Matrimonio: ¿Es posible tomar decisiones irrevocables?

— ¿Es posible tomar decisiones irrevocables?; contraer un compromiso definitivo, ¿no supera los límites de nuestra libertad, pidiendo a las personas algo que de suyo sería inhumano?
— ¿Qué medios requiere el cuidado del amor conyugal para que se pueda recuperar, se le ayude a crecer y llegue a la madurez?
Se pregunta:
— ¿Es posible tomar decisiones irrevocables?; contraer un compromiso definitivo, ¿no supera los límites de nuestra libertad, pidiendo a las personas algo que de suyo sería inhumano?

La libertad no tiene sentido al margen de la verdad
Es frecuente escuchar: “no somos como un río, que no puede volver atrás”. Ciertamente el ser humano tiene poco que ver con un rio, sus decisiones no son siempre irrevocables; el ser humano es libre, puede decir donde dije “digo”, digo “Diego”; tiene la capacidad de corregirse y esto puede ser meritorio. Pero el mérito no lo da el hecho de corregirse. Cuántas veces hemos lamentado repasar demasiado una pregunta tipo test de un examen, para acabar dando una respuesta distinta a la inicial que era la correcta.

Corregirse en sí mismo no es un mérito. Es fácil estar de acuerdo en que tomar decisiones sin motivo alguno –al margen de la verdad– no es lo más apropiado al ser humano; o emitir juicios manifiestamente erróneos no parece que sea lo que conviene a la persona. Empecinarse en que dos más dos es igual a cinco no parece una empresa loable. Sin embargo, es más propio del hombre aquel juicio que se ajusta a la verdad porque es humana la tendencia a la verdad; eso es algo propio del hombre. Una decisión errada merece nuestra comprensión ya que el hombre es falible; comprensión que a su vez se asienta en la verdad objetiva de la dignidad de la persona humana.

En este punto se puede hablar del sentido que tiene la revelación cristiana de verdades naturales. Dada la falibilidad del ser humano, fruto del pecado, para conocer la verdad, tenemos como ayuda la revelación.

Al abordar el tema de la libertad humana no hay que perder de vista la referencia que ésta tiene sobre la verdad. El ser humano puede rectificar porque hay algo fuera de su libertad que le sirve de referencia y esa referencia es la verdad. Cuando suspendo un examen y puedo recuperarlo estoy haciendo uso de la libertad para enmendar un error. Mientras haya vida hay esperanza; esperanza para poder cambiar, para poder mejorar. La persona humana es capaz de usar de su libertad para deshacer lo andado bajo el criterio de la verdad, reconociendo en consecuencia el error.

La verdad es algo que está en las cosas. Son lo que son y por eso son verdaderas. La verdad no la crea el hombre, la verdad está ahí en el ser de las cosas. Los hombres nos aproximamos a la verdad mediante la razón que se expresa en un lenguaje común para podernos entender. Es por tanto posible tomar decisiones irrevocables, cuando éstas se basan en la verdad.

Verdad ontológica, no lógica.
Es por eso que cabe una decisión irrevocable para contraer matrimonio: basta conocer mínimamente —esencial pero verdaderamente— lo que es el matrimonio y quién es el otro contrayente, para estar dispuesto a comprometer el amor hacia esa persona —en lo que es actualmente y en lo que puede ser (“en la prosperidad y en la adversidad, en la salud y en la enfermedad”) —.

Sobre la capacidad de compromiso me parece conveniente citar lo que muy acertadamente explican los profesores Miras y Bañares en su libro Matrimonio y familia.

Por su capacidad de compromiso, la persona puede dominar el futuro
La libertad no solo domina el tiempo presente y pasado. También permite vivir el futuro con un sentido u otro, e incluso, en cierto modo, poseerlo anticipadamente: ese es propiamente el término de la libertad.

La vía por la que el hombre se adelanta al tiempo, abarcando el futuro en un acto de presente, es el compromiso, porque supone no solo una decisión de sentido (sobre la finalidad y orientación con que se va a vivir el porvenir), sino también la decisión de deberse a esa finalidad y a los medios necesarios para alcanzarla. De este modo, el hombre progresa en su realización no solo cuando logra alcanzar un valor que le mejora, sino ya desde el momento en que decide avanzar hacia él y se compromete a dar los pasos adecuados.

Cuanto más valioso sea el valor elegido, y cuanto más intensamente se implique el sujeto, mayor realización de la libertad supondrá el compromiso personal (porque producirá un efecto intransitivo mejor).

El hombre puede proponerse, en efecto, fines muy diversos: inmediatos o a largo plazo; valiosos o de escaso valor objetivo; simplemente útiles, o determinantes del sentido de toda la existencia. El fin último en la jerarquía de fines —aquel que no se busca para ningún otro fin, sino por sí mismo, como meta absoluta—, al ser el que compromete más intensamente a la persona, tiene la capacidad de establecer el orden de los amores respecto a los demás bienes, que quedarán asumidos como medios: lo que aparta del fin último o lo obstaculiza, es rechazado por la voluntad libre, comprometida; lo que ayuda o conduce a él se quiere y se persigue, precisamente por esa razón y en esa medida.

Por eso, lo que proporciona al sujeto mayor capacidad de dar sentido a su existencia, lo que le hace conseguir mayor unidad interior y le lleva a una más perfecta realización, como persona, es proponerse un fin último que corresponda a los valores más auténticos y definitivos. Y para poder dirigirse por sí mismo hacia esos valores es necesario adquirir una visión integral de sí que se llama capacidad de autoposesión y de autogobierno. Esto es lo que permite orientar el uso de la libertad a la verdadera realización personal, sin quedar a merced de los impulsos inmediatos, de las circunstancias o de las posibilidades más fáciles o asequibles.

Desde el punto de vista del fin último se entiende bien que, para quien se sabe hijo de Dios, su vocación a la santidad comprende todos los aspectos y dimensiones de su vida, desde lo más material hasta lo más espiritual. Esa visión de fe abraza e ilumina todas las realidades que componen su existencia. La familia, la salud, el trabajo, la amistad, el dolor… todo puede convertirse en cauce de expresión del amor a Dios y a los demás. Y esta perspectiva nueva integra todas esas realidades en una profunda unidad, que promueve y facilita la unidad interior a la que nos hemos referido.

La unidad de la persona y de su acción
Esa unidad interior viene dada, en cierto grado, porque la persona es, como dijimos, fuente y origen de sus actos libres: es sujeto indivisible de esas acciones (no actúan la cabeza o la mano, sino la persona). Pero, además, la unidad interior puede ser considerada también como una meta, porque la persona está llamada a alcanzar la capacidad de autoposesión y autogobierno que hace posible el don de sí (solo se puede dar aquello que se posee) y, por tanto, la realización plena de la persona por el amor.

Entre aquella unidad interior básica, por la que la persona es sujeto de sus acciones —que es un hecho que se da por la propia naturaleza del actuar libre, lo quiera o no el sujeto— y esa segunda dimensión de la unidad interior, por la que la persona llega a ser dueña de sí, o sea, verdaderamente libre, hay una distancia que solo puede ser cubierta por un ejercicio acertado de la libertad. Por eso, la unidad interior puede y debe considerarse como una tarea. La calidad humana del desarrollo de cada persona depende de su empeño por dar un sentido valioso y coherente a sus acciones libres. Así, la persona (que es una por naturaleza) está llamada a alcanzar la plenitud de su unidad (meta) a través de su actuar-con-sentido (tarea).

Para el bautizado, la condición de hijo de Dios constituye un nuevo y definitivo nivel de unificación de la persona. En definitiva, la respuesta a la vocación que Dios dirige a cada uno consiste en procurar, con la ayuda de la gracia, ser «por dentro» enteramente de Dios, unificando potencias y sentidos con la razón iluminada por la fe, y dirigiéndolos con la voluntad, impregnada de amor de Dios. Y esa unidad interior se debe expresar «hacia fuera» como unidad de vida. Es decir, debe Ir produciendo una intensa coherencia entre la fe y las obras, que —cualquiera que sea su naturaleza— son siempre actos de un hijo de Dios que ha de vivir para hacer la voluntad del Padre, dejando que el Espíritu Santo plasme en él la imagen del Hijo.

Tomar una decisión irrevocable es difícil…
Con independencia de los motivos y factores que puedan intervenir —legislaciones permisivas, ambiente secularizado, ideas equivocadas de la libertad…—, el hecho es que la indisolubilidad les parece a no pocos un valor trasnochado, de otros tiempos. Existen también quienes lo ven como un ideal hermoso, deseable; pero inalcanzable en la realidad.

…pero posible.
La verdad, sin embargo, es otra, según testimonian tantas generaciones de matrimonios en todas las épocas. Que ahora haya más rupturas no significa que el hombre haya cambiado, eso demuestra, en todo caso, que el hombre no es inmune. Las circunstancias le afectan. Antiguamente había personas que morían por agentes infecciosos que ahora han sido erradicados o para los que se han encontrado remedios eficaces. A nadie se le ocurre pensar que la naturaleza humana ha cambiado: antes era vulnerable y ahora no.

Aunque a veces con dificultades, la fidelidad está al alcance de todos. No es un «ideal» al que sólo puedan aspirar algunos matrimonios especialmente privilegiados. La fidelidad es un deber asentado en la indisolubilidad del matrimonio. Propiedad de la unión matrimonial que en el matrimonio cristiano está reforzada por la acción de la gracia (cfr. c. 1056).

Explica SARMIENTO en su manual: “El matrimonio es vocación cristiana a la santidad. Es una llamada de Dios que al mismo tiempo es gracia —participación real en la indisolubilidad irrevocable con que Cristo está unido y ama a su Iglesia—, capaz de hacer permanecer a los esposos siempre fieles entre sí. «Cristo renueva el designio primitivo que el Creador ha inscrito en el corazón del hombre y de la mujer, y en la celebración del sacramento del matrimonio ofrece un “corazón nuevo”: de este modo los cónyuges no sólo pueden superar la “dureza del corazón” (cf Mt 19,8), sino que también y principalmente pueden compartir el amor pleno y definitivo de Cristo, nueva y eterna Alianza hecha carne. Así como el Señor Jesús es el “testigo fiel” (Ap 3,14), es el “si” de las promesas de Dios (cf 2 Cor 1,20) y, consiguientemente la realización suprema de la fidelidad incondicional con la que Dios ama a su pueblo, así también los cónyuges cristianos están llamados a participar realmente en la indisolubilidad irrevocable, que une a Cristo con la Iglesia, su esposa, amada por El hasta el fin (cf Jn 13,1)» (FC 20)” (p. 313).

Las exigencias propias de la indisolubilidad son parte de la vocación matrimonial. El autor anteriormente citado añade: “cuando Dios llama a una misión determinada —en este caso el matrimonio—, lo hace teniendo siempre en cuenta las coordenadas históricas —tiempo, lugar, características personales, etc…— en las que ha de dar su respuesta el que recibe la vocación. Por eso forma parte de la fidelidad a la vocación —a la fidelidad matrimonial— el esfuerzo, que, indudablemente, puede exigir no pocas veces comportamientos heroicos, para superar las dificultades y vivir las exigencias que derivan de la indisolubilidad” (p. 314).

— ¿Qué medios requiere el cuidado del amor conyugal para que se pueda recuperar, se le ayude a crecer y llegue a la madurez?
Dos tipos de medios son los que se pueden poner. Hay que poner todos los medios humanos como si no existieran los sobrenaturales y poner todos los medios sobrenaturales como si no existieran los humanos:

Medios sobrenaturales:

  1. Procurar la ayuda de la Confesión y dirección espiritual.
  2. Contar con la gracia de estado propia del sacramento del matrimonio: “Los matrimonios tienen gracia de estado -la gracia del sacramento- para vivir todas las virtudes humanas y cristianas de la convivencia: la comprensión, el buen humor, la paciencia, el perdón, la delicadeza en el trato mutuo. Lo importante es que no se abandonen, que no dejen que les domine el nerviosismo, el orgullo o las manías personales. Para eso, el marido y la mujer deben crecer en vida interior y aprender de la Sagrada Familia a vivir con finura -por un motivo humano y sobrenatural a la vez- las virtudes del hogar cristiano. Repito: la gracia de Dios no les falta” (Conversaciones con Mons. Josemaría Escrivá 107)
  3. Crecer en la virtud de la humildad: “Otra cosa muy importante: debemos acostumbrarnos a pensar que nunca tenemos toda la razón. Incluso se puede decir que, en asuntos de ordinario tan opinables, mientras más seguro se está de tener toda la razón, tanto más indudable es que no la tenemos. Discurriendo de este modo, resulta luego más sencillo rectificar y, si hace falta, pedir perdón, que es la mejor manera de acabar con un enfado: así se llega a la paz y al cariño. No os animo a pelear: pero es razonable que peleemos alguna vez con los que más queremos, que son los que habitualmente viven con nosotros. No vamos a reñir con el preste Juan de las Indias. Por tanto, esas pequeñas trifulcas entre los esposos, si no son frecuentes -y hay que procurar que no lo sean-, no denotan falta de amor, e incluso pueden ayudar a aumentarlo” (Conversaciones con Mons. Josemaría Escrivá 108).

Medios humanos:
Que su amigo le ponga en contacto con amigos casados que puedan ayudar a este matrimonio. Fomentar la amistad con otros matrimonios.

Algunas razones e indicaciones de orden práctico para cuidar el amor conyugal:
Distinguir entre enamoramiento y amor. Enamorarse, es idealizar a alguien. No lo veo como es. Qué fácil es enamorarse y qué difícil mantenerse enamorado, porque la convivencia es punto y aparte. Es evidente que cuando vamos de visita a casa de alguien y pasamos unas horas, o un fin de semana no es difícil quedar bien. La gente dice “qué agradable es este señor, qué simpático, qué educado es…”; pero la convivencia diaria es impresionantemente compleja. Por tanto es un error pensar que con estar enamorado es suficiente para que el matrimonio funcione.

El amor es algo que hay que cuidar. El amor duradero es el que se trabaja todos los días. Y, además, que se trabaja de forma menuda, pequeña, suave. El desprecio sistemático de las cosas pequeñas arruina el amor. No hay felicidad sin amor y no hay amor sin sacrificio, sin renuncia.

Paciencia. La compenetración de caracteres es un aspecto muy importante de la vida conyugal. Esa paciencia tiene que ejercitarse sabiendo perdonar. “a lo largo de la vida habrá riñas y dificultades que, resueltas con naturalidad, contribuirán incluso a hacer más hondo el cariño (…). No os animo a pelear: pero es razonable que peleemos alguna vez con los que más queremos, que son los que habitualmente viven con nosotros. (…) Por tanto, esas pequeñas trifulcas entre los esposos, si no son frecuentes -y hay que procurar que no lo sean-, no denotan falta de amor, e incluso pueden ayudar a aumentarlo” (Conversaciones con Mons. Josemaría Escrivá 108).

Poner inteligencia en el amor. Inteligencia es: capacidad de síntesis, saber distinguir lo accesorio de lo fundamental. Poner inteligencia es también saber encontrar el momento oportuno. “Si el marido llega a casa cansado de trabajar, y la mujer comienza a hablar sin medida, contándole todo lo que a su juicio va mal, ¿puede sorprender que el marido acabe perdiendo la paciencia? Esas cosas menos agradables se pueden dejar para un momento más oportuno, cuando el marido esté menos cansado, mejor dispuesto” (Conversaciones con Mons. Josemaría Escrivá 107). “Es preciso aprender a callar, a esperar y a decir las cosas de modo positivo, optimista. Cuando él se enfada, es el momento de que ella sea especialmente paciente, hasta que llegue otra vez la serenidad; y al revés” (Conversaciones con Mons. Josemaría Escrivá 108).

Jordi Bosch Carrera.


Bibliografía:

— CONCILIO VATICANO II, Const. past. Gaudium et spes, 7-XII-1965, nn. 48-49.
— JUAN PABLO II, Exhort. ap. Familiaris consortio, 22-XI-1981, n. 20.
— JUAN PABLO II, Discurso a la Rota, 21-I-2000, nn. 2-3.
— JUAN PABLO II, Discurso a la Rota, 1-II-2001, nn. 5-6.
— A. MIRALLES, El Matrimonio: Teología y vida, Palabra, Madrid 19992, pp. 100-102, 212-215 (trad. it. Edizioni San Paolo, Cinisello Balsamo MI 1996).
— A. SARMIENTO, El Matrimonio cristiano, Eunsa, Pamplona 1997, pp. 310-315.

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