“A leyer se aprende leendo”

Por , publicado el 27 de mayo de 2013

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«Ya mi habiyan dicho quiusté era un sambo malcriau, que cré mucho porque tiene cuatro riales. Sepa quiusté roba detrás del mostrador, sin peligro, como un cobarde, y yo en los caminos es poniendo la bida. Sepa también, quiamí nadies me falta el respeto, y quien me la debe me la paga». Este fragmento extraído del cuento Ni que juera hereje del escritor piurano Teodoro Garcés (en Toro Montalvo, 1996: 483) nos sirve para evidenciar ciertas palabras que en el habla se ven afectadas por deformaciones fonéticas. En el presente artículo nos centraremos en dos fenómenos fonéticos habituales que ocasionan ciertas incorrecciones: la síncopa (supresión de sonidos dentro de la palabra) y la epéntesis (adición de sonidos dentro de la palabra) del fonema palatal fricativo sonoro (grafías “y” y “ll”, en cuyo sonido no hace distinción alguna el hablante común yeísta).

No es raro escuchar casos de síncopas: *mantequía, *gaína, *cuchío, *masía, *pastía, *botea… Estas deformaciones no solo ocurren en la costa norte del Perú, sino también en otros dialectos generalmente costeños, como en la costa colombiana. La supresión se da en algunos casos por debilitamiento o relajación a la hora de pronunciar; y en otros, por verdaderas analogías con palabras terminadas en -ía como sequía, alegría… Por otro lado, existen casos de epéntesis pero en los estratos más populares y familiares; así, escuchamos decir palabras como: *sandiya, *celosilla, *enciya… o frases como: *Ya mi habiyan dicho…

La primera explicación a la existencia de estos vulgarismos la encontramos en la tendencia general del español americano a destruir el hiato, ya sea mediante la creación de un sonido epentético generando dos sílabas abiertas [sandíya]; o, como ocurre en la sierra peruana, con la realización de un desplazamiento acentual ([sándia]). Otra explicación va por la vía de la analogía que, al igual que en la síncopa, asocia incorrectamente dos palabras: sandía/mantequilla; por lo que el hablante “corrige” su pronunciación añadiendo el sonido /y/ ([sandíya]). Al respecto, es curioso mencionar como posible hipótesis de la generalización del término incorrecto *celosilla el hecho de que se vincule con el sufijo -illa; al igual que ventanilla, mesilla…; resultando quizá, posteriormente, una asociación en la imaginación popular de los hablantes con el diminutivo femenino de celosa; pues «la celosilla es muy celosa y no permite que se vea desde fuera el interior de una habitación o, en otras palabras, una celosía nos permitirá ver sin ser vistos»; pero de cualquier manera, el proceso respetaría esos pasos: primero la vinculación con el sufijo y, posteriormente, la asociación con el significado de celos que ya aparece documentada en el Tesoro de la Lengua Castellana de Covarrubias (1611) y en el Diccionario de Autoridades de la RAE (1726/1739).

Como consecuencia de todas estas asociaciones se cae en la ultracorrección, pues donde el hablante cree corregir, yerra. Con el tiempo estas se fijan como correctas originando falsas etimologías. Así, la gente cree que es correcto decir *celosilla en vez de celosía, *enciya en vez de encía o *masía en vez de masilla.

Espero, querido lector, que en este breve artículo usted haya comprendido las razones de por qué escucha decir que a “leyer se aprende leendo”.

Verónica Chumacero Ancajima

Shirley Verónica Chumacero Ancajima

Es magíster en Filología Hispánica por el Centro Superior de Investigaciones Científicas (CSIC), Madrid – España. Tiene los estudios concluidos de Maestría en Lengua y Literatura, Universidad de Piura. Sigue la línea de investigación sobre Teatro, Literatura y Didáctica. Es coautora de  Entregas a Elena, Reflexiones sobre el uso de nuestra lengua, libro que recopila artículos publicados en el diario  Correo de Piura; asimismo, ha elaborado el manual autoinstructivo Programación y Evaluación en Lengua y Literatura (UDEP), y ha escrito varios artículos relacionados con el teatro y la literatura.

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