Sotana blanca, expediente limpio, por Pilar Urbano

Llovía. No teníamos dónde guarecernos. Era campo abierto. Cavamos un hoyo en el suelo y allí nos refugiábamos. Estábamos llenos de piojos, pero nos preocupaba poco. Nos jugábamos el futuro a los dados. Un cubilete de cuero y tres dados de hueso. Y hablábamos de lo divino y lo humano». Günter Grass, pelando la cebolla recuerda, al menos cuatro veces en su largo relato, a otro soldadito alemán de su misma edad, Joseph, seminarista: «Hablaba un alemán excelente de Baviera y era tan católico que quería ser sacerdote, obispo, cardenal… Él seguía creyendo. Para mí no había nada sagrado. Me hablaba con insistencia, en voz baja, incluso suave. Y no puedo olvidarlo. Yo quería ser esto. Él quería ser aquello. Yo dije que había varias verdades. Él dijo que sólo había una».

Ninguno de los dos soldaditos ha olvidado aquel campo de prisioneros en Bad Aibling, acabada la guerra. «A campo abierto, unos 50.000 hombres vigilados por americanos, armados hasta los dientes», cuenta Joseph Ratzinger.

Y Günter: «Él conseguía siempre más puntos a los dados. Al lanzarlos, citaba a San Agustín en versión latina. “¡Joseph, no querrás llegar a Gran Inquisidor… o más alto aún!”. Así hablábamos y jugábamos día tras día, hasta que él fue puesto en libertad».

Cuando Grass escribe, en 2006, y pela la cebolla confesando, al fin, su pasado nazi, Ratzinger es Papa. Él, Premio Nobel. Su relato de Bad Aibling se pierde en humo. No declara que en aquel juego de dados, lluvia y piojos, empieza y acaba toda coincidencia entre Joseph y él.

Joseph había sido movilizado dos veces. Las dos forzosamente. Primero, como a todos los seminaristas de Traunstein que no estaban en edad militar, se le computó entre las Juventudes Hitlerianas. Después fue reclutado con llamada obligatoria para el servicio laboral del Reich, en Burgenland. Un servicio que Ratzinger recuerda con cierta ironía como el culto a la azada.

Günter, en cambio, enardecido por el carisma de Hitler, se alistó voluntario en la División Acorazada Frundsberg de las Waffen, cuerpo de élite de las SS. Llevó con orgullo la doble runa en su uniforme. Al terminar la guerra, y precisamente desde Bad Aibling, fue trasladado a un campo de trabajo en Fürstenfelderbruck para ser desnazificado. Es decir, instruido por oficiales americanos sobre los horrores del nazismo, hasta que admitió «que sin saber, o mejor, sin querer saber, había participado en un crimen que con los años no disminuye, que no quiere prescribir y que todavía padezco… La culpa y la vergüenza es algo que corroe, corroe incesantemente».

Ratzinger se había criado en un ambiente cristiano y abiertamente antinazi. En sus primeros 10 años, tuvo que cambiar de casa y de pueblo cinco veces: Marktl am Inn, Hufschlag, Tittmoning, Aschau, hasta parar en una vieja casona a las afueras de Traunstein. «En las reuniones públicas, mi padre intervenía más de lo deseable contra la violencia de los nazis». «Mi padre, siendo gendarme, se arriesgaba demasiado ante los nazis y tuvimos que trasladarnos de nuevo». «En el pueblo había nazis declarados y ocultos; para terror de muchos, todos sacaron sus oscuros uniformes del armario». «Mi padre veía con incorruptible claridad que una victoria de Hitler no sería una victoria de Alemania, sino del Anticristo». Son recuerdos sucesivos del muchacho Ratzinger.

Ya como recluta en el servicio laboral de la Wermacht, escribe: «Nuestros jefes eran nazis de los primeros tiempos, fanáticos que nos tiranizaban con violencia. Una noche, nos sacaron de la cama y nos hicieron formar filas, medio dormidos. Un oficial SS iba llamándonos uno a uno fuera de la fila. Trataba de que nos enroláramos como voluntarios en las SS. Se aprovechaba de nuestro cansancio y nos comprometía delante de todos. Un buen grupo de camaradas se alistó así en ese cuerpo criminal. Yo dije que quería ser sacerdote católico. Otros dijeron eso mismo. Fuimos insultados y humillados. No nos importaba. Sabíamos de qué nos estábamos librando».

El recluta Ratzinger nunca fue enrolado al frente. Cuando supo de la muerte de Hitler, se enfundó un brazo en cabestrillo y, sin comprometer a nadie, desertó del campamento. Esa fue toda su historia militar. Pasado el tiempo, la Stasi (servicio secreto de Alemania Oriental) espió a Joseph Ratzinger, «R», durante 15 años: desde 1974, cuando enseñaba Teología en la Universidad de Münster, hasta la caída del Muro de Berlín en 1989. Indagaba si «R» tenía algo que ocultar de su paso por las Juventudes Hitlerianas. No se hallaron pruebas ni testimonios ni documentos que lo comprometieran. El dossier de la Stasi (se hizo público el 2 de octubre de 2005 en el Bild am Sonntag de Berlín), concluía que «R» estuvo en las JJHH por idéntica razón que la mayoría de los adolescentes alemanes de esa época: por obligación. También se consignó que era «detractor acérrimo del comunismo» y «una de las personas más influyentes en el Vaticano, política e ideológicamente».

En febrero de 2000, entrevistando a Ratzinger para el libro Dios y el mundo, el periodista alemán Peter Seewald le preguntó:

-¿Qué pasa con Hitler? ¿Era el diablo en persona?
La respuesta del cardenal fue contundente:
-Que una persona surgida de lo más bajo  -había vivido como un haragán y no recibió formación alguna-  pueda convulsionar un siglo, tomar decisiones políticas con demoníaca clarividencia y someter a personas, incluso cultas, es inquietante. Hitler fue un personaje demoniaco. Los generales alemanes se proponían una y otra vez decirle su opinión a la cara, pero después quedaban tan subyugados por él que no se atrevían a hacerlo. Esa misma persona que ejercía una fascinación demoníaca era, en el fondo, un don nadie completamente banal (…). En ciertas situaciones de la vida de Hitler se percibe una prepotencia demoníaca que engrandece lo banal -y banaliza lo grande-,  peligrosa y destructiva sobre todas las cosas. No se puede afirmar que Hitler fuera el demonio. Era un hombre (…). Pero la manera en que ejerció el poder, el terror y el daño que provocó demuestran que estaba inmerso en el ámbito de lo demoníaco».

El rechazo de Ratzinger hacia lo nazi es, más que un victimismo familiar o una hostilidad visceral, una convicción moral irreductible. Como alemán, como sacerdote católico y como hijo de su siglo, no sólo se duele con el pueblo judío por «la horrible tragedia de la Shoá», sino que está sensitivo y alerta para «combatir en presente el antisemitismo donde quiera que se halle». Así lo dijo hace pocos días, en el aeropuerto Ben Gurión de Tel Aviv: «El antisemitismo, que niega la dignidad de cualquier ser humano, sigue asomando su rostro repugnante en muchas partes del mundo. Y eso es totalmente inaceptable».

En este último viaje -intenso, erizado de dificultades, cambiando continuamente de escenarios y teniendo que percutir en el ánimo de auditorios tan diversos como hostiles entre sí- el Papa Ratzinger ha sabido elegir «la palabra común» que le hermana con israelíes, palestinos y jordanos, con cristianos, judíos y musulmanes… La palabra con la que ha podido hacerse entender en la mezquita de Amman, en el monte Oreb, en el Jordán, en el Muro de los Lamentos, en el Cenáculo, en Belén, en Nazaret. La palabra reverenciada y santa para quienes tienen «una misma historia, unos mismos antepasados, un mismo Libro»: Dios, el Único, el Creador, el Clemente, el Todopoderoso. Con esa palabra talismán, entró descalzo en la mezquita de la Roca. Con esa palabra talismán confortó a los refugiados palestinos de Aida, junto al otro muro, el de hormigón. Con esa palabra talismán, avivó la llama en el Memorial del Holocausto, el Yad Vashem.

Remontando río arriba la historia sagrada, más allá de Moisés, de Jacob, de Isaac, de Abraham, el Papa Ratzinger, Benedicto, sotana candeal, estatua de inocencia, se detuvo sobre la enorme piedra negra donde están rotulados en blanco los campos del exterminio nazi y el número de los judíos muertos. Allí, junto a la pira, recitó un texto suyo, compuesto con inteligencia y con amor. Ratón de librería y sabio bíblico, había encontrado el versículo exacto (Isaías 56,5) que traduce lo de Yad Vashem: Monumento y Nombre.

«He venido a estar aquí de pie en silencio, para honrar la memoria de los millones de judíos asesinados en el horrible Holocausto. Perdieron sus vidas, pero nunca perderán sus nombres… Se puede privar al prójimo de sus posesiones, oportunidades, de su libertad. Se puede tejer una red insidiosa de mentiras para convencer a otros de que ciertos grupos, ciertas razas no son merecedores de respeto. Pero aún así, es imposible quitar al prójimo su nombre. ¡Sean eternos los nombres de estas víctimas! ¡Que su sufrimiento no sea nunca negado, ni empequeñecido, ni olvidado! ¡Y que los hombres de buena voluntad continúen vigilando para no permitir jamás que una atrocidad así deshonre de nuevo a la humanidad!».

En ese punto, evocó a los niños muertos. La ilusión de sus padres antes de que nacieran: «¿Qué nombre le daremos a este niño? ¿Qué será de él en la vida?». Y retomando río arriba la historia común de los hombres, llegó a Caín y Abel. El western antiguo de buenos y malos que continúa por siempre al este del Edén. Para llorar por esos niños muertos, dejó oír la voz de Abel. El grito que no cesa. «Es un grito contra toda injusticia y toda violencia. Es un reproche perpetuo contra la sangre inocente derramada. Es el grito de Abel que sube desde la tierra al Todopoderoso».

El Papa había llegado al primer crimen. Al hermano grandioso e innumerable. Al hermano imposible. La mitad de la humanidad, que la quijada atroz nos amputó de un golpe. El Papa había llegado al primer muerto común. Al primer luto de todos. Al primer llanto talismán.

«Como Obispo de Roma y Sucesor de Pedro, he venido a reafirmar que la Iglesia está comprometida a que el odio no vuelva a reinar…». Poco después, el presidente Simon Peres se reconocía desbordado por la envergadura y la autenticidad de los mensajes de Benedicto XVI en Tierra Santa. «Ha afrontado las cuestiones más serias de nuestro tiempo. El mundo necesita un gran líder espiritual. Y el Papa tiene ese liderazgo moral y de pensamiento. El problema para ustedes», hablaba ante unos pocos periodistas, «es que no ha sido un viaje para las páginas de los periódicos; ha sido un viaje para los libros de Historia».

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