Cartas finlandesas, de Ángel Ganivet

Por , publicado el 17 de diciembre de 2019

Para quienes la practican y frecuentan, la literatura de viajes, tanto imaginarios como reales, siempre ha sido una manera de descubrir otros lugares y, de rebote, acabar conociendo mejor la propia realidad. Muy a menudo, este último es el objetivo principal: preguntarnos por qué somos como somos y hacemos lo que hacemos, puesto que la mirada del foráneo no admite sobrentendidos, y el conocimiento de nuevos hábitos le revela cuánto escasea en el mundo lo evidente.

Ángel Ganivet (1865-1898) es uno de los escritores menos conocidos de la española “Generación del 98”. Puede que se deba a que, entre otras cosas, en ese mismo año decidió quitarse la vida. Entre la obra que dejó, breve e interesante, se encuentran marcados por el signo del viaje su novela satírica La conquista del reino de Maya y dos libros de crónicas fruto de sus viajes por Europa como diplomático. En Granada la bella, el autor reflexionaba sobre los dilemas del progreso, con la memoria en su tierra natal y los ojos puestos en la ciudad belga de Amberes. Destinado más tarde a Helsingfors (la actual Helsinki), en una Finlandia todavía parte del imperio ruso, se sintió fascinado por una civilización profundamente diferente y hasta opuesta a la española, que fue describiendo y comentando con gracia en sus sucesivas Cartas finlandesas.

Ganivet abandona en su prosa cualquier empaque consular, y escribe sus impresiones de manera llana y espontánea. Aunque, como anuncia en la primera de sus cartas, no piensa contar de Finlandia toda esa información estadística que no interesa ni a los propios finlandeses, se extenderá sobre el estatus político del territorio (que gozaba de autonomía dentro del autocrático imperio de los zares); la coexistencia de la cultura sueca, urbana y cosmopolita, con la tradición rural de lengua finesa, en pleno renacimiento nacionalista; la tristeza del clima y la pulcritud de las calles, las viviendas, la comida, la economía doméstica y el ocio, las artes y las letras (resulta amenísimo su resumen y comentario de la epopeya nacional finlandesa, el Kalevala, en la carta XX). Le llama especialmente la atención el grado de independencia alcanzado por la mujer, incorporada al mundo laboral, que a menudo vive sola, monta en bicicleta e incluso posee alta instrucción y se la exige a sus pretendientes: «Don Juan tiene que convertirse aquí en maestro de escuela, porque Doña Inés está cargada de diplomas» (VIII).

El sentido práctico de los finlandeses es siempre elogiado por el autor. A este le atribuye la transformación de un país de naturaleza pobre y despoblada en una sociedad ordenada, próspera y culta (carente, para sorpresa de quienes tengan alguna noticia de la Finlandia del siglo XXI, de enseñanza estatal no superior). Sin embargo, suele desconfiar de la posibilidad de aplicar esos cambios a su propio país. Para Ganivet, hijo de su época, una idea clave es la existencia de un “carácter nacional”, inherente a sus habitantes, manifestado en el caso de España en un congénito descontento que hace más conveniente dejarlo todo siempre por hacer (VII). Cierto es que nuestro escritor viajero bien podría haberse repensado el carácter nacional a la luz de las muy pintorescas ideas que sobre España tenían los finlandeses, fruto de la literatura romántica de la época, de las que brinda un buen ejemplo su hilarante glosa al libro de viajes del pintor sueco Egron Lundgren (XI).

Un alcance de las Cartas finlandesas, inesperado para su autor, es el de literatura “de anticipación”, que rutinariamente solemos atribuir a los relatos de ciencia ficción. Hoy día muchos se asombran de cómo se han hecho realidad fabulaciones discurridas décadas e incluso siglos atrás. Igualmente, hoy podemos (atención, que ahí va un políptoton) asombrarnos de cómo no nos asombramos (ni nos reímos) de lo que en su momento asombraba a Ganivet, testigo atento, pero irónico y escéptico, de lo que para él eran costumbres exóticas de una remota y helada esquina de Europa. Sin embargo, igual que la mentada emancipación femenina, tampoco sorprenden al lector actual la presencia de un teléfono en cada casa que interrumpe cualquier reunión doméstica (VI); que las universidades hayan asimilado funciones de academias y escuelas técnicas, además de abrir al público funciones culturales (XIII); la existencia de sociedades protectoras de animales o el impune ornato de la ciudad con palomas (XV); o aquel extraño desapego de los finlandeses por su hogar que los llevaba a nacer en casas de maternidad y a morir en hospitales (XXII).

Manuel Prendes Guardiola

4 comentarios

  • El autor dice:

    Creo que no estará de más anotar, a propósito de mi interpretación de las “Cartas finlandesas” como literatura futurista, que Ángel Ganivet fue también autor de uno de los primeros cuentos de ciencia ficción de la literatura española, “Las ruinas de Granada”.

  • Anónimo dice:

    El comentario del autor vale por 3.

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