El que calla no siempre otorga

Por , publicado el 25 de noviembre de 2020

El conocido refrán El que calla otorga nos recuerda que la acción de guardar silencio equivale a una aprobación. Sin embargo, nuestro conocimiento como hablantes nos ha enseñado que sobre el silencio no existe una interpretación unívoca, ya que puede reflejar tanto una afirmación como una duda e, incluso, una rotunda negación. Precisamente, este artículo se propone abordar el silencio como un componente del acto comunicativo.

El hombre es un ser de palabras, se manifiesta a través de estas y construye con ellas un puente que le permite conectar su interior con el de los demás. En el acto comunicativo, las palabras no están solas, se complementan y enriquecen con otros elementos de carácter no verbal: los gestos, la intensidad del sonido, la velocidad de emisión, la postura, etc. Entre estos, encontramos al silencio. Pero no nos referimos al silencio objetivo, es decir, al que alude la primera acepción del Diccionario de la lengua española (2014) como ‘abstención del hablar’, sino al silencio subjetivo o elocuente que, dentro de un análisis pragmático, conlleva tanta carga significativa como la mejor de las frases.

A pesar de esta gran carga significativa, abordar el estudio del silencio no ha constituido una tarea sencilla; no solo por la aparición tardía de la pragmática —esa disciplina de la lingüística que estudia las circunstancias del acto comunicativo— sino, especialmente, por la multiplicidad de significados que puede encerrar. Cuando un hablante calla intencionalmente, con su silencio está construyendo un acto de habla ilocutivo, es decir, cargado de una determinada intención, la misma que debe ser interpretada por el interlocutor. Y es que en el silencio —en ese no decir— se encuentra la carga de significación. En este sentido, callar no es antónimo de hablar, sino su gran complemento.

De acuerdo con lo anterior, cabe preguntarse de qué manera debe ser entendido el silencio, con qué elementos cuenta el receptor para que su interpretación no resulte fallida. Para comprender la forma en la que el interlocutor logra interpretar los silencios, podemos valernos del concepto pragmático de implicatura, es decir, de aquellas informaciones que el emisor no expresa literalmente, pero que el receptor logra deducir a través la reconstrucción del contenido implícito.

De esta manera, para desambiguar los múltiples significados que puede encerrar el silencio, es sumamente útil apoyarse en el contexto y en todo lo que este comprende: contenido lingüístico previo, lugar, tema abordado, reacciones anteriores y un largo etcétera; asimismo, son relevantes los conocimientos previos del receptor: su cultura, cuánto conoce a su interlocutor, su conocimiento del mundo, etc. Por tanto, mientras más cerca esté el interlocutor del conjunto de informaciones transmitidas por el emisor, más posibilidad tendrá de interpretar correctamente el mensaje, incluidos los silencios. En la novela Por vivir en quinto patio de Sealtiel Alatriste (1985, p. 67), vemos que un corto silencio puede abrir variedad de interpretaciones para el receptor:

—Vengo a ayudarte.

—¿A qué?

—¿Cómo que a qué?

Se calló un momento, fue tan sólo un segundo, pero bastó para que yo tuviera mil pensamientos: ¿para volverse mi conciencia?, ¿para servirme como muestra de la sensibilidad que yo buscaba?, ¿para amedrentarme?, ¿para mostrarme mi incurable locura?

Según lo comentado, tanto el hablar como el callar pueden constituir actos comunicativos. En consecuencia, el hablante puede elegir el silencio como una genuina posibilidad para comunicar lo que, en ese momento, no desee expresar con palabras. Tomemos como ejemplo el fragmento de la autora Victoria Ocampo en su obra Testimonios (1977, p. 159):

¿Soy yo “otra”, Kyo?

Él se calló de nuevo. Sí, en aquel momento, ella era otra. Algo entre ellos había cambiado.

Aunque no siempre el silencio cuenta con un correlato gráfico en la escritura, en algunas ocasiones se suele recurrir al uso de los puntos suspensivos. La Ortografía de la lengua española (2010, p. 396) nos señala que se usan estos signos:

  1. Para indicar una pausa transitoria en el discurso que exprese duda, temor o vacilación: No sé… aún no lo he decidido.
  2. A veces, sin que impliquen omisión, los puntos suspensivos señalan la existencia de pausas que demorar enfáticamente el enunciado: Ser… o no ser… Esa es la cuestión.
  3. En los diálogos, señalan silencios significativos de los interlocutores. Si en este uso, además, van entre signos de interrogación o exclamación expresan que uno de los participantes en el diálogo reacciona sin palabras, pero mostrando su duda o extrañeza ante lo dicho por otro:

¿Te das cuenta de lo que has hecho?

¿…?

Siempre tienes que arruinarlo todo.

Ya lo saben, estimados lectores, el silencio conlleva una gran riqueza significativa. De acuerdo con las intenciones del emisor y con el contexto en el que aparezca puede expresar duda, afirmación, ironía, negación, etc. No olvidemos que es tan rico en matices como la palabra misma. Para cerrar, los dejo con este proverbio indio: «Cuando hables, procura que tus palabras sean mejores que el silencio».

2 comentarios

  • Jacinto Gonzáles dice:

    Y ¿si el silencio va acompañado del lenguaje no verbal (gestos)?

    Mejor me callo.

  • johnny Higa dice:

    como podríamos interpretar objetiva o subjetivamente: un mensaje escrito por mail, chat, etc. algo tan de moda actualmente?
    muchas gracias
    johnny Higa.
    dni:07975577
    DNI.

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