Los “Cuentos andinos” de Enrique López Albújar

Por , publicado el 2 de abril de 2019

El escritor peruano Enrique López Albújar (1872-1966) es profeta en su tierra, sobre todo, gracias al recuerdo de Matalaché, melodramática novela histórica y de amor interracial que no recomendaré aquí. Sin embargo, debe su puesto en las historias de la literatura, con mayor justicia, a sus Cuentos andinos, título aparecido en 1920 y continuado en 1937 por Nuevos cuentos andinos, colección que se considera como la marca de salida de la corriente que, en la literatura peruana, fue conocida como indigenismo. Planteaban estas narraciones una visión cercana de la población indígena del Perú, documental y reivindicativa, sin edulcoramientos ni idealizaciones. La materia prima para estos relatos se la habría de proporcionar a López Albújar su experiencia como juez en el departamento de Huánuco, en las sierras del Perú; el punto de vista, su vocación como criminólogo y, también, como político y reformador social.

De este modo, el mundo de los Cuentos andinos es el de un costumbrismo crítico, que busca representar en su variedad los oficios, los usos, los tipos humanos, las creencias y las dificultades que el autor habría descubierto durante su contacto con la cultura andina. La violencia ocupa un lugar destacado en una sociedad que parece afrontar con igual indiferencia la muerte y los sufrimientos de la vida, donde los bandoleros perpetran sus andanzas ante la impotencia o complicidad de las autoridades, en quienes el pueblo confía menos que en la acción colectiva del linchamiento o en la diestra mano mercenaria del “ipallaco”. Los propios hacendados locales (retratados en “El blanco”, título de doble sentido) menosprecian al representante de la autoridad del Estado, normalmente encarnado en el pobre funcionario costeño que se consume tratando de adaptarse a la vida de la región y de comprender la para él enigmática mentalidad de los indios, cuya aparente sumisión encubre una ilimitada capacidad de resistencia.

El narrador de sus cuentos, por tanto, no suele adoptar el punto de vista del indígena ni su propia visión del mundo. La carga crítica de los cuentos se reparte entre los opresores, latifundistas y autoridades tan corruptas como ineficaces; y los propios nativos oprimidos cuyos hábitos, ancestrales en unos casos y en otros inculcados por sus dominadores, les impiden progresar y prosperar. A lo largo de todos los relatos se aprecia la tensión entre la herencia y la educación, y no faltan las figuras “redentoras” de indígenas que, por haber recibido instrucción o recorrido algo de mundo más allá de sus sierras, tratan de erigirse en líderes de su comunidad pese a la oposición del ambiente. Especialmente representativo de este choque entre tradición y progreso sería el cuento “El brindis de los yayas”, crónica de un peculiar proceso electoral con truculento desenlace.

Los finales impactantes finales de casi todos los cuentos no parecen exclusivamente inspirados de la crónica criminal. Hay también lugar para relatos de aire romántico y legendario como “Los tres jircas” o “Huayna-Pishtanag”; para la comedia y la picaresca como “El trompiezo”; o para el ensayo literario y satírico en “La soberbia del piojo” o “Cómo habla la coca”. Hasta podemos considerar, dentro de la aparente trama policial, un sorprendente giro fantástico en “Una posesión judicial”. A pesar de esta diversidad, la unidad de los Cuentos andinos está lograda no solo por la ambientación común, sino por la pequeña “comedia humana” que López Albújar entreteje entre sus relatos, mediante las referencias que hace en algunos de estos a personajes y situaciones aparecidos en otros anteriores. Incluso no puede resistirse el cuentista, al igual que algunas veces parece presentarse como testigo autobiográfico de algún caso (el escalofriante “Cachorro de tigre”) a citarse en un momento en boca de unos personajes, como ese “juez Arbuja” a quien los indios de “Huayna Pishtanag” sí prestan su confianza.

En las décadas posteriores, otros novelistas habrían de ganar para el indigenismo literario mayor calidad poética y comprensión de la cultura de las sierras. Pero, más allá de estas consideraciones, e incluso del valor pionero de la obra de Enrique López Albújar, los Cuentos andinos se revelan como una colección de narraciones bien armadas, con una eficacia libre de adornos y sobrecargas documentales, capaz de conmover y estremecer incluso al lector menos iniciado en las complejidades históricas y sociales de la cultura peruana.

Manuel Prendes Guardiola

4 comentarios

  • Anónimo dice:

    Comienzo a leer la nota y lo primero que veo es “El escritor peruano Enrique López Albújar (1872-1966) es profeta en su tierra,” y me pregunto ‘López Albujar, es o fue un profeta en su tierra?

    Seguiré leyendo.

  • Luis DiLeo Villacorta dice:

    Buen día.
    Otra observación está en el uso de las comillas para el nombre de obras literarias. Entiendo que no son necesarias.
    Gracias

  • Manuel dice:

    Estimado Luis, la práctica recomendada y extendida en los ámbitos cultos es escribir en cursiva los títulos de libros y publicaciones periódicas, y entrecomillar los de apartados de libros (capítulos, artículos, poemas…). De ahí el uso en este artículo de la cursiva para indicar los libros publicados por López Albújar, y las comillas para los títulos de algunos de los cuentos que los integran.
    En cuanto al uso de comillas para “Cuentos andinos” en el título puede ser que se refiera a la denominación común que dio a dos obras distintas (es decir, la de 1920 y la de 1937).
    Recomiendo una mirada al “Libro de estilo” (no lo pongo en cursiva porque el teclado no me lo permite) de la Real Academia Española, publicado el pasado año. En concreto, los apartados O-142 y T-13a

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