“Laborem exercens”

Aunque sus raíces intelectuales lleguen hasta la Alemania y la Francia de mediados del siglo XIX, la moderna doctrina social católica arranca como tal en 1891, con la encíclica “Rerum novarum” de León XIII. En 1931 el papa Pío XI conmemoró el cuadragésimo aniversario de tan histórico documento con la encíclica “Quadragesimo Anno”. El papa Juan XXIII extendió la tradición de una encíclica de aniversario con su carta de 1961 “Mater et Magistra”. Juan Pablo II había tenido intención de mantener la costumbre en el nonagésimo aniversario de “Rerum novarum”, pero caía el 15 de mayo de 1981, dos días después de sufrir el atentado. El Papa siguió trabajando en la encíclica durante su convalecencia, y “Laborem exercens” (Sobre el trabajo humano) acabó viendo la luz pública el 14 de septiembre de 1981.


En “Laborem exercens” Juan Pablo II llevó el debate sobre “la cuestión social” a un terreno menos estructural y más humanista que sus predecesores papales, concentrándose en la naturaleza del trabajo y la dignidad del trabajador. En ese aspecto, “Laborem exercens” es la encíclica social de enfoque más certero en la historia de la doctrina social católica moderna. También es la más personal, porque Juan Pablo aportó su propia experiencia como trabajador manual al análisis del sentido moral del trabajo humano.

Las partes de “Laborem exercens” teológicamente más creativas ahondan en la idea de Juan Pablo de que, a través del trabajo, los seres humanos participan “en la propia acción del Creador del universo”, cumpliendo la primera orden del Señor: “Sed fecundos y multiplicaos, y henchid la tierra y sometedla.” En el trabajo los seres humanos están llamados a “imitar a Dios”. El trabajo no es, como enseñaba una espiritualidad más antigua, un castigo al pecado original, sino una vocación que siente el hombre “desde el comienzo”.

Además de con lo que hacemos y producimos, el trabajo guarda relación con lo que somos. Los trabajadores, más allá de que pertenezcan al ámbito agrícola, industrial, pos industrial o artístico, son en primerísimo lugar personas, lo cual significa que en el trabajo bien entendido los seres humanos no se limitan a hacer más, sino que van siendo cada vez más. Este carácter espiritual y moral (esta “subjetividad”) otorga al trabajo su valor genuino, y por ahí reciben los trabajadores su dignidad intrínseca.

El trabajo es duro y, sin embargo, a pesar de su condición de carga (o quién sabe si justamente por ella), “el trabajo es una cosa buena” para los seres humanos. Y es que en el trabajo, nos dice Juan Pablo, “el hombre no sólo transforma la naturaleza, adaptándola a sus necesidades, sino que consigue su plenitud como ser humano, y en cierto sentido hasta se convierte “en más humano””. El trabajo es otro signo de trascendencia, una realidad ordinaria al otro lado de la cual se halla una verdad extraordinaria sobre la dignidad humana.

He ahí el motivo de que, siguiendo la tradición de la doctrina social católica, Juan Pablo defienda “el principio de la prioridad del trabajo sobre el capital”, y rechace lo que llama “economismo”, consistente en “concebir el trabajo humano con exclusiva atención a sus objetivos económicos”. La prioridad del trabajo sobre el capital también toca la cuestión de la propiedad. Juan Pablo afirma el derecho a la propiedad privada, pero lo coloca bajo una hipoteca social: la propiedad, cuya meta es hacer posibles la libertad y la creatividad, debe utilizarse para el bien común. El trabajador debería “tener su parte de responsabilidad y creatividad desde la tarea a la que se dedica”. La participación en la toma de decisiones y en los beneficios, concluye el Papa, es la expresión de un sistema económico que reconoce a los trabajadores como “verdadero sujeto de trabajo con iniciativa propia”.

A la hora de analizar “los derechos de los trabajadores”, Juan Pablo defiende el derecho al empleo, el derecho a un salario justo y a unos beneficios adecuados y el derecho a crear asociaciones libres de trabajadores, lo cual incluye el derecho a la huelga. También en este caso se trata de temas católicos tradicionales, como lo era la defensa del “salario familiar”, es decir, la cantidad suficiente para mantener a una familia sin que trabajen los dos padres a la vez. Juan Pablo dio un giro moderno a esta última idea proponiendo como alternativa determinadas prestaciones sociales, como “ayudas a la familia o subvenciones a las madres que se dedican en exclusiva a sus familias”. Es muy posible que el argumento de que la dedicación exclusiva de las madres a la educación de los hijos beneficiaría a la sociedad, molestara a los defensores de ciertas modalidades de feminismo, pero estaba basado en la experiencia de la tentativa comunista de erosionar la vida familiar exigiendo a los dos padres que trabajasen. El caso es que el Papa insistió en que las madres que dedicasen varios períodos de sus vidas a la cría y educación de los hijos no deberían ser penalizadas ni sometidas a “una discriminación psicológica o práctica”. Se trataba, como siempre, de un argumento humanístico, y presentaba analogías con propuestas ajenas, como el horario flexible y los permisos de maternidad prolongados.

La doctrina social católica siempre había considerado a los sindicatos como “movimientos de solidaridad”, instrumentos para el fomento de la justicia social. Según el Papa, la agitación sindical no debería limitarse a la lucha por un salario y unas condiciones de trabajo más beneficiosos, por importantes que sean ambas cosas. Debería fomentar la dimensión “subjetiva” del trabajo, a fin de que “los trabajadores no sólo tengan más”, sino que realicen su humanidad de manera más plena en todos los sentidos.

A lo largo de la encíclica, Juan Pablo usa la expresión “el Evangelio del trabajo” para indicar que el trabajo posee una dimensión espiritual, nacida de su participación en la creación del mundo, obra en marcha de Dios. El trabajo ha sido ennoblecido por Cristo, que vivió la mayor parte de su existencia terrena como trabajador. Cuando el trabajador identifica su esfuerzo con la pasión y muerte del Señor, el trabajo traba contacto con el misterio de la redención. En ese momento el trabajador participa “no sólo en el progreso terrenal, sino en el desarrollo del Reino de Dios”.

Como sugiere este final audaz, “Laborem exercens” constituye otro capítulo del gran libro donde Juan Pablo II va revelando su humanismo cristiano. De “Laborem exercens” también se desprende un intenso aroma propio del espíritu del poder redentor del trabajo aceptado con amor en tanto que es la más alta manifestación de la libertad humana.

Cuando fue promulgada. “Laborem exercens” se entendió como una defensa filosófica del movimiento Solidaridad. Era eso y más. Su valor perdurable radica en que añade un análisis complejo de la dignidad del trabajo al proyecto global con e1 que Juan Pablo se propuso revitalizar el humanismo del siglo XXI.


 

Cfr. BIOGRAFÍA de JUAN PABLO II. TESTIGO DE ESPERANZA. GEORGE WEIGEL. PLAZA & JANÉS EDITORES, S.A., Barcelona 1999.