Anglicismos, ¿se escriben como suenan?

Por , publicado el 25 de febrero de 2019

Hay varias palabras en castellano de procedencia inglesa que presentan dudas o variantes en el modo como se escriben o como se pronuncian. Empecemos con el caso de pijama o piyama. Esta prenda de vestir, caracterizada generalmente por tener dos piezas y destinada a servir de ropa de dormir, presenta una variación originada por la distinta manera como se incorporan los préstamos de lenguas extranjeras. El término procede del inglés pyjamas, lo digo a efectos del castellano, porque en realidad los ingleses adoptaron el término desde el hindú y el hindú lo tomó prestado desde el persa, idiomas que poseen sistemas de escritura muy diferentes. En España se introdujo por vía escrita y se le dio la pronunciación de jota, que no responde a su etimología. En América el término se difundió de forma oral, lo que demostraría tal vez un mayor y más temprano influjo del inglés en Hispanoamérica. Por eso se pronuncia (y escribe) con ye. Asimismo, mientras que en España se le dio forma de sustantivo masculino (el pijama), en América recibió forma de femenino, como corresponde a su final en -a (la piyama). En cualquier caso, las dos formas son correctas y están aceptadas por la Academia, aunque el diccionario remite, como malacostumbra, la forma americana a la española, privilegiando también aquí la norma peninsular sobre las normas americanas.

Es diferente lo que ocurre con jean(s), que no se escribe como se pronuncia (debería escribirse, exagerando el purismo, yin, yines). En España se optó por decir vaquero, tanto al pantalón como a las demás prendas que emplean ese tipo de técnica textil, seguramente por influencia del cine, con lo que se resolvió sin más el asunto. Otro caso similar es jumper, que ha conservado su ortografía original del inglés, pero solemos pronunciar también de una forma muy distinta a como se escribe. Si quisiéramos en verdad ser fieles al principio general de la ortografía castellana, por el que se ponen las letras como suenan deberíamos escribir: yámper. Es interesante, porque el término se introdujo por primera vez, como señala Martha Hildebrandt, muy tempranamente, seguro en la segunda mitad del siglo XIX, y los hablantes lo adaptaron desde entonces hasta ahora para decir y escribir chompa. Tenemos ahora un doblete: yámper y chompa. Del mismo modo jacket se adaptó a saco, apoyado seguramente en la etimología popular (un amigo decía que es saco porque se saca). Igual se escribe como suena suéter y son pocos y tal vez algo artificiosos los que escriben, como en inglés, sweater. Esa misma prenda en otros lugares se llama jersey que en España se pronuncia tal como se escribe (porque se introdujo también por vía escrita), mientas que en los países rioplatenses se mantuvo la pronunciación anglosajona (que si fuéramos puristas escribiríamos yérsey). Un caso más en ese sentido es jumbo, término empleado como cuantificador de magnitudes: foto tamaño jumbo, lápiz tamaño jumbo, o simplemente rollo de papel jumbo. En todo el español se ha optado por articular algo lo más parecido a la pronunciación inglesa y escribir el término en la grafía original, quizás porque ya nos vamos acostumbrando a que la jota (aunque muy poco) a veces se pronuncia como ye.

Lo mismo ocurre con el reciente blazer, que se podría escribir bléiser, aunque nadie lo hace. Y un último caso, aunque seguramente hay más. El diccionario académico no trae corduroy, pero sí corderoy, como un término usual en Argentina, Bolivia y Uruguay con el significado de ‘tela gruesa de algodón que se utiliza para confeccionar prendas de vestir’, y es equivalente a otras denominaciones, también procedentes del francés: pantalones de pana (en España) o también de gotelé (en Chile). En realidad, sería necesario señalar que en el Perú y en todo el resto de países hispanoamericanos se prefiere decir corduroy, (como sustantivo: pantalones de corduroy) en la forma más cercana a la forma gráfica de su etimología. En efecto, esta denominación textil proviene del inglés corduroy, que a su vez deriva del francés corde du roy, literalmente diríamos “cordel del rey”. Sin embargo, es probable que la variante rioplatense no haya alterado la grafía por etimología popular, sino más bien la disgrafía se ha podido producir por asemejarse más a la pronunciación inglesa. En tal caso, la grafía respondería no a la ortografía sino a la fonética del étimo anglosajón.

Al contrario, parece que va ganando camino la forma chores, que resulta de la hispanización de shorts, y es relativamente fácil encontrar en las vitrinas comerciales referencias a “chores baratos” o a “descuentos en chores y polos”.

En definitiva, hay variantes o dudas cuando una palabra extranjera entra por dos vías (oral y visual), aparece un dilema, pues entra en conflicto el deseo de reproducir en castellano la lectura de la grafía original (eso es posible siempre que no sea demasiado extraña) o la tendencia a aplicar a la escritura la percepción fonética del término (que puede hacer olvidar el origen extranjero del término). Lo más difícil es que se mantengan en todos los dialectos hispanos las dos cosas a la vez, es decir, la grafía y la pronunciación del idioma original del préstamo.

Carlos Arrizabalaga

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