Hay nombres que dejan huella II

Por , publicado el 15 de mayo de 2012

En el artículo anterior comentábamos algunos casos de epónimos o nombres de personas que daban su nombre a lugares, épocas, estilos, corrientes culturales, acciones y objetos. Dado el gran número de voces eponímicas que pertenecen a otros ámbitos, resulta interesante ilustrar tal vitalidad con otros ejemplos.

Un elevado número de epónimos pertenecen al campo de la Medicina. Y por lo general, se recurre al apellido del médico o del científico considerado como descubridor de una parte anatómica, proceso fisiológico, enfermedad, etc., o como inventor de un determinado instrumento o técnica, -valgan los ejemplos: salmonella (Daniel E. Salmón), papanicolau (George N. Papanicolaou), trompas de falopio (Gabrielle Falopio), baño maría (posible hipótesis de que se trate de una mujer María la Judía, que vivió en los primeros siglos de nuestra era)-. En ocasiones los epónimos se refieren a personalidades históricas o comunes muy diversas. Puede tratarse de escritores que imprimen su sello: sadismo (Marqués de Sade) o masoquismo (Leopold von Sacher-Masoch). O de personajes de la Literatura como sífilis (de Sífilus protagonista de una obra de Girolamo Fracastoro, que es castigado por Apolo con tal enfermedad), de la mitología griega como complejo de Edipo, complejo de Electra, tendón de Aquiles, morfina (de Morfeo, dios griego del sueño).

Pero el siglo XX también ha traído consigo otros epónimos singulares. Desde la edición de 1992, el Diccionario de la Real Academia Española incluye, como mejicanismo, el sustantivo cantinflas referido a quien habla o actúa como el personaje identificado con el conocido cómico Mario Moreno Reyes. Esta palabra ha creado un repertorio de términos derivados: cantinflear, cantinflesco, acantinflado, cantinflérico; y el más popular, cantinflada que nos recuerda a otras semejantes como barrabasada, de Barrabás; quijotada, de Quijote; perogrullada, de Pero Grullo, (nombre de un personaje fantástico que siempre hablaba con necedad, verdades evidentes).

Óscar, paparazzi y Barbie son otros ejemplos interesantes. Así, vemos que el nombre de Margaret Herrick ha pasado a la historia no solo por ejercer la función de bibliotecaria de la Academia de Cine; sino por bautizar la estatuilla de los premios de la Academia con el nombre de Óscar, ya que le encontraba un parecido a su recordado tío Óscar. La palabra paparazzi surgió del cine. Paparazzo fue personaje de la película italiana Dolce Vita de Federico Fellini, que hacía el papel de un entrometido fotógrafo. Por su parte, Barbie se originó del nombre de la hija del cofundador de Mattel (Bárbara), una gran compañía norteamericana de juguetes; al parecer a su hija pequeña no le hacía mucha gracia jugar con muñecas de aspecto infantil, así que se les ocurrió un cambio de imagen resultando las famosas muñecas Barbie.

Bueno, estimado lector, a todo esto ¿ha pensado usted en dejar su nombre a la posteridad? Pues, no crea que en este mundo se ha descubierto o inventado todo. Si lo ha pensado, le aconsejo que se asegure de que el epónimo que origine su nombre no ponga en duda su fama, como le ha ocurrido a Gisela Valcárcel, quien seguro no estará nada contenta con que el vocablo giseladas se trate ya como sinónimo de cantinfladas.

Shirley Verónica Chumacero Ancajima

 

Shirley Verónica Chumacero Ancajima

Es magíster en Filología Hispánica por el Centro Superior de Investigaciones Científicas (CSIC), Madrid – España. Tiene los estudios concluidos de Maestría en Lengua y Literatura, Universidad de Piura. Sigue la línea de investigación sobre Teatro, Literatura y Didáctica. Es coautora de  Entregas a Elena, Reflexiones sobre el uso de nuestra lengua, libro que recopila artículos publicados en el diario  Correo de Piura; asimismo, ha elaborado el manual autoinstructivo Programación y Evaluación en Lengua y Literatura (UDEP), y ha escrito varios artículos relacionados con el teatro y la literatura.

 

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