¿Discurso coloquial o prosa?

Por , publicado el 10 de abril de 2017

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Probablemente para los lectores el término prosa supone un recuerdo de la etapa escolar, pues es ahí, en las clases de lengua y literatura, cuando por primera vez su uso se torna común, tan frecuente como la confusión de su significado, ambivalencia errada con la que el hablante inadvertido cargará por el resto de su vida. El problema se explica desde distintos puntos. Primero, sucede que prosa es definida por defecto: esta es todo discurso que no se construye en verso y que, en consecuencia, no es poesía. De hecho, esa es la primera acepción que brinda la RAE. Pero, si del total de discursos excluyésemos los planteados en verso, quedaría todavía una tremenda disimilitud entre los textos restantes. La simpleza de esta oposición es notoria especialmente si se toma en cuenta que dentro de prosa están mezcladas las producciones coloquiales, científicas y literarias: conversaciones, ensayos, novelas, narraciones espontáneas, crónica periodística, etc.

Pero esta perspectiva no es del todo infundada. Una corriente importante en la literatura del siglo XX, y de la que participaban poetas reputados, sostuvo una concepción de verso sobrecargada de elementos más circunstanciales que fonológicamente esenciales, por lo que, para ellos, era una unidad de naturaleza superior, casi mágica, frente a la cual todo lo demás resultaba prosa, primaria y menos elaborada. Así, T. S. Eliot no considera prosa la prosa de Anabase (1924) de Saint-John Perse dada la complejidad de sus metáforas.

En segundo lugar, es verdad que existe un trasfondo común que agrupa todos los textos considerados como prosa en contraposición al verso. Y es que, en cuanto a la entonación, el verso es una unidad melódica cuya composición se debe a relaciones de carácter sonoro, por ejemplo, identidad o disimilitud en la distribución de acentos o la duración del segmento. Para cumplirse, la pausa y la curva del verso se superponen sobre el flujo de la frase. En cambio, la frase es la unidad sintáctica que rige tanto el discurso coloquial como los textos literarios no versales, y su duración y curvatura dependen del pensamiento que expresa.

Hay algunas aclaraciones al respecto. En principio, la palabra prosa sí tiene dos significados, pero no la ambivalencia asumida. Según el Diccionario crítico etimológico de Joan Corominas (1974), ya para el hagiógrafo Gonzalo de Berceo (1198) la palabra designaba una composición religiosa en verso que se cantaba en la misa. Dicho significado, caído progresivamente en desuso, todavía puede rastrearse en el siglo pasado. A este apunta el título de uno de los libros de Rubén Darío, Prosas profanas (1896), así sí como los versos del soneto “Piedra negra sobre una piedra blanca” (1931?) de César Vallejo:

Jueves será, porque hoy, jueves, que proso

estos versos, los húmeros me he puesto […]

El desconocimiento es tal, que críticos sesudos no saben reconocer la referencia de prosar y le achacan al poeta un oxímoron, cuando no un error léxico.

Asimismo, no todo lo que no es verso comparte una misma naturaleza, pese a coincidir en el aspecto referido, pues los textos varían según su forma de organizar los enunciados y el resultado consiguiente. A continuación, se presentan cuatro fragmentos tomados de distintos ámbitos textuales:

  1. Ayer la vimos, pues, ¿no?, que fuimos a la fiesta en Surco, lejos. Era recontra lejos. Ya, ahí estaba. Ya de ahí nos fuimos a otro lado [Transcripción de una conversación].
  2. Se requería disponer de una frase más amplia y variada que la usual hasta entonces. La prosa de las Partidas supone un esfuerzo extraordinario y fructífero. El pensamiento discurre en ella con arreglo a un plan riguroso, de irreprochable lógica aristotélica, con perfecta trabazón entre los miembros del período [Rafael Lapesa, Historia de la lengua española].
  3. Reina y princesa y duquesa de la hermosura, vuestra altivez y grandeza sea servida de recibir en su gracia y buen talente al cautivo caballero vuestro, que allí está hecho piedra mármol, todo turbado y sin pulsos, de verse ante vuestra magnífica presencia [Quijote, Segunda parte, cap. X].

La distancia entre los ejemplos es patente. A diferencia de 2, 1 presenta redundancias, agregados inútiles y digresiones hasta el punto que no se evidencia una unidad temática. ¿Habla de la fiesta o de la chica? ¿Es una narración? Los enunciados no se organizan en un período que muestre sus relaciones lógicas: las oraciones están sueltas. Los rasgos de 2 son opuestos, es un discurso académico: hay subordinación, busca claridad en la exposición. El fragmento 3 coincide con 2 en su ordenamiento opuesto a 1. Pero su resultado es más que informativo, expresa emoción: el período se orquesta según un juego de ascenso y descenso de la curva entonativa: en el ascenso se coloca la invocación solemne; en el descenso escalonado, el llamado a la misericordia. El texto 1 es un ejemplo de discurso coloquial; 2, de prosa científica; y 3, de prosa artística. Puede alegarse que las diferencias radican en el carácter espontáneo de 1; pero las mismas carencias estructurales se observan en textos escritos, asimismo una persona instruida puede expresarse fluidamente como 2. El rasgo irreductible es que, a diferencia de la prosa, el discurso coloquial no instituye como parte de su unidad estructural la organización de las frases en pro de un efecto que potencie las posibilidades comunicativas del mensaje. Por otro lado, la prosa artística supone mayores posibilidades de expresar afectiva o imaginativamente que la científica.

Renato André Guizado Yampi

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