Ja, ja, ja qué risa que me da

Por , publicado el 29 de octubre de 2018

Je, je, je no me puedo detener / Ji, ji, ji no me paro de reír / Jo, jo, jo y ju, ju, ju, ju, ju… reza la letra de una popular canción infantil, y me serviré de ella para explicar uno de los recursos lingüísticos al que los hablantes recurrimos con frecuencia para representar los sonidos de la naturaleza: las onomatopeyas.

Según se recoge en la Nueva gramática de la lengua española (NGLE, 2009), las onomatopeyas junto con las interjecciones (¡Epa!), las locuciones interjectivas (¡Ni modo!), los grupos sintácticos interjectivos (¡Caramba con el muchachito!), los grupos exclamativos (¡Menuda suerte!), las oraciones exclamativas (¡Qué rápido va!) y los vocativos (Acérquese, señora) forman parte de los llamados enunciados exclamativos, caracterizados por el predominio de las funciones emotiva o expresiva (el hablante transmite emociones tales como la alegría, el enojo, el dolor, la tristeza, etc.) y apelativa o conativa (el hablante desea atraer la atención o provocar una reacción por parte del receptor).

Las onomatopeyas son signos lingüísticos que representan verbalmente sonidos distintos tanto de personas (achís, je, muac) como de animales (muu, quiquiriquí) y de cosas (bang, ring, toc). Es un recurso de formación de palabras bastante productivo, pues ha dado origen a números verbos, tales como bisbisear, croar, chirriar, mugir, piar, sisear, tumbar, zumbar, entre otros.

Fonética y fonológicamente hablando, están más próximas a las interjecciones que a cualquier otro enunciado exclamativo, pero se diferencian de estas porque no en todas predomina la función emotiva. Además, las onomatopeyas no encabezan grupos sintácticos ni forman locuciones. La proximidad fónica que mantiene con las interjecciones se evidencia habitualmente en el monosilabismo; es decir, tienen una sola sílaba ay, bah, oh (interjecciones); miau, cuac, croc (onomatopeyas); sin embargo, esto no impide que se registren onomatopeyas polisilábicas como blablablá, cricrí, gluglú, runrún, cataplum, etc. (NGLE, 2009: 32.3f).

Como puede observarse en el párrafo anterior, solo algunas se usan repetidas; tal es el caso, por ejemplo, de blablablá (pero también bla, bla, bla) y de las que representan el sonido de la risa: ja, ja, ja; je, je, je; ji, ji, ji y jo, jo, jo; que aparecen en la letra de la canción infantil arriba señalada y que, como puede observarse, se escriben separadas por comas, según lo señala la normativa (OLE 2010: 419). Ahora bien, cabe precisar que cuando la forma ja no aparece repetida ya no expresa risa, sino incredulidad o el desacuerdo del hablante con lo afirmado por el interlocutor.

Muchas de las onomatopeyas siguen algunos patrones fónicos: duplicación de la misma sílaba, pero con vocales distintas (tris tras, pim pam, plis plas, tictac); combinaciones /t/ + vocal + /k/ para representar los golpes secos (tac, tic, toc); combinación /spl/ para describir el contacto violento de un sólido y un líquido (splash pero también plas); combinación /ng/ para sugerir sonidos continuos (ding dong, ring); terminación en -um para describir explosiones o acciones estrepitosas (bum, cataplum, patatum); presencia del fonema /f/ cuando se representan golpes o movimientos en los que intervienen sustancias blandas, untuosas o poco compactas (plaf, chof); etc. Si bien estas combinaciones, que pueden ser calcos de formas lingüísticas extranjeras, suelen ser las favoritas de los hablantes, pueden aparecer con alargamiento de vocales para marcar la expresividad (buuuum, muaaaac, buaaaa), de consonantes (rrrrrrrrr, brrrrr, shhh) o de ambas (catapuuummm).

Con respecto a su escritura, es importante precisar que muchas de ellas ya están establecidas (pío, miau, toc), pero hay distintas posibilidades en otras (achís o achú para indicar el estornudo; ajo, agó, agú o angú para el sonido gutural de los bebés). Esto dependerá, por supuesto, de la variedad regional.

Finalmente, señalamos que no todos los idiomas producen las mismas onomatopeyas, esto porque —como sabemos— no todas las lenguas se articulan de la misma manera; así, por ejemplo, el sonido del perro en nuestra lengua es guau, pero en inglés es woof y en alemán es wau; el del gallo es quiquiriquí en español, en francés es cocorico y en inglés es cook-a-doodle-doo. Cualquier onomatopeya siempre será arbitraria e, incluso, subjetiva en cualquier lengua; pues, recordemos lo dicho por Saussure: también la arbitrariedad se evidencia en las onomatopeyas.

Eliana Gonzales Cruz

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