«El análisis. Teatro sobre el teatro, como la misma vida»

Por , publicado el 26 de noviembre de 2018

Decía Vittorio Gassman que el teatro no existía para representar la realidad, sino para transformarla. Esa es la razón por la que, durante siglos, el teatro ha servido para crear, cambiar, inflamar y remover conciencias, colectivas o individuales. Ver algo parecido a la realidad –o a veces más real que la realidad misma– enfrente de uno ha ayudado tanto a la evasión como a afrontar la realidad; con una o con otra, la vida no se ve de la misma forma al salir del teatro.
Quizás ese sea el motivo que justifica el especial protagonismo del teatro en los escenarios de Lima, y también, por su poder de irradiación, del resto del Perú. No es suficiente con que se traigan musicales de otros países, con la representación de clásicos propios y ajenos, –aunque cada vez menos ajenos–, sino que es de vital importancia que se representen obras nuevas, de autores vivos, que entronquen con la tradición teatral y al mismo tiempo la renueven.
El análisis, opera prima de Franco Iza Montoya, cumple con todas estas premisas, y muchas otras. Como toda obra de teatro, esta, con que ganó el 2015 el premio del Festival de Dramaturgia Peruana Contemporánea “Sala de parto”, encierra una reflexión sobre la vida –en este caso más que encerrar se muestra–, pero también sobre la forma en que esa vida dialoga con el teatro. Todo ello gracias a que un director de teatro de cierta edad recibe sesiones sicoanalíticas de un joven, Esteban Alarco, obligado por su hijo, quien le ha puesto como condición someterse a tratamiento si quiere disfrutar del trato de su nieto. Como es de esperar, siendo el chantaje quizás la peor motivación, los primeros encuentros son más bien desencuentros, en los que el paciente deja pasar el tiempo en silencio, mientras el terapeuta se pregunta sobre cómo lograr acceder a él. Entre el desprecio, los prejuicios y una actitud de rechazo de hombre herido por la vida, por sus errores propios y ajenos desde la infancia, el sicólogo consigue, como quien no quiere la cosa, extraer información valiosa de Alfonso Iglesias. Es un director de éxito, con una larga carrera y más de ochenta montajes a sus espaldas, «seguro que ha asistido a alguna, si de verdad le gusta el teatro». En esa conversa, el sicólogo descubre que, efectivamente, asistió a su montaje de La vida es sueño, y no en una, sino en seis ocasiones. Recuerda que hizo un gran trabajo para uno de sus cursos en la universidad, y a partir de ahí, de La vida es sueño, se establece al fin un diálogo en el que Iglesias hará de Segismundo de tal modo que tras las palabras del oculto príncipe de Polonia vaya asomando su propia conciencia, el reconocimiento de su culpa, todo aquello que le ha ido pesando en la vida. El final, atroz, es al mismo tiempo liberador y el director logra ser él mismo, despojado de máscaras, de apariencias, de las costras del dolor y del resentimiento.
El montaje es sencillo. Este drama es un homenaje al legado de la palabra, y precisa de muy poco para que esta se encarne y llene de sentido el espacio destinado en el escenario. Se bastan los dos personajes y sus conciencias. De este modo la palabra lo cubre todo. En dos planos simétricos contamos con la sala donde atiende Esteban Alarco, el sicólogo, y con dos espacios más al fondo, que representan el tiempo que transcurre entre sesión y sesión, cada uno en su casa. En silencio, los espectadores asisten a la manera en que el sicólogo prepara cada sesión y Alfonso Iglesias vive la cadena perpetua de su soledad. Los dos actores, además, realizan un gran trabajo.
En la reciente puesta en escena en el teatro de la Universidad Nacional de Piura, no resulta difícil identificar a Rafael Sime como un hombre de mil batallas en los teatros, que con un gesto no oculto por la oscuridad de su barba sino más bien subrayado, es capaz de trasmitirnos el sabor amargo de la vida de su personaje. Es capaz, además, de hilar el verso de Segismundo hasta hacerlo propio, y de incorporar sus propios versos, de decir tanto con sus palabras como con sus silencios. Su trato hosco y duro esconde sin disimulos la fragilidad del cristal y la herida viva del niño que oculta a los demás pero que todavía es. Por su parte, Edward Pérez, en el papel de Alarco, el sicólogo, trasmite la inocencia de la juventud, capaz de desarmar con su paciencia, una a una, las múltiples barreras de cinismo y fingida indolencia de su paciente.
Calderón con su Vida es sueño está presente en las palabras revividas de Segismundo, demostrando que los clásicos no lo son por el empeño de los profesores o los índices de libros de historia de la literaria cubiertos de polvo, sino porque, en cada época, siguen dando respuestas a viejas y nuevas preguntas de lectores, actores, directores o espectadores, cuando no son, sin más, toda la respuesta.

Crisanto Pérez Esain

3 comentarios

  • Anónimo dice:

    Y ¿porqué en la foto que presentan “El análisis”, ni otros, llevan las tilde?

  • Juan Pérez Nomás dice:

    Viendo la foto con que presentan «El análisis. Teatro sobre el teatro, como la misma vida», vemos que a la pregunta ¿Se tildan las letras mayúsculas?, hay que responder sí, pero se pueden tomar ciertas licencias.

  • Anónimo dice:

    Juan, creo que acaban de retocar la foto colocando la tilde a “anónimo”.

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