¡Habla bonito, oye!

Por , publicado el 27 de noviembre de 2017

La expresión inicial, sin duda, resultará extraña para algunos hispanohablantes. Se trata, sin embargo, de un uso extendido en el habla peruana informal. En primer lugar, conviene atender al uso de bonito y luego a lo que la expresión en sí misma comunica, que es realmente lo que aquí interesa.

Bonito, como todos reconocerán, es normalmente un adjetivo, por lo que puede modificar a un sustantivo, con el cual concuerda en género y número [cuadro(s) bonito(s), casa(s) bonita(s)]. No obstante, el adjetivo es capaz de funcionar también como un adverbio, para lo cual renuncia a su flexión y permanece invariable (en masculino singular: bonito) y de esa forma puede modificar, ya no a un sustantivo, sino a un verbo, indicando una característica de la acción, tal como lo hacen los adverbios. Con esa forma se emplea, pues, en la expresión del título y en otras: ¡Chicos, jueguen bonito, sin pelear!; ¡A ver, pórtate bonito, niño!; ¿Cantas bonito?; ¡Siéntate bonito, por favor!

Pero ¿qué quiere decir “hablar bonito”? Generalmente, con esta forma se llama la atención sobre la manera de hablar del interlocutor, cuya expresión resulta incómoda, chocante o desajustada a lo esperado en la situación comunicativa. No se trata solo de pronunciar correctamente (que también puede ser), sino más bien se apunta a la selección de las palabras, a la forma que toma el mensaje. Conminar a alguien a “hablar bonito” significa hacerle notar que su expresión no se ajusta al tema del que se habla o a la persona a la que se dirige o al momento o lugar en el que se encuentran. En otras palabras, que al comunicarnos, además de saber qué es lo que queremos decir, hay que saber cómo decirlo; esto es, se debe saber elegir el registro adecuado.

Del mismo modo que una persona elige su vestuario acorde con la ocasión (o debería), el hablante ha de ser consciente de que necesita ajustar su forma de hablar a la situación en la que se comunica. No a todos se les saluda con ¡Hola, qué tal!, ¡Buenas! o ¡Buenos días!; a algunos se les trata de usted y a otros de , al doctor le comento que “tengo molestias estomacales”, pero a mi amigo le puede decir, con confianza, “que estoy mal de la panza”. Esto es, se comunica lo mismo, pero la forma cambia, y cambia según el receptor al que se dirige el mensaje: si es coetáneo o si hay diferencia de edad; si existe una relación de confianza o de distancia; si esa relación es vertical (jefe-subordinado; padres-hijo) u horizontal (entre pares, amigos). Pero, además, ser adecuado supone prestar atención al marco social en que se comunican los hablantes, al tipo de texto que se empleará: el alumno elegido para el discurso promocional le habla a sus pares, pero también a sus profesores y a los padres, y lo hace en una ceremonia solemne, lo que lo obliga a planificar su texto, a darle la forma que se espera de un discurso, a contar esa anécdota graciosa sin caer en lo vulgar o soez, etc.

El registro, pues, no es más que la adecuación que hace el hablante de su forma de expresión (oral escrita) en función de los distintos factores que se conjugan en un acto comunicativo: a quién se habla (edad, sexo, relación entre los interlocutores), de qué se habla (tema especializado o general), en qué circunstancias sociales se habla (ámbito académico, familiar, social…), a través de qué medio (oral, escrito, audiovisual…), con qué tipo de texto (carta, solicitud, apuntes de clase, conversación cara a cara, mensaje de texto…) y con qué intención comunicativa (contar, persuadir, indicar…). Todo ello lleva al hablante a elegir un registro más o menos formal o informal, lo que se manifiesta lingüísticamente, grosso modo, en dos aspectos: la elección del tratamiento del receptor (/usted) y la selección del léxico (estómago/panza).

No obstante, muchas veces en ese afán de sonar más cultos, refinados o más formales (y al contrario) podemos caer en usos inadecuados, por exceso o por defecto, como el que en un brindis familiar dice “Mi persona se congratula con su amable presencia…” o, en el extremo opuesto, quien en un correo electrónico formal escribiera “porfis” (en lugar de por favor). Saber elegir el registro adecuado para cada situación comunicativa supone en el hablante cierto dominio de su lengua, un léxico rico y amplio que le permita seleccionar las palabras más apropiadas, el conocer los distintos tipos de textos que van asociados a funciones sociales con los que podría satisfacer sus necesidades comunicativas (cómo redactar una solicitud o contar un chiste y en qué situación cabe contarlo). El que escribe como habla o habla como si estuviera escribiendo debe también afinar su registro.

Shirley Cortez González

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