Sufrir, ¿para qué?

* Adaptación de un artículo de Enrique Monasterio. www.almudi.org

El dolor

No vale la pena intentar siquiera una definición. El dolor encarcela al hombre dentro de su cuerpo; bloquea las compuertas del alma y le impide mirar hacia afuera; empequeñece el espíritu y repliega a la persona sobre sí misma.

El dolor, como el gas, tiende a ocupar todo el espacio disponible. Penetra en cada célula, en cada rincón: impide el trabajo y el descanso; agría el carácter, y amenaza con destruir cuanto de bueno hay en nosotros.

También los animales sienten el dolor; pero sólo el hombre, porque es también espíritu, “sabe” que lo siente… aunque no siempre lo “entienda”; reflexiona sobre su dolor, y se angustia. Es el espíritu, no la carne, quien de veras sufre y se rebela.

El dolor pone ante los ojos del alma la evidencia de que tenemos cuerpo: nos hace entender que somos seres que se gastan, se enferman, envejecen y, por tanto, que somos mortales. Todo dolor es un anuncio de la muerte. Por eso el alma, que es inmortal, se desconcierta, se descubre cogida en una trampa, prisionera más que nunca de la carne.

El dolor angustia aun antes de padecerlo: cuando sólo se presiente. Peor que el “sufrimiento actual” es el “miedo al dolor futuro”, que llena el alma de sombras e impele a una huida imposible.

Por evitarlo, hay quien… traiciona a los amigos, a las propias ideas, a Dios. Muchas veces es más temido que la propia muerte. Por eso algunos eligen el suicidio con tal de no pagar el necesario peaje del dolor.

Saben que no hago literatura. También a los quince o a los veinte años es posible haber tenido la experiencia del sufrimiento. Y, en todo caso, tarde o temprano llega.

Pero siempre tiene algo de bueno…

Al parecer María temía que estuviera exagerando. Por eso me interrumpió para hacer notar que, gracias al dolor estamos vivos. Lo dijo así, rotundamente, y tenía razón: cuando en nuestro organismo aparece una enfermedad, una herida o una infección, se dispara el dolor como un mecanismo de alarma, tan molesto y estridente como los que avisan en caso de incendio. Ahí radica su eficacia. El dolor nos grita que algo va mal y que hay que arreglarlo. En este sentido, podemos dar gracias a Dios por habérnoslo enviado: un buen ataque de apendicitis, con gritos incluidos, puede salvarnos la vida.

El dolor es un mal… útil

Creo, pues, que coincidimos en que algunos dolores pueden servirnos, y no poco: hasta el punto de sernos hasta imprescindibles. Siguen siendo “males”, pero resulta que vale la pena sufrirlos si no hay otra forma de alcanzar un bien mayor o de evitar un daño más grave.

Así, quien permite que lo corten con un bisturí para quitarle un apéndice enfermo, no sólo quiere ese dolor, sino que encima lo paga.

La señora que se somete a un planchado de arrugas, con estiramientos incluidos, y se deja extraer la grasa con sofisticados aparatos de tortura, ama ese sacrificio con la misma lógica que el mártir, aunque sus razones sean sensiblemente menos ambiciosas: el mártir trata de conquistar el Cielo, y, para lograrlo, resiste los mayores tormentos. Ella sólo desea recuperar el Paraíso perdido de la esbelta juventud, calzándose el blue jean, que es la vestidura del Edén.

Y lo mismo cabe decir del paciente que, en pleno uso de sus facultades mentales, visita al terrible dentista; o del que deja el pellejo por ganar una maratón, o por no quedar el último…, y así sucesivamente. En resumen, el dolor es menos… cuando es útil, cuando tiene un sentido.

Dolor y sacrificio

Los ejemplos anteriores ilustran cómo puede ponerse el dolor al servicio incluso… del propio egoísmo. Pero también es posible e, incluso, bien frecuente, sufrir en beneficio de los demás: una mamá me contaba que ella por nada del mundo renunciaría al dolor del parto, porque ese dolor era para ella una forma de entrega al hijo que nace. Entiéndanme; no estoy diciendo que el parto sin dolor sea menos generoso. Me limito a transmitir una experiencia ajena, que me parece respetable e incluso razonable.

En todo caso, todos podríamos poner ejemplos cotidianos de personas que se sacrifican generosamente, e incluso que quizá ese sacrificio es lo que da sentido a su vida: para ellos no es un mal, sino un tesoro. ¿Hay alguien que no lo entienda?

Juana era una vieja empleada que conocí hace meses. La atendí en sus últimos días de vida, y estoy seguro de que está en el Cielo. Cuando la vi por primera vez estaba sentada en un sillón, con una manta sobre las rodillas y temblando como una hoja. La señora de la casa me puso al corriente de la situación:

-El médico dice que se muere… Y no sabemos de qué. Hasta hace unos meses seguía cuidando a los niños día y noche. Se desvivía. “No sé cómo los aguantas, Juana, le decía yo… No te preocupes más. No los engrías tanto”. Pero ella se quitaba hasta el sueño… Con decirle que, cuando mi hija tuvo lo del riñón… ella quería ofrecer los suyos por si hacían falta para un trasplante… Imagínese, como si ella estuviera para trasplantes, la pobre… Hasta que hace dos meses le tuvimos que pedir que no trabajara más: casi no veía…, teníamos miedo… Siguió viviendo con nosotros, pero se fue apagando. El médico dice que se muere… ¿Usted lo entiende?

El dolor inútil y la Cruz

-“¿Y si el dolor no sirve para nada?” …Yolanda tiene la habilidad de hacer la pregunta oportuna en el momento justo.

-“¿A quién le sirve, por ejemplo, que yo tenga una enfermedad grave, un cáncer…?”

-“¿Y a quién servía -le contesté- todo ese desvivirse de Juana, cuando ya estaba casi ciega y más que una ayuda era un estorbo, incluso un peligro?”

-“Supongo que a ella misma… Era su manera de estar viva, ¿no?”

-“Sí. Y, sobre todo, era la única forma de amar que le quedaba”.

Jesucristo nos descubrió esto. Él nos enseñó que amar es, ante todo, entrega de uno mismo. No ama más el que más goza, sino el que vive hasta sus últimas consecuencias ese “te doy mi vida”, que tan alegremente decimos como si fuera una pura imagen lírica.

Dar la vida es, por supuesto, una locura. Sólo los seres que tenemos espíritu podemos hacerlo. Y la entrega en cada
gesto, en cada renuncia, cada minuto, es siempre, necesariamente, con dolor; porque nuestro ser se resiste a ese
enorme “desperdicio” de vida que es el amor. Por eso todos los enamorados del mundo sueñan con sufrir. Jesús hizo
realidad su sueño y “nos amó hasta el extremo” con su Pasión y su Cruz.

Dios no quiere nuestro dolor… ¿Para qué le serviría? Pero nosotros sí lo necesitamos, porque dado que es nuestra forma de amar, de estar vivos, de entregar el alma, ¿cómo podríamos darla si no existiera el sacrificio?


 

¿Retirar el tubo de alimentación a una persona que esté en la situación de Terry Schiavo?

Gonzalo Herranz, Departamento de Humanidades Biomédicas. El Mundo (Madrid).

A lo que todo médico se ha comprometido

No me faltan razones para oponerme a que se deje morir a una persona en una situación así. Tolerar esas muertes
contradice, a mi modo de ver, las leyes de la humanidad y vulnera la ética de la medicina: leyes y ética que, como ser
humano y como médico, me he comprometido a guardar.

La Asociación Médica Mundial pide a los médicos que, al entrar en la profesión, proclamen, en público y por su propio honor, la Declaración de Ginebra, un sucedáneo moderno, no religioso y universalista, del Juramento hipocrático.

Entre otras cosas, el médico promete entonces no emplear nunca, incluso bajo amenaza, sus conocimientos en contra de las leyes humanitarias. Es decir, el médico se compromete a no usar la medicina de un modo antihumano, a no torturar, ni participar en la ejecución de la pena capital, ni a ser cómplice de tratos inhumanos. Ni para “supuestamente” preservar la integridad de la medicina, puede el médico, por amor, compasión o dinero, maltratar a sus pacientes.

Inaceptable desde todo punto de vista

Estoy convencido, que dejar morir a alguien como Terri va frontalmente en contra de esa promesa. Porque alimentar y administrar líquidos a una persona en estado de consciencia mínima es un deber de humanidad. No es una “intervención técnica”: no requiere conectar al paciente a una máquina. Basta, para tal fin, una sonda nasogástrica que, a pesar de su nombre rimbombante, pertenece al género “casero” del biberón o de la lavativa. Cuidar de una persona en ese estado nada tiene de “obstinación terapéutica”: sólo se trata de darle de comer y beber, de tenerla limpia, de prestarle los cuidados que se dan a los bebés o, en principio, a cualquier ser humano impedido de hacerlo por sí mismo. La incapacidad en Terri es permanente, y eso puede cansar a sus cuidadores, que pueden desear que la cosa termine de una vez. Pero ese cansancio tiene otras soluciones, solidarias y sociales, infinitamente más humanas que dejar morir a una persona de hambre y sed.

Retirar la sonda que alimenta a una persona como Terri no es conforme con la ética de la medicina. Ni siquiera se puede llamar “eutanasia” a lo que en realidad es dejarla morir. Ni en Holanda ni en Bélgica podría legalmente ser sometida a una eutanasia, pues no cumple ninguno de los requisitos básicos allí exigidos: a causa de su estado, esa persona no sufren dolores ni angustia, ni los sufrirá si sigue viviendo; no están en situación terminal; no pueden pedir libre y conscientemente la eutanasia; hay, además, una alternativa obvia a la eutanasia: cuidarla.

Un problema al desnudo

Intuyo que, en casos como este, el sufrimiento que se quiere “suprimir” no es el del paciente, sino el de otros: en el caso de Terri, el de su marido Michael. Y eso me parece alarmante; más aún, trágico, porque no faltan personas que desean intensamente seguir cuidando de Terri. Parece que mediante una interpretación, rígida y paradójica, del Derecho, se priva a personas que de verdad quieren a Terri de la posibilidad de cuidar de ella, y la ponen en manos de quien, por todos los indicios, no la quieren o la quieren muerta. No sabemos si Michael actúa movido de compasión hacia su mujer o de lástima hacia sí mismo. Pero es inevitable pensar que la solución dada por la judicatura es inhumana.

Que para librarse de un peso, se le conceda a una persona el poder estremecedor de decidir sobre la vida de otra es regresivo, como volver a la prehistoria ética. Nuestra Constitución nos reconoce el derecho fundamental e inalienable a la vida, y ha derogado sin marcha atrás posible la pena de muerte. Eso nos da una tranquilidad inmensa. Por eso, deseo y espero que nunca sea aquí posible lo que ha pasado en Estados Unidos: que, en virtud de extraños principios
y precedentes, los jueces puedan tanto decretar la muerte de criminales, como autorizar que se ponga fin a la vida de
personas inocentes.

info.cat

Catecismo de la Iglesia Católica
  • 1500 La enfermedad y el sufrimiento se han contado siempre entre los problemas más graves que aquejan la vida humana. En la enfermedad, el hombre experimenta su impotencia, sus límites y su finitud. Toda enfermedad puede hacernos entrever la muerte.
  • 1501 La enfermedad puede conducir a la angustia, al repliegue sobre sí mismo, a veces incluso a la desesperación y a la rebelión contra Dios. Puede también hacer a la persona más madura, ayudarla a discernir en su vida lo que no es esencial para volverse hacia lo que lo es. Con mucha frecuencia, la enfermedad empuja a una búsqueda de Dios, un retorno a Él.
  • 1502 El hombre del Antiguo Testamento vive la enfermedad de cara a Dios. Ante Dios se lamenta por su enfermedad (cf Sal 38) y de Él, que es el Señor de la vida y de la muerte, implora la curación (cf Sal 6,3; Is 38). La enfermedad se convierte en camino de conversión (cf Sal 38,5; 39,9.12) y el perdón de Dios inaugura la curación (cf Sal 32,5; 107,20; Mc 2,5-12). Israel experimenta que la enfermedad, de una manera misteriosa, se vincula al pecado y al mal; y que la fidelidad a Dios, según su Ley, devuelve la vida: “Yo, el Señor, soy el que te sana” (Ex 15,26). El profeta entreve que el sufrimiento puede tener también un sentido redentor por los pecados de los demás (cf Is 53,11). Finalmente, Isaías anuncia que Dios hará venir un tiempo para Sión en que perdonará toda falta y curará toda enfermedad (cf Is 33,24).

leer:

  • Montse Grases. Autor: José Miguel Cejas.

ver:

  • Antes de partir. Director: Rob Reiner.
  • Un amor para recordar. Director: Adam Shankma.

pensar:

  • “El amor, para que sea auténtico, debe costarnos” (Madre Teresa de Calcuta).