Las ficciones de Luis Loayza

Por , publicado el 18 de abril de 2017

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Dentro de la vasta sombra que proyectan los grandes narradores peruanos del siglo XX, la obra de Luis Loayza (Lima, 1934) resulta, más que voluminosa, luminosa. El conjunto de sus prosas de ficción, publicadas a lo largo de más de medio siglo, ocupan un tomo de menos de 330 páginas (editadas en 2010 por la Universidad Ricardo Palma). Lo cual podemos considerar una virtud, si pensamos en que salva de los frecuentes altibajos de interés y mérito artístico que conlleva la lectura de las obras completas de cualquier escritor más prolífico. El conjunto de los relatos de Loayza (algunos, poemas en prosa antes que narraciones) presenta una sólida unidad en su perfección de estilo.

Temáticamente, podríamos afirmar que sigue dos tendencias. La que predomina a partir de los años 60 es más bien “realista”, cuyos asuntos pueden resultar familiares para quien haya leído a otros autores peruanos contemporáneos suyos de mayor repercusión, como Vargas Llosa o Julio Ramón Ribeyro. En ellos se suelen retratar conflictos de una clase media alta en crisis de valores ante el cambio social. Al tiempo que la Lima más señorial desaparece, las mismas familias burguesas se van descomponiendo, escindidas entre dos generaciones. La fractura interna también se percibe en el matrimonio y en las relaciones amorosas, abocadas al fracaso: “Otras tardes”, “Padres e hijos”, “Enredadera”, “La segunda juventud”.

Los protagonistas de estos cuentos de Loayza, habitualmente narradores en primera persona, viven sin aspiraciones definidas. El amor irrumpe en sus vidas, las activa e ilusiona, por más que finalmente se regrese a la misma atonía vital sugerida en finales abiertos. Podríamos señalar como una relativa excepción la de la novela corta Una piel de serpiente, no porque trate de modo más optimista las relaciones afectivas, sino porque las entrelaza de manera más evidente con la crítica social, por medio de su trama dedicada al activismo político.

La melancolía se desplaza ocasionalmente a otros ámbitos: “Algún tiempo” supone una breve elegía a la juventud y al amor perdido. “Recuerda otro verano” y “Subir al monte” son, por su parte, relatos que evocan la infancia y el paso a la madurez que significa el descubrimiento del sufrimiento y de la muerte.

La primera etapa creativa de Loayza, abierta en 1955 con su libro El avaro, resulta tal vez la más singular en el panorama literario. Si tuviéramos que buscarle también ‘parientes’ célebres, habría que hacerlo más bien fuera del Perú, en Borges o en Arreola. Se trata de textos breves o hiperbreves de índole poética o fantástica, es decir, que ofrecen una mirada a lo universal sin pasar por los adornos de un tiempo y un espacio reconocibles. Que a veces lo son, pero por vía de la literatura, como su serie de recreaciones de la literatura griega clásica (“Guerreros”, “El compañero”, “Creonte”, “El incendiario”). Estos tienen en común con otros varios textos el ofrecer, sobre realidades consabidas o cotidianas, puntos de vista insólitos y agudos; a veces también inquietantes: “Las grandes potencias”, “Las abejas”, “Línea telefónica”. Haremos también referencia a su único relato histórico, “Retrato de Garcilaso”, semblanza del Inca cronista, de su serena confrontación con el fracaso vital y con su identidad por medio de la escritura.

La definitiva constante en la prosa de Loayza es, como hemos apuntado, la perfección artística. Un cuidadoso trabajo del texto en el que desaparecen cualquier intento de localismo o de estridencia, y capaz de sugerir, en pocas palabras de serena objetividad, los vaivenes de la melancolía, la soledad, la ironía, el tedio y otros matices de la eterna comedia humana.

Manuel Prendes Guardiola

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