Contar la muerte para vivir. El peculiar caso de Horacio Quiroga

Por , publicado el 27 de marzo de 2020

Considerado como uno de los padres del cuento hispanoamericano moderno, es sin duda también uno de los “culpables” de la preminencia del cultivo de ese género en las letras de este continente literario.

Quien más quien menos conocerá alguno de los cuentos de Horacio Quiroga (1878-1937), se habrá estremecido con Jordán y su criada cuando abrieron «El almohadón de plumas» para descubrir los motivos de la muerte de Alicia o habrán lamentado que los padres no llegaran a tiempo para evitar que sus hijos jugaran a “La gallina degollada”. La muerte, que en estas semanas se ve casi como tema recurrente e inevitable por obra del coronavirus, ya era en el caso de Quiroga una amenaza que estremecía a los lectores, al comprobar cómo los protagonistas vivían en un imposible equilibrio, un juego sobre el alambre con la muerte como única red posible, destino final y próximo en el que suelen terminar muchos de los protagonistas de sus cuentos.

La muerte como tema en su obra no deja de ser un reflejo de lo que fue en su vida, en la que aquella tuvo siempre un especial protagonismo, comenzando por la muerte de sus padres, las defunciones accidentales de algunos de sus mejores amigos, el suicidio de su primera esposa, el suyo propio al saberse enfermo sin remedio de cáncer o, tiempo después de su muerte, como una siniestra posdata en la carta de su vida, el suicidio de dos de sus hijos. Tanta muerte y tanto desánimo fue exorcizado por una tendencia a la hiperactividad que le llevó a desempeñarse en labores tan dispares como la de ciclista, profesor universitario, representante consular en la selva de Misiones, inventor de máquinas para matar hormigas, destilador de licor de naranjas, colono selvático y cultivador de hierba mate y, sobre todo, escritor, principalmente de cuentos, si bien al comienzo lo fuera de poesía modernista y de novelas sentimentales, con las cuales no alcanzaría ni la gloria de las letras ni encontraría una voz tan propia como la que llegaría a tener.

Lo interesante en su caso, calidad contrastada aparte, fue la elaboración de todo un discurso teórico sobre el cuento como género literario. Tanto en el “Decálogo del perfecto cuentista” como en “Ante el tribunal” o “La retórica del cuento” y otros escritos, Horacio Quiroga supo descubrir para el lector y para los escritores en ciernes las claves para el manejo del género, entre las que se destacan la idea de redondez, de que el cuento es algo perfectamente acabado a lo que no le falta –y sobre todo, ¡no le sobra!– nada, la idea de que el éxito del relato depende tanto del comienzo como del final, al que el escritor se dirige desde las primeras líneas. Y todo ello poniendo como ejemplo sus cuentos, en más de diez libros, entre los que se pueden destacar fabulaciones naturales como «Anaconda» o «Las medias de los flamencos», reflexiones sobre la vida en la selva en «Miel silvestre», «A la deriva», «El hombre muerto» u otras más obsesivas sobre los celos, la mala conciencia o el amor más allá de la muerte en «El espectro» o «El síncope blanco».

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