Vivir la Navidad en cristiano

Autor: Ramiro Pellitero Religionconfidencial.com

1. La Navidad es un tiempo litúrgico en el que renovamos la conciencia de un acontecimiento que sigue teniendo plena vigencia: la segunda Persona de la Trinidad, la Palabra de Dios, ha nacido en un pesebre de Belén. Dios se ha hecho hombre, se ha hecho Niño, entrando así en la historia y en su lógica. Por tanto, en un momento dado, en un lugar determinado, a través de una cultura que Él quiso asumir con todas las consecuencias. A partir de entonces, no se ha ido ni se ha retractado de ese acontecimiento definitivo, que ha cambiado la vida del mundo y sigue, como un “Bing Bang” redentor, expandiendo su energía salvadora en el tiempo y en el espacio de cada uno y de todos, a la vez que pide nuestra colaboración para que su amor llegue hasta los confines del universo.

Dios sigue viviendo como hombre en Jesús resucitado. Esa Humanidad Santísima está en el seno de la Trinidad. El vencedor de la Cruz sigue intercediendo por nosotros ante Dios Padre. Sigue presente, también, en esta tierra especialmente en la Iglesia y en su misión, actuando por medio del Espíritu Santo en los corazones y en las culturas que le acogen. Sigue naciendo cada vez que alguien se abre al Amor con mayúsculas (el de Dios) o al amor hacia los demás, que es, según San Juan, camino y manifestación, al menos incipiente y siempre necesario, del amor a Dios.

La Navidad sólo sucedió históricamente “de una vez por todas”. Pero, al ser Dios su protagonista principal, no es algo que simplemente pasó; sino que sigue siendo plenamente actual. No sólo en el “Hoy” eterno de Dios, sino también en nuestras vidas, que se abren mediante la fe a la vida de Dios, permitiéndonos vivir y comprender los valores eternos, mientras tratamos de reproducirlos en nuestra existencia ordinaria. Lo hacemos, ciertamente, en la medida de nuestras modestas posibilidades; pero a la vez, y esto es lo fascinante, estamos llamados a realizarlo con la vida misma de Dios (el cristiano pertenece al Cuerpo místico de Cristo); con su fuerza redentora y salvadora, siempre
amable; con su luz reveladora y maravillosa.

La Navidad celebra este nacimiento y esta vida de Dios entre los hombres y de los hombres con Dios. Un nacimiento y una vida que, según la fe cristiana, tienen una referencia al pasado, y, a la vez, son plenamente actuales y condición para la vida plena en el futuro de los hombres.

2. De todo ello cabe deducir cómo se puede hoy “vivir la Navidad en cristiano”. Quizá, apurados por la crisis económica, no podamos contemplar tantas luces en las calles y en las tiendas; pero eso nos puede descubrir que la luz que más espera el Niño es la de nuestra vida.

Puede que hayan disminuido los símbolos cristianos de ese acontecimiento, el nacimiento de Dios en el tiempo, que celebramos; pero es el cristiano el que debe ser, en su propio ambiente, signo vivo de Cristo.

Tal vez los “Nacimientos” o los “Belenes” serán en algunos lugares más discretos o menos vistosos; pero los que se ponen (con sus figuritas ingenuas, el musgo y las casas de corcho) seguirán representando el Amor, y la respuesta que espera de cada uno, como realidad que llena de sentido la historia.

Quizá se reduzca la calidad y variedad de una ideal “mesa navideña”; en todo caso el altar sobre el que se pone pan y vino significa el corazón de los cristianos, que elevan hacia Dios la ofrenda de su existencia cotidiana en acción de gracias por hacernos participar de su vida, unidos al corazón de Cristo. Y es que Belén y el Calvario son inseparables.

Incluso aunque volviéramos a “tiempos mejores” en el espejismo de un engañoso espíritu navideño, nuestro vivir la Navidad no sería auténtico si no existiera una preocupación “real” por acercarnos de nuevo o más intensamente a Dios, a través de la oración y de los sacramentos (especialmente la Confesión y la Eucaristía) y de las obras del amor. Es decir, con un desvelo “real” por los que están a nuestro lado en la familia, en el trabajo y en la calle; especialmente por los que no tienen hogar o compañía, o carecen de ropa o de comida, o por los que están enfermos, en estos días.

Así Dios ha de nacer de nuevo en el corazón de cada cristiano, como condición para que pueda nacer en otros corazones. Pero hay que dejarle nacer en la mirada y en los hechos.

3. La Navidad es la fiesta de la alegría porque es la fiesta de la fe que se hace vida. Sobre la base de la Encarnación de Dios, la Navidad es igualmente la fiesta de la familia y de la amistad. Por eso decía Guardini: “Todo regalo debe ser en el fondo un símbolo del único gran regalo, en que Dios entregó a su Hijo por la salvación del mundo (1 Jn 4, 9s)”.

Dentro de la familia, vivir la Navidad en cristiano significa, por ejemplo, el “volcarse” de unos con otros en costumbres que vale la pena mantener o recuperar: el nacimiento, el árbol, los villancicos; alguna comida más especial, conversaciones y paseos familiares, atención particular a los más pequeños, a los ancianos y a los enfermos; gestos concretos de desprendimiento personal, por parte de todos los miembros de la familia, a favor de quienes, ahí afuera, no tienen nada o casi nada. Eso para empezar, pero aún hay más.

Imaginaba Guardini que María le habría contado a San Juan acerca de su anhelo por esperar al Mesías, muchos años atrás. Para ella esa venida era muy diferente de la liberación terrena y glorificación humana que esperaban muchos. “Quizá en ella había también un presentimiento, que no habría podido explicar ella misma; una sensación de que la misteriosa figura del que ‘había de venir’ la afectaba muy personalmente a ella…”

Esto sucede de alguna manera con cada cristiano. La venida de Jesús y la Navidad nos afecta siempre de manera irrepetible, porque “cristiano” quiere decir continuador, como signo e instrumento, de la misión de Cristo,
ungido por su Espíritu. Y por eso, la Navidad es a la vez la fiesta de la fe que se comunica, también en y por las familias (los padres y madres son los primeros apóstoles de sus hijos).

De ahí la importancia, en estos días, de cuidar las oraciones especialmente de los niños, bendecir la comida al menos en las fiestas, participar en la Misa, que es siempre el centro de la fiesta cristiana, manifestar la vida cristiana en el amor al prójimo. Y todo ello desde el seno de esta familia de Dios (la Iglesia), que nace con Jesús.

“Esta nueva familia de Dios comienza en el momento en el que María envuelve en pañales al ‘primogénito’ y lo acuesta en el pesebre. Pidámosle: Señor Jesús, tú que has querido nacer como el primero de muchos hermanos, danos la verdadera fraternidad. Ayúdanos para que nos parezcamos a ti. Ayúdanos a reconocer tu rostro en el otro que me necesita, en los que sufren o están desamparados, en todos los hombres, y a vivir junto a ti como hermanos y hermanas, para convertirnos en una familia, tu familia”.

(Benedicto XVI, Homilía en la Misa de Gallo, 25-XII-2010).

 


 

 

¡Hágase “niño de nuevo” por Navidad!

Luis Olivera. Arvo Net, 24.12.2006

El resultado de desechar el aspecto sobrenatural de la Navidad y de elegir sólo el lado humano, es exigir demasiado de la naturaleza humana. Hoy, nuestra tarea consistiría en rescatar la festividad de la frivolidad.

Tengo la impresión de que la gente está perdiendo el poder gozar de la Navidad, porque la ha identificado sólo con el consumo, no tener trabajo y el regocijo de comer y beber mejor de lo habitual. Perdido de vista el origen auténtico de la fiesta -algo importante, que sucede-, se preguntan con asombro si realmente ocurre algo de verdad.

Que se nos diga que nos alegremos el día de Navidad -dice Chesterton- “es razonable e inteligente, si se entiende el nombre de la fiesta”. (“Christmas” = “la misa de Cristo”). Uno no puede ser frívolo así, de repente, salvo que exista una razón seria para serlo. No se puede empezar ni siquiera una francachela por una herencia que es ficticia. O celebrar un milagro del que se sabe que sólo es un engaño.

El resultado de desechar el aspecto sobrenatural de la Navidad, y de elegir sólo el lado humano, es exigir demasiado de la naturaleza humana. Hoy, nuestra tarea consistiría, por tanto, en rescatar la festividad de la frivolidad. Es la única forma de que vuelva a ser realmente festiva, incluso para los que dicen deprimirse por Navidad.

El propio Miguel de Unamuno escribió en el ya lejano 1908, con firmes trazos, un “Cántico de Navidad”, donde dice, sin tapujos: “¡Fecundo misterio! ¡Dios ha nacido! (…) ¡No, Dios no nace! ¡Dios se ha hecho niño!”.

Es un misterio: sobrepasa nuestra capacidad, es algo divino; “uno no puede hablar del misterio, uno debe ser cautivado por él” (René Magritte). No en balde reconoce el poeta vasco que “¡Dios ha nacido!” Tres veces en pocos versos, siempre entre admiraciones. Más todavía: “¡Dios se ha hecho niño!”, carne como la nuestra. Es un hombre como nosotros. Por eso exclama -admirado-, después: “¡Gracias, Dios mío!”.

Y, como él, otros ilustres poetas: Rubén Darío, Lorca, etc,” Otro poeta, Luis Rosales, también escribe del contenido profundo de estos días, agregando: “La Virgen, a mirarle no se atreve, y el vuelo de su voz arrodillada canta al Señor, que llora sobre el heno”.

Ese Niño-Dios, “más hermoso que el sol bello”, como dice el villancico tan conocido, que los niños sí continúan entendiendo.

Porque los más pequeños poseen el sentido serio -y hasta solemne- de la gran verdad: que la Navidad es un momento del año en el que pasan cosas que no suceden siempre. Y es que sólo una vez y en cada Navidad “el Hijo del Hombre, el Verbo/ encarnado/ se hizo Dios en una cuna/ con el canto de la niñez campesina,” (Unamuno). Al poeta mallorquín J.Mª Forteza, ya fallecido, se le escapa: “cómo me duele ser hombre/y no un niño de verdad”.

Todos ellos nos enseñan que hay que hacerse niños otra vez, dejar todos los prejuicios en el perchero, para poder construir un Belén en nuestro interior: “Al temblor del sol naciente / seré, Dios mío, un belén” (J.Mª Forteza). Porque “¡el reino / tan soñado / de los cielos es del niño soberano, / del niño, rey de los sueños, / corazón de lo creado!” (Unamuno).

Sólo los niños son capaces de captar el verdadero espíritu de la Navidad en ese otro Niño que se hace hombre cada Nochebuena.  Pero es un Niño molesto para nuestra civilización placentera y consumista. Porque “todo un Dios se recrea / sobre la paja encendida””, en un canto a la pobreza: “estás desnudo y solo” (L. Rosales). Pero hasta el heno, hoy, se ríe.

Y es que, como escribió Luis de Góngora:

“Hoy, a la Aurora del seno / se le ha caído un Clavel. / ¡Oh, qué glorioso está el Heno / porque ha caído sobre él!”. Hay que vaciarse de cosas inútiles, para ser capaces de captar lo que sucede tan cerca de nosotros: “… libre de mentiras bellas, / me eché a andar tras las estrellas” (José Mª Pemán).

Los pastores tuvieron que dejar sus rebaños para ver al Redentor. Y sus lechos cálidos. Y andar en la noche, porque “Tú, con la muerte/ nos das la vida que nunca acaba, / la vida de la vida” (Unamuno). “Alguien da más por menos”.

Sólo cabe agradecer -como D. Miguel- el misterio de este Niño:ç

“¡Gracias, Señor! Gracias de haber nacido en nuestro seno, / (…) pues al hacerte niño / nos haces dioses”, si queremos creer libremente.

Este Niño viene a atarnos -si queremos- a El sin escapatoria. Pero -a la vez- trae toda la alegría del mundo para que los hombres libres puedan reírse.

info.cat

Catecismo de la Iglesia Católica
  • 522 La venida del Hijo de Dios a la tierra es un acontecimiento tan inmenso que Dios quiso prepararlo durante siglos. Ritos y sacrificios, figuras y símbolos de la “Primera Alianza”(Hb 9,15), todo lo hace converger hacia Cristo; anuncia esta venida por boca de los profetas que se suceden en Israel. Además, despierta en el corazón de los paganos una espera, aún confusa, de esta venida.
  • 524 Al celebrar anualmente la liturgia de Adviento, la Iglesia actualiza esta espera del Mesías: participando en la larga preparación de la primera venida del Salvador, los fieles renuevan el ardiente deseo de su segunda Venida (cf. Ap 22, 17). Celebrando la natividad y el martirio del * Precursor, la Iglesia se une al deseo de éste: “Es preciso que él crezca y que yo disminuya” (Jn 3, 30).
  • 526 “Hacerse niño” con relación a Dios es la condición para entrar en el Reino (cf. Mt 18, 3-4); para eso es necesario abajarse (cf. Mt 23, 12), hacerse pequeño; más todavía: es necesario “nacer de lo alto” (Jn 3,7), “nacer de Dios” (Jn 1, 13) para “hacerse hijos de Dios” (Jn 1, 12). El misterio de Navidad se realiza en nosotros cuando Cristo “toma forma” en nosotros (Ga 4, 19). Navidad es el misterio de este “admirable intercambio”.
  • 563 Pastor o mago, nadie puede alcanzar a Dios aquí abajo sino arrodillándose ante el pesebre de Belén y adorando a Dios escondido en la debilidad de un niño.

leer:

  • La infancia de Jesús. Autor: Benedicto XVI.

ver:

  • Cuento de Navidad. Director: Robert Zemeckis.
  • La historia digital de la Navidad / www.youtube.com

pensar:

  • “Grandeza de un Niño que es Dios: su Padre es el Dios que ha hecho los cielos y la tierra, y Él está ahí, en un pesebre” (San Josemaría Escrivá).