La Soberbia, el principal vicio universitario

Se suele decir que, en el caso de los universitarios, los vicios son un poco más retorcidos  que en el resto de los humanos. Esto quizá se deba a un mayor intento de autojustificación. Sin embargo, dado que en el universitario pesa más –o debería hacerlo- lo intelectual que lo sensible, se puede sostener que, aunque todos los defectos  (como las virtudes) suelen darse entrelazados, la soberbia es más propia del mundo académico. Ya Santo Tomás de Aquino señaló que se trata del vicio más característico de los seres espirituales. De modo que quien se sienta perturbado en mayor medida por cualquiera de los otros (avaricia, lujuria, ira, gula, pereza o envidia) seguramente tenga derecho a preguntarse hasta qué punto es universitario.

La palabra “soberbia” se puede entender en dos sentidos: uno positivo y poco frecuente, y otro negativo y de uso ordinario, según si su objeto es, respectivamente, bueno o malo. Formalmente hablando, el vocablo designa un vicio negativo del espíritu, el peor de todos. En la universidad, el sentido positivo de la palabra designa que lo sigue siendo y crece como tal. En cambio, el negativo designa al más eficaz disolvente de la institución universitaria.

En la Antigüedad se consideraba que el soberbio era el que tiene un amor desordenado hacia su propio bien por encima de otros bienes superiores. El mero hecho de dudar que existan bienes más altos que el propio ya es, pues, síntoma de este defecto. Es amor desordenado porque, como el soberbio no se conoce como quien es, sino como aquel que quiere ser, desea para él lo que no le es adecuado. La soberbia se describía como el apetito inmoderado de la propia excelencia que, de paso, rebaja la dignidad ajena. Desde luego, la excelencia se debe a alguna cualidad buena; por eso, se puede referir a diversas aptitudes humanas. Por el contrario, el humilde no se preocupa de la propia excelencia, pues se considera indigno. Se identifica también a la soberbia como la madre y reina de todo defecto, su origen y su fin, de modo que toas las demás lacras humanas, como hijas naturales de esta, tienen cierto parecido a la madre y cierta propensión a rendirle honores.

Otra nota atribuida a este vicio era que radicaba en la voluntad y, por ser una mala inclinación de esta potencia humana, se añadía que el soberbio no se subordina a su resto conocimiento propio, mientras que la humildad se ajusta al adecuado conocimiento que alguien tiene se sí (“donde hay humildad hay sabiduría”, Prov. XI,2). Por eso se admitía que la soberbia impide la sabiduría. También era sabido que las verdades directamente impedidas por la soberbia son las denominadas “afectivas”, es decir, unas de las más altas, que solo los virtuosos conocen por connaturalizad. Se añadía, además, que la ceguera de la mente es fruto seguro de este defecto.

No obstante, la soberbia no inhiere en la voluntad sino, como su carcoma, en lo más neurálgico de nuestra intimidad, de donde procede toda malicia, y a donde toda corrupción se ordena. Sí; nadie se reduce a su voluntad, y la soberbia y la peor ignorancia anidan en esa realidad personal irreductible, de la cual llevará a San Pablo clamar: “De la ceguera del corazón, líbranos Señor”. Por eso se entiende que la perfección contraria, la humildad, sea –más que una virtud de la voluntad- la fuente personal de todas las virtudes. Si el vicio de la soberbia es el más grave, también será el más tenaz y perdurable; es tan fuerte que extingue todas las virtudes y corrompe todas las potencias humanas. Por lo que se refiere a sus tipos, se entendía que uno es el de aquel que se gloría en sus cualidades, y otro en de quien se arroga lo que le sobrepasa. Obviamente el segundo es peor –también más ciego- que el primero.

Sentirse “Señor” del cargo
La soberbia tiende a lo excelso, pero sin un “pequeño detalle”: la rectitud. Se distingue de la vanidad o vanagloria (su vicio más afín) porque la primera es el deseo desproporcionado de cualquier gran realidad y la segunda, en cambio, tiende a la sola grandeza externa, la alabanza y el honor, es decir, a considerarse superior a quien se es. Así como el honor social es –según Aristóteles- el premio debido de la virtud, la soberbia busca ese honor pero sin virtud, una es interna, mientras que la otra es su manifestación externa.

Se decía que la soberbia se presenta, sobre todo, en dos frentes: en el de la ciencia y en el del poder. Pues bien, la universidad es, por un lado, la sede por antonomasia de la ciencia y, por tanto, está constituida ad intra según un modelo jerárquico de poder bastante acusado.

En cuanto a lo primero, es bien conocido que la ciencia hincha, y el que se cree que sabe todavía no sabe como es debido. Respecto a lo segundo, las posibles causas de la soberbia son dos: la altura del status y las obras. No es extraño, pues, que la soberbia aparezca en una corporación feudal vigente hay en día como la universidad, donde los títulos y cargos directivos marcan en exceso el escalafón, y más todavía, en una sociedad como la actual, donde “mandar” y “obedecer” no significan exclusivamente “servir”. En efecto, soberbia es sentirse “señor del cargo” –incluso del que no le han encargado-, no “administrador”. Decíase, además, que este mal afecta sobremanera a la juventud, y la universidad es la institución donde más abunda. Con todo, no es solo un problema de gente joven, pues con el paso de los años este defecto se vuelve tan acrisolado y retorcido como encubierto. También declara que incide más en las personas públicas que en las privadas, y es obvio que el oficio universitario es público.

La soberbia en uno mismo
Para consigo mismo, la actitud soberbia en la universidad lleva al convencimiento de que sin el propio criterio y experiencia difícilmente se puede acertar en un tema o realizar algo con corrección. Se manifiesta con la arrogancia y la jactancia: la primera, porque el soberbio se siente pagado de sus propios éxitos por encima de su valía; la segunda, porque presume de sus cualidades, con o sin motivo. Lo mismo ocurre con la pertinacia en el propio parecer o la rotundidad con que se afirma un criterio, incluso aunque con el paso del tiempo –y no mucho- tal juicio cambie hasta el punto de mantener –con la misma determinación- la posición contraria.

A las manifestaciones precedentes se pueden añadir más: dar por hecho que los demás no tienen nada que aportar, leer textos más por curiosidad o por crítica que por aprender y salvar la parte de verdad que contienen, callar el error grave y perjudicial del una autor, cuando se debe y ante quienes es debido descubrir, so capa de que se tiene cierta preferencia con él, perseverar en el error, tener manías y creérselas… Es asimismo propenso a ensoberbecerse quien, siendo de condición humilde y sin experiencia de gobierno, es elevado a algún cargo.

Soberbia académica propia es, sobre todo, creer que el sentido del ser personal coincide con el del yo que uno se ha forjado con sus títulos y currículum y con el que barniza su mirada y actuación, o sea, su entera vida universitaria. “Así es –advierte J. Philipe- como nos fabricamos el ego, diferente del auténtico ser, de modo similar a como se infla un globo. Este yo artificial, requiere un gran gasto de energía par sostenerse; y como es frágil, necesita ser defendido. El orgullo y la dureza siempre van unidos… Cuando el Evangelio nos dice que  debemos «morir a nosotros mismos», en realidad alude a la muerte de ese ego –ese yo fabricado artificialmente- para que pueda aparecer el ser auténtico regalado por Dios”. Si alguien se obceca en la afirmación de su propio yo, va perdiendo de vista su sentido personal, la mayor donación creatural que ha recibido. Como enseña Polo, “lo peor par el ser personal es aislarse o ensoberbecerse, pues el egoísmo y la soberbia agotan el ser donal”. Para captar el sinsentido de la soberbia, tal vez valga la pregunta del libro de la Sabiduría: “¿De qué nos ha servido la soberbia?”; si por ella agoniza el propio ser personal, ¿qué se podrá ganar tras su pérdida?

Soberbia hacia los demás
Para con lo demás, la soberbia lleva a considerarse superior a los otros en demasiados aspectos, lo cual acarrea la sospecha respecto a la capacidad ajena. La soberbia es, obviamente, contraria al amor al prójimo en cuanto que alguien se prefiere desordenadamente a sí mismo. De ahí se deriva la carencia de amistad, ya que a quien padece este mal no se le ocurre ser amigo de quienes ocupan un status inferior (alumnos, bedeles, enfermeras, profesionales de diversos servicios, etcétera), sino solo entre sus “iguales”, (a los que tampoco ve como “iguales”). Por eso tiende a ser conocido y estimado solo entre los VIP académicos. Otra manifestación es el trato frío (de “¡Buenas! Y ¡Adiós!”) para con los colegas. A veces, ni siquiera eso: cuello erguido y miradas altivas, indiferentes o, incluso, apartar la vista. También lo es la discordia motivada por la diversidad de pareceres profesionales, pues el orgulloso no favorece la libertad ajena. Promueve asimismo la injuria, ya que tras consolidar  una concepción tan fija como rebajada de demás, se tiende a ponerles etiquetas cuyo adhesivo es tan fuerte y permanente como os juicios severos de los que nace. Tales motes constituyen un jocoso y actual método de difamación. Esto parece tan extendido que, si existe algún alumno que no critique a sus profesores o un profesor que disculpe a sus colegas y alumnos críticos, rozará la perfección.

El orgullo se inclina fácilmente a airarse, incluso por nimiedades, cuando algo contraría su voluntad. Soberbia es también cometer claras injusticias con los inferiores sin repararlas ni pedir perdón por ellas –este defecto deprime fácil y casi inadvertidamente la justicia- también lo es padecerlas guardando permanentemente rencor al agresor, no ver compañeros sino subordinados, fijarse más en los ajenos defectos que en sus virtudes, controlar el trabajo de los demás –siendo el propio inmune a todo control-, aparentar interés ante la presencia de otros cuando en realidad no se ven sino personas que molestan los propios intereses y conducen a perder el tiempo –hipocresía, en román paladino-, la ingratitud de fondo –aunque se cuide la forma- ante un servicio o trabajo prestado, la critica cuando no se pretende ser constructiva, negarse a desempeñar tareas 2inferiores” –fotocopias o cualquier otro trabajo manual-, discutir –entre los soberbios siempre hay litigios-, y excusarse ante las justas correcciones, evadirse ante las ayudas que se piden y buenamente se pueden ofrecer…

Lo es, desde luego, el abuso de poder –poner bozal al buey que trilla-, inmiscuirse autoritariamente en asuntos ajenos que no atañen directamente, preguntar no para aprender, sino para poner en un brete al ponente, objetar no para ayudar, sino para hacer valer la propia opinión… Todo lo que provoca separación de los demás –aunque bien es verdad que hay que ser más amigo de los demás que de cualquiera- es un derivado de la soberbia, así como en la precipitación en las decisiones de gobierno, la pérdida de tiempo en los asuntos insignificantes, considerar las materias más relevantes –teología, antropología, ética…- como “marías”, barnices, o “buenas consejeras”, suponer que los alumnos, los servicios y las secretarias se deben subordinar a los profesores, pensar que los demás están al propio servicio, no al revés…

La soberbia también puede estar detrás de la afectada seriedad, casi decimonónica, cuyo lenguaje no es directo y amable, sino seco y más propio de una partida de ajedrez. La actuación suele estar acompañada de una conducta formalista, opuesta a la alegría y sencillez que deben caracterizar al cristiano corriente. Se puede replicar que tales encumbrados personajes no carecen de cierta alegría, sin embargo, la suya no parece espontánea sino forzada y, según Tolstoi, “la alegría fingida es aún peor que el aburrimiento. Tan acartonada gravedad comporta frecuentemente una trato duro, incluso dictatorial, hacia los demás. Pero, como señala Vázquez-Figueroa, la dureza “nace casi siempre de una desesperada necesidad de ocultar las propias debilidades”; por eso, en el fondo, el soberbio es pusilánime. Esta rigidez lleva a mostrarse no solo susceptible ante cualquier comentario ajeno, sino a la defensiva y agresivo. Tal dureza es más perjudicial para quien la posee que para aquellos a quienes se dirige, en cualquier caso, si alguien es el sujeto paciente –sufriente- de algunas de las precedentes actitudes, debe estar muy agradecido, pues puede verlas como buenas ocasiones para intentar ser humilde.

Otro fruto del orgullo intelectual es el distanciamiento respecto de los demás, en especial de los inferiores. En esta tesitura carece de sentido promover la interdisciplinariedad, porque ni siquiera se puede vivir la disciplinariedad en una misma rama del saber. De este modo, la universidad se transforma, primero en una pluridiversidad y, después, en un museo de cera de extravagantes figura.

Soberbia con Dios
Para con el ser divino la soberbia cierra progresivamente la apertura a Él en el corazón humano. En efecto, la intimidad personal humana está abierta natural y sobrenaturalmente a la realidad personal divina que le trasciende; el yo, en cambio, se abre siempre a lo inferior a él. Por tanto, una vida engreída, centrada en el yo, tiende a perder de su horizonte existencial a Dios. En el fondo, si el yo recaba su propia finitud, tal pretensión favorece el ateísmo. Para San Agustín, la soberbia no es más que una perversa imitación de Dios, el único al que se le debe la gloria y el agradecimiento por todo. La mayor muestra de este defecto es adscribirse a sí los bienes que se tienen. Para Tomás de Aquino, negar a Dios es mayor soberbia que pretender ser como Él. En esa situación no se pierde, desde luego, la “idea” de Dios, pero el trato “personal” con él se torna, primero oneroso, y luego desaparece, puesto que Dios no es una “idea”, y nadie en su sano juicio está dispuesto a tratar personalmente con ideas.

Antídotos
Al terminar de describir el defecto y algunas de sus manifestaciones académicas se debe dar cierta pauta de solución, pues estas consideraciones –de inspiración clásica (se hallarán casi todas en el Index Thomisticus)- no pretender ser posmodernas, literatura que describe problemas existenciales sin aportar solución. En general, a cualquier persona afectada en mayor o menor medida por este mal le viene bien el dolor y la enfermedad, pues la excesiva seguridad profesional amparada en los estamentos es fácil de vulnerar: la debilidad humana aparece en la vivencia de cualquier dolencia, que tarde o temprano, llega a todos. En efecto, como advierte Polo, “el dolor suspende la soberbia de la vida, el envanecimiento y la orgullosa seguridad en la propia eficiencia y capacidad para establecerse y moverse en un orden regular y suficiente, y así deja patente, sin trabas ni enmascaramientos, la necesidad e indigencia de la existencia humana en medio del éxito mundano2.

A quien no desea esperar a la llegada de la enfermedad para empezar a combatir este mal interno, se le puede aconsejar que, si la soberbia es respecto a así mismo, tenga piedad, no vaya a ser que intentando con denodado esfuerzo forjar un yo más o menos exitoso, no persista en la progresiva búsqueda de su propio sentido personal e irrepetible y lo acabe perdiendo. La faceta de este vicio respecto a los demás se cura eficazmente con el temor al oprobio e ignominia cuando –como en el caso de los políticos- devienen públicas las propias culpas. También cuando se piden favores a otros. Y por lo que se refiere al orgullo frente a Dios, es remedia el temor a la replica divina.

Como estas páginas se refieren al mundo universitario, cabe indicar como buenos tratamientos contra la soberbia los siguientes: en lo personal, advertir que los más sabios son personas sencillas. En lo racional, el estudio, y en lo que se refiere al comportamiento, la modestia en el hablar y en el hacer, pues la humildad suena en la voz y, en mayor medida, en el silencio.

Si se desea más concreción en algunos ejemplos académicos, se puede proponer otros tantos: para el filósofo –y para el teólogo- como advirtió Julián Marías, “su riesgo permanente e ineludible es la soberbia; pero esta se cura solo con que el filósofo siga siéndolo”, pero no solo como lo fue, sino como debe serlo, es decir, que busque con más ahínco la verdad y se olvide de su yo; que no se conforme con lo logrado en su pasado: que sus obrar y palabras sean más profundas que las de antaño, porque la verdad radica preferentemente en el futuro histórico y metafísico. Un verdadero filósofo puede pasar sin cargos y sin títulos –y con poco dinero…-, pero no sin pensar, aprender, descubrir… Un filósofo de veras busca un sentido personal, no exhibir su “ideal” de yo. La actitud de independencia y de búsqueda de la propia identidad del yo es lo que –según Hegel- caracterizó a la filosofía de Kant. Por tanto, de ser certera esta acusación, no es pertinente imitar la subjetivista actitud Kantiana.

A otros humanistas les puede servir de ejemplo la exclamación de Rosalía de Castro: “¡Oh gloria!, deidad vana cual todas las deidades, jamás te rendí culto, jamás mi frente altiva se inclinó de tu trono ante el dosel soberbio, que en el orgullo humano tienen altar y asiento… ¡Cuántos te han alcanzado que no te merecían! Y ¡cuántos cuyo nombre debiste hacer eterno, en brazos del olvido más triste y más profundo perdidos para siempre duermen el postrer sueño!”.  A los facultativos de la ciencias experimentales les apela este comentario poliano: “La actividad científica dirigida como corrección de la obra divina es simplemente ociosa (equivalencia de soberbia y pereza). Pero, en cuanto ociosa, sustituye a la actividad científica adecuada: la ciencia del bien y del mal es la omisión de la ciencia del bien y solo del bien (pecado de omisión)” ¿Y a los directivos? Tal vez les sirva la sugerencia del mismo autor: repartir el poder y fomentar la libertad responsable, pues eso indica que no se ven competidores en los demás, sino alegría de que tengan la capacidad de hacer y se dediquen a ejercer su propia actividad sin recelos.

En suma, en la medida en que en la universidad se logre extirpar la soberbia, se logrará descubrir la verdad. Como la universidad debe ser la punta de lanza del saber superior que indaga en la verdad, una institución académica que combata este defecto cumplirá mejor su fin.

Escrito por J. F. Sellés
miércoles, 04 de febrero de 2009.

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