El jinete polaco, de Antonio Muñoz Molina, o cómo escribir una novela de amor

Por , publicado el 22 de febrero de 2021

Si bien el amor en la literatura es una clara demostración de que esta se inspira en la vida y la mejora, –o lo contrario–, para hacerla más vivible o, en muchos casos, interesante, escribir sobre amor y que el lector asuma que lo leído va más allá del cumplimiento de una serie de convenciones literarias que adscriben la novela, el poema o el drama en cuestión a un género determinado. Escribir sobre amor sin que la lectura deje de ser apta para diabéticos o sin que chorreen almibaradas palabras hasta el empalago tras cada capítulo; escribir sobre amor y que el lector se enamore de la propia lectura es quizás uno de los ejercicios más complejos en el arte de la escritura, y pocos autores contemporáneos lo han sabido hacer como, sin duda, lo hizo Antonio Muñoz Molina en El jinete polaco (1991).

Se dice que Stendhal leía unos cuantos capítulos del código civil francés antes de acometer cada día la escritura de algunas páginas de La cartuja de Parma o de Rojo y negro. El escritor español Antonio Muñoz Molina, ganador del premio Planeta con esta novela, confesó que, llevado por la necesidad de escribir sobre el amor, pero conocedor de los riesgos que tal empresa acarreaba, antes de acometer la escritura de los pasajes centrales de esta novela, leía todos los días los breves capítulos del Cantar de los cantares, el libro del amor por excelencia, tanto en un plano humano como en otro de cariz místico, de la Biblia.

Como las cosas importantes de la vida –y no vamos a discutir ahora que el amor lo sea, pues su presencia o su ausencia determina muchas veces cómo afrontamos nuestra existencia– esta novela, además del amor de pareja, trata de muchas otras cosas o, si se prefiere, de muchos otros amores. Entre ellos, el amor pocas veces confesado de un hijo a un padre, que se da cuenta, quizás demasiado tarde, del amor que este –aceitunero humilde– le profesó; el amor de una persona por su familia, cuya historia pasa a relatar desde el bisabuelo en los tiempos de Prim (personaje crucial de la historia de la España decimonónica, muerto en 1870) hasta los años inmediatamente anteriores a la escritura del libro; el amor de Muñoz Molina por su tierra, convertida en la novela en Mágina, nombre real que en este caso sirve para referirse a Úbeda, terruño del autor, ciudad que crece a la sombra de la sierra de un nombre tan evocador. Se trata también del amor por la palabra y por el simple gusto de recordar, escribir y entrelazar con las palabras una gran historia. El amor, cuando se lee esta novela, está en el aire, como se intuye en la niebla de los olivares magineros o en la forma en que el protagonista, Manuel, traductor simultáneo, retoma el destino de su vida y decide exponer ante la mujer que siempre amó lo que siente por ella, algo que a lo largo del tiempo intentó superar y que ha ido madurando, pasando de ser el típico amor juvenil a un amor esencial de madurez.

El amor que siempre se dice, y crece conforme se da, crecerá también a la lectura de quienes, como yo, se descubran embelesados por la musicalidad de las palabras, la cadencia de las frases y el amor a una buena historia, algo garantizado si tienen a bien aceptar esta recomendación.

 

Un comentario

  • Anónimo dice:
    Tu comentario está pendiente de moderación

    No sé, pero yo la escribiría con párrafos no tan largos,

  • José Rivera dice:

    El amor puede dar pie a excelentes historias de amor. Romeo y Julieta, por ejemplo. Un verdadero derroche de pureza, pasión y entrega.

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