El castellano de Tarzán

Por , publicado el 15 de abril de 2019

Éramos nosotros muy niños, y el Inglés, un fastidio mayor que el de todas las demás asignaturas. Por qué a los nietos de Noé se les habría ocurrido meterse a albañiles, con lo bien que se debía de estar pastoreando. Caímos por primera vez en lo difícil que también debía de ser aprender nuestro idioma, a no ser que les prestáramos a los pequeñines de la casa una atención que no se merecían, gracias a las películas de las tardes de sábado. En concreto, a las del Oeste, donde los indios desenterrar hacha de guerra hasta que finalmente probar medicina de hombre blanco, y mucho más llamativamente las de Tarzán, cuyas dificultades en la conjugación daban más lástima, porque se trataba del héroe y además delataban a su compañera Jane como no muy buena profesora.

Décadas más tarde, cuando aquellas películas eran apenas un recuerdo, pálido como el rostro de Buffalo Bill, me encontré en la vida real con amplios grupos de hablantes que igualmente, ante la comodidad del infinitivo, preferían evitar las formas personales del verbo. Los podemos reconocer cuando emiten peticiones o advertencias (“Por favor no olvidar que falta enviar los documentos”, “Favor de tener en cuenta esta información”), y para introducir anuncios (“Estimados: para comunicarles que suspenderemos el suministro eléctrico”) o discursos de cierta solemnidad (“Buenas noches: lo primero, agradecer la invitación…”). En fin, de esto ya ha publicado Castellano Actual algún artículo (http://udep.edu.pe/castellanoactual/17212-2/) donde se aclara la norma respectiva y se explican las causas de esta construcción.

Durante un tiempo yo censuraba este tipo de usos, en privado y hasta en público, como ‘lenguaje tarzanesco’. Sin embargo, dejé de hacerlo a medida que me fui acostumbrando a escucharlos y pensando el asunto con más serenidad. No ciertamente porque me mereciera mejor opinión este tipo de retórica empobrecida, sino porque caí en la cuenta de que estaba cometiendo una grave injusticia con el rey de los monos, personaje que, para mí, aunque quedaba muy atrás en el tiempo, poseía muchas más facetas que el yo Tarzán, tú Jane de las películas de Johnny Weissmüller.

Y es que, cuando mi infancia ya había pasado de tierna a correosa, yo había descubierto otro Tarzán: el de las novelas. La criatura original de la fantasía de Edgar Rice Burroughs, aunque su corazón salvaje respondiera siempre a la llamada de la selva, había asimilado todas las apariencias de la civilización. Era conocido como John Clayton, vizconde de Greystoke, quien moraba primero en su mansión de Londres, y luego en su granja africana. Llegaba a manejar autos y pilotar aviones, así como a hablar el inglés, además de su simiesca lengua materna y unas cuantas humanas más, con toda corrección y fluidez.

Aparte de lo dicho sobre el personaje, sucede que aquella prestada colección de las aventuras de Tarzán que, impresa en los años 70, hizo mis delicias, tenía una prosa cautivadora que tampoco he podido olvidar. No solo por un ritmo narrativo que debía ser entero mérito de aquel maestro del pulp que fue Burroughs, sino por un vocabulario expresivo, rico y fascinante que solo cabía atribuir al responsable de la traducción al castellano. Una breve pesquisa por internet me revela el nombre de Emilio Martínez Amador, y sitúa el momento de la traducción en los años 20-30 del pasado siglo, es decir, en plena Edad de Plata de la literatura española.

A la recreación del texto de Burroughs realizada por Martínez Amador, le debo no solo el aprendizaje de nuevas palabras relativas a la realidad africana como ñame (raíz comestible), boma (recinto cercado) o áskaris (soldados indígenas al servicio de los europeos), sino también el de sonoras palabras de mi idioma que no daban sensación de pedantería, sino de precisión e intensidad. Cito otra vez de memoria: Tarzán, desde una rama, le hablaba con zumba al jabalí que se disponía a cazar, o bien al rinoceronte que le acechaba cegarruto y torpe. Trepaba hasta el más alto pingorote de los árboles. Una fiera afufaba ante la amenaza del cazador. Un nativo oxeaba al insecto que le estaba rondando fastidiosamente. Descubrí también en aquellas historias la existencia del ajenjo (que solía beber el pobre héroe en sus épocas solitarias de París, antes de ser reconocido como heredero de los Greystoke), del orín causado por la humedad, del mortal venablo que blandía el hombre-mono. Hablando de armas, cierto explorador perdido consideraba defenderse de unos leones con un simple cachorrillo (‘pistola pequeña’), o el capitán y los oficiales del bergantín Fuwalda se valían del rebenque para castigar a sus hombres, hasta que estos (“la abigarrada dotación” del barco) se amotinaban, les daban muerte y abandonaban ―origen de la historia― a los padres de Tarzán en la costa africana.

Todas aquellas palabras me han dejado un sabroso rastro, superior incluso a las propias historias de Tarzán, que dejaron de apasionarme cuando llegó el momento. Cuando compruebo cómo algunos autores, editoriales y educadores confunden el acercamiento de los jóvenes a la lectura con despejarles del camino cualquier término que no sea de uso cotidiano, siento inmensa gratitud por el extenso trabajo que realizó un “simple” traductor de novelas de aventuras.

Manuel Prendes Guardiola

 

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