“Sollicitudo Rei Socialis”

Con “Sollicitudo rei socialis” (Preocupación por los asuntos sociales), promulgada el 19 de febrero de 1988, Juan Pablo lI se proponía tres cosas. Quería conmemorar el vigésimo aniversario de la encíclica social de Pablo VI “Populorum progressio” (El progreso de los pueblos) y poner al día la doctrina social de la Iglesia a la luz de la búsqueda acelerada de la libertad que se vivía en todo el mundo, y de la nueva demografía del catolicismo planetario, dominada por el Tercer Mundo. El tercer objetivo era burocrático: lograr que la curia romana aceptara su visión posconstantiniana del papel de la Iglesia en el mundo como desarrollo legítimo del Vaticano II. La primera meta no planteó la menor dificultad. Las cuarenta citas de “Populorum progressio” integradas en Sollicitudo garantizaron que la encíclica del papa Pablo fuera conmemorada como merecía. En cambio, resultó difícil combinar los otros dos objetivos. El resultado fue una encíclica que parecía ser obra de una comisión, con algunas partes que distraían la atención de la originalidad del análisis del Papa y los principales temas públicos de su pontificado.

Es sabido que los papas redactan sus encíclicas con ayuda. Goza de bastante arraigo la idea de que el cardenal Eugenio Pacelli, futuro papa Pío XII, escribió el borrador de “Mit brennender Sorge”, la dura condena de Pío XI al nazismo. Pietro Pavan (a quien Juan Pablo II nombraría cardenal) preparó “Pacem in Terris” para Juan XXIII, el cual, dicho sea de paso, no se cansó de devolver al teólogo italiano el escrito una y otra vez con órdenes de simplificar el texto hasta que lo entendiera él, el Papa. Las ayudas no entrañan peligro alguno para la autoridad docente de un documento papal, que recibe su “forma” autorizada con la firma del Papa, acto que completa el proyecto de manera decisiva y, en ausencia del cual, un borrador nunca deja de ser eso: un borrador.

Por otro lado, las primeras seis encíclicas de Juan Pablo II se leen como obra de un único autor que bien pudo solicitar el asesoramiento de algunos expertos (como los historiadores consultados durante la redacción de “Slavorum Apostoli”), pero a quien es posible imaginar sentado al escritorio y con la pluma en la mano. El hecho de que “Sollicitudo rei socialis” diera una impresión distinta es la primera pista de que el documento nacía de un proceso diferente.

Aunque Sollicitudo sea una encíclica de Juan Pablo II y lleve su autoridad papal, el documento fue el resultado de complejas consultas y arduos debates en el seno de la curia romana. En sus primeros nueve años de pontificado, Juan Pablo había vivido una experiencia sin parangón de lo que era la Iglesia mundial, intuyendo la inminencia de cambios trascendentales donde otros sólo veían más o menos lo de siempre. Su visión de la dinámica del cambio social, centrada en la cultura, lo apartaba de las ideas habituales sobre la correcta relación entre la Iglesia y el mundo de la política y la economía, llevándolo a cuestionar el curialismo tradicional y la nueva politización por la que abogaba la teología de la liberación. Quizá una encíclica social elaborada con amplias consultas a la curia contribuyera a inculcar mejor a la burocracia romana esa visión nueva de “la Iglesia en el mundo moderno”.

La Comisión Justicia y Paz preparó el primer borrador de la encíclica. Juan Pablo había confiado al cardenal Roger Etchegaray y al obispo Jorge Mejía, principales responsables del consejo, su deseo de conmemorar “Populorum progressio” e “ir más lejos”, tomando en cuenta lo ocurrido durante los últimos veinte años. La comisión celebró “múltiples reuniones”, a partir de las cuales, según testimonio de Mejía, se preparó una “síntesis” que fue enviada al Papa. Seguidamente, Juan Pablo preparó un esquema de las ideas más importantes que deseaba introducir en una nueva encíclica social, y la Secretaría de Estado lo distribuyó a los demás organismos de la curia. La Comisión Justicia y Paz pidió a las conferencias episcopales de todo el mundo comentarios sobre temas de desarrollo económico. El resultado de la encuesta fue entregado al Papa en otoño de 1987, mientras continuaba el proceso de redactar borradores, pedir comentarios sobre ellos y volver a redactarlos.” Hacía tiempo que se había superado la fecha límite del vigésimo aniversario de “Populorum progressio” (26 de marzo). La elaboración de lo que estaba convirtiéndose en “Sollicitudo rei socialis” se prolongó durante las primeras semanas de enero de 1988, aunque la encíclica apareciera con la fecha oficial de 30 de diciembre de 1987 para cumplir el objetivo del aniversario. El Papa no había hecho ningún viaje desde su visita de septiembre a Estados Unidos, ni tenía ninguno programado hasta la peregrinación de mayo de 1988 a América Latina. Joaquín Navarro Valls satisfizo la curiosidad de la prensa explicando que “el Papa está de viaje por la curia”.

Por fin, la encíclica fue promulgada el 19 de febrero de 1988. En ella, después de la sección sobre “Populorum progressio”, Juan Pablo trazaba un panorama social, económico y político de la situación del mundo en esas fechas, profundizaba en el núcleo moral del “verdadero desarrollo humano”, analizaba los obstáculos morales al desarrollo económico y político, daba directrices morales para la reforma política y económica y dibujaba la relación entre desarrollo y liberación cristiana. “Sollicitudo rei socialis”, por lo demás, aportaba innovaciones de mucho calado a la doctrina social de la Iglesia, reflejando con ello el deseo de “ir más lejos” como expresara Juan Pablo a Etchegaray y Mejía.

En su interpretación más generalizada, “Populorum progressio” había sido recibida como un documento a favor del protagonismo del Estado en el desarrollo económico del Tercer Mundo. Sollicitudo definía un “derecho de iniciativa económica” personal tan básico para el individuo como para el bien común, y alegaba que las iniciativas personales no podían ser suprimidas en nombre de ” la supuesta “igualdad” de todos los miembros de la sociedad”. “Populorum progressio” apenas había hecho alusión a la relación entre los diversos sistemas políticos y las esperanzas de desarrollo económico en los países pobres. Sollicitudo es resueltamente antitotalitaria, y concretamente anticomunista. Niega que exista el derecho a que ” un grupo social, como por ejemplo un partido político […] usurpe el papel de líder único”.

“Populorum progressio” presentaba la economía del desarrollo como una variable independiente en la vida de una sociedad. Sollicitudo, fiel al protagonismo que otorga Juan Pablo a la cultura en el cambio social, afirma que la sociedad civil es esencial para el desarrollo. El tema se expone con mayor detalle en una sección dedicada por entero a los derechos humanos y el desarrollo, tema que no ocupaba ningún lugar destacado en “Populorum progressio”. En ella, Juan Pablo sostiene que el subdesarrollo depende tanto de la precariedad de los derechos civiles como de los errores económicos.

“Populorum progressio” hacía hincapié en la obligación de que el mundo desarrollado ayudara al subdesarrollado. Juan Pablo II subraya con firmeza esa exigencia moral, pero añade que el deterioro de la situación del Tercer Mundo desde “Populorum progressio” también se debe a “casos indudablemente graves de omisión en los propios países en vías de desarrollo, sobre todo por parte de las personas que detentan un poder económico o político”. Para que se produzca un desarrollo humano integral hace falta que los países del Tercer Mundo “reformen determinadas estructuras injustas, y concretamente sus instituciones políticas, a fin de sustituir las formas de gobierno corruptas, dictatoriales y autoritarias por otras democráticas y participativas”.

Todos esos temas guardaban absoluta coherencia con las enseñanzas de Juan Pablo a lo largo de nueve años. Lo polémico de Sollicitudo era su análisis de la situación mundial, que se parecía a las posturas más habituales en muchos organismos de justicia social vinculados a la Iglesia, y entre determinados activistas que no destacaban por su anticomunismo. Tanto el “capitalismo liberal” como el “colectivismo marxista”, las dos ideologías responsables de “la tensión entre Este y Oeste”, eran “imperfectas y necesitadas de una corrección radical”. No quedaba ahí la cosa: ” a su manera, cada uno de los dos bloques alberga una tendencia al imperialismo [ . . . ] o a formas de neocolonialismo, fácil tentación a la que sucumben con frecuencia, como demuestra la historia, incluida la más reciente”. Trasladado al Tercer Mundo, el choque entre Este y Oeste se convertía en “obstáculo directo a la transformación real de las condiciones de subdesarrollo en los países en vías de desarrollo y menos avanzados”, y nacía de “una preocupación exagerada por la seguridad, que amortigua el impulso hacia la cooperación de todos por el bien común del género humano”.

Hubo críticas exageradas, tan exageradas como la buena acogida de que gozó la encíclica entre los progresistas económicos y políticos del ámbito católico.” Nadie podía sostener con seriedad que Juan Pablo II ignorara la diferencia entre la OTAN y el Pacto de Varsovia, por poner un ejemplo, pero la referencia de la encíclica a “dos bloques” invitaba a errores de interpretación. También es cierto que desde el punto de vista de muchos católicos del Tercer Mundo (una perspectiva privilegiada de la historia que Juan Pablo se esforzaba por inculcar a su curia) tanto el capitalismo como el comunismo, o en términos generales el “Este” y el “Oeste”, podían tener necesidad de una “corrección radical”. De todos modos, quedaba por ver si lo que en América Latina se llamaba “capitalismo” era en realidad una forma distinta, y muy anticuada, de gestión estatal de la economía. Una parte de las críticas estadounidenses a Sollicitudo pecaba de provincianismo. Juan Pablo escribía como pastor universal de una Iglesia mundial, totalmente consciente de que sus enseñanzas sobre iniciativa económica, su rechazo de los planes estatales de desarrollo y su afirmación de la democracia serían leídos como un ataque frontal en Moscú, La Habana y Managua, aunque en Nueva York y Washington esas cosas ya se dieran por sentadas. No habría estado de más que así lo entendieran sus lectores occidentales.

Hechas todas estas puntualizaciones, es innegable que Sollicitudo acusaba la influencia de los intelectuales y activistas católicos que sí creían en la “equivalencia moral” entre “los bloques”, así como el ascendiente duradero de la ostpolitik1 de Pablo VI en la curia, y de su imparcialidad entre Este y Oeste. A juicio de observadores bien informados, el hecho de que esas ideas se inmiscuyeran en una encíclica cuyos elementos más originales quedaban como mucho más coherentes con el pensamiento de Juan Pablo II era consecuencia de que el Papa había querido aprovechar la preparación de “Sollicitudo rei socialis” para cambiar las opiniones de la curia sobre la Iglesia en el mundo moderno.


Cfr. BIOGRAFÍA de JUAN PABLO II. TESTIGO DE ESPERANZA. GEORGE WEIGEL. PLAZA & JANÉS EDITORES, S.A., Barcelona 1999.