¡Perú, cultiva los valores!

Afirma el documento que “La Iglesia no cesa de iluminar la relación profunda de la vida social con la moral cristiana y con la fe católica, tanto en la conducta personal y doméstica como en la pública de hombres y mujeres. …/… Considerando al hombre en la plena verdad de su existencia, de su ser personal y, conjuntamente, de su ser comunitario y social, la Iglesia es muy consciente de que la suerte de la humanidad está ligada estrecha e indiscutiblemente a Cristo”.
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Recuerda que “…la libertad individual y colectiva no florece más que referida a la razón que descubre la verdad del hombre. Esta supone, ante todo, que el fundamento de la convivencia humana bien ordenada es el principio de que todo hombre es persona y, por tanto, sujeto de derechos y deberes que se derivan inmediatamente de su propia naturaleza. La revelación cristiana ha hecho definitivamente de la persona y su verdad la fuente y fin inmediatos del orden social, más allá de la mera convención social”.
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Señala que “Si bien la sociedad moderna tiende a rechazar, sin saber bien por qué, los valores del orden, la autoridad y la prudencia, así como la fe religiosa, sin embargo revaloriza el amor, la libertad y la justicia, aunque de una manera manipulada y reduccionista, provocando lo que el Santo Padre Juan Pablo II ha llamado la crisis de la verdad: “¿Quién puede negar que estamos en una época de gran crisis, que se manifiesta ante todo como profunda crisis de la verdad? Crisis de la verdad significa, en primer lugar, crisis de conceptos. Los términos “amor”, “libertad”, “entrega sincera” e incluso “persona” y “derechos de la persona”, ¿significan realmente lo que por su naturaleza contienen?” (Carta a las Familias, n.13)”.
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“De manera particular, es urgente insistir en que reine una recta aplicación de la justicia por parte de todos los actores: procuradores, fiscales, jueces, magistrados, etc. de tal manera que no se permita nunca venganzas ni rencores, ni abusos que manchen las honras de las personas, por no haber sido respetado el debido proceso. Las acusaciones sin fundamento, la dilatada lentitud de los procesos judiciales, la detención de inculpados sin justificación suficiente, y el aliento al escándalo periodístico mediante declaraciones inusuales de unos y otros, constituye, en su conjunto, un escándalo que prolonga la crisis moral y desalienta a la sociedad”.
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El documento identifica la crisis actual como una crisis moral. “Por ser de orden moral, la crisis que sufrimos exige una respuesta profunda de la inteligencia y del corazón que, partiendo de la enseñanza de los valores humanos y cristianos, nos lleve a comprender la responsabilidad que todos tenemos en afrontarla con seriedad”.
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“La amplitud de la crisis se ha proyectado, de manera especial, en la vida pública. El grado de corrupción es, y sigue siendo, un flagelo que atenta especialmente contra los más pobres. Por ello, debemos recordar, una vez más, el deber de pagar impuestos, de utilizar transparentemente los recursos públicos y de priorizar su uso correctamente, para que sea eficiente. El manejo de la cosa pública debe ser, y parecer, honesto y responsable, para lo cual deben cumplirse siempre las disposiciones y mecanismos fijados para el buen comportamiento de la administración pública y el normal control de los actos de las autoridades”.
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“La educación en valores se propone, para mostrar el valor supremo que es Cristo, “Camino, Verdad y Vida” (Jn 14, 6). Con Él lo tenemos todo, sin Él lo hemos perdido todo. De ahí que la Iglesia mire con paternal benevolencia a los maestros y profesores, a las religiosas y religiosos dedicados a la enseñanza, a los catedráticos universitarios y a los investigadores humanísticos y científicos, a los escritores, porque ellos son trasmisores profesionales y responsables de la fe en el Evangelio. (cfr. Divini Illius Magistri)”.
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“Hemos vivido tiempos de corrupción en la vida política y de escándalos públicos que han producido en el pueblo un menosprecio por sus autoridades”.
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“La fuerza de esa corriente de comportamiento, induce al niño, al muchacho, al joven, a una experiencia desviada de la libertad, ajena a toda norma moral responsable. Se dan en nuestra sociedad creencias y convicciones que reflejan, a la vez que causan, el oscurecimiento y la deformación de la conciencia moral. El resultado es un clima de amoralidad, socialmente reconocida y aceptada, ante la que los hombres y las mujeres de hoy, sobre todo los jóvenes, se encuentran inermes. Entonces, la personalidad se desarrolla con una fragilidad psicológica, que engendra el miedo ante los compromisos nobles y estables propios de la vocación cristiana”.
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“La política es el servicio que prestan las autoridades para beneficio del bien común. La corrupción de esa noble labor de preocupación por los demás ha conducido a la búsqueda de dinero mal habido, de burla de las instituciones, de escarnio de las leyes, de contravención del orden natural en las prácticas de control natal, y el consiguiente descenso del respeto al principio de autoridad entre la ciudadanía”. “El pueblo de Dios se ha desengañado ante el mal comportamiento de sus líderes, desilusionado ante la falta de valores morales entre sus gobernantes, desconcertado ante la información tendenciosa y hasta maliciosa de algunos medios de información, apenado por el maltrato de los más débiles y necesitados. Los valores políticos han dado paso a los antivalores del abuso del poder político para la propia rapiña”.
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“El daño que causa a la sociedad el abuso de las libertades democráticas es grande, porque abre paso al deterioro moral del pueblo, añadiendo a la pobreza material la pobreza espiritual. Una pobreza material, si cuenta con la ayuda solidaria de la autoridad pública, puede ir mejorando gradualmente; una pobreza material, en cambio, si se ve sumida igualmente en una pobreza espiritual, termina abandonando la lucha por la vida cristiana y entregándose a la desesperanza, al alcohol y a la droga y, en los casos extremos, al suicidio”.
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“Frente al hecho de la corrupción pública, la Iglesia recuerda la urgente necesidad de brindar una educación en valores humanos y cristianos”.
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“Los antivalores biológicos están a la vista: contracepción, aborto, eutanasia, suicidio; la reciente trágica experiencia de la clonación y algunas formas de manipulación genética; tabaquismo, alcoholismo, drogadicción, mutilación y esterilización, entre tantas otras manifestaciones de muerte”.
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“Asimismo, nos hace falta advertir que cada vez que nos empeñamos en imponer nuestras demandas con medios violentos, es decir, con recursos que amedrentan, materiales o psicológicos sólo estamos fomentando la discordia y por lo tanto aumentando el mal, que es la ausencia de bien”.
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El texto promueve y defiende la institución de la familia y el valor del sacramento del matrimonio. “Expresión de esa crisis es el constante ataque que sufre la familia institución base de la sociedad. Esa es la razón por la que debemos empezar por conocer mejor, volver a apreciar, valorizar en toda su magnitud, lo que es la familia”.
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“…la herencia familiar está cargada con lacras, rencillas, indiferencias, omisiones, realidades no pocas veces dolorosas y difíciles de arreglar. Y cada persona, en la medida que transcurre el tiempo que le toca vivir, complica su propia realidad y la de su familia, haciendo cada vez más difícil que pueda abrir su corazón y su conciencia a Dios. No desmayemos. A cada alma Dios le da una oportunidad de redescubrirlo, convertirse y volver a Él”.
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El documento episcopal sale al paso del relativismo moral, tan negativo, consecuencia del pragmatismo imperante. De la misma forma “que la técnica sigue un camino lineal de desarrollo, en el cual cada avance significa un punto de apoyo para un nuevo paso, sin embargo el mundo del pensamiento que debe orientar la vida humana parece no vivir más que de negaciones, como ha sucedido con el existencialismo, el neopositivismo, el estructuralismo, el neomarxismo, la ideología hermenéutica, entre otros planteamientos que tienen sus seguidores, son después criticados y recusados, y con el tiempo pasan al olvido”.
“…la firmeza de una metafísica de la realidad ha sido sustituida por la inconsistencia del relativismo, que convierte en absoluto y norma última de pensamiento y de conducta lo que es simple valor individual, la opinión subjetiva de cada uno. Parecería que la tendencia del inicio del siglo XXI fuera la indiferencia ante las serias propuestas intelectuales contentándose con las ligeras modas de pensamiento, pasajeras y cambiantes, pero sin “cargas pesadas”, ni negativas ni positivas, para que el ámbito del ejercicio subjetivo de la libertad individual no tenga puntos de referencia en ninguna clase de convicciones, ni profanas ni religiosas, y mucho menos morales”.
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“En este panorama, le corresponde un papel central a la recta formación de las conciencias. Todos debemos poder distinguir con claridad lo que está bien y lo que está mal. El camino de auténtica conversión tiene un aspecto negativo, de liberación del pecado, y un aspecto positivo, de elección del bien, “manifestado por los valores éticos contenidos en la ley natural, confirmada y profundizada por el Evangelio” (Tertio millennio Adveniente, n. 50). La ética natural y la moral cristiana dan orientaciones precisas que forman criterios sanos y permanentes”.
“El relativismo, consecuencia del pragmatismo, en cambio, nos ha llevado a una exagerada credibilidad en las llamadas “encuestas de opinión”, que pueden estar técnicamente bien hechas, pero que no deben inducir necesariamente a promover un comportamiento conforme al resultado de las mismas. Se corre un gran riesgo moral cuando la libertad y la responsabilidad de cada uno son sometidas al dictado de resultados muestrales, más allá de consideraciones jurídicas y éticas que no se pueden ni deben soslayar nunca. Las conciencias no pueden quedar reducidas a un ámbito de decisión meramente privado e individual, ajeno al derecho a proyectarse en cumplimiento de la responsabilidad social que, asimismo, a cada uno corresponde. Se limita así un derecho de todos los ciudadanos a participar activamente en la sociedad, sin presiones que no se condicen con un clima de libertad social ciertamente democrático”.
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“Quienes desesperan de la Providencia divina hablan del destino; quienes abandonan la fe cristiana se atienen a los horóscopos; quienes se cansan de rezar a Dios buscan reemplazar sus oraciones con prácticas a veces ridículas o vacías. La sociedad actual está cargada de símbolos falsos y emblemas caducos, como lo estaban las sociedades antiguas del paganismo. ¡Defendamos el santo símbolo de la Cruz de Cristo!”
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“Hay quienes pretenden privatizar la moral pública, relegándola a lo más hondo de cada conciencia individual, para imponer leyes pragmáticas inexorables para el manejo de la política, la economía, la biología, las comunicaciones, la publicidad, la educación y la salud. No interesa estar de acuerdo con las normas morales objetivas. Es suficiente con tener el respaldo de una normatividad positiva en vigencia. Los políticos y economistas, científicos y educadores, periodistas y publicistas, que hacen gala de este espíritu autocrático y egocéntrico contribuyen irresponsablemente a la desmoralización de nuestra sociedad, socavando sin darse cuenta la institucionalización misma de la democracia que dicen defender”.
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“En los colegios y en las facultades de Derecho de las universidades es indispensable recuperar el conocimiento del derecho natural, basado en las leyes de la Creación, que deben inspirar todo el derecho positivo, comenzando por las reformas de la Constitución Política del Estado, si queremos erradicar la esquizofrenia legal que aflora con frecuencia en la elaboración de leyes y reglamentos. Esta concepción utilitarista, ligada al positivismo jurídico más descarnado, resulta especialmente desorientadora para un pueblo que como el nuestro ha estado habituado a pensar que lo establecido y autorizado por la ley civil o positiva se identifica, sin más, con lo realmente moral”.
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“Afirmar que la democracia misma cae o se sostiene según los valores objetivos que de hecho encarnen y promuevan, es servir de verdad a la democracia. La democracia y el pluralismo de grupos e ideas que ella presupone y respete, no tiene por que ir unida al relativismo moral y ético. Este es justamente el mayor peligro que hoy la amenaza. Hay que distinguir cuidadosamente entre lo que podemos llamar el relativismo moral y el pluralismo democrático”.
“El olvido de los valores morales como resultado de las actitudes generalizadas de permisivismo anarquizante adquirieron carácter dramático en problemas tales como las desviaciones de la sexualidad, la drogadicción, la agresividad y el vandalismo y, últimamente el universal miedo al SIDA.”
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“Corresponde una misión decisiva, en este empeño por salvaguardar el ámbito real de las conciencias y de las decisiones ciudadanas, a los medios de comunicación social, que han adquirido una fuerza tal, que no se puede pensar que sean ajenos al esfuerzo colectivo a favor de una auténtica reconstrucción moral del país. Invitamos a los anunciadores que financian el funcionamiento de los medios de comunicación, como a los dueños de los mismos, que muchas veces condicionan los contenidos a la línea programática de los intereses que defienden, a que realicen un profundo análisis de su trabajo, para que concluyan si son parte de las causas que provocan la crisis moral o son parte de la solución que puede erradicarla. Una disciplina institucional de cada medio de comunicación para ser fiel a los mensajes morales que subyacen en todo contenido correcto de información, opinión, educación y entretenimiento puede aportar una cultura de valores, que neutralice y anule la campaña de anti-valores que agrede constantemente la vida social de nuestro pueblo, no solamente a niños y jóvenes, sino a los adultos de todas las edades. “En realidad, es el deber el que establece el ámbito dentro del cual los derechos tienen que regularse para no transformarse en el ejercicio de una arbitrariedad”, ha escrito Su Santidad Juan Pablo II (Mensaje de la Jornada de la Paz, 2003, n. 5). Los medios de comunicación pueden liderar la promoción de los verdaderos valores humanos y cristianos si son fieles al principio de que los ciudadanos tienen el derecho de conocer la verdad de los hechos de manera clara y sencilla, sin confusiones, manipulaciones ni engaños”.
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“Estas circunstancias negativas se complican a causa de los mensajes “permisivos” – “todo se puede hacer, independientemente de la moral”- que son frecuentes en la sociedad de consumo y que son utilizados por la publicidad comercial, que se difunde por los medios de comunicación y que tienden a deformar a las nuevas generaciones. Estos medios dan con frecuencia, una visión que desdibuja y manipula la verdad sobre la vida humana, presentando, por ejemplo, la sexualidad como un bien de consumo”.
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“Lo mismo hay que decir del periodismo, que tiene hoy un dilema que la ciudadanía advierte con inquietud: o se hunde en una búsqueda del éxito económico apelando a los más bajos instintos de los hombres, haciendo insistentemente escándalo de la miseria de corruptores y corrompidos o se esfuerza por elevar su moralidad a niveles más altos, ya que desgraciadamente ha descendido a niveles intolerables. Hay que mencionar con pesadumbre algunos diarios populares y algunos programas televisivos como ejemplos de esa corrupción moral que tanto daño nos hace”.
“Los empresarios de los medios de comunicación escrita, radial y televisiva deben ser conscientes de que, o son parte de la solución al difundir valores a través de sus herramientas de servicio al país, o son parte del problema de corrupción que queremos erradicar al financiar la difusión de los modelos de antivalores. Frente a ellos, no cabe la intromisión indebida de los poderes del Estado, sino la salvaguarda transparente del ejercicio responsable de la libertad de expresión”.
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“Hoy los medios de comunicación nos proponen modelos de vida ajenos a la imagen de Cristo, de sus apóstoles y de sus discípulos de todos los tiempos”.
“Pero hay mujeres y hombres que utilizan su prestigio -o es usado por otros- para confundir a los buenos cristianos. Es el caso del futbolista brillante, la premiada actriz de cine, el empresario exitoso y el comentarista de televisión que pontifican sobre las materias más complejas y delicadas desde el punto de vista moral, con una gran ignorancia; ese modelo de modernidad, tantas veces aplaudido y mostrado como paradigma de hoy, ciertamente no es cristiano”.
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En síntesis, el documento recuerda que la formación de una conciencia recta es prioritaria y que ello exige “enseñar a realizar los valores, no sólo con meros discursos, exhortaciones o explicaciones, sino comenzando por introducir un cambio en nuestras vidas, de modo que ella irradie los valores en la vida privada y pública”.
“No queremos dar nada por supuesto. El Catecismo de la Iglesia católica enseña, repitiendo la constitución Gaudium et spes del Concilio Vaticano II, que “en lo más profundo de su conciencia el hombre descubre una ley que él no se da a sí mismo, sino a la que debe obedecer y cuya voz resuena, cuando es necesario, en los oídos de su corazón, llamándole siempre a amar y a hacer el bien y a evitar el mal. La conciencia es el núcleo más secreto y el sagrario del hombre, en el que está solo con Dios, cuya voz resuena en lo más intimo de ella” (Gaudium et Spes n. 16)”.
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“Frente al esfuerzo personal y colectivo de redescubrir los valores humanos y cristianos, para encaminar a la sociedad y a cada uno de sus miembros a la búsqueda de ellos, el primer obstáculo es la conciencia cauterizada. Una conciencia dura, cerrada, desengañada, que no quiera limpiar el polvo que le ha caído en el camino sino que, al contrario, prefiere entregarse cobardemente a los atractivos pasajeros y efímeros del momento, que buscan seudo valores, cuando no antivalores. Esa conciencia cauterizada se niega a ver el rostro de Cristo y actuar en consecuencia, condenándose a sí misma a no ver nunca a Dios”.
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El documento concluye afirmando que “La gran tarea pendiente, desde la perspectiva cristiana es conseguir una formación humana y cristiana rica en valores intelectuales, afectivos y espirituales. Formación que exige el ejercicio de las virtudes; ejercicio que, como afirmamos en su momento, entre los cristianos se llama santidad cuando la meta es Dios y el cumplimiento de su voluntad; y no sólo el restablecimiento de un orden social justo. Convencida de que estas crisis mundiales son crisis de santos, como se lee en un clásico de espiritualidad1 , la Iglesia católica peruana invita a mirar más arriba, alienta a los ideales en esta hora decisiva para el país y apremia a todos a escuchar la voz de Dios: “sed santos porque yo el Señor soy Santo””.


1 “Al avaro le falta todo, al pobre, poco, al sabio, nada”.