Caballeros chanflones

El padre Vargas Ugarte elaboró en 1950 un pequeño glosario de peruanismos donde rechaza “deformaciones o desviaciones del modo tradicional de hablar”, ya que deplora que “cada día se habla y escribe peor”, según él, por las malas traducciones que circulan de obras inglesas y francesas. Entre esas palabras bárbaras “que se inventan” están algunas que prosperaron: continuismo, nutricional, junto a otras que bien merecían la reprimenda, como esplinático (del inglés spleen). No quiere dar nombres, pero al final acaba señalando a Luis Alberto Sánchez, que no le era tan simpático y hubiera podido mencionar a muchos que lo atacaron sin razón solo por el antijesuitismo jacobino que caracterizaba al liberalismo hispánico y era bandera ardiente de la masonería.

Hoy no faltan tampoco algunos intelectuales amantes de cultismos desaforados, de los ya que tan acostumbrados nos tiene ahora la prensa nacional, empeñada en llamar nosocomios a los hospitales, caudalímetros a los medidores y cosas así. El padre Vargas Ugarte seguramente habría podido señalar a cientos de autores pedantes que pululan hoy por las aulas, tan deseosos de destacar con palabras difíciles y altisonantes. Nos hemos contagiado de eufemismos recontra técnicos y un poco necios: decimos “hipoglucémico” en lugar de desnutrido, “policontusionado” al que sufrió un accidente, hablan de “performancia” para mencionar al desempeño laboral y afirman algunos que su evolución es “meteórica”, que no está tan mal como metáfora aunque cae por fugaz y no por acelerada. También nos preocupan la “multidimensionalidad” y el “emprendedurismo” siempre que esté de moda y que sean palabras suficientemente largas y difíciles.

Asimismo, hemos escuchado gazapos que los lingüistas explicamos, perdón por el cultismo, por contigüidad semántica: alguien pedía “una retribución ecuánime” (solo para él, pero supongo que equitativa), y otro pedía que el profesor fuera “convaleciente” (por condescendiente). O se anunciaba la venta de “un queso mejor cualificado” (como si tuviera curriculum vitae). Esas palabrerías en efecto no deben registrarse en un diccionario.

Hace tres siglos el poeta Caviedes se burlaba con acritud de los caballeros chanflones (se decía chanflona a la moneda falsa o a la persona despreciable) que procuraban labrarse fortuna en los palacios y para ello hacía falta ser un poco soplones, algo de alcahuetes “y un mucho de parleros”, censurando a los demás aunque fuera sin motivo. Pero al arribista le recomienda vivamente que se ponga “muy grave y muy severo y aprenda muy despacio lo que son etiquetas de Palacio”:

Si nombrare al virrey, diga: Su Esencia,
y no como la plebe: Su Excelencia;
al título lo trate de Usiría,
y que le nombra así de cortesía.

Una burla. Y entre las palabras que no pueden faltar de su vocabulario, destaca Caviedes que “un villano aprendiz de condestable, oficial de pobreza y practicante de duque, de marqués y de almirante” dirá siempre que pueda y ante todos los presentes “las cláusulas siguientes: el punto, el garbo, la razón de Estado, etiquetas, usía, obligaciones, continencias, vuecencias, (…) y caballero quedas entablado –se burla el poeta– de la coronilla a los talones”. Y se burla también de los que aparentan poniéndose anteojos para darse “gatazo de entendido”, porque “al mayor majadero por Séneca acreditan”. Ya entonces se empleaba la expresión gatuna para acusar ese afán de asentar en la sociedad las apariencias por encima o incluso en lugar de los méritos que son lo único que verdaderamente puede resolver los problemas que nos amenazan.

Carlos Arrizabalaga

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