verdad que la ley natural se funda en la naturaleza humana y que por lo mismo su existencia y exigencias están al alcance de la razón humana; sin embargo, la capacidad de la razón queda muy limitada. El Conc. Vaticano I enseña a este propósito que la razón humana, como consecuencia de la caída del hombre en el pecado original, tiene una incapacidad moral para conocer sin errores y con facilidad no ya las consecuencias, sino ni siquiera los primeros postulados de la ley natural (Denz. Sch. 3004-3005). Dios ha venido en ayuda de esta debilidad moral mediante la Revelación y el Magisterio eclesiástico  No se puede por consiguiente establecer dos campos independientes de moralidad, como si uno fuera propio y exclusivo de la razón natural y el otro de la Iglesia.

Ahora bien, el campo del Magisterio eclesiástico  no sólo se extiende a los grandes o primeros principios de la ley natural, se extiende igualmente a la aplicación concreta de estos principios. Dado que la moral natural está asumida por la Revelación no puede haber acción moral alguna, conforme o disconforme con la moral natural, que por lo mismo no esté sometida de alguna manera al Magisterio eclesiástico  Si esta doctrina cae dentro del objeto del Magisterio eclesiástico, éste la propone en virtud del mandato recibido de Cristo y por lo mismo puede imponerla a los fieles con la obligación grave por parte de éstos de adherirse a ella con un asentimiento religioso del entendimiento y de la voluntad, pues el Magisterio eclesiástico, aun en los casos que no alcanza el grado sumo de la infalibilidad, goza de una providencia especial por la cual se garantiza que de ordinario no habrá errores (cfr. J. Collantes, La Iglesia de la palabra, II, Madrid 1972, 244-253).

«Él (Cristo), que es imagen de Dios invisible (Col 1, 15), es también el hombre perfecto, que ha devuelto a la descendencia de Adán la semejanza divina, deformada por el primer pecado. En él la naturaleza humana asumida, no absorbida, ha sido elevada también en nosotros a dignidad sin igual. El Hijo de Dios, con su encarnación, se ha unido en cierto modo con todo hombre. Trabajó con manos de hombre, pensó con inteligencia de hombre, amó con corazón de hombre. Nacido de la Virgen María, se hizo verdaderamente uno de los nuestros, semejante en todo a nosotros, excepto en el pecado». Conc. Vat. II, Const. past. Gaudium et Spes, 22:

¿Cuál es la esencial del acto marital?

La elección del bien requiere el conocimiento de la verdad sobre el hombre (Enc. Veritatis Splendor, 7) porque, en su ejercicio ‘la libertad depende fundamentalmente de la verdad’ (Enc. Veritatis Splendor, 34). Ofrecemos algunos párrafos de CORMAC BURKE (Juez de la Rota Romana que ve las causas matrimoniales en última apelación) en su libro Felicidad y entrega en el matrimonio, RIALP, 1990, pp. 41-56.

Hasta hace poco, el núcleo del argumento más común contra el birth-control ha sido que, estando el acto sexual naturalmente ordenado hacia la procreación, frustrar esta ordenación es ir contra naturam (contra la naturaleza)y, por tanto, obrar ilícitamente. Ahora bien, esta línea de argumentación, sin más precisiones estaría abierta a una contestación: de hecho frustramos otras funciones naturales -por ejemplo, cuando ponemos tapones en los oídos, para no oír ruidos y la doctrina moral nunca ha sostenido que actuar de este modo sea ilícito. ¿Por qué entonces ha de ser malo impedir, por motivos adecuados, el aspecto procreativo de la relación marital?

Quienes proponen esta justificación de la contracepción conyugal-formulada en términos aparentemente personalistas- creen sostener una posición positiva y fuerte. Si se quiere refutar eficazmente este argumento y demostrar su radical falsedad, pienso que también se debe desarrollar un argumento personalista, cimentado en una auténtica comprensión personalista del sexo y del matrimonio.

Como es evidente, el argumento de los defensores de la contracepción se fundamenta en una tesis esencial: que el aspecto procreativo y el aspecto unitivo del acto conyugal son separables, es decir, el aspecto procreativo se puede anular sin viciar el acto conyugal ni dañar su capacidad de expresar -de modo propio y singular- la verdad del amor y de la unión maritales.

Esta precisa tesis fue y es explícitamente rechazada por la Iglesia. La razón principal por la que la contracepción es inaceptable para la conciencia cristiana es, tal como Pablo VI la expresa en Humanae vitae, la conexión“inseparable” establecida por Dios… entre la significación unitiva y la significación procreativa que están ambas inherentes en el acto conyugal (Enc. Humanae Vitae, 12).

Pablo VI afirmó esta conexión inseparable; pero no se detuvo a desarrollar por qué estos dos aspectos del acto marital están tan inseparablemente conectados, o por qué esta conexión es tal que viene a ser el fundamento mismo de la valoración moral del acto. Quizás una serena reflexión -madurada por estos veinte años de debate- puede conducirnos a descubrir las razones por las que esto es así: por qué la conexión entre los dos aspectos del acto de hecho es tal que la destrucción de su referencia procreativa necesariamente destruye su significación unitiva y personalista. Más sencillo: si se destruye deliberadamente el poder del acto conyugal de dar vida, se destruye necesariamente su poder de significar el amor: el amor y la unión propios del matrimonio.

A fin de cuentas, los enamorados expresan su amor y sus anhelos de unión de muchas maneras: Mirándose, escribiéndose cartas, intercambiando regalos, paseando cogidos de la mano. ..¿Qué es lo que da susingularidad al acto sexual? ¿Por qué este acto une a los esposos de tal modo que no lo hace cualquier otro acto? ¿Qué tiene que lo convierte no sólo en una experiencia física sino en una experiencia de amor?

Al acto conyugal puede acompañar el placer, o no. Pero el sentido del acto no consiste en el placer. El placer proporcionado por el acto conyugal puede ser intenso, pero es transeúnte. La significación del acto conyugal también es intensa, y no es transeunte, permanece.

Es importante no olvidar que el deseo de los dos esposos de donarse recíprocamente, de unirse mutuamente, queda, en lo humano (Aquí, como será evidente, no hablamos de la donación a Dios que una persona puede hacer de sí misma), en un nivel puramente intencional. Cada esposo puede y debe vincularse al otro. Pero no puede realmente darse a sí mismo al otro. La máxima expresión de su deseo de darse a sí mismo es dar lasemilla de sí, es decir, el elemento procreativo tanto femenino como masculino. La entrega de la propia semilla es mucho más significativa, y de modo especial es mucho más real, que la entrega del corazón. Soy tuyo; te doy mi corazón; tómalo, puede quedar en el plano de la mera poesía, a la que ningún gesto físico llega a dar auténtico cuerpo. En cambio, Soy tuyo; te doy mi semilla; tómala, no es mera poesía; es amor. Es el amor conyugal encarnado en una singular acción física por la que se expresa la intimidad –te doy lo que no doy a nadie-, y se alcanza la unión: toma lo que te doy: la semilla de un nuevo yo. Unido a ti, a lo que tú me vas a dar, a tu semilla, se convertirá en un nuevo “tu-y-yo”, fruto de nuestro mutuo conocimiento y amor. Esta es la mayor aproximación que se puede lograr al don conyugal de sí y a la aceptación de la auto-donación conyugal del otro, lográndose así la unión de los esposos.

Por tanto, lo que constituye el acto conyugal en una relación y una unión singulares no es la participación en una sensación, sino la participación en un poder: un poder físico y sexual que es extraordinario precisamente por tener una orientación intrínseca a la creatividad, a la vida. En una auténtica relación conyugal, cada esposo dice al otro: Yo te acepto como no acepto a nadie más. Tú eres único para mí, y yo para ti. Tú y tú solo, eres mi marido; tú sola eres mi mujer. Y la prueba de tu singularidad para mí es el hecho de que contigo -y sólo contigo- estoy dispuesto a participar en este poder divinamente dado y orientado a la vida.

En esto consiste la cualidad singular de la cópula conyugal. Cualquier otra manifestación de afecto no va más allá del nivel de un gesto, y es símbolo de la deseada unión. Pero el acto conyugal no es un mero símbolo. En el trato sexual genuino entre los esposos, hay un intercambio real: hay entrega y aceptación plenas de masculinidad y feminidad conyugales. y queda, como testimonio de su relación conyugal y de la intimidad de su unión conyugal, la semilla del marido en el cuerpo de la mujer.

La contracepción no es tan sólo una acción sin sentido; es una acción que contradice el sentido esencial que el verdadero trato sexual marital debe tener, si ha de significar la mutua auto-donación total e incondicional. La contracepción contradice la verdad del amor conyugal. (JUAN PABLO II, Discurso, 17 de septiembre de 1983.

En la unión marital auténtica, el marido y la mujer deben experimentar la vibración de la vitalidad humana en sus mismas fuentes. Esto sigue siendo verdad incluso en el supuesto de que -por las razones que sean no puedan tener hijos. Su unión en tal caso, lo mismo que la unión durante la preñez de la mujer, trae su sentido más profundo del hecho de que tanto el acto que ponen como la intención que les anima están .abiertos a la vida, aun cuando de hecho no pueda dar origen a una vida nueva. Su fundamental apertura a la vida es la que da sentido y dignidad al acto; de manera parecida a como es la ausencia de esta apertura la que mina la dignidad y el sentido del acto cuando los cónyuges -sin que esto responda a motivos graves- lo limiten deliberadamente a los períodos infértiles.

Conviene que aclaremos nuestra postura en este preciso punto. No queremos afirmar que los esposos contraceptivos no se amen en su trato sexual, ni -en cuanto no están dispuestos a tener tal trato con una tercera persona- que ese trato no expresa una cierta singularidad en su relación mutua. Nuestra tesis es que ese trato no expresa la singularidad de una relación conyugal. El amor puede estar presente, de algún modo, en su trato contraceptivo; pero el amor conyugal no se expresa en y por medio de ese trato. Es más, el amor conyugal puede verse pronto amenazado. A esos esposos siempre les acompaña la sospecha de que el acto en el que participan puede ser, para cada uno, una entrega privilegiada de placer, pero que puede ser también una mera toma egoísta de placer.
El amor sexual es amor de la entera persona masculina o femenina, cuerpo y espíritu. El amor queda falsificado si el cuerpo y el espíritu no dicen lo mismo. Con la contracepción, el acto corporal habla de la presencia de un amor, que el espíritu niega. El. cuerpo dice, Te quiero totalmente, mientras el espíritu dice: Te quiero con reservas. El cuerpo dice, Te busco; el espíritu dice, No te acepto; no acepto todo lo tuyo.

El trato sexual contraceptivo se convierte en una pantomima. Representa un lenguaje del cuerpo desfigurado; expresa un rechazo del otro. Hace que cada uno diga: No quiero conocerte como mi marido o como mi mujer; no estoy dispuesto a reconocerte como mi esposo. Quiero algo de ti, pero «no» tu sexualidad, y si tengo algo que darte, algo que te dejaré tomar, “no” es mi sexualidad. Si no es la sexualidad la que cada esposo, en el trato contraceptivo, da al otro o toma del otro, ¿qué es lo que de hecho cada uno toma o da? En el mejor de los casos, será una forma de amor, separado de la sexualidad. En los demás, es meramente el placer, también –insistamos- divorciado de la sexualidad. Tanto en un caso como en el otro, los esposos contraceptivos siempre se privan de la sexualidad. Su matrimonio, despojado de una verdadera relación sexual, sufre las consecuencias.

El trato sexual normal entre cónyuges afirma plenamente la masculinidad y la feminidad. El hombre se afirma como hombre y esposo, y la mujer se afirma como mujer y esposa. En el trato contraceptivo, sólo se afirma una sexualidad mermada. Estrictamente hablando, no se afirma la sexualidad bajo ningún concepto. La contracepción constituye una negativa tal a dejarse conocer que sencillamente no representa un verdadero conocimiento carnal en absoluto. Una profunda verdad humana subyace al principio teológico y jurídico de que una cópula contraceptiva no consuma el matrimonio. En las causas de nulidad de un matrimonio “rato y no consumado”, el tribunal romano de la Rota considera que no fue consumado si en la relación sexual hubo un anticonceptivo, enfatiza Mons. Burke.

El verdadero trato conyugal sexual une. La contracepción separa; y la separación opera a todos los niveles. No sólo separa el sexo de la procreación; separa el sexo del amor. Separa el placer del sentido, y el cuerpo del espíritu. A la larga e inexorablemente, separa a la mujer del marido y al marido de la mujer.
Los matrimonios que emplean contraceptivos, si se paran a reflexionar, se dan cuenta de que su vida conyugal padece un íntimo malestar. Las alienaciones que experimentan son señal y consecuencia de la grave violación del orden moral que implica la contracepción. Por eso, la doctrina de la Humanae vitae, tanto como el entero magisterio papal sobre el tema, lejos de mantenerse ciegamente en una posición superada, constituyen una defensa clarividente de la innata dignidad y de la verdadera significación de la sexualidad humana y conyugal.

Considerando  el atropello de una violación, ¿no es justo el uso de la píldora del día después?

“No es lícito hacer el mal para lograr el bien” (cfr. Rm 3, 8)

“En verdad, si es lícito alguna vez tolerar un mal moral menor a fin de evitar un mal mayor o de promover un bien más grande, no es lícito, ni aun por razones gravísimas, hacer el mal para conseguir el bien, es decir, hacer objeto de un acto positivo de voluntad lo que es intrínsecamente desordenado y por lo mismo indigno de la persona humana, aunque con ello se quisiese salvaguardar o promover el bien individual, familiar o social. Es por tanto un error pensar que un acto conyugal, hecho voluntariamente infecundo, y por esto intrínsecamente deshonesto, pueda ser cohonestado por el conjunto de una vida conyugal fecunda”. (Enc. Humanae Vitae, 14).

“Así pues, hay que rechazar la tesis, característica de las teorías teleológicas y proporcionalistas, según la cual sería imposible calificar como moralmente mala según su especie, su «objeto»; la elección deliberada de algunos comportamientos o actos determinados prescindiendo de la intención por la que la elección es hecha o de la totalidad de las consecuencias previsibles de aquel acto para todas las personas interesadas”. (Enc. Veritatis Splendor, 79).

“Ahora bien, la razón testimonia que existen objetos del acto humano que se configuran como no-ordenables a Dios, porque contradicen radicalmente el bien de la persona, creada a su imagen. Son los actos que, en la tradición moral de la Iglesia, han sido denominados intrínsecamente malos («intrinsece malum»): lo son siempre y por sí mismos, es decir, por su objeto, independientemente de las ulteriores intenciones de quien actúa, y de las circunstancias. Por esto, sin negar en absoluto el influjo que sobre la moralidad tienen las circunstancias y, sobre todo, las intenciones, la Iglesia enseña que «existen actos que, por sí y en sí mismos, independientemente de las circunstancias, son siempre gravemente ilícitos por razón de su objeto»” (Enc. Veritatis Splendor, 80).

”Si los actos son intrínsecamente malos, una intención buena o determinadas circunstancias particulares pueden atenuar su malicia, pero no pueden suprimirla: son actos irremediablemente malos, por sí y en sí mismos no son ordenables a Dios y al bien de la persona: «En cuanto a los actos que son por sí mismos pecados (cum iam opera ipsa peccata sunt);dice san Agustín;, como el robo, la fornicación, la blasfemia u otros actos semejantes, ¿quién osará afirmar que cumpliéndolos por motivos buenos (bonis causis), ya no serían pecados, o conclusión más absurda aún; que serían pecados justificados?»” (Enc. Veritatis Splendor, 134).

Por esto, las circunstancias o las intenciones nunca podrán transformar un acto intrínsecamente deshonesto por su objeto en un acto subjetivamente honesto o justificable como elección.

Si no es unánime el parecer acerca del efecto abortivo de la píldora del día después, ¿por qué no se puede usar?

A finales de marzo se aprobó en España la comercialización de la “píldora del día siguiente” (otros países han hecho lo mismo recientemente). Con este motivo, el Dr. Gonzalo Herranz (Departamento de Humanidades Biomédicas de la Universidad de Navarra) examina las cuestiones de ética médica que plantea este anticonceptivo (Diario Médico, 4 y 5 abril 2001).

La píldora del día siguiente, explica el Dr. Herranz, tiene efectos de dos tipos: “unos contraceptivos porque inhiben a la fecundación; otros, en cambio, operan después de ésta y han de ser tenidos como interceptivos o abortivos muy precoces”. Se conoce el resultado final: con qué frecuencia la píldora impide el embarazo. Pero no se han hecho estudios que permitan saber en qué condiciones es anticonceptiva y en cuáles otras abortiva. “Sorprende que una cosa así ocurra en el tiempo de la medicina basada en pruebas, tiempo en que, en farmacología clínica, se hila muy fino y no están bien vistas ni la ignorancia ni la indeterminación. Disponemos sólo de estimaciones indirectas, aunque relativamente fiables, que permiten concluir que, aun dada a tiempo, la píldora del día siguiente no inhibe la ovulación siempre”.

“Una situación así obliga a actuar en la duda, con menos datos de los necesarios, lo cual crea conflictos. Con razón, quienes profesan un respeto profundo a todos los seres humanos sin excepción, estiman que jamás uno de ellos puede ser expuesto al riesgo próximo de ser destruido, aunque este riesgo no esté cuantificado”. Por tanto, “el médico que profesa un profundo respeto a la vida y que no ignora el efecto antianidatorio de la píldora del día siguiente rehusará prescribirla”.
Según la información oficial de la FDA (Dirección de Alimentos y Medicinas, USA) al 7 de mayo de 2004, lapíldora del día siguiente funciona principalmente evitando la ovulación, puede prevenir la fecundación y puede prevenir que si hubo fecundación, el óvulo fertilizado se implante en el útero materno.

Este tercer posible mecanismo es el que desató la polémica en Perú porque la Constitución protege al ser humano desde la concepción y no desde la implantación.

El pasado 16 de septiembre el episcopado peruano publicó un comunicado en el que reclama a las autoridades veracidad en la información pública sobre el efecto anti-implantatorio [abortivo, ndr.] de la «Anticoncepción Oral de Emergencia» o «píldora del día después»

En el caso particular de la llamada “Anticoncepción Oral de Emergencia” (o también conocida como la “píldora del día siguiente”), somos testigos de que de una manera reiterada y sistemática se viene ocultando información científica crucial. Especialmente se ignoran estudios serios que atribuyen el efecto antimplantatorio al Levonorgestrel 0.75 mg. conocido también como Tercer efecto.

Por el contrario, apreciamos que el Ministerio de Salud sólo da a conocer ciertos estudios científicos interpretando tendenciosamente las conclusiones a que llegan los autores de los mismos.

En el documento oficial que el Ministerio de Salud presentó al Ministerio de Justicia, sólo se citan 7 estudios pretendiendo con ello demostrar que dicho tercer efecto no existe. Sin embargo ni siquiera los autores de dichos estudios, en sus conclusiones, dan a sus resultados la categoría de demostración fehaciente que el Ministerio de Salud les otorga.

Hay dos engaños en esta cuestión:

El primer engaño es decir que el debate científico está cerrado. La comunidad científica internacional sigue debatiendo. Una revisión de los estudios científicos nos muestra que el efecto antimplantatorio no se ha descartado sino que, al contrario, sería parte de la “eficacia” de la droga. Verificar el inserto que acompaña al producto en otros países nos lleva a la misma afirmación.

El segundo engaño es decir que sus pocos estudios citados son prueba contundente y suficiente para demostrar que el tercer efecto antimplantatorio no existe.

La Conferencia Episcopal Peruana alcanzó al Ministerio de Salud un informe preparado por su Comité de Bioética que analiza los 7 estudios citados por el Ministerio de Salud y otros 16 incluso de mayor rigurosidad que vienen siendo ignorados.

La organización Pharmacists for Life (Farmacéuticos por la Vida) emitió un comunicado (Cfr. 06 May. 05 ACI) en el que confirma que la píldora del día siguiente es abortiva y no sólo “evita el embarazo” como algunas empresas afirman.

Gynetics Inc. obtuvo recientemente la autorización del gobierno de EEUU para publicitar y vender su versión de la píldora del día siguiente. Los productores de Preven insisten en que su producto evita el embarazo, al actuar antes de que éste ocurra.

Sin embargo, lo que la empresa hizo en realidad es redefinir el embarazo de modo tal que “éste empiece luego de la implantación del embrión en el útero de la mujer, lo que normalmente sucede entre 7 y 10 días luego de la fecundación”, indicó Pharmacists for Life.

La vida empieza con la fecundación, cuando se unen el óvulo con el espermatozoide” enfatiza el grupo pro-vida al destacar que una de las principales acciones del kit de Preven es evitarla e interferir con la adecuada implantación.

Asimismo alertan que “ésta (la píldora Preven) es una píldora que contiene un mecanismo abortivo y no uno anticonceptivo”.

Entonces: Si no es unánime el parecer acerca del efecto abortivo de la píldora del día después, ¿por qué no se puede usar?

Si personas prudentes me dicen que detrás de unos arbustos , o un velo, etc. hay una persona, es claro que yo no puedo disparar.

¿Quiénes me dicen que no hay nadie detrás de esos arbustos, o velo, etc?: Todas las personas, médicos y políticos que defienden la PDD toman como argumento (no se complican la vida) el que la OMS no define si es abortiva o no y por lo tanto mientras no diga que es abortiva, se puede utilizar. La OMS no es una institución neutral en el tema de defensa de la vida y no es una entidad exclusivamente científica sino también política. El antepenúltimo Secretario General fue un médico que era Director de la International Planned Parenthood, la ONG reconocida a nivel mundial como la mayor propulsora del aborto. Cuestionando a la OMS como referente, todos los médicos que están formados para defender la vida, tienen la obligación moral y científica de analizar una por una las investigaciones realizadas respecto a este tema. Por ejemplo en Chile, médicos ginecólogos de la Universidad Los Andes y Católica de Chile analizaron todas las investigaciones existentes hasta la actualidad y concluyeron que se necesitaban mayores estudios para precisar la presencia ó ausencia del efecto abortivo de la PDD. Pero no se puede asumir que la OMS tiene la última palabra, porque hasta las investigaciones se manipulan y se sesgan para obtener los resultados que uno quiere. Recién desde hace un par de años, las revistas de mayor importancia en el mundo médico exigen a los investigadores que precisen si tienen conflicto de intereses, reciben ayuda de alguna institución o pertenecen a laboratorios, ONGs que pudieran alterar su imparcialidad investigatoria.

Según un especialista experimentado ninguna mujer se expone a los efectos secundarios del levonorgestrel a altas dosis sólo por anticoncepción. Casi todas, por no decir todas, lo usan cuando tienen una altísima probabilidad de estar embarazadas. Está claro que no es sólo un anticoneptivo más, como se le quiere vender, sino a todas luces el efecto abortivo está presente.

Inmoralidad de la píldora

La píldora busca impedir la concepción y posteriormente impedir la implantación. Aparte de las circunstancias morales del acto sexual, se trata de dos motivos graves que generan la inmoralidad.

“En conformidad con estos principios fundamentales de la visión humana y cristiana del matrimonio, debemos una vez más declarar que hay que excluir absolutamente, como vía lícita para la regulación de los nacimientos, la interrupción directa del proceso generador ya iniciado, y sobre todo el aborto directamente querido y procurado, aunque sea por razones terapéuticas.

Hay que excluir igualmente, como el Magisterio de la Iglesia ha declarado muchas veces, la esterilización directa, perpetua o temporal, tanto del hombre como de la mujer; queda además excluida toda acción que, o en previsión del acto conyugal, o en su realización, o en el desarrollo de sus consecuencias naturales, se proponga, como fin o como medio, hacer imposible la procreación.
Tampoco se pueden invocar como razones válidas, para justificar los actos conyugales intencionalmente infecundos, el mal menor o el hecho de que tales actos constituirían un todo con los actos fecundos anteriores o que seguirán después y que por tanto compartirían la única e idéntica bondad moral. En verdad, si es lícito alguna vez tolerar un mal moral menor a fin de evitar un mal mayor o de promover un bien más grande, no es lícito, ni aun por razones gravísimas, hacer el mal para conseguir el bien, es decir, hacer objeto de un acto positivo de voluntad lo que es intrínsecamente desordenado y por lo mismo indigno de la persona humana, aunque con ello se quisiese salvaguardar o promover el bien individual, familiar o social. Es por tanto un error pensar que un acto conyugal, hecho voluntariamente infecundo, y por esto intrínsecamente deshonesto, pueda ser cohonestado por el conjunto de una vida conyugal fecunda”. Enc. Humanae Vitae, 14.

El escaso éxito de la estrategia anticonceptiva se podría haber previsto. Un libro publicado en 1989 advertía (cfr. Aceprensa, servicio 53/04): “Los datos muestran que el masivo incremento de la promiscuidad juvenil protegida con la contracepción no se ha acompañado de la anunciada disminución del número de embarazos o abortos”. Quien así escribió es Victoria Gillick en A Mother’s Tale (Hodder & Stoughton; versión española: Relato de una madre, Rialp, 1990). Para mayor claridad, la autora reproduce unas elocuentes palabras del Dr. Malcom Potts, director de la Planned Parenthood Federation en 1973, en una conferencia en el Sydney Sussex College. “No podemos frenar la fecundidad humana mediante la simple contracepción, comenta. Tiene que haber un servicio complementario, fundado en la esterilización y el aborto. A medida que la gente se adhiere a la contracepción, se produce un aumento, no una disminución del número de abortos. Por ello, los médicos, cuando falla la contracepción, como a veces lo hace, deberían ser capaces y estar dispuestos a proporcionar, como si fuera un servicio post-venta, el apoyo al aborto, lo mismo que deberían practicar la esterilización a quien la pidiera”. Veinte años después se comprueba que los problemas que ahora se lamentan no se resuelven con la química, sino con la educación de los jóvenes en la responsabilidad sexual.

Ecología humana

Escribe Justo Aznar, profesor visitante de la Universidad de Piura (Aceprensa 087/04). Recientemente el gobierno español ha hecho pública su intención de distribuir gratuitamente la píldora del día siguiente. La razón que da para justificar tal decisión es que así se conseguirá disminuir el número de embarazos de adolescentes, los abortos y los casos de enfermedades de transmisión sexual. Pero los datos disponibles indican lo contrario.
Un estudio publicado hace unos años en el British Medical Journal (BMJ 321; 488, 2000) concluía que el uso de cualquier medida de contracepción de emergencia no solo no disminuye el índice de abortos, sino que incluso lo triplica (ver servicio 175/00). Más tarde apareció otro estudio (BMJ, 324; 1426, 2002) sobre la incidencia de las campañas y programas escolares impartidos en los últimos treinta años que pretenden conseguir el retraso de la actividad sexual, el aumento del uso de anticonceptivos y la reducción de embarazos en adolescentes. El estudio demostró que la educación sexual que se ha venido dando no ha conseguido ninguno de esos tres objetivos (ver servicio 162/02). Finalmente, un reciente trabajo publicado en Human Reproduction (19; 553, 2004) concluye que desde enero de 2001, fecha a partir de la cual la píldora del día siguiente se ha podido adquirir en Inglaterra sin receta médica, incluso por adolescentes de 16 años, su eficacia para reducir el número de embarazos ha sido mínima. Solamente se ha conseguido evitar 5 embarazos por cada 10.000 usuarias y año.

Según el Ministerio de Sanidad, en 2001, año en el que se empezó a distribuir en España la píldora del día siguiente, se practicaron 69.587 abortos. En 2002, año en el que –según la Sociedad Española de Obstetricia y Ginecología y la Sociedad Española de Contracepción– se superaron las 350.000 recetas de la píldora, el número de abortos subió a 77.125, un 10% más que el año anterior (ver servicio 40/03).

Otro dato interesante es que entre las jóvenes, principales usuarias de la píldora, la tasa de abortos por mil mujeres subió de 7,49 en 2000 a 8,29 en 2001. No parece que el objetivo de reducir el número de abortos se haya logrado, sino más bien todo lo contrario. Ha aumentado, o por lo menos prácticamente no ha disminuido en el tramo en el que la píldora más se ha utilizado.
Con respecto a las enfermedades de transmisión sexual ocurre algo similar. En los últimos años, tanto en España como en los países del entorno, se ha promovido y permitido el uso de la píldora del día siguiente y del preservativo. La promoción de los condones ha ido dirigida a evitar contagios. Sin embargo, la prevalencia de enfermedades de transmisión sexual no solo no ha disminuido sino que ha aumentado significativamente. Sobre esto hay abundante literatura científica. Por ejemplo, un trabajo publicado en el BMJ (322; 1135, 2001) constata que en Inglaterra, en los últimos cinco años, las infecciones de clamidia han aumentado un 70%; un 55% las de gonorrea y un 54% las de sífilis. En otro estudio similar (BMJ 322; 1160, 2001), se señala que en Inglaterra, entre 1996 y 1999 se incrementaron en un 61% los casos de clamidia, y entre 1993 y 1999 los de papiloma vírico humano aumentaron un 28%. En general, entre 1990 y 1999, el conjunto de enfermedades de transmisión sexual –que incluyen herpes genital, gonorrea y clamidia– aumentó un 49%. Un trabajo más reciente, también referido a Inglaterra (BMJ, 327; 62, 2003), que concluye que, en los últimos seis años, periodo en el las inglesas más han usado la píldora del día siguiente, y durante el que las campañas para promover el uso del preservativo han sido más fuertes, la gonorrea ha aumentado un 86%, las infecciones por clamidia un 108% y la sífilis un 500%. (Justo Aznar, Provida Press, 9-VI-2004)
La estabilidad familiar es un factor influyente en la conducta sexual de los hijos, como en tantas otras cosas. Así, en las familias donde los padres están casados y viven juntos, el porcentaje de chicos de 14-18 años que han mantenido relaciones sexuales es el 9,5%, mientras que en las familias con padres separados sube al 25%.

¿Cuando se inicia la vida humana?

El doctor Jerôme Lejeune, distinguido médico francés, católico fervoroso, investigador destacado, “no buscó, como falsamente le reprocharon muchas veces, poner a toda costa la ciencia al servicio de la fe.“ Su ciencia, como su fe, estaba al servicio de la verdad. Sabía respetar la autonomía –relativa– de ambas. Y no renunciaba tampoco a cotejarlas, con prudencia, pero sin miedo. Y a comprobar si había concordancias o discrepancias. Buscó siempre poner su ciencia y su carisma, al servicio de la humanidad, antes que al servicio de su fortuna particular, la cual fue siempre modesta.

Dijo Lejeune: “La genética moderna se resume en un credo fundamental que es éste: en el principio hay un mensaje, este mensaje está en la vida y este mensaje es la vida. Este credo, verdadera paráfrasis del inicio de un viejo libro que ustedes conocen bien (Parafrasea el inicio del Evangelio de San Juan), es también el credo del médico genetista más materialista que pueda existir. ¿Por qué? Porque sabemos con certeza que toda la información que definirá a un individuo, que le dictará no sólo su desarrollo, sino también su conducta ulterior, sabemos que todas estas características están escritas en la primera célula. Y lo sabemos con una certeza que va más allá de toda duda razonable, (…) porque ningún tipo de información entra en un huevo después de la fecundación (…)” (Lejeune, Clara. Dr. Lejeune. El amor a la vida. Libros mc, Madrid, 1999, pág. 108).

En el mes de febrero pasado la Oficina de Prensa de la Santa Sede, presentó el Congreso Internacional “El embrión humano antes de la implantación. Aspectos científicos y consideraciones bioéticas”, que se celebró el 27 y 28 de febrero en el Aula Nueva del Sínodo in Vaticano, con motivo de la XII Asamblea General de la Pontificia Academia para la Vida.

El profesor Bompiani afirmó que “para atribuir un “estatuto jurídico” al embrión es necesario “conocer” su naturaleza, y para ello hay que estudiarlo desde el punto de vista ontológico. “Hoy -dijo- no es suficiente examinar el embrión con el microscopio, sino que son imprescindibles las aportaciones genéticas, morfológicas, bioquímicas y de biología molecular”.

En la fase de “reconocimiento” del embrión, continuó Bompiani, “nos topamos con los conceptos de vida humana; ser humano; individuo humano; persona. Reflexionar sobre estos conceptos es -obviamente- objetivo de la ontología. Pero, a mi modo de ver -subrayó-, esto se debe hacer tras haber descrito y comprendido lo que se verifica pocas horas después del encuentro entre un óvulo y un espermatozoide vivos y pertenecientes a la especie humana”. Desde el punto de vista racional, concluyó, el origen de un nuevo ser humano “se reconoce en el encuentro entre un espermatozoide y un óvulo de la misma especie”.

Por su parte, Willem Jacobus Eijk habló de los criterios extrínsecos e intrínsecos para atribuir un estatuto moral al embrión humano. Dijo, “que una íntima unión del embrión humano con la madre se constituye ya en la fusión del espermatozoide y el óvulo (…) y el embrión también  recibe de la madre, antes de la implantación, la nutrición y el oxígeno necesarios para su crecimiento”.”También en la fase pre-implantatoria el embrión es un ser con una vida propia separada de la madre, un ser humano desde el punto de vista biológico, un individuo, y un ser con una finalidad intrínseca de convertirse en persona humana.”

“Los conocimientos embriológicos y genéticos actuales nos dan indicaciones preciosas acerca de que el embrión tiene la identidad específica de una persona humana. (…) La identidad la determina fundamentalmente, si bien no solamente, el genoma humano, presente y activo desde la concepción. Por lo tanto, si bien sea imposible demostrar empíricamente una presencia personal desde la concepción, la reflexión filosófica sobre el estado bio-antropológico del embrión humano indica una incongruencia de la humanización indirecta o gradual, con la visión del individuo humano como una unidad sustancial de espíritu y cuerpo”.Cfr. VIS 060224 (700)

Benedicto XVI recibió a los participantes en la asamblea general de la Pontificia Academia para la Vida sobre el tema: “El embrión humano antes de la implantación”.

El Papa puso de relieve que el tema que van a estudiar estos días “es fascinante, pero difícil y arduo, dada la delicada naturaleza del sujeto que se examina y la complejidad de los problemas epistemológicos que conciernen a la relación” entre los datos científico-experimentales y la reflexión sobre los valores antropológicos.

Tras recordar que la Sagrada Escritura “muestra el amor de Dios por cada ser humano, antes incluso de que se forme en el seno de la madre”, el Santo Padre afirmó: “El amor de Dios no hace distinciones entre el ser humano recién concebido y que se encuentra en el seno materno, y el niño, o el joven, o el hombre maduro o el anciano, porque en cada uno de ellos ve la huella de la propia imagen y semejanza”.

“Este amor sin límites y casi incomprensible de Dios por el ser humano – continuó-, revela hasta qué punto la persona humana es digna de ser amada en sí misma, independientemente de cualquier otra consideración -inteligencia, belleza, salud, juventud, integridad-, etc. En definitiva, la vida humana es siempre un bien”.

Benedicto XVI subrayó que “en el ser humano, en cada ser humano, en cualquier fase o condición de su vida, resplandece un reflejo de la misma realidad de Dios. Por eso, el magisterio de la Iglesia ha proclamado constantemente el carácter sagrado e inviolable de cada vida humana, desde su concepción hasta su fin natural. Este juicio moral vale ya en el inicio de la vida de un embrión, antes de que se implante en el seno materno”.

Refiriéndose a la investigación sobre el origen de la vida, “un misterio cuyo significado podrá iluminar cada vez más la ciencia, aunque difícilmente logrará descifrarlo de todo”, el Papa señaló que “quien ama la verdad debería percibir que la investigación sobre temas tan profundos nos posibilita ver e incluso tocar casi la mano de Dios. Más allá de los límites del método experimental, en el confín del reino que algunos llaman meta-análisis, donde no basta o no es posible la percepción sensorial, ni la verificación científica, inicia la aventura de la trascendencia, el compromiso de “proceder más allá”. (Cfr. VIS 060227 400).


No se ha de olvidar que los mandamientos de la leyde Dios prohiben la fornicación, vaciar de contenido la relación marital y matar.