Lecciones del Papa Francisco para
comunicar la fe

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Desde el día de su elección, el 13 de marzo de 2013, el papa Francisco ha ido conquistando la confianza de la gente, llamando incluso la atención de quienes tienen responsabilidad en el mundo sobre los problemas de la pobreza, la inmigración o los excluidos. Un fenómeno que algunos han llamado “efecto Francisco”, y que se verifica en un cambio favorable en la opinión pública.

Además de la asistencia del Espíritu Santo en la Iglesia, ¿cómo ha sucedido este cambio? ¿qué está haciendo el Papa? ¿qué podemos aprender de él a la hora de comunicar la fe?  De sus gestos y sus palabras pueden proponerse siete lecciones de comunicación.

Una Iglesia en salida

Es una de las expresiones más repetidas por Francisco desde el primer día. Suele decir que prefiere «una Iglesia accidentada, herida y manchada por salir a la calle, antes que una Iglesia enferma por el encierro y la comodidad de aferrarse a las propias seguridades» (Evangelii Gaudium, 49)  o a una Iglesia que se queda esperando a que los fieles acudan.
El Papa propone una nueva cultura del encuentro. Las instituciones católicas y cada uno de los creyentes han de ser personas en salida, que no se instalan en sus creencias y convicciones, que no se rodean solamente de quienes piensan igual, sino que salen al encuentro, se exponen a la intemperie.

El Papa propone una salida sin exclusiones, que llegue a las personas más alejadas, a las que aparentemente menos pueden entender el mensaje. Confirma así uno de los rasgos de la Iglesia: la universalidad.

Volver a lo esencial del mensaje

Si buscásemos los motivos de la aparición de la Iglesia en los medios de comunicación en las últimas décadas nos encontraríamos algunas cuestiones recurrentes como homosexualidad, preservativos, comunión de divorciados, ordenación de mujeres, celibato sacerdotal… y quizá alguno más, de características similares. Podríamos decir que, con frecuencia, el anuncio de la fe ha tomado la forma de las discusiones, donde a menudo se mezclan cuestiones religiosas, ideológicas e incluso políticas. Además, el tono de esas discusiones es, muchas veces, negativo, defensivo o reductivo.

Se entiende que Francisco, en Evangelii Gaudium, haya recordado que el anuncio cristiano ha de concentrarse en «lo esencial, que es lo más bello, lo más grande, lo más atractivo y, al mismo tiempo, lo más necesario». Poniendo nombre: Jesucristo, nuestro Salvador. No se comienza a ser cristiano por una gran idea, ni como consecuencia de una discusión. Desde Cristo, paulatinamente, se llega a entender el dogma y a vivir la moral, pero en ese orden, de más a menos, de modo positivo, con paciencia. Aspirar a que se verifique una primera conversión, aunque queden muchas cosas por aclarar. Este es el único modo de pasar de una actitud de resistencia a una actitud de influencia.
Una Iglesia “pobre”

Dentro de esos temas esenciales a los que es preciso volver, Francisco repite una y otra vez la prioridad de la atención a los más necesitados, a los que Cristo se dirige de modo especial y a los que hay que ayudar también materialmente. Ha puesto en el candelero una prioridad que es evangélica. Es una manera radical de dejar de discutir sobre temas secundarios y de dedicarse operativamente a lo que Jesucristo encargó a sus discípulos.

Los problemas de la pedofilia dañaron gravemente la credibilidad de la Iglesia. En consecuencia, para lograr que la propuesta cristiana sea aceptada, es preciso recuperar la credibilidad, que es una condición de la comunicación: si no se cree en quien comunica, no se cree tampoco en lo que dice, diga lo que diga. La insistencia de Francisco en los más necesitados puede ser una buena manera de restaurar la credibilidad. Al dedicarse a los pobres, los católicos demuestran rectitud, desinterés, generosidad. Existe una relación entre la pureza y la pobreza.

Un lenguaje transparente

El Papa ha establecido una nueva agenda de prioridades. Y está empleando un estilo y un lenguaje diferentes. Son muchas las expresiones que Francisco ha usado y que han roto esquemas: se ha referido por ejemplo, a las «quince enfermedades» de la Curia romana; ha instado a los políticos europeos a evitar que «el Mediterráneo se convierta en el cementerio de Europa»; en México se inventó la «cariñoterapia».

El Papa suele dirigirse una vez al año a toda la Curia, para felicitar la Navidad y desear un buen año nuevo. En el mensaje de 2014, les aconsejaba rezar una oración de santo Tomás Moro: «Dame, Dios mío, una buena digestión y también algo que digerir; dame la salud del cuerpo y el buen humor necesario para mantenerla. Dame un alma que no conozca el aburrimiento, los suspiros y las quejas. No permitas que me líe demasiado con esa cosa tan estorbosa que se llama “yo”».

De esta manera, el Papa nos enseña que para hablar de la experiencia cristiana tenemos que buscar palabras sencillas y claras; conviene que usemos nuestras propias palabras, que hablemos desde el corazón, sin limitarnos a repetir lo que otros han pensado.

Ver la evangelización desde la misión

El Papa vincula la acción evangelizadora a los problemas de la Iglesia y del mundo: los inmigrantes, las guerras, el conflicto palestino, la crisis ecológica, los cristianos perseguidos, la situación de Cuba. Estas referencias nos recuerdan que no conviene ver la comunicación de la fe sólo desde lo individual ni desde lo subjetivo, ni ver la experiencia cristiana sólo desde el esfuerzo de superación personal.
El Papa invita a ver las cosas desde la mirada de Dios misericordioso, que es quien “primerea”, quien da el primer paso, quien convierte los corazones. Y también desde la mirada del otro. Sobre todo, desde la persona que necesita nuestra ayuda, material o espiritual, que es lo más motivador, lo que remueve la comodidad, la pereza, los respetos humanos.

Ver la comunicación desde el otro tiene otras consecuencias. Si se quiere proponer a alguien que se transforme en un cristiano en salida, hay que contagiarle el entusiasmo por el proyecto, por la apasionante misión de la Iglesia. Y se entusiasmará con los fines, no con  los medios; con la meta, no con el esfuerzo.

Coherencia

Se ha dicho que el Papa emplea un lenguaje diferente. Pero ante todo vemos que toma decisiones y que actúa. Francisco primero hace y luego dice. Le vemos usar un carro discreto, abrazar a un enfermo de apariencia repulsiva, subir su propio maletín al avión: se oyen sus palabras, se ven sus actitudes, y se comprueba que unas y otras coinciden.

Hay un famoso libro de comunicación que se titula “Tú eres el mensaje”. Y un autor afirma: lo que haces grita tanto que no me deja oír lo que dices. Con otras palabras: la coherencia entre el ser, el obrar y el hablar es un requisito esencial de la comunicación. Por eso, quien quiere comunicar la fe ha de ser, él mismo, más amable, sociable, dialogante, misericordioso o servicial. Así deberían ser conocidos los cristianos en el mundo: como los que más y mejor saben escuchar, comprender, conversar.

Contagiar la alegría

Así ha llamado el Papa a su documento programático: la alegría del Evangelio. Allí invita a los católicos a «una nueva etapa evangelizadora marcada por la alegría». Los cristianos transmiten el Evangelio «no como quien impone una nueva obligación, sino como quien comparte una alegría», afirma en el número 14 de ese documento.

Estas palabras recuerdan una expresión de la Madre Teresa de Calcuta: «Posiblemente no nos encontraremos en situación de dar mucho, pero siempre podemos dar la alegría de un corazón que ama a Dios». San Josemaría Escrivá contaba que, en los primeros tiempos del Opus Dei, la gente decía que aquellos jóvenes que se acercaban a él habían hecho un voto de alegría: tan contentos se les veía.

Alguien ha dicho que el cristianismo se contagia por envidia. Las personas que se acercan a la Iglesia, al ver la alegría de los católicos, se tienen que sentir removidos, hasta poder decir: “quiero ser parte de esto”. Los católicos experimentan a Dios, tocan a Dios, confían en Dios y de ahí surge la alegría. No son optimistas por las estadísticas, por sus virtudes personales, ni por la situación del mundo. La alegría nace de saber que forman parte de algo más grande que ellos.