¿Purgatorio, dices…? ¿Y eso qué es?

purgatorio

Los creyentes católicos, y los tibios ya no le cuento, tienen el dogma del purgatorio muy empolvado. La mayoría piensa que tal cosa no es otra que una invención de un papa del año de Matusalén, que hace referencia a un lugar misteriosamente etéreo, plagado de almas, que se podría situar entre el cielo y el infierno. No están lejos del todo, aunque yo añadiría algo más: es un estado del alma en plano intermedio.

La existencia del purgatorio es un dogma de la Iglesia católica, lo que significa que todo católico que se considere como tal debe creer en su realidad. La Iglesia no insiste en que es un lugar ni un destino, sino un proceso por el que pasa el alma para purificarse de sus pecados y que tendrá un final feliz, tan feliz como que el sufriente acabará por llegar al cielo para descansar durante una eternidad junto a Dios.

La Iglesia defiende la teoría de que las almas que deben pasar por este estado purificador son muy aliviadas por las oraciones de los vivos (familiares, amigos, etc.). Incluso pueden acortar su sufrimiento reparador del purgatorio, ayudándoles a llegar al cielo antes de lo previsto, precisamente por dichas oraciones de sus allegados y seres queridos.

Me intentaré explicar, ya que como ven, la cosa se empieza a complicar. La religión católica nos enseña que cuando una persona fallece, su alma, que forma parte de la esencia del hombre junto con el cuerpo físico humano, debe ser examinada por la justicia divina. El alma puede haber pertenecido a una persona bondadosa, de grandes virtudes y honra palpable; pero también es muy, pero que muy corriente que tal persona tuviera sus pecados o pecadillos, como todo el mundo. Y es que a ver querido lector: ¿quién es perfecto?

Ni reyes, ni mendigos, ni papas, ni médicos, ni fontaneros, ni campesinos, ni monjas, ni niños. Hasta el que nos parece el más santo de los santos comete pecados. Fíjese si el hombre es débil que ya nace hasta con pecado, el pecado original heredado de nuestros padres.

Esto podría hacernos pensar que cuando la persona muere, aun en el caso de que haya tenido la posibilidad de hacerlo en gracia de Dios, es decir, con los sacramentos de la Confesión, Comunión y todas las bendiciones que puede proporcionar la Iglesia, cabe la posibilidad de que no haya expiado sus faltas del todo y no haya alcanzado por tanto, el nivel de pureza de corazón necesario para poder entrar en el cielo.

Así, se podría definir el purgatorio como un estado específico del alma en plena transición hacia un mundo celestial que aún no ha podido alcanzar, donde expía o purga aquellos pecados que no logró reparar a tiempo.

Para poder seguir avanzando en un tema tan complejo, acudamos en primer lugar a la información que sobre el purgatorio nos da el catecismo de la Iglesia católica. Para los más despistados, el catecismo es ese librote gordo que está siempre lleno de polvo y telarañas en una esquinita de la biblioteca de la tía Felisa, más olvidado que otra cosa, y que todo católico de buen ver tendría que tener más que desgastado. Copio textualmente el apéndice núm. 1.030 (ver punto del Catecismo en las páginas interiores):

¡Ay, cuánto me duele ahora no haber orado de corazón durante los funerales a los que he acudido en el pasado! Pero si uno no sabe estas cosas, no se las ha planteado nunca o simplemente no ha sido informado de ellas, ni siquiera puede darse cuenta de que está cometiendo una gran falta de caridad hacia el difunto.

¡Cuántas veces he visto que la gente acude a un funeral sólo para quedar bien con los enlutados parientes! Y el colmo de la desfachatez es descubrir que alguno hasta se acerca al banco de la doliente familia, a quien abraza para salir de la Iglesia de inmediato y marcharse a su casa o a ver el partido. ¡Uf! Qué hipocresía porque, entonces, los familiares quedan pensando engañados que tal mal amigo está por algún banco de la capilla rezando por su esposo, padre o hijo. Pues qué bien.

No es mi deseo juzgar a nadie, pues la más imperfecta de las criaturas es esta que escribe ahora, pero sí le rogaría que sopesara este tema tan delicado como es el del funeral. Imagínese por un momento que es usted el difunto, Dios no lo quiera en mucho tiempo, y que ve cómo la capilla se llena hasta la bandera con sus amistades, familiares, vecinos y conocidos. El coro que ha contratado su viuda deleita con su extraordinaria belleza musical las partes fundamentales de la Misa, y su corazón se tranquiliza al ver que el sacerdote hace lo posible por pedir oraciones por su alma. Y entonces descubre con gran tristeza que son muy pocos entre los asistentes los que interceden verdaderamente por usted.

Según muchas de las revelaciones privadas católicas que he estudiado, el alma del difunto está presente durante su propio funeral, percibe quién ora y quién está distraído y se entristece sobremanera al comprobar que muchos de sus seres más queridos están pensando en el partido de fútbol de esa noche o en lo guapa que ha acudido a la Misa la marquesa del Puturrú de Foie.

¡Qué trago tan duro!

Además puede producirse el agravante de que ya no se ofrezca por usted otra eucaristía. A lo mejor entre sus parientes no hay devotos católicos; o la tía Joaquina, que es la coronada con la chapa de la cucufata de la familia, esté ya demasiado viejita como para ofrecer otra misa por usted.

Por tanto y desde mi humilde punto de vista, es una gran falta de caridad no orar por un difunto cuando acudimos a su funeral. ¡No lo hagamos más!

El alma del difunto puede alcanzar la gracia de llegar al cielo sólo si pedimos por él, ya que él no está vivo, y por lo tanto no puede reparar, ni pedir perdón a nadie, ni mejorar su conducta. La prueba concedida por Dios para él, que no es otra cosa que su vida misma, acaba de finalizar.

Entonces verá en total desnudez pasar por delante de sus ojos todo lo que ha hecho mientras vivía y comprenderá que su existencia terrenal y material ha acabado; entonces comienza la puramente espiritual y lo que tenía que demostrar al mundo, y sobre todo a Dios mientras vivía, ya ha sido demostrado. Ahora entenderá de forma cristalina que su vida entre los vivos sólo tenía sentido para que ganase la eternidad en el cielo, no en ningún otro lugar. ¡Ah, pero a partir de ahora está muerto! Punto final: «El muerto al hoyo y el vivo al bollo.»

Mientras la persona está con vida, puede enriquecerse, purificarse, arrepentirse y crecer como ser humano en todas las dimensiones. Puede incluso ser santo, si se lo propone. Durante toda la vida está definitivamente viviendo un tiempo de gracia, donde se le concede la oportunidad de ser un hombre extraordinario. Por eso la vida es el don más preciado, el regalo más valioso y más perfecto que existe en todo un universo.

No debemos olvidar nunca que el estado de nuestra alma cuando fallezcamos alcanzará el nivel del purgatorio adecuado en ese momento de la muerte. Ni un grado más ni uno menos. Entonces, ¡no seamos trogloditas!; luchemos para que cuando nos llegue la hora, ese nivel sea muy cercano a la santidad.

¿Acaso no queremos ir todos al cielo? Seguro que si le hace esta pregunta al peor hombre de la tierra, le responderá que claro que lo desea. Otra cosa es la barbaridad que tenga que luchar para enmendar su vida y reparar el mal cometido. Pero jamás olvide que nuestra religión profesa que hasta el hombre más perverso entre los humanos puede llegar a ser santo si se arrepiente de su conducta y repara con todas sus fuerzas.

¡Alégrese porque la misericordia de Dios es infinita, querido lector! Pero, ¡ojo!, su justicia también. Por eso se debe uno arrepentir y reparar todo lo que pueda mientras sea posible, es decir, mientras viva. Los tiempos terrenales son tiempos de prueba, en donde la maldad nos rodea por todas partes, nos tienta y puede hacernos caer.

La decisión es nuestra: actúo bien o mal. Usted y yo elegimos. Pero no lo olvide: cuando le llegue la de la guadaña a tocar su puerta, verá todo el mal que ha hecho y, por supuesto, todo el bien que también ha logrado.

Pero, ¡horror!, también veremos el bien que no hicimos pero que pudimos hacer si nos hubiera dado la gana. Estos últimos son los pecados de omisión y entre usted y yo, querido lector, los que a mí me atemorizan, pues si uno se pone a pensarlo son cosa seria. Desde mi punto de vista, son los que conducen más almas al purgatorio. Y una vez allí, ya fallecidos, ¡se acabó la posibilidad de enmendar! Estaremos muertos, se nos acabó la vida, se nos pasó la oportunidad de demostrar en este mundo si somos capaces de hacer el bien, o de hacer el mal. Finito, kaput, end…

Y entonces es cuando Dios, haciendo uso de su inconmensurable misericordia, permite que los que estamos aún vivos, es decir, los familiares, amigos, conocidos, etc. del difunto, aliviemos su purgatorio. Pero por si las moscas, sobre todo si no nos fiamos de las plegarias que nuestros seres queridos puedan ofrecernos una vez que ya no estemos aquí, lo más adecuado e inteligente sería que nos esforzáramos en ser mejores personas cada día, incluyéndonos a todos sin excepción, ya que los buenos, los medio buenos y hasta los santurrones están también llamados a mejorar.

Deberíamos crecer en bondad y entrega. ¡Ganemos puntos, no seamos necios! La vida es muy corta y la eternidad, eterna. Por lo tanto podemos concluir que el tiempo de purgatorio de cada persona tendrá un fin, dependiendo siempre de nuestras oraciones.

Para clarificarles un poco semejante embrollo, les transcribo literalmente lo que narró la hermana Lucía de Fátima, una de las pastorcitas que tuvo el privilegio de ver a Nuestra Señora del Cielo. Estén atentos porque no tiene desperdicio:

Primera aparición. Domingo 13 de mayo del año 1917:

Estando jugando con Jacinta y Francisco en lo alto junto a Cova de Iría, haciendo una pared de piedras alrededor de una mata de retamas, de repente vimos una luz como de un relámpago.

—Está relampagueando —dije—. Puede venir una tormenta. Es mejor que nos vayamos a casa.

—¡Oh, sí, está bien! —contestaron mis primos.

Comenzamos a bajar del cerro llevando las ovejas hacia el camino. Cuando llegamos a menos de la mitad de la pendiente, cerca de una encina que aún existe, vimos otro relámpago; habiendo dado algunos pasos más, vimos sobre una encina una Señora vestida de blanco, más brillante que el sol, esparciendo luz más clara e intensa que un vaso lleno de agua cristalina atravesado por los rayos más ardientes del sol.

Nos paramos sorprendidos por la aparición. Estábamos tan cerca que quedamos dentro de la luz que la rodeaba o que ella irradiaba; tal vez a metro y medio de distancia.

Entonces la Señora nos dijo:

—No tengáis miedo. No os hago daño.

Yo le pregunté:

—¿De dónde es usted?

—Soy del cielo.

—¿Qué es lo que me quiere decir?

—He venido para pediros que vengáis aquí seis meses seguidos el día 13 a esta misma hora. Después diré quién soy y lo que quiero. Volveré aquí una séptima vez.

Pregunté entonces:

—¿Yo iré al cielo?

—Sí, irás.

—¿Y Jacinta?

—Irá también.

—¿Y Francisco?

—También irá, pero tiene que rezar antes muchos rosarios.

Entonces me acordé de preguntar por dos niñas que habían muerto hacía poco. Eran amigas mías y solían venir por casa para aprender a tejer con mi hermana mayor.

—¿Está María de las Nieves en el cielo?

—Sí, está.

Tenía cerca de dieciséis años.

—¿Y Amelia?

—Pues estará en el purgatorio hasta el fin del mundo.

Me parece que tenía entre dieciocho y veinte años.

La Santísima Virgen habló pues en Fátima del purgatorio, como lo ha hecho en otro tipo de revelaciones privadas a santos o místicos, y en otras apariciones marianas que cuentan con el beneplácito de la Iglesia.

Llegado a este punto, creo considerar de vital importancia aclarar que la Iglesia propone dos verdades finamente definidas como dogmas de fe:

  1. Que verdaderamente existe el purgatorio,
  2. Que las almas del purgatorio deben asistirse con los sufragios de los creyentes, siendo el más importante entre todos ellos la celebración de la Santa Misa, el funeral o misas posteriores.

El concepto del purgatorio forma pues una parte importante de nuestra religión. Los católicos creemos que se encuadra en el plan divino.

La Iglesia católica se considera formada por tres partes proporcionalmente importantes: la Iglesia militante (nosotros, los vivos), la Iglesia triunfante (los santos que ya están en el cielo) y la Iglesia purgante (es decir, la Iglesia sufriente o del purgatorio). Esta triple Iglesia está construida igualitariamente dentro del propio cuerpo místico de Cristo y, como ve, las almas del purgatorio forman un tercio tan importante como el que formamos los vivos en la militante, es decir, los que aún seguimos por aquí enredando.

Así que por nuestro propio bien conviene que no olvidemos que pasado un tiempo, esperemos que sea bien largo, pasaremos a formar parte de ese cuerpo tan desconocido que es el purgante.

¿Estamos hoy seguros de que alguien rezará por nosotros cuando nos vayamos de este mundo de los vivos? Esperemos que sí. Y si no es el caso, tampoco se alarme querido lector. Al parecer hay soluciones alternativas.